viernes, septiembre 23, 2005

E21: Bogotá 2150

(*) Publicado a petición de ciertos queridos amigos con correcciones a algunos errorcillos científicos y de fechas (pero con la persistencia de otros concernientes a la física de las rotaciones en las que me confieso un palurdo). AGB 23 de septiembre de 2005


El Helicoide y otras maravillas bogotanas del siglo XXII

Situémonos en la ciudad de Bogotá, el miércoles 11 de noviembre del año 2150, y tratemos de imaginar algo del panorama urbano (¿cómo sé que será miércoles?, bien, hay muchos sitios en Internet donde es posible descargar calendarios con programas especiales para calcular el día en que cae cualquier fecha de cualquier año; uno de ellos —el que usé para este cómputo— fue diseñado en el año 2002, en la ciudad de Medellín, por el doctor Miguel Arcila Montoya). Al vislumbrar el escenario de la capital colombiana en ese entonces ulterior, hay una pregunta que de inmediato ondula en la imaginación como volátil gusano... ¿Será posible? ¿Podemos desde nuestra ‘primitiva’ comprensión de individuos del pasado entrever con algún grado de acierto las características de la urbe del porvenir?

La respuesta es bífida: por una parte nos asiste (o eso pensamos) una familiaridad con los avances de la cual carecieron las generaciones pasadas; y por la otra, nuestro grado de aproximación perennemente englobará una dolorosa pequeñez.

En tiempos de Faxor, mi chozno

A este respecto toda labor de adelantamiento, es por fuerza inexacta; aun cuando poseamos alta certeza del curso a seguir en los procesos y progresos tecnológicos, hemos de valorar cambios en aspectos tan sencillos como el habla. Así, es probable que dentro de siglo y medio, numerosos padres acostumbren bautizar a sus hijos con singulares nombres (que o bien son ahora impopulares u hoy son inexistentes); lo cual puede constatarse mediante una comparación temporal retrógrada si se estudia la nomenclatura ancestral... Sin ir más lejos, Timoteo, Pantaleón y Anacleto fueron los apelativos correspondientes de mi bisabuelo, de mi tatarabuelo y del tatarabuelo de mi padre; así que quizá mi bisnieto, mi tataranieto y mi chozno (como se designa al cuarto nieto), sean llamados Derdal, Abussam y Faxor... Gutiérrez si el entronque paternal se mantiene, o porten más exóticos apellidos si su nexo conmigo es por vía de mis hijas.

Además la globalización de las culturas, y el surgimiento de nuevos términos y verbos, por obra y gracia de la incorporación a la rutina de numerosos dispositivos automáticos, podrían ser apenas dos entre innumerables aspectos que explicarían los cambios, tanto en la nominación de mi eventual descendencia como del propio lenguaje de los bogotanos del siglo XXII.

Pero estamos en 2150...

Las autoridades y gentes de la ciudad (primero gracias a rigurosos esfuerzos demográficos, más adelante debido al constante aumento de la esperanza media de vida y, finalmente, como consecuencia de la multitudinaria emigración a las metrópolis de última concepción) han conseguido disminuir la población que, en algún momento (a finales del siglo XXI), llegó a superar los veintidós millones de personas.

Hoy, el número de los bogotanos apenas rebasa los dieciséis millones.

Hay notorias diferencias entre ésta y nuestra antigua Bogotá del año 2005. Por ejemplo, la condición de capital de Colombia se mantiene (aunque ahora dicho país forma parte de un conglomerado nacional más grande, la Comunidad Andina, cuya capital es Ciudad Exaltación, dentro de las antiguas fronteras de Bolivia). Son visibles desde toda la Sabana los ‘domos’, estructuras plegadizas, muy delgadas y resistentes que sirven, ya como colectores de energía solar, ya como protectores contra las lluvias o las noches demasiado frías. Hay dieciséis de ellos en Bogotá, los más pequeños tienen trescientos metros de diámetro y doscientos de altura, mientras cada uno de los mayores supera los tres kilómetros de diámetro y los seiscientos metros de altura; son tres, y cuando las circunstancias lo ameritan, sirven para recubrir el histórico vecindario de Unicentro, la zona deportiva del parque Simón Bolívar y el exclusivo sector hotelero y residencial de Páramo Claro, ubicado al otro lado del cerro de Monserrate y al que se accede cruzando unos amplios túneles.

Las calles sin ruedas

Los automóviles que antaño funcionaron por la combustión de petróleo o gas, fueron sustituidos hace años por vehículos que se mueven mediante electrólisis de agua, o utilizan motores mixtos a energía solar y alcohol para mecerse sobre el suelo; unos sobre chorros de aire y otros a través de una red de magnefalt, material plástico magnetizado, que se extiende por toda la metrópoli y sobre la cual ‘levitan’ los deslizadores a algunos centímetros del suelo por acción de campos magnéticos eléctricamente inducidos.

El 90% de los medios de transporte carece de conductor humano que ha sido reemplazado por pilotos automáticos incansables y virtuales (en realidad programas de software, más que robots) siempre respetuosos de las normas de tránsito, los pocos capitalinos que aún conducen lo hacen exclusivamente por deporte y en zonas especiales dispuestas a tal fin. El monoflot, lejano sucesor del Transmilenio, y propiedad de la EDESBO (Empresa de deslizadores de Bogotá) es el sistema más rápido y cómodo, incluso se amplifica hasta conectar con ciudades vecinas; sus diferentes trenes ocupan el 85% de la red vial; unos, acarrean pasajeros; y otros, denominados ‘nodrizadores’ llevan acoplados los deslizadores particulares hasta estaciones determinadas en las cuales los ciudadanos desacoplan sus vehículos para seguir itinerarios particulares.

La gente alcanza promedios de vida que llegan a los 120 años (en los países más avanzados la cifra se extiende incluso hasta los 150). Ahora la gran mayoría de ciudadanos cuenta con una iaper (inteligencia artificial personalizada) que combina el antiguo teléfono celular, el computador y el televisor con el sueño, tan ancestral como infantil, del amigo imaginario. El iaper es un sistema individualizado, un “otro yo”, que se encarga de verificar todos los protocolos automáticos y los trabajos más simples de cada individuo.

El contexto existencial

La nanotecnología, presente en infinidad de aspectos del día a día, permite que las personas usen un único traje, cuyos átomos se reacomodan según códigos comerciales de software de modas, para transformarse en variadas indumentarias. Algunos trajes son desechables (para lucirlos sólo una vez) y otros, algo más costosos, pasan a formar parte con carácter definitivo del disco duro del auxiliar iaper de cada quien. Los bebés ya no usan pañales, porque ‘trajes niñera’, similares al ajuar de cada uno, se encargan de sintetizar y transformar en agua y compuestos inodoros los desechos orgánicos; y disponen de ellos cuando el niño va a la cama

Aunque la pobreza persiste, es mucho menor que la de finales del siglo XX, debido a la invariable tendencia decreciente en los precios de todo tipo de objetos sofisticados. Aún, en las barriadas más humildes son frecuentes los parques desarrollados con toda la tecnología genética del caso. Por doquier se observan movimientos de las grandes ‘corponaciones’, como se conoce a aquellas compañías que se convirtieron en auténticas naciones financieras y trascendieron los límites regionales hasta convertirse en entidades autónomas. La más poderosa de ellas es la Flexor Dundalk (FD) de propiedad de la familia del irlandés Patrick Robert O’Cassey, quien es la versión actual, aunque algo más anciana, del histórico Bill Gates. La FD ha construido varias ciudades ultramodernas para sus millones de ‘empleadanos’ (mezcla de empleado y ciudadano) entre ellas su emporio ejecutivo, ‘Cibernia’, un hermoso globo de fibra de diamante (obtenida de la modificación de las moléculas de carbono) que flota en el océano Atlántico anclado en un punto intermedio entre las islas Azores y la ciudad de Nueva York.

Precisamente una de esas corponaciones, la Minguo, de propiedad de potentados orientales casi en su integridad, tiene a cargo con la administración distrital el proyecto ‘naturópolis’, gracias al cual arboledas de especies nativas, de crecimiento apresurado y mejoradas por la aplicación de abonos aceleradores, cubren de flores y surten de exquisitos frutos de uso público gran parte de la capital, convertida así en una espaciosa y silenciosa urbe silvestre.

La obra maestra de Mitnik

Dentro del urbanismo bogotano, se destacan los varios trabajos del arquitecto colombo-argentino José Agustín Mitnik (2032-2140), y en especial el Helicoide que por estos días celebra el aniversario número treinta de su inauguración: un complejo administrativo, social y universitario que se ha transformado en el sitio más visitado de la ciudad, y sin duda en una de las maravillas del mundo. El Helicoide, surge como fruto de la combinación del saber arquitectónico milenario con los últimos avances en nanotecnología de materiales de construcción y energía de fusión nuclear controlada, pues es un pequeño reactor el que regula sus movimientos.

El imponente edificio, está ubicado en el Paceco (gran Parque Central Comunitario), emplazado en la vieja esquina de la avenida Primera sur con Carrera séptima. El rotor central es un edificio circular y giratorio de trescientos metros de alto y sesenta metros de diámetro (ochenta en el anillo de la base); por dicho componente medular se ingresa a todo el Helicoide y a las dos ‘aspas’. Las aspas, asimismo giratorias, son dos edificaciones cilíndricas suspendidas que ‘flotan’ a más de cincuenta metros del piso, cada una de cuarenta metros de diámetro y de doscientos de longitud. Dispuestas en oposición diametral en torno del rotor central están unidas a éste por el ‘eje’, un ingenio transversal de treinta metros de diámetro y ciento ochenta metros de largo que aloja el servomecanismo principal que soporta la triple construcción y cruza el rotor central a ciento cincuenta metros de altura.

Debido a la oposición de las aspas y a su desplazamiento sobre el eje central, el conjunto en su totalidad se asemeja a un gigantesco ringlete, y aquí la comparación trasciende lo formal y se traduce en una realidad funcional, por el triple giro del conjunto. El primero es el del rotor central que cubre una revolución completa de 360 grados en el sentido de las manecillas del reloj (contempladas desde el cielo) cada veinticuatro horas (a las seis de la mañana la portada del Helicoide da hacia el cerro de Guadalupe; a las doce del día se ha desplazado noventa grados y da hacia el boquerón de Chipaque y a la deslipista que parte hacia la ciudad de Villavicencio; a las seis de la tarde —tras recorrer noventa grados más—, la fachada mira hacia el occidente y en el sentido de la deslipista que sale hacia la vecina localidad de Melgar; y, en las imponentes medianoches, la estructura ha virado 270 grados desde su punto de partida hasta plantar cara a la plaza de Bolívar; finalmente en horas de madrugada vuelve a la posición en que la ciudad la encuentra cada mañana).

El laberinto giratorio

Las aspas laterales, por su parte dan también un giro de 360 grados cada veinticuatro horas, pero no en sentido de la horizontal como el rotor central sino en sentido de la vertical (algo imposible en el 2003, pero viable entonces gracias a materiales livianos y nanoensamblados flexibles y neumáticos diez veces más resistentes que el acero del siglo XX y veinte veces más livianos y moldeables), son esas moles de miles de toneladas las que representan lo más espectacular del genio de Mitnik, y las que revelan al Helicoide como la estructura más destacada en la historia arquitectónica de Bogotá.

En su trayecto siguen, en lo que a acomodación se ocupa, el principio de la antigua rueda panorámica o de Chicago: esto hace que, si bien una serie de estructuras internas cambia constantemente, la planimetría de las aulas, oficinas y demás espacios interiores permanezca invariable como la de las canastillas en una vieja rueda de feria. A las seis de la mañana, cuando la fachada principal del Helicoide saluda al cerro de Guadalupe, ambas aspas están en posición paralela a la vertical del edificio, pero, poco a poco, y al tiempo que el rotor central desplaza todo el conjunto hacia el sur, el aspa de la derecha de la puerta comienza a inclinarse hacia los cerros orientales, y la de la izquierda a alejarse de ellos, así, tanto a las doce del día, como a las doce de la noche ambas aspas están acostadas y los edificios asumen posición horizontal, de modo que los habitáculos que antes estaban en sesenta pisos, están ahora sólo en dos... si se capta la idea de la rotación inversa de ambas aspas se advertirá que quien estaba en el piso primero del aspa derecha a las seis de la mañana estará en el piso sesenta a las seis de la tarde. “Es fascinante, entras subiendo o sales bajando, o tienes que recorrer un gran corredor levemente inclinado hasta los ascensores”, tales son las declaraciones de los miles de turistas que lo visitan a diario.

Por supuesto a las nueve (de la mañana y de la noche) y a las tres (de la tarde y de la mañana) cuando los ángulos de cada aspa, o torre giratoria, han transitado 45, 135, 225 y 315 grados desde sus estados iniciales, las aspas hacen lucir al Helicoide como una monumental letra equis sobrepuesta al rotor central, lo cual unido a una iluminación que varía con exuberancia le brinda un aire casi sobrenatural a Bogotá.

Dicen los sociólogos y psicólogos que las personas que trabajan y estudian en el Helicoide están entre los seres humanos con mayor apertura mental en el planeta tierra (y prueba de ello es la estirpe de inmensos profesionales egresados de las varias universidades con sede en la construcción), el portento es debido, sin duda, a la diversidad paisajística y espacial que se experimenta desde su interior en un lapso de veinticuatro horas.

Un embudo subterráneo en el que se hayan empotrados tanto el reactor nuclear como infinidad de niveles de parqueo y servicio, y que gira igual que el exterior, se incrusta casi ciento cincuenta metros en el suelo sabanero. Y hay otra particularidad: el desplazamiento tanto el del aspa derecha, como el de la izquierda, se percibe desde el interior —para quien se encuentre en el rotor central— como en el mismo sentido, mientras desde el exterior es evidente que la derecha se mueve en el sentido del reloj en tanto la segunda lo hace en contra a éste.

Para quien esté confuso con la visualización del Helicoide, tal vez le sea útil la más acertada definición de la construcción hasta la fecha, la cual fue dada por el propio Mitnik el viernes 6 de diciembre de 2120 (día en que el Helicoide se echó a andar) durante la ceremonia de arranque: “Concebí el Helicoide, como un titán humano de 300 metros de altura, que gira eternamente hacia su costado derecho, de modo que su rostro retorna cada mañana a las seis a saludar los cerros tutelares de Bogotá, Monserrate y Guadalupe; el eje medio, horizontal hace las veces de sus clavículas; y el rotor central de la torre principal es su columna vertebral, en último lugar las aspas simbolizan el movimiento de sus brazos, el derecho proyectándose siempre hacia delante en un circulo de veinticuatro horas y el izquierdo simultáneamente haciendo lo propio hacia atrás...”. Si aún no logra comprenderlo es posible hacer dos cosas pídale a su iaper que proyecte un holograma del Helicoide o, mejor aún, haga reservaciones en el próximo paquete turístico a Bogotá, el distrito de Páramo Claro lo espera (hay disponibilidad hotelera todo el año, aunque es más costoso en temporada alta).

¿Alucinación?

Aunque en este ensayo, se me quedan en el disco duro, un heterogéneo surtido de características de la Bogotá del año 2150, tales como la descripción del transporte aéreo, y de los distritos satélites de Chíamor y Tenjo Nuevo, o la vida en las colonias de inmigrantes chinos o nigerianos que se ubican en el lindero del descontaminado río Bogotá, consigno que es probable que me haya quedado corto en los alcances de mi prospección, ello porque al cotejar la anticipación del futuro con el futuro verídico (cuando éste llega realmente sin duda naufraga todo cálculo). En principio debido a que quien especula —en este caso yo—, lo hace sin conseguir abarcar jamás en su pesquisa todo el espectro de tecnologías en curso de comparecer.

Ahora bien, tanto Mitnik y su obra, el Helicoide, como los iapers, los domos y las deslipistas, hacen parte de un proyecto novelístico que adelanto en el momento y cuya acción transcurre en el marco de una concepción algo optimista del mañana bogotano, la cual creo viable en grado sumo.

Los escépticos, siempre podrán recurrir como ya dije a la comparación retrógrada, que ya empleé en el asunto de los nombres, y reitero ahora con el parangón entre tres ambientes...

Ambiente número 1: Bogotá, lunes 11 de noviembre de 1850, ¿o acaso se llama todavía Santa Fe de Bogotá?, la flamante capital de la Nueva Granada, es un atrasado pueblecillo de 45000 habitantes en el cual tiene asiento el gobierno del presidente José Hilario López (dentro de un año ordenará el fin de la esclavitud); no hay alcalde sino jefe político (José María Maldonado); hace apenas ocho años se tomó la primera fotografía (el daguerrotipo de la Calle del Observatorio por Jean Louis Gros en 1842); faltan 15 años para que establezcan la primera línea telegráfica (1865); y 31 años para que instalen la primera línea telefónica (21 de septiembre de 1881); la ciudad no dispone de alumbrado público, ni siquiera con velas de sebo, en contraste Londres, por ejemplo, cuenta con iluminación a gas desde 1807 (Bogotá sólo la tendrá en 1871); la luz eléctrica tardará cuatro décadas en aparecer (1890), y el alcantarillado subterráneo demorará más de veinte años (1872); la tubería de hierro para el acueducto sólo aparecerá en 1888; el viaje hasta el puerto de Barranquilla toma alrededor de dos meses, y el recorrido hasta el puerto de Honda sobre el río Magdalena tres días; escasamente se va a emprender la pavimentación con piedra del camino a Facatativá; no hay cuerpo de bomberos, ni de policía establecido; la inauguración de la primera línea de tren (el “Ferrocarril de la Sabana” entre Bogotá y Facatativa) demorará hasta 1889; y el primer automóvil —un Cadillac que importó Ernesto Duperly— arribará únicamente hasta el lejano año 1903 (en el 2003 se celebró el centenario del automóvil en la capital)... y en la labor manufacturera local ni siquiera se utiliza la máquina de vapor que mueve las fuerzas industriales en el mundo desarrollado hace ¡tres décadas!

Ambiente número 2: Bogotá, 2005, la abrumadora ciudad en que vivimos ¡180 veces más poblada!, con vuelos internacionales, y millones de autos, teléfonos, computadores, ventajas y problemas.

Ambiente número 3: Bogotá, 2150... si tenemos en cuenta que el ascenso tecnológico de la humanidad siempre ha consistido en la construcción de una generación de herramientas nuevas para elaborar con ellas otra generación de elementos más sofisticados; entonces, sin que se necesite ser mago (para advertir que en los siguientes 150 años este proceso será mucho más acelerado que en los 150 anteriores) la tentación de aventurar conclusiones nos embarga.

Y es irresistible.

domingo, septiembre 11, 2005

E20 ¿Es Colombia cómo Proexport la pinta?

Colombia Marca-País:
Entre pasión y presión


¿Es una remolacha? ¿Un músculo cardiaco hipertrofiado? ¿El trasero de Marilyn Monroe contoneándose? ¿La abstracción comunista (y consumista) del conejo de pascua? ¡No! Es la realización del ‘experto’ (si lo declara alguna desconocida fuente póngale la firma) David Lightle…

Y lo que quiera que implique (todo menos identidad local) Proexport acaba de embutírnoslo a manera de insignia comercial colombiana. Tan evidente como la especie zoológica en la que se matricula Tribilín, la recién publicada Marca-País promueve una genuina polémica, y aunque todavía debo decidir qué encuentro menos autóctono en ella (si el solitario signo de interrogación anglicado que acompaña la frase, “es pasión!”, el ambiguo concepto de pasión como tal, o el taurino gráfico alegórico del ‘desangrado’ corazón de Jesús), me uno sin titubear a sus malquerientes.

Digan lo que digan en Proexport (donde cuando se averigua al respecto, “copiapegan”, a falta de contestación personalizada, un mensaje electrónico multiuso con gratitudes artificiales e información preelaborada en el sitio Web) es un burlesco despropósito una Marca-País made in USA. Empalaga que el distintivo o señal de fabricante que portarán los productos de nuestra industria, lleve por emblema lo que a una camarilla de ilustrados creativos les apetece.

Nuestra era de lugares comunes y encuestas amañadas ha visto cómo se populariza hasta lo absurdo el blindaje competitivo (insólito padecimiento psíquico que induce a los infectados por el virus del aparentar a emplear cada dos segundos en su charla las palabras “blindaje” y “competitividad” para sentirse chic); tal condición amenaza hacer naufragar la sociedad en un mar de charlatanería tornándonos cada vez más incompetentes y menos amigables. En consecuencia, incumbe a quienes disentimos hacerlo categóricamente, sin vehemencias ni circunloquios. Basta de ya de dejarnos convertir en minúsculas unidades de una ficha técnica, o en infinitésimas fracciones del PIB. Todo esta estratagema de la Marca-País, a despecho de sus nobles miras, exhala propaganda furtiva; bien porque la imagen propuesta remite subliminalmente al soporte gráfico de un eventual partido político (por algún desquiciado impulso cada vez que evoco su eslogan satélite “Colombia es pasión¡”, repiquetea en mi bóveda craneana el estribillo: “¡Todos con la reelección¡” e incluso, si examino en detalle el motivo, entreveo dos letras U superpuestas); bien porque encrespa la cuestión esa del focus group (del cual partió el proyecto) integrado por 400 colombianos, quienes durante un año de ahínco, apuntalaron la condensación del sentir nacional en estructura bidimensional. Curioseemos, mmm… si somos 44 millones de retoños de la patria, las impresiones de cada uno de los 400 sondeados englobó las de 110.000 (¡ciento diez mil!) compatriotas (por aquello de 44 millones dividido entre 400); ah, y el suceso resulta más seductor si además rememoramos, para obtener una evaluación panorámica, que a estos grupos de investigación previos al diseño final también confluyó la colosal multitud, el gentío, de 150 —léase bien—, ¡ciento cincuenta!, consumados intérpretes extranjeros, idóneos custodios de las valoraciones que acerca de Colombia y de los colombianos tienen los demás seis mil millones de terrícolas que ocupan el planeta. Lo cual corresponde a afirmar —con fiabilidad estadística cercana al ciento por ciento argüirán en Proexport— que el veredicto de cada uno de esos 150 omnisapientes esclarecidos foráneos sintetizó el de 40 millones de personas (según se infiere de repartir seis mil millones de humanos entre 150 encuestados).

Quien desee soltar una incrédula risilla hágalo con confianza.

Cuenta por ahí el saber popular que sobrevenido el funeral solo los ajenos a la familia se refieren imparcialmente al difunto, lo cual menciono porque sin favor público las encuestas se vuelven impuestas, la estadísticas, ‘estafísticas’ y las consultas, no consultan pero sí insultan. Por desgracia, desde fines del siglo anterior, he verificado a menudo cómo, en las aulas universitarias y en el entorno profesional, muchos diseñadores (no solo los que secundaron a Proexport) soslayan el sentimiento popular, y olvidan que su oficio es armónico únicamente cuando fabrica puentes entre la utilidad que fragua la ingeniería y la belleza que engendra el arte. Muchos talentosos pensadores (la mayoría no diseñadores, verbigracia Donald Norman) reprochan a los diseñadores por descuidar en sus creaciones el aporte emotivo a la colectividad, y abstenerse de conferir al producto eso que ellos llaman efecto “oso de peluche” (y yo “factor zapatos viejos”: entre más los calzo, más me encariñan y menos quiero deshacerme de ellos), mismo del cual carece superlativamente, por supuesto, la imagen que soporta la estrategia de Marca País. Sobra agregar que cuando tal sentido social falta, el accionar del oficio deviene —ahí sí cabe la denominación— en dogmatismo, sectario y pasional, más desgreño que diseño orientado a crear adefesios para unos usuarios supuestos que sólo existen en mentes encharcadas de solipsismo y soberbia.

Así, la privación de consenso hace del trabajo de David Lightle no un logosímbolo, y ni siquiera un loco-símbolo, sino si acaso un ogro-símbolo, cuando no un ogro-chímbolo; empero, aclaro, lejos de mí mofarme de la pureza de la línea o del manejo cromático del resultado alcanzado por Lightle (¿una eminencia en “colombianología”?) con el concurso de célebres maestros colombianos envueltos en el proceso creativo, pues tales virtudes las tiene de seguro. Lo que extraño es algún referente a las selvas, a los mares, a las flores, al altiplano, a la provincia antioqueña, al llano o las costas, algo, en fin, que produzca maripositas, o aves, o arco iris gástricos y cuya concepción final debería haber sido, a fe mía, mucho (pero muchísimo) más dialogada.

Planteado lo cual devuelvo el reloj.

A principios de los noventas, cuando desconocía los alcances del diseño, equiparé, como otros muchos incultos, las chupetas tinturadas con las cuales Quico antojaba al Chavo (y que siempre engullía la Chilindrina en las comedias televisivas mexicanas) con la espiral tricolor (amarillo, azul, rojiza) del ya fallecido David Consuegra que a la sazón seleccionara la Corporación Nacional de Turismo como imagen de Colombia ante el extranjero. Hoy, pese a trece años de proximidad docente y editorial con dicha disciplina en sus áreas industrial y gráfica, mantengo tanto mi empecinada opinión como mi blasfemo paralelo de antaño. Simplemente, me es imposible, como colombiano, reconocerme en la citada obra de Consuegra.

O lo era, hasta días atrás cuando Proexport divulgó —en el marco de SU (de ellos, no de todos) estrategia de marca país— la imagen gestada para nuestra nación por el estadounidense David Lightle (redentor gráfico, proclaman sus promotores, de Nueva Zelanda, Taiwán, Tailandia, Australia y otros pueblos sumidos en la indigencia comercial) bajo el concepto de “Colombia es pasión”. Por contraste, ante esta imagen ciega, sorda y muda (según diría Shakira), y totalmente ineficaz en mi criterio para interpretar la esencia colombiana, la espiral de Consuegra se transfiguró de repente en sublime espejo del alma nacional.

Y parece, a juzgar por los más de sesenta comentarios de diseñadores, publicistas y arquitectos (sin sumar ni cuatro positivos) que leí publicados la página Web de la revista proyectodiseño, que somos bastantes quienes experimentamos conmociones similares. El veredicto es abrumador: pese a lo bienintencionado de la estrategia hay descontento y antipatía con la imagen financiada por Proexport. Muchos (y yo el primero) somos quisquillosos con todo aquello que se valga con fines lucrativos de la palabra “Colombia” (si bien es fortuito el que los creadores de las dos imágenes glosadas en estos párrafos lleven David por nombre, bien que el del gringo se pronuncie ‘Deivid’). Y me enerva encontrar el argumento, si cualquier hijo de vecino (como yo) osa abrir la boca para objetar que el asunto está fuera de crítica porque el diseño no es arte. O porque estoy falto de acciones en el negocio. Tamaña desfachatez. Por ventura fuese admisible, si discurriésemos acerca del logosímbolo de una empresa de computaciones, de mensajería internacional o de bizcochos aliñados, pero cuando el asunto involucra la nación que me vio nacer (y presume comunicar al mundo lo que como oriundo de ella anhelo y proyecto, la forma en que me contemplo y deseo ser contemplado) tengo como cualquier ciudadano mi parte en el pastel. ¿O será que quien es diseñador es más colombiano que quien no posee título profesional en la materia? Sin ánimo de esgrimir patrioterías trasnochados, el que un norteamericano nos diga cómo queremos ser vistos provoca rasquiña en los más tolerantes y nauseas en los menos. Además, no hay divinidad privativa del diseño, y que se sepa, el llamado Dios por unos o Ala por otros, no ha comisionado representantes suyos en la Tierra para intermediar entre una eventual teoría estética divina y el común de los mortales. Punto donde subrayo que los diseñadores harían bien en comprender lo que hace tiempo captaron los políticos: que el mundo ha migrado de lo representativo (donde yo delegaba mi pensamiento en otros) a lo participativo (donde si otros se erigen en voceros de mi opinión sólo puede ser con mi contribución directa).

¿Quién les dio derecho a esos fulanos de arrogarse nuestra voz? Y tildarla (la tuya, la mía, la de todos) como “pasión”. Por mero fisgoneo puedes indagar en un diccionario como el de la Real Academia o emplear la herramienta de sinónimos del procesador de textos que corre tu computador para comprobar que ‘pasión’ es un vocablo con infinidad de sinónimos y acepciones. Muy pocos positivos (entusiasmo, efusión, ímpetu, fogosidad, cariño, afecto, amor, apetito, deseo, fervor, interés) y otros muchos, muchísimos, con connotaciones que van desde negativas hasta espantosamente negativas (enardecimiento, apasionamiento, acaloramiento, exaltación, fanatismo, intransigencia, arrebato, violencia, arranque, furor, furia, exasperación, delirio, frenesí, locura, manía, efervescencia, ceguera, paroxismo, preferencia, arbitrariedad, parcialidad, tristeza, abatimiento). ¿Será que Mr. Lightle nos aborrece y quiso caricaturizar en su logosímbolo nuestras lacras nacionales? (ya saben, promiscuidad, masacres, delitos varios, crímenes pasionales, adulterio —por lo de los cachos—, y demás).

Ahora bien, quienes al leer esto consideren mi discernimiento en términos de remolinitos y calaveritas. sin hablar de palabras mayores, pueden serenarse, le doy a la marca país la merced de la duda, es viable que la imagen en cuestión sí revele la esencia nacional, tanto como ‘La virgen de los sicarios’, ‘Perder es cuestión de método’, ‘La primera noche’ y otras brillantes creaciones cinematográficas retratan en modo fidedigno el día a día de cada colombiano ¿verdad?, o con la misma intensidad que Bogotá se asemeja a un pueblo perdido del septentrión mexicano (en el fondo, el dibujillo y su lema se me antojan como fruto del encargo de algún grupúsculo de damas elegantes a su esteticista de cabecera para decorar la fachada de su boutique en algún exclusivo pasaje comercial). Está tan lleno de nuestra (lo-que-signifique-eso) verraquera nativa; ustedes comprenden, el vocablo ese que escrito con v se define en los diccionarios como “lloro con rabia y continuado de los niños” y se deriva de verraco que es el “cerdo padre”, y que deletreado ‘berraquera’ está ausente de los lexicones donde solo asoma en su forma ‘barraquera’ que es otra forma de insinuar verraquera.

Una última cosa, mis verracos (¿cerditos chillones?) conciudadanos, todo el episodio revela que seguimos zambullidos en una sociedad donde los apellidos tradicionales de ancestro hispánico valen poco y los de raigambre exótica se cotizan en mucho. Donde chequera mata opinión y título profesional desplaza cultura ciudadana. Así, siento que vamos hacia la feria del mercado globalizado, emperifollados en ese fastuoso Marca-país (¿o Estigma-país?) acorazonado con en el cual los asesores de imagen transformaron por comisión de Proexport —y con arbitraria labor— a la venerada patria en una mujerzuela que se ofrece al mejor postor, con labios rojos y calzones baratos.

Pero pierdan cuidado, desvarío. Ellos (los que saben) nos aseguran que el bosquejillo robustecerá la imagen de Colombia en el ámbito internacional; ellos (los autorizados) pronostican que el bocetuelo se convertirá en núcleo de la empresa que aglutine a todo el país en torno a un ideal; y asimismo ellos (los acreditados) afirman que esa estampa de una taza de caldo hirviente de tomate nos motivará a todos los colombianos (incluidos los apátridas resentidos, como designarán a quienes nos aventuremos a discrepar) para actuar y unirnos a la solución al problema de la apariencia nacional. Y argumentan también ellos (los de VMA —Visual Marketing Asssociates— firma norteamericana reponsable) que el ogrosímbolo de su hechura explota la asociación directa del público estadounidense entre los colores tropicales y Colombia (¿perpetuando que nos continúen percibiendo como a una república bananera?). Tras lo cual nos preguntamos si habremos estado expuestos a una sobredosis de radiación pre-TLC (¿O es que la favor del público de las otras casi doscientas naciones del globo, que suman el noventa y cinco por ciento de la población mundial era intrascendente?), y, ¡cómo no!, también nos sosegamos porque ellos (los de Proexport) prometen que su proyecto será la madre de todas las invitaciones a la acción (sin importar que numerosos diccionarios especifiquen que ‘pasión’ deriva de ‘pasivo’ como ‘acción’ lo hace de ‘activo’). Es más, como rotunda prueba de la veracidad de sus postulados ellos (los reputados) registran gran receptividad a su millonaria inversión publicitaria, según indica la masiva acogida dispensada, durante las pasadas semanas, por cinco o seis ‘apasionados’ ciudadanos que han empapelado con la bienaventurada imagen de Marca-Colombia las ventanas de sus hogares y automóviles.

Por eso, señores de Proexport debo confesarles algo: jamás preví encontrar en la vida mayor altruismo democrático del que alguna vez mostraron para conmigo Amway, Herbalife, Travel One, y otras humanitarias compañías. Su apasionada presentación efectiva me convenció (razón tiene la Biblia al profetizar que los mansos heredarán la tierra), les deseo suerte en su empeño y agradezco de corazón (¡en serio!) por abrirme los ojos a las enormes posibilidades que plantea vincularme a su versión empresarial de Colombia (momentito, ¿no es ese un concepto del ex presidente Pastrana?), es muy amable su interés en mí bienestar y en el de mi nación. Lastimosamente —y hasta tanto su estrategia excluya a varios millones de compatriotas—, declinaré su ofrecimiento. Por ahora, mi pasión es otra.

¡Y Colombia NO es lo que ustedes pintan!

domingo, septiembre 04, 2005

E19 Desastre ambiental anunciado

¿Agoniza el embalse de Tominé?


Todo organismo puede ser nocivo si las condiciones lo permiten. Probablemente por eso, grandes ecólogos como Margalef y Odum, explicaron la contaminación como: “un recurso que está dónde no debería” (o donde sí debería pero en tal cantidad que causa problemas). Así, en aquellos ecosistemas lacustres equilibrados, una planta como el buchón es inofensiva; sin embargo, cuando las circunstancias propician que dicho vegetal colonice las aguas (según aconteció décadas atrás en la represa del Muña), el citado buchón se transforma en vampiro: un auténtico asesino de estanques. Por ello, conviene atender lo que en estos días ocurre en Tominé donde el buchón gana terreno sin cesar. ¿Se aproxima la muerte de otro cuerpo de agua? ¿Será Tominé un segundo Muña? ¡Averigüen por favor!...

Somos muchos los bogotanos que alguna vez aprovechamos el embalse del Muña como sabroso paraje de veraneo y ocio. De mi infancia, por ejemplo, recuerdo con deleite las ocasiones en que acompañé a mi padre a pescar, o mejor a ver pescar, en sus orillas. Asimismo, guardo en mi memoria ciertas oportunidades en que, junto con un tío en segundo grado, asistí a regatas y otros eventos en uno de los clubes náuticos que a la sazón allí funcionaban. Sol, peces plateados y un espejo de agua cristalino constituyen mis evocaciones infantiles, quizá distorsionadas y magnificadas por la inadecuada capacidad de un niño de seis o menos años para precisar dimensiones en el espacio y el tiempo. Hoy, en pleno año 2005, ya bien crecido y con más de doce años como docente de medio ambiente en una universidad capitalina, me conmueve recordarlo por cuanto una mezcla de desidia y falta de conciencia ecológica hace largo tiempo que tornó aquel idílico paraje en una cloaca a la que si acaso el viajero eventual da una mirada cuando se va o viene de la capital de Colombia por la vía a Fusagasugá, Girardot o Melgar. Dicho vistazo es —en quienes alcanzamos a presenciar el ocaso del Muña en su era dorada— informe mezcolanza de conmiseración y repugnancia, pero sobre todo de horror cuando se piensa que en lugar de recuperar las maravillas ambientales que tal sitio poseía, los tiempos nuevos han sido testigos de la forma en que otros cuerpos de agua cercanas a Bogotá, e importantes para sus habitantes, agonizan en medio de la indiferencia o la impotencia de quienes a bien tenemos advertirlo.

Tal es el caso de Tominé.

Hace un par de meses, algunos amigos y yo visitamos el municipio de Guatavita en Cundinamarca y advertimos horrorizados la forma implacable en que el buchón de agua (Eichornia crassipes) ha invadido el embalse y dificulta ya, paulatinamente, los deportes náuticos y la navegación turística. Unas pocas indagaciones con los vecinos nos bastaron para confirmar que el arrollador crecimiento de dicha maleza flotante comenzó tan solo unos meses atrás (a finales del año 2004, quizá) debido al bombeo a la represa (queda por verse si por particulares o por personal de alguna entidad pública) de aguas negras con alta concentración nutritiva que traían las primeras cepas de la maleza y que en virtud de sus características bioquímicas facilitaban la infestación del embalse por plantas diminutas o matorrales acuáticos nocivos como en efecto sucedió al poco con propio buchón. Todo ello en virtud de cierto proceso bien conocido por los ambientalistas y por ellos denominado “eutrofización”.

Desde entonces, y más con el cometido ético que impone el enseñar a estudiantes universitarios algo de amor por el medio ambiente que con el propósito de sonar alarmista o causar pánico, he intentado notificar infructuosamente a las entidades respectivas (CAR, Acueducto, etcétera) y a los medios de comunicación. En razón de ello esta columna es un llamado de auxilio a quien corresponda por la laguna. Siempre valoré la enseñanza que en uno de sus escritos brindó el columnista del Miami Herald, Leonard Pitts Jr., a sus lectores, cuando puntualizó que a uno las cosas le deben importar aunque sea un comino, y que eso (“comino”, “rábano”, “carajo”, o como se prefiera llamarlo), constituye la diferencia entre los diez mil que vieron algo y no actuaron, y el que (dice Pitts según mi modesta traducción del inglés) movió su trasero y al menos redactó una carta.

Por supuesto, mis observaciones podrían estar sobredimensionadas (que más quisiera yo), pero a la luz de mis modestas nociones ecológicas durante años cultivadas, conjeturo que Tominé ostenta lo que un médico de lagos y lagunas —de existir tal tipo de profesional— bien podría llamar “facies hipocrática”, según titula la ciencia clínica al aspecto característico que presentan generalmente las facciones del enfermo próximo a la agonía. Lo anterior, cualquiera puede confirmarlo si visita el embarcadero de Guatavita la Nueva, pues, (y aunque las montañas de raíces de buchón apiladas en las orillas, dan fe de algunos amigables y valiosos intentos por desembarazar la represa del flagelo) es evidente la dificultad que tienen los botes de recreo para entrar o salir del puerto.

Urge evitar un desastre ecológico como los sufridos por Fúquene —donde residuos de abonos derivados de explotaciones agrícolas favorecieron, de forma más o menos similar a la aquí anunciada para Tominé, la contaminación irreversible de la laguna por otra maleza acuática, en ese caso la elodea (Egeria densa)—, o por el ya citado Muña, antaño paraíso de lancheros y pescadores y hoy transfigurado por el buchón que lo cubre (para desgracia del cercano municipio de Sibaté) en hediondo hervidero de zancudos.

Es preciso actuar pronto. Las autoridades ambientales tienen que remover el buchón del embalse (toneladas de tal materia orgánica pueden servir, por ejemplo, como abono o para cultivar hongos comestibles a escala industrial), y la única forma viable de hacerlo acaso sea tornar lucrativa la labor de extraer la planta del agua (las facultades de Diseño Industrial de Bogotá por ejemplo, podrían colaborar con un concurso que indague sobre los posibles empleos de la fibra de la raíz del buchón para la elaboración de objetos). De lo contrario — ¡y con cuanta alegría reconocería mi equivocación de ser el caso!—, Tominé morirá.

(*) alftecumseh@yahoo.com

viernes, agosto 12, 2005

E18 Vanilocuencia discurso de moda

Vanilocuencia: discurso de moda
escrito agosto 12 de 2005

El afán de simular erudición acorde con las exigencias discursivas en boga, hace que en Colombia todo aquel con (o sin) ínfulas de poetastro, intelectualoide o dialectólogo emplee una ristra de clichés sin miramiento alguno a la concisión idiomática. Para la muestra un fragmento en el mejor estilo contemporáneo. Úselo, imítelo, aprópielo, verá resultados espectaculares y superpositivos, es más, usted saldrá, gracias a él, bien librado al conversar sobre cualquier tópico con cualquier persona y en cualquier ocasión:


Básicamente (giro favorito de quien desea señalar las virtudes de lo que no ha enunciado), de alguna manera, el truco consiste en tener presente que el hilo conductor del proyecto persuasivo, requiere jugarse a fondo y darse la pela de intentar, obviamente, apostarle a la transparencia para blindar la comunicación y abrir espacios de diálogo que faciliten manejar escenarios mediáticos participativos con coherencia apropiada, tal como mandan los cánones de la tecnología de punta, para establecer nexos y alianzas estratégicas con eventuales interlocutores en toda ocasión, desde rondas de negocios hasta sesiones tendientes a establecer alianzas estratégicas.

En ese orden de ideas, de cara al enfoque corporativo que no disculpa falacia alguna, es menester, para salir airoso de cualquier brete, manejar hipótesis de alto impacto y recurrir a lo que alguna vez fueron lúcidas frases (hoy convertidas en manidas y aburridoras dicciones que numerosas personas reciclan sin tregua, como para manifestar su incapacidad de pensar algo interesante). El reto es, sin la menor duda, romper esquemas de incomprensión desde la verdad y generar cambio en el auditorio y, pues nada, retomar lo que se comenta en calles y corrillos, o lo que dice la opinión, para aportar referentes significativos que oficien como terapia de choque contra la satanización de aquellas simbiosis entre el desarrollo alternativo y la sensibilización competitiva a los cuales la banalidad imperante intenta problematizar su interdependencia.

La cuestión es simple: 1. Para visualizar nuevos proyectos sociopolíticos hay que devolver la autonomía perdida a quienes fueron relegados a una marginalidad carencial, y articular planteamientos verbales retributivos con todas las bondades de la conectividad coyuntural. 2. Así las cosas, una asignatura pendiente, en gracia de discusión, es hacer un recorrido por las noticias para, con la pericia del piloto, detectar los estándares conceptuales con los cuales la mayoría de los encuestados formulan opiniones en respuesta a problemáticas dadas. 3. Vivimos una época en la cual el empoderamiento es imperiosa exigencia, si de evitar la perniciosa homogenización de las conductas sociales se trata; por ejemplo, en el ámbito comunal, la protesta social demanda voluntad política para repensar el país según los desafíos del momento y aportar propuestas clave sin detenerse en cualquier rifirrafe ante los enemigos de la meritocracia — por suerte, un porcentaje minoritario a la luz de recientes sondeos de favorabilidad—, y es que, 4. La conectividad entre el magisterio y el pueblo merece, de cara al país (y para afrontar con éxito un hito como el Tratado de Libre Comercio), una actitud restaurativa, en cuanto evento emblemático incorpore la agenda diaria; en virtud de ello, quienes sentimos la patria asumimos el peso de implementar a profundidad una gestión democrática, al interior del estado, como trasunto de lo que contemplan para tales efectos la constitución y la ley, hoy agobiadas, por demás, y en espera de que, por decir algo, surjan a frentear las circunstancias empresarios comprometidos con la sociedad civil y funcionarios capaces de desempeñar una gestión intrafamiliar idónea sin diferencia en virtud de los estándares y porcentajes específicos actuales.

¿Comprendieron?

¿Alguna cosa?

¿La más mínima?

Tranquilos, tampoco yo. Nada había perceptible en los párrafos anteriores.

Aunque algo sí hay preocupante, en especial entre numerosas figuras públicas colombianas, desde dirigentes empresariales hasta estrellas de la farándula.
La mayoría, se expresa así.

jueves, agosto 04, 2005

E17 ¡A salvar la oposición!

¡A salvar la oposición!
Publicado en el columnista virtual de El Espectador www.elespectador.com


En política un crítico imparcial vale más que diez mil partidarios. ¿Sabrá eso el Presidente?

Al congregar en torno a su ideario las descomunales simpatías que ahora lo respaldan, Álvaro Uribe Vélez asume frente al país inmensas responsabilidades cuya observancia exige una sindéresis superlativa; cualidad que un gobernante pierde con facilidad si recurre al sentir de admiradores siempre dispuestos a dar coba como medida exclusiva de su gestión.

La falta de antagonismos robustos desequilibra cualquier ecosistema sociopolítico. Por ello, la coyuntura colombiana precisa conservar a los contradictores de Uribe, hoy tan amenazados de extinción como el tigre siberiano o el oso de anteojos. Urge actuar, vedar la cacería y establecer áreas de preservación antes que sea tarde. En caso contrario las consecuencias serán devastadoras.

Numerosos analistas —entre quienes destaca Jorge Leyva Valenzuela por conceptos publicados en El Espectador (semana del 31 de julio al 6 de agosto de 2005)— comentaron los abrumadores porcentajes de opinión pública devota al presidente Uribe según las últimas encuestas. Y el dictamen es categórico: si la Corte Constitucional aprueba la reelección, la contienda presidencial será un “Vine, vi, vencí” a favor del actual mandatario (quien recién sorteó otro escollo para su pretensión continuista al apaciguar al reacio ex presidente Pastrana con un dulce bozal diplomático). Ya miríadas de promotores, admiradores y prosélitos proclaman la perpetuación de Uribe en el poder como salida única para la nación. Es el dogma. El leitmotiv que repica triunfal ante fuerzas opositoras confundidas, liliputienses, y desacreditadas... Y asimismo una amenaza para nuestra democracia.

Asimilar al regente con el estado se devaluó desde tiempos del monarca francés Luis XIV, toda vez que la carencia de confutadores resulta pésima asesora, máxime con enjambres de panegiristas prestos a decir al gobernante cuanto éste quiera escuchar (lo cual, a menudo, falsea las circunstancias y torna, por ejemplo, una meritocracia en mentirocracia, o una democracia en ‘democresía’ al envenenarla con hipocresía). Por ello, a quienes defienden la variedad compete cuestionar creencias —que no por útiles a muchos uribeneficiarios son verdaderas— y discrepar, si fuera del caso, antes de entregarse sin flexión a la uribeodez colectiva (e ilusoria por momentos como indican los tropezones en el Putumayo); es propio recuperar la desobediencia civil que promulgara Thoreau y —aunque la propensión sea hacer lo contrario— seguir el consejo de Francis Bacon, de comenzar en dudas para terminar en certezas.

Cierto, el presidente Uribe es un portentoso político, pero, a sus evidentes dotes como guía del estado colombiano, él y sus asesores superponen notables habilidades para orquestar un carnaval de ilusionismo masivo jamás visto en nuestra historia republicana. En virtud del colosal trampantojo, hoy un 80% de los colombianos cambiaron la patria real con sus lacras y problemas por el País de las maravillas (lo cual no necesariamente es malo) y anhelan esperanzados la segunda elección del redentor. El pluralismo evaporado dejó su lugar a un ‘pluribismo’ que no contempla si el ciudadano está por o contra el gobierno, sino la medida de su uribismo. Es más, lo usual en este clima némine discrepante, donde campea la noción de que, hágase lo que se haga, si es iniciativa de Uribe está bien, es apabullar cualquier amago de disenso o cuestionamiento con peroratas llenas de blindaje (¿para excluir al impío?), transparencia (¿para contemplar aquello que es prohibido debatir?) y otras abracadabras multiuso convertidas en cánones hieráticos.

¿Cuándo se decretó emplear —como mínimo— veinte calificativos encomiásticos o listar docenas de realizaciones, para poder hacer siquiera una eufemística crítica al caudillo? Si Uribe es tan excepcional ¿por qué contemplarlo con lente de aumento? ¿sirve eso para doblegar la obstinación guerrillera? ¡Y aparte esas cifras DANE que el ciudadano común jamás podrá verificar! Y, peor aún, ¡las encuestas! ¿han reparado en el extraordinario número de repeticiones de la palabra ‘Uribe’ implicadas en cualquier fragmento informativo impreso, virtual, radial o televisivo hecho en Colombia (este texto incluido)? Cual aquellos mantras, coreados a perpetuidad en el budismo, el término es la muletilla social de moda. ¡El uribest-seller¡ ¿Por qué asombra tanto que la celebridad del gobernante aumente con cada sondeo? (si casi todas las preguntas le llegan al público en versión... ¿¡cuál de estos nombres le suena más!?).

A propósito, décadas atrás, el matemático alemán Hermann Haken, padre de la Sinergética (doctrina de la acción de conjunto) compiló en su obra “Fórmulas de éxito en la naturaleza” reveladoras experiencias que indican cómo las personas condescienden con opiniones dominantes y tienden a adherírseles (aun a aquellas que deberían identificar como equivocadas y en ocasiones, a pesar de haberlo hecho). La sugestión mutua es el mejor amplificador del fenómeno Uribe. La ciudadanía cree y, además, quiere creer. Una suerte de efecto eco que propicia mayor aceptación con cada encuesta. La fascinación emotiva neutraliza todo ingrediente racional pues, como explicó el presidente norteamericano James Madison (1751-1836): “la razón humana, el hombre en general, es muy temeroso y prudente cuando se siente solo, y se vuelve más fuerte y confiado en la medida en que cree que muchos otros piensan como él”. Además, tras las seducciones de la administración Uribe (y con tanto de habilidad para hacer favores como de favorabilidad) subyace una monumental estrategia de mercadeo...

Hay un truco casi infalible para maravillar auditorios esquivos: antes de la sesión, el expositor hace que algunos amigos suyos se sienten en las últimas filas; luego, a medida que habla, y tras ciertas frases bien ensayadas, acentuadas con dramatismo, sus camaradas asienten y repiten a los vecinos: “¡qué maravilla!”, “¡éste sabe mucho!”, “¡el tipo está sobrado!”, “deberíamos reelegirlo” y otros elogios que se difunden entre el público; de cuando en cuando, estos mismos aliados hacen preguntas escogidas para que el presentador deslumbre a la asamblea con insólitas soluciones; y al concluir viene algo espectacular: no bien el orador agradece a los congregados, suenan unos tímidos aplausos, con ellos, los compinches, atrás de la sala, empujan a toda la concurrencia a algo que generalmente desemboca en atronadora ovación; después los desprevenidos regresan a sus casas convencidos de haber visto algo fabuloso y prestos a certificarlo en cualquier encuesta. Muchos excelentes conferencistas (y otros menos excelentes ) emplean métodos parecidos para incrementar su impacto sobre la gente, estos realzan igual una sesión humorística, una terapia de alcohólicos anónimos o un consejo regional.

¿Acaso los colombianos intervenimos hoy —la mayoría ignorándolo— en una excepcional comedia? Vaya uno a saber, pero dudar de los trucos, sobre todo con respeto, es una opción válida para los miembros de una democracia participativa y un factor imprescindible para que el mago perfeccione su oficio. Por ello, antes de acoger la bendición “Uribe et orbi” como panacea es salubre evocar cierto relato infantil de Hans Christian Andersen titulado “El emperador está desnudo”: Tenemos hoy un magnífico presidente apto para gobernar como ninguno antes lo hizo. Con una particularidad: los idiotas no pueden notarlo... ¿Verdad? ¿Ficción? Imposible determinarlo, pues si el mandatario adelanta su labor y ninguno ve los presuntos efectos positivos de su mandato nadie se aventurará a decirlo para evitar parecer idiota ante los demás.

Ahí es donde se necesitan opositores valientes; si tanta belleza es verídica, la magia mejorará gracias a dichos escépticos, y si todo resulta mal, ellos mitigarán el tránsito del espejismo de la convicción “al tanto por ciento”, al desengaño del “¡lo siento tanto!”.

jueves, julio 28, 2005

E16 La mala imagen de Colombia ¿culpa del cine nacional?

La mala imagen de Colombia ¿culpa del cine nacional?
originalmente publicado en la página web del diario bogotano El Espectador (www.elespectador.com), sección "columinsta virtual"

La ofensiva distorsión que el director Doug Liman, incluye en su película Mr. & Mrs. Smith, al presentar a Bogotá —pujante metrópoli de ocho millones de habitantes— como un cálido pueblucho mejicano flagelado por los rigores de la guerra total, motivó una justificada ola de indignación en nuestro país con rechazos del público, protestas de la Administración Distrital y, finalmente, salida del filme de cartelera, incluidos; sin embargo, la mayoría de quienes impugnaron la cinta (protagonizada por Brad Pitt y Angelina Jolie) olvidaron que la reiterativa tendencia de la industria cinematográfica mundial a plasmar en numerosas producciones una Colombia abominable (e inexistente) tiene como culpables principales ¡a los creadores del cine nacional!

Para la muestra, la cinta Rosario Tijeras (dirigida por el mejicano Emilio Maillé sobre la novela original del escritor antioqueño Jorge Franco Ramos) próxima a ser estrenada... aún sin haberla visto, y aunque reputados periodistas digan que Jorge Franco “sin caer en la denuncia social o el rollo sociológico escribió una canto a la emancipación de la mujer sometida...”, el público extranjero solo recibirá otro sorbo del mismo apestoso cliché: Colombia es una nación de prostitutas, traficantes y pistoleros mal hablados...

Nos ven como los hacemos vernos, con las imágenes que les exportamos (y luego nos enojamos cuando nos las devuelven Mr. & Mrs. Smith y compañía), porque cada nueva obra inspirada en nuestra realidad apela al eterno sociodrama kitsch, a los diálogos miserables entre gentes miserables... a las mulas, a los narcos, a los paracos, a los guerrillos... Pueda que los aspectos técnicos sean impecables, las actuaciones soberbias y la fotografía magnífica. ¿Y qué? A decir verdad, en cuanto a talento artístico concierne, muchos proyectos resisten cualquier objeción y merecen generosos adjetivos.

¿Y qué?, si lo perturbador es el fondo, la rancia receta de “reflejar la realidad” y exhibir lo más brutal del contexto nacional, realzado con efectismos para corroborar los estereotipos ya popularizados en el concierto internacional por exiliados sediciosos, periodistas irresponsables e ‘intelectuales’ cuestionables (algo extensivo a las telenovelas y a las obras premiadas en los certámenes literarios locales). Así, ¿por qué sorprendernos si en Europa o en Estados Unidos los Doug Liman de turno asumen que aquí un ejército inepto se encarniza contra esforzados guerrilleros y desampara a los humildes de las tropelías paramilitares?

Por qué escandalizarnos sin nuestros propios productores y actores, casi obscenos, ridiculizan las desdichas de sus compatriotas para conquistar premios internacionales con el viejo truco del mendigo que expone antes los transeúntes sus llagas y quemaduras para obtener limosna (sólo que los indigentes y menesterosos auténticos tienen llagas propias, no ajenas, y que además no realizaron estudios de actuación, ni viven una vida de ensueño, y ni siquiera hablan con el impostado hablado de los Diego Cadavid, Manolo Cardona, Juan Carlos Vargas, Flora Martínez y cuanto bello, rico o famoso de la farándula criolla cobra millones por caricaturizar compatriotas infelices). Toda la filmografía colombiana acogida en el extranjero destila el machacón pesimismo que hermana a “Rodrigo D no futuro”, “La vendedora de rosas”, “La virgen de los sicarios”, “la primera noche”, “Perder es cuestión de método” y otras tantas producciones nacionales. ¿Dónde está la contraparte optimista? ¿Cuándo veremos en la pantalla grande una llorona, una patasola, una comedia típica, un platillo volador, cuando menos un simple duende en lugar de ese monótono vicio de descubrir con cada estreno que el fuego quema. ¡Tamaña utopía construyen nuestros paladines del cine al despachar a los mercados internacionales forajidos y prostitutas imaginarios a modo de artesanías?

Es más, por fortuna su actuación en “María llena eres de gracia” (¿o de droga?) fue insuficiente para que la Academia concediera el Oscar a Catalina Sandino, y no porque la actriz carezca de méritos, sino porque dicho premio hubiera contribuido a aumentar el regodeo pornográfico con la ordinariez y el sufrimiento de nuestros desamparados. ¿Es que todas nuestras mujeres son rameras? ¿todos nuestros adolescentes drogadictos? ¿por ventura fuimos todos los colombianos engendrados con violación implicada y en medio de minas quiebrepatas? ¡Cuando surgirán la fantasía, los mundos alternativos, los episodios históricos!

Ojalá quienes hacen cine en Colombia, adviertan cuán sano sería hacer películas sobre algunos elementos poco conocidos en el exterior acerca de nuestro país, y sorprender a la crítica destacando lo mejor de las grandes ciudades que hemos levantado, o de los millones de colombianos que hablan sin decir ‘pirobo’ o ‘gonorrea’ cada media frase, o de las innumerables familias pobres que subsisten con dignidad. Hasta tanto eso no ocurra, proseguirá aquella gran paradoja según la cual las producciones nacionales ganan premios en festivales internacionales mientras deleitan al mismo público extranjero al que desmotivan de hacer turismo entre nuestras fronteras.

Escrito en julio 28 de 2005

E15 Los beneficiarios de la enemistad

Los beneficiarios de la enemistad
originalmente publicado en la sección "El columnista virtual" del diario bogotano El Espectador (www.elespectador.com)

De la completa radiografía explicativa que calificados columnistas trazaron en El Espectador (semana del 10 al 16 de junio de 2005) sobre los ataques a Londres, descuella el lúcido planteamiento del Premio Pulitzer 2002, Thomas Friedman (al señalar que las autoridades religiosas musulmanas siguen sin condenar a bin Laden, y afirmar que el sobresalto continuará hasta cuando el pueblo musulmán y sus guías espirituales decidan reprobar y aislar a los extremistas que alojan en su interior); de igual forma aparece fragmentaria la argumentación del sociólogo y político Eugenio Gómez Martínez cuando apunta —tras consignar que “No hay justificación alguna” para los hechos— que según los fanáticos jihadistas “España fue cruel y avasalladora contra los islamistas en tiempos de los Reyes Católicos”... En reciprocidad habría que mencionar los casi ocho siglos de intromisión islámica en suelo español transcurridos entre el año 711, en que los beréberes comandados por Tariq ibn-Ziyad cruzaron Gibraltar para sojuzgar la península Ibérica y derrotar al visigodo rey Rodrigo, y 1492 cuando Boabdil se rindió en Granada... So pena de incurrir en exposiciones parciales, como las de numerosos intelectuales e historiadores occidentales hostiles a George W. Bush y al predominio mundial de Estados Unidos, que para denunciar la abusiva invasión norteamericana del suelo iraquí la definieron como un atropello a la venerable cultura musulmana allí asentada (sin referir que, en 641, los ancestros de esos mismos venerables musulmanes habían a su turno atacado la Mesopotamia donde hoy queda Irak y destruido la provincia del imperio persa Sasánida que entonces florecía allí)... Todo porque la moda es posar de antiimperialista, encontrar solamente iniquidades en el rol histórico de la Iglesia Católica y describir los brutales desmanes de las cruzadas comenzadas en 1095 —olvidando, eso sí, que 363 años antes de dichos episodios, el ejército de Carlos Martel frenó en Poitiers el asalto islámico sobre Europa (¿las “medialunadas”?)—, ¿Quién asegura que de haber sido otras las circunstancias, una eventual superpotencia musulmana sería mejor árbitro del destino planetario de lo que hoy son los Estados Unidos?

Como sea buscar pretextos históricos para echar culpas a uno u otro bando es lamentable despropósito, máxime cuando lo que importa no es cuál arrojó las primeras piedras, sino cómo conseguir que ambos se abstengan de continuar arrojándolas, hay demasiado en común entre Occidente y el Islam como para permitir que se imponga la visión segregacionista de feroces minorías radicales. Tal como anotó hace un año el periodista británico Jasón Burke, Al Qaeda es más una ideología que una organización (según él, la palabra árabe ‘qaeda’, que traduciría tanto “base de operaciones”, como a “método” o “precepto” es comprendida por los terroristas suicidas en este último sentido)... La gran amenaza es que el “alqaedismo” lo extiendan por el orbe grupúsculos criminales generando de paso —por efecto de acción y reacción— un “para-alqaedismo” como contraparte occidental. Por ello, bien harían las autoridades mundiales en buscar posibles beneficiarios de la enemistad entre musulmanes y cristianos, perversos interesados, a uno y otro lado del espectro religioso y cultural, en fomentar la discordia para acrecentar su poder o enriquecerse con ello (ayatollahs, fabricantes de armas, incluso vendedores de millonarias pólizas de seguros... la lista de sospechosos es considerable). Esos nefastos, y aún anónimos incitadores, serían la versión global de aquellos bullangueros que en los colegios gritan “dele, dele, dele” al primer conato de riña entre compañeros animando a los eventuales contendores a agredirse, quienquiera que sean y sin saber siquiera el motivo del altercado.

Los alcances del asunto escalofrían, bastaría una explosión durante una peregrinación masiva a la Meca, o en una concurrida bendición papal en la Plaza de San Pedro en Roma (en especial si gente con intereses sectarios consiguiera tras ello convencer a los creyentes de la fe vulnerada de que los responsables encarnan el sentir de los fieles de la otra) para abrir heridas que tardarían milenios en sanar.

lunes, mayo 16, 2005

E14 El Peregrino Ensayo

El Peregrino
por Alfredo Gutiérrez Borrero
Ensayo escrito originalmente en mayo 20 de 2003 bajo el título de "Ciberdelirio"


William Walpole Wad fue especial.
Entre los estudiantes del instituto tecnológico de Massachussets (MIT) implicados en transmisión experimental de información, sólo él bromeaba con mensajes que un computador descomponía en trozos que enviaba separados hasta otra máquina dentro de la cual se reunificaban.
Era 1964 y ese recién divulgado ‘sistema de paquetes’ desarrollado por militares norteamericanos se investigaba también en California y Gran Bretaña.
Dicho método permitiría al Departamento de Defensa de los Estados Unidos vincular bases informáticas diseminadas por ese país mediante un sistema descentralizado y resistente (aunque fuera parcialmente destruido) a catástrofes naturales, ataques nucleares o sabotaje enemigo.
Sobre ese principio la Universidad de California instaló en 1969 los primeros componentes de una red de computadores denominada Arpanet.
Qué progresaría para convertirse en un cosmos simulado:
Internet.

Buenaventura
William Walpole Wad fue afortunado.
Vivió rodeado de cambios tecnológicos.
Un amigo suyo —el ingeniero estadounidense Ted Nelson— creó documentos electrónicos que podían leerse entremezclados en la pantalla del computador.
‘Hipertextos’.
Su colega, Ray Tomlinson, organizó el primer software de correo electrónico para comunicar a los desarrolladores del Arpanet. Luego otro conocido suyo, Lawrence Roberts, genio del MIT, perfeccionó un programa para escribir, recibir, archivar, redirigir y responder mensajes informáticos.
William advirtió lo que sucedía.
Estaba apareciendo un emporio de sonidos, imágenes y símbolos cuyas posibilidades desafiarían la objetividad lineal.
Un reino electrónico.
Otra realidad.

Atención
William Walpole Wad fue curioso.
Como Cristóbal Colón.
Anticipó el ecosistema informático que estaba emergiendo
Más que perfeccionar un mundo viejo quiso descubrir otro.
Uno superior a la esférica Tierra.
Amorfo. Ilimitado.
Durante dos décadas, hasta los años 80, conforme Internet se sofisticaba, William especuló con posibles migraciones al universo digital. Más que navegarlos ansiaba bucear en la corriente de datos que ingresaban al sistema planetario.
A diferencia de los estudiosos de la evolución cibernética que intentaban combinar el humano con la máquina, él pensaba en un viaje del humano hacia dentro de la máquina.
Comenzó a trabajar para lograrlo.

Palabras
William Walpole Wad fue intuitivo.
Las largas series numéricas de los Protocolos de Internet (IP), que entonces se usaban para desplazarse a los ‘sitios’ dentro de la red, obstaculizaban sus planes.
En 1984 eso acabó.
Surgió el Sistema de Nombres de Dominio (DNS), que simplificó el manejo de Internet con sufijos de tránsito (.edu, .com, .gov, .org) y códigos nacionales (.co, .ar., .mx).
Las letras reemplazaron a los números.
Y William sabría capitalizarlo.
Apenas conoció lo que Timothy Berners-Lee, físico e ingeniero británico, adelantaba con el Centro Europeo de Energía Nuclear en Ginebra, Suiza, se ofreció a colaborarle.
El proyecto llamado World Wide Web (WWW) fue operacional en 1989 y se empleó pronto en universidades de todo el mundo.
Lo componían diversos programas, normas y protocolos que disponían la forma en la cual archivos de multimedia (documentos que incluían textos, fotografías, graficas, video y audio) se organizaban y desplegaban en Internet.

Diferencias
William Walpole Wad tuvo claro algo inadvertido por mucha gente.
Internet y World Wide Web son conceptos distintos.
Internet comprende tanto la WWW como equipos físicos (el hardware: computadores, servidores, enrutadores, conexiones) y asimismo programas y protocolos ajenos a la WWW pero compatibles con ésta. Además involucra varios métodos de vincular computadores, como Telnet, FTP o Gofer.
La WWW (o más comúnmente ‘La Web’) es, en cambio, un entramado electrónico de recursos informativos localizados en la memoria de computadores extendidos por todo el planeta sobre los cuales un usuario se desplaza usando links entre documentos.
William concibió la Internet como un computador mundial y la WWW como su gigantesco sistema operativo.
La Web, aunque sea la más popular, sólo es una parte de Internet.
Varía de otros componentes de la red en las reglas que los computadores adoptan para intercomunicarse y en la accesibilidad a informaciones aparte de las textuales.
Es complicado visualizar películas y archivos multimedia con métodos distintos a la web.
La web era lo que William necesitaba.

Simbiosis
William Walpole Wad mezcló los impulsos eléctricos del cerebro y del computador.
A finales de los años 90 superó el binomio hardware / software e inventó un programa orgánico.
Una interfaz entre la máquina y el organismo.
¡Wetware!
Que, en teoría, permite hacer cosas como copias digitales del contenido neuronal. O replicar emociones y recuerdos. O agregar al intelecto de un individuo en forma instantánea nuevos idiomas o habilidades.
Con el lanzamiento en 1993, del ‘Mosaic’, primer navegador Web internacional gráfico de simple uso (seguido por Explorer de Microsoft y Netscape navigator) se inició la Era de los Cibernautas.
En el año 2000 empresas proveedoras de servicios de Internet (ISP), como America Online, Compuserve y muchas abastecedoras locales, suministraban, a precios razonables, conexiones a la red mediante cable o módems que marcaban un número telefónico de acceso. Millares de sitios web eran aprovechados por enormes cantidades de usuarios gracias a computadores personales (PC) ahora más baratos y potentes.
Después llegó el momento.
Los formidables motores de búsqueda (como Google, Yahoo y MSN-search) alcanzaron la masa crítica de seres humanos acoplados al mayor cúmulo informativo de la historia.
Y William activó su wetware.

Electrognosis
Al comenzar el Tercer Milenio, William Walpole Wad, introdujo en la red una ramificación virtual de su propia mente.
Hoy ignora en qué lado de la pantalla se encuentra.
Está totalmente esquizofrénico.
¿Y qué?
En cierto sentido es omnipotente. Experimenta millones de identidades y perspectivas. Incluso las nuestras.
Cada vez que digitamos una dirección web, seguimos fragmentando y multiplicando su personalidad con la triple ‘W’ que es un código de extensión wetware.
Y también sus iniciales.

Inmaterial
William Walpole Wad se distingue de los demás datos, nombres y fechas aquí consignados.
Porque no existe.
Es ficticio. Irreal.
Pero posible.
O más bien, hiper-real.
Habita esa dimensión aparente.
Donde la locura juega videos.

miércoles, mayo 11, 2005


Philp José Farmer.. Un escritor que recomiendo a todos los relacionados con el mundo de la arquitectura y el diseño. Posted by Hello

E13 Homenaje a Philip José Farmer

Volver del Mundo del Río

Por: Alfredo Gutiérrez Borrero, originalmente escrito el 26 de marzo de 2004

Los últimos tres meses estuve viajando por el Más allá. Fallecí, o como si lo hubiera hecho. Del sábado 20 de diciembre de 2003 al martes 16 de marzo de 2004 hice una fabulosa excursión por el planeta de los difuntos. Y visité lugares a los que todos iremos. Hoy, mañana o pasado. Al menos eso sostiene mi guía turístico, Philip José Farmer, un tipo menos clásico que Dante Alighieri, más moderno que Edgar Allan Poe (y no tan sombrío como Howard Phillips Lovecraft ni tan frívolo como Stephen King).

La travesía la realicé a bordo de un cómodo lecturavión de LIF (Líneas Imaginarias Farmer) el cual, según calculo, invirtió grosso modo cuarenta y tres horas en recorrer las 614000 (seiscientos catorce mil) palabras que separan el título inicial del punto final de cinco sustanciosos libros: la saga del Mundo del Río. Durante casi noventa días conviví, página a página, con muertos vivientes de todo tiempo y lugar, quienes me reportaron muy variadas experiencias: unas aterradoras, otras ininteligibles, algunas desilusionantes y absolutamente todas sensacionales. Tanto como para redactar un extenso comentario publicitario al respecto con la esperanza de estimular a otros a emprender el mismo tour. Y a la vez hacer hincapié —una vez más— en la utilidad que tiene leer para hallarle sentidos a la vida. Por supuesto, cuando hablo de “muertos vivientes” no me refiero a zombis sino a individuos resucitados. Normales. Como tú y yo. Sólo que visualizados por la mente creativa de un autor: Philip José Farmer, a quien ya mencioné.

Farmer, nacido en enero 26 de 1918 (en North Terra Haute, Indiana, Estados Unidos) y fruto de un singular guiso étnico que incluye antecesores ingleses, escoceses, irlandeses, alemanes y nativos cherokee del este norteamericano, creó varios universos literarios. El más excitante y conmovedor de ellos aparece en la saga del Mundo del Río la cual relata lo que acontece en un lugar donde todos lo que han muerto despiertan ¡al mismo tiempo! Sin ángeles. Y sin demonios ni juicio final. Definitivamente no es un plano astral ni metafísico. Sino un planeta como la Tierra. Pero mucho más próximo al centro de la galaxia (si acaso está ubicado en esta misma galaxia). Allí, incluso a mediodía, se pueden vislumbrar estrellas gigantes y en la noche el paisaje celeste se incendia con radiantes nebulosas. Cuando el sol se oculta es posible observar a simple vista constelaciones completas. El día dura veinticuatro horas (lo mismo que el terrestre), sólo que el planeta en cuestión no está inclinado sobre su eje y en consecuencia carece de estaciones. Es, en fin, un lugar que recomiendo conocer.

Fructíferas cosmovisiones
Como Larry Niven con Mundo Anillo, Terry Pratchett con Mundo Disco, Isaac Asimov con el ciclo de las fundaciones, J. R. R. Tolkien con la Tierra Media y en general todos los grandes autores de fantasía y ciencia ficción, lo realmente valioso de un hombre como Philip José Farmer es que su obra abre un horizonte creativo para que otros escritores (y junto con ellos millones de lectores) lo exploren, lo colonicen y lo habiten cada uno a su manera.

Es inevitable sumergirse en su cosmovisión.

La saga del Mundo del Río comenzó a gestarse en la mente de Farmer, hacia enero de 1965, con la publicación de ‘El día del gran grito’ al que siguieron otros cuentos como ‘El expreso del suicidio’ y ‘El mundo del río’ los cuales derivaron en un exuberante recorrido fantástico que se compiló en cinco novelas y se extendió hasta 1983.

Vaticino que, en algún momento durante las próximas décadas, el Mundo del Río será llevado al cine y entonces sufrirá el mismo destino que La Biblia, La Divina Comedia, El Quijote de la Mancha, Frankenstein, Drácula, Tarzán y —muy recientemente— el Señor de los Anillos; es decir, se convertirá en una obra masivamente divulgada, comentada hasta el máximo, y en buena parte adulterada, que casi todos afirmarán conocer pero muy pocos habrán leído de veras. O siquiera hojeado. U ojeado.

Ojalá la leas antes que eso pase, pues así, cuando se cumpla mi profecía, podrás sacar pecho y sentirte pionero, dueño de una íntima versión de los hechos. Te aseguro que, como viajero precursor del Mundo del Río, experimentarás en esa época la misma sensación que hace poco nos embargó a los lectores de vieja data de las obras de Tolkien (cuando la trilogía de Peter Jackson, sobre las andanzas de Frodo y compañía, invadió los cinemas del mundo); te poseerán impresiones ambiguas al saber, por ejemplo, que quienes antes ridiculizaban tus lecturas fantásticas resultan repentinamente conmovidos por una versión cosmopolita, tecnológica y abreviada de las mismas; encontrarás con deleite que algunos entre esos multitudinarios invasores de los multiplex quieren ahora recorrer senderos similares al tuyo y comprar los libros originales (¡y hasta es posible que los lean!); y asimismo te indignarás cuando otros (la abrumadora mayoría, en realidad) asuman que sólo por arrellanarse frente a una pantalla (muchos atentos a sus parejas o a las palomitas de maíz, y otros tantos a dormir la siesta) dominan el argumento con la intensidad de un auténtico aficionado de corazón... Como tú. Quizá hasta refunfuñes un despectivo “no se lo merecen” como el mayordomo del comercial. ¡Qué osados son esos cinéfilos advenedizos! Mira que atreverse a suponer que percibieron en unos minutos lo mismo que a tú tras muchas horas! (Ahora bien, si somos justos, lo mismo podría opinar de ti el escritor... pues leíste en unas horas lo que él estructuró en, digamos, ¿años?). Tal es la dinámica que se cumple en todos los campos del quehacer humano: uno confecciona un vestido en semanas y otro lo acepta o lo desecha en minutos; éste se toma meses pintando un cuadro y aquél apenas si le da un vistazo; y aunque saberlo no cambia las cosas, pues además es lo más natural, quizá tomar conciencia de ello sirva para apreciar más el esfuerzo ajeno.

De cualquier forma —y espero encuentras consuelo en ello— los lectores preceden invariablemente a los espectadores, de la misma manera que los escritores a los guionistas y éstos al director. Y es delicioso, de vez en cuando, dejarse llevar por el sabroso aunque inútil síndrome del “pero yo lo vi antes”. O, más exactamente, lo leí (o lo descubrí) primero.
¡Ja!

Y tras reír paso a especificar detalles.

Particularidades de un mundo particular
Los únicos animales del Mundo Río son peces de insólita variedad como el inmenso pez dragón. No hay aves, ni insectos, ni cuadrúpedos. Entre la vegetación sobresalen los árboles de hierro (casi indestructibles y de cuatrocientos metros de altura); asimismo hay especies maderables menores, tupidas hierbas y cañaverales. La saga relata la conformación de sociedades ribereñas por parte de unos humanos desorientados tras haber sido revividos sin tecnología, ni vestido, ni herramienta alguna (aunque con los mismos conocimientos y recuerdos de sus vidas en la Tierra); y en unas mezclas muy diversas (la población de un sector puede estar constituida, por ejemplo, en un 70% por nativos muiscas precolombinos, en un 20% por coreanos de finales del siglo XX y el restante 10% por individuos originarios de un sinnúmero de razas, tiempos y lugares). De ellos muy pocos se conocen previamente, pues la mayoría de los miembros de las familias y las comunidades terrícolas han sido resucitados, separados por miles de kilómetros, en medio de extraños y no vuelven a reunirse jamás. La probabilidad de un encuentro es muy baja por cuanto el río es tan largo que un barco puede navegarlo por cuarenta años sin recorrerlo todo; y aunque se diera la coincidencia entre unos y otros difícilmente se reconocerían, pues, hijos, padres y abuelos tienen ahora edades idénticas y, en consecuencia, fisonomías diferentes a las últimas que cada quien ostentaba en la Tierra.

Otro aspecto interesante es el colapso de las ideas económicas, políticas y religiosas, de los tabúes y las morales tradicionales pues el Más allá que encuentran los resucitados no estaba en las expectativas de nadie. Además, ante eventualidades como la perspectiva de la eternidad o la esterilidad generalizada ¿quién querría mantener la unión matrimonial como un estado definitivo? Por supuesto, y pese al excepcional intercambio cultural, pronto se repiten las mismas directrices sociológicas que se daban en la Tierra: los más fuertes monopolizan el poder, la riqueza y las provisiones que los Éticos (a quienes me refiero luego) distribuyen a través de las piedras de los cilindros (según describo después); se construyen viviendas, barcos, armas, utensilios y vestidos. Llegan la violencia, el crimen y la guerra (si bien no hay enfermedades, ni se necesitan médicos, pues las heridas curan a velocidad asombrosa), y quienes mueren (¡porque aquí también existe la muerte!) despiertan a muchos kilómetros de distancia en un lugar diferente del río y otra vez a bordo de una réplica exacta de su cuerpo a los 25 años. Al parecer son inmortales.

Capítulo aparte merecen los maravillosos cilindros metálicos. Cuando dichos objetos se insertan, a determinadas horas del día, en ranuras dispuestas a tal fin (dentro de ciertas piedras en forma de hongo que a lo largo del río suministran la energía y los víveres) en su interior se materializan variados menús (compuestos siempre por alimentos familiares a los que los humanos consumían en la Tierra, bebidas, cigarros y una goma que estimula el deseo sexual). Cada piedra de cilindros posee cientos de ranuras y los Éticos han diseñado un cilindro especial para cada individuo de modo que sólo éste —y nadie más con ningún medio conocido— pueda abrirlo. Quien muere revive siempre con una nueva versión de su cilindro específico al lado, así que la pérdida de tal aparato ocasiona grandes problemas (u obliga a quien la sufre a suicidarse para poseer un nuevo cilindro propio). Excepcionalmente uno de cada miles de cilindros es un ‘comodín’ y puede ser usado por cualquiera; por tal motivo los ‘comodines’ son muy codiciados y atesorados por los gobernantes y reyezuelos del Mundo Río.

Historia de un mundo fantástico
Al principio, Richard Francis Burton, afamado (y denigrado) viajero inglés, lingüista, literato, espadachín, y antropólogo, fallece en 1890 a los 69 años de edad. Y para su sorpresa, recobra el sentido en un descomunal recinto dentro del cual levitan millones de cuerpos durmientes. Todos humanos salvo un curioso ser (humaniforme sí, pero de otra especie). Antes de que reaccione, dos hombres llegan en una curiosa nave y lo adormilan de nuevo.

Cuando Burton despierta al fin, está acostado junto a un caudaloso río que cruza un valle rodeado por infranqueables montañas. Su organismo es joven otra vez y sin defectos. Él y otros treinta y cinco mil millones de humanos han sido resucitados. Allí estamos (o estaremos) quienes hemos muerto en la Tierra (como yo, mientras leía) redivivos en la ribera de ese río larguísimo (dieciséis millones de kilómetros según es revelado luego), desnudos, bajo un cielo desconocido y en un planeta misterioso.

Los adultos que expiraron con más de 25 años recuperan los cuerpos que poseyeron a esa edad. Los terrícolas fallecidos con menos de veinticinco siguen desarrollándose (y lo harán sólo hasta aparentar tener ese misma lapso. Luego no envejecerán más); en cambio, quienes murieron a edades tempranas (5 ó menos años) no están allí. Los sexos y sus apetitos subsisten pero no habrá embarazos. Han sido esterilizados. Todos están totalmente rasurados. El cabello les recrece únicamente en el cráneo (los machos no volverán a tener barba. Asimismo están todos circun­cidados). El río tiene en promedio dos kilómetros de ancho y a ambos lados —cosa de cada 800 metros —unos hongos de piedra liberan cíclicamente energía y víveres en abundancia (comida, tabaco, droga y alcohol).

Con el tiempo algunos descubrirán que la resurrección masiva no es obra divina. Sino debida a la tecnología de seres que permanecen anónimos durante ‘A vues­tros cuerpos dispersos’, que es el primer volumen de la saga. Los causantes de tal prodigio son los Éticos (como se autodenominan), ellos insertaron grabadoras especiales en la Tierra, siglos antes que los humanos primigenios surgieran de los simios. (O eso hacen creer a Burton y a otros varios, incluidos los lectores, a lo largo de la saga). Gracias a dichas máquinas, que registraron el aspecto y las vivencias de cada individuo desde su concepción hasta su muerte, los Éticos reconstruyeron los cuerpos. Ellos son, asimismo, los diseñadores de unas almas artificiales que lla­man wathans. Es más, en el cuarto volumen (‘El laberinto mágico’), se indica que las almas naturales no existen.

Al principio, los huéspedes del Mundo del Río asumen que todos los muertos entre el año dos millones antes de Cristo y el 2008 de la era cristiana han sido reanimados. Luego advierten que faltan los niños muertos en la Tierra con menos de cinco años, los retardados mentales, y los psicópatas irremediables (un Ético insurrecto le comunica a Burton que éstos han resucitado en otro planeta: el Mundo Jardín). Más adelante es revelado que únicamente los nacidos entre el 99.000 a. de J. C. y el 1983 d. de J. C. están ubicados en el Mundo del Río. Todos los que sucumbamos de 1983 en adelante, como tú o yo, seremos resucitados por tanto en una segunda fase cuando el actual proyecto Ético concluya.

Los Éticos son los sucesores de otras culturas avanzadas, varias no humanas, que han acordado grabar y revivir a las especies inteligentes de muchos planetas en el cosmos para evitar que desaparezcan del todo. Algunos Éticos, simulando ser terrícolas, han propagado en el Mundo del Río la noción religiosa del “Seguir Ade­lante”, según la cual sólo se salvarán aquellos individuos que —tras los cien años terrestres que abarcará el proyecto— alcancen un mínimo grado de bondad (ético) para conseguir fusionar sus wathans con la esencia de ‘Dios’. Transcurrido ese lapso el plazo concluirá y quienes no reúnan las condiciones morirán para siempre.

Los Éticos inoculan dicha creencia a la población de la riberas del río mediante inéditas religiones que surgen en el valle, como la Iglesia de la Se­gunda Oportunidad, cuyos apóstoles propagan asimismo entre los conversos el esperanto (lenguaje artificial creado por el oculista polaco Ludwik Lejzer Zamenhof en 1887) único idioma fácilmente comprensible para mezclas humanas procedentes de tan diversas épocas y territorios.

Burton y otros más son contactados por un Ético que oculta su identidad. Los terrestres lo denominan X o el Misterioso Extraño. X (en realidad Loga, el miem­bro rebelde del Consejo Supremo de los Doce) se ha revelado contra los planes de sus camaradas. Alega varios motivos para ello, pero el verdadero, se sabrá luego, es dar más tiempo a algunos familiares suyos que están entre los revividos para que evolucionen. X implica como auxiliares en su conspiración a algunos resucitados, entre ellos Burton, Sam Clemens (el escritor Mark Twain), Cyrano de Bergerac, un gigante (titántropo) llamado Joe Miller, el héroe del Oeste Tom Mix y otros humanos señalados. Los integrantes de este grupo están destinados a encontrarse, con el paso de los años, para emprender una peligrosa expedición, que descifrará todos los misterios, hacia el lugar en el cual los Éticos han construido su cuartel general: un paraje recóndito donde tiene su principio y su final el inmenso Río.

El imponente cuerpo de agua, averiguan, nace en el pequeño mar polar del ártico de aquel planeta, zigzaguea de arriba abajo por un hemisferio, circunvala el polo sur, y luego zigzaguea por el otro hemisferio asimismo de arriba abajo, siempre incrustado entre codilleras infranqueables, para desembocar en su misma fuente (el mar polar del norte) donde se alza, sobre el rocoso lecho marino, la gigantesca torre edificada por los Éticos como puesto de mando. El interior de tal construcción contiene un sinfín de prodigios, incluidos los circuitos y el colosal cerebro proteínico de la Computadora planetaria. Un gran pozo central almacena todos los wathans de los fallecidos (cuyos organismos son preservados como grabaciones virtuales). Cuando se reproduce el cuerpo de una persona para resucitarla su wathan se acopla de inmediato a él. Es el wathan, el que conserva todas las memorias físicas y permite duplicar la morfología y la idiosincrasia individuales; igualmente, el wathan aporta la autoconciencia del binomio mente y cuerpo. Sin wathan, el organismo de un individuo perdería su autoconciencia y sería imposible ‘copiar’ su identidad.

Un mundo en cinco episodios
El primer libro ‘A vuestros cuerpos dispersos’ (y mientras mujeres y hombres, en las márgenes del extraordinario río, se enamoran, se destrozan, se asesinan y resucitan, sin comprender aún por qué o cómo están allí) describe las tentativas de Burton por eludir la persecución de los Éticos quienes saben de su despertar en la fase de preresurrección por obra del Ético renegado. Entre tanto el ex jefe nazi Hermann Goering ánima la trama con una crueldad similar a la que exhibió en la Tierra. Con ayuda del Misterioso extraño, Burton burla a los Éticos y recorre el río en el “Expreso del suicidio” quitándose la vida 777 veces (en todas revive en una copia exacta de su cuerpo o ‘psicomorfo’). Al final es capturado. El Consejo de los Doce (entre quienes se esconde el Ético sublevado) lo somete a un duro interrogatorio en la torre central. Allí sondean las memorias de Burton para identificar al renegado a través de sus ojos. En vano, pues el astuto rebelde manipula clandestinamente la computadora planetaria y engaña a sus compañeros del Consejo haciéndoles creer que el cautivo ha olvidado la entrevista. Pero Burton retorna al valle del río con su me­moria intacta...

En el segundo volumen, ‘El fabuloso barco fluvial’, Sam Clemens (Mark Twain reencarnado), proyecta fabricar un gran barco de paletas para remontar el Río hasta un lugar cercano a sus fuentes desde donde continuar a pie en busca de los Éticos y su torre. Hermann Goering, arrepentido, es ahora pacifista y miembro de la Iglesia de la Segunda Oportunidad, por ello se opone a la construcción del barco que, de todos modos, resulta frustrada durante años pues el planeta carece de hierro y metales pesados. No obstante, X interviene desviando un colosal meteorito de ferroníquel al Valle, del cual Clemens —ahora asociado con Juan Sin Tierra (hermano menor de Ricardo Co­razón de León)— obtiene el anhelado metal. Sin embargo, Juan de Ingla­terra traiciona a Clemens y se roba el barco apenas finaliza su ensamblaje. Esto ocasiona un choque tras el cual Sam Clemens y algunos partidarios (como Cyrano de Bergerac) son lanzados al agua. Sam jura venganza y comienza a cons­truir otro barco para perseguir al pérfido Juan...

En el tercer volumen, ‘El oscuro designio’, Clemens y su gente terminan un segundo barco (tras vencer penalidades y nuevos intentos de terceros por robarlo). Una vez dicha embarcación zarpa, otros ciudadanos del país ribereño de Parolando (fundado por Clemens, y dónde la tecnología ha alcanzado un cierto desarrollo) fabrican un dirigible con el cual alcanzan el polo norte y llegan a la torre donde sólo uno de los tripulantes consigue ingresar a la edificación, y desaparece. En el viaje de retorno, los comandantes averiguan que el propio X (más incógnito de lo que ya es) se esconde entre la tripulación, pero éste huye, y hace volar la aeronave con una explosivo plástico que deja en su interior. Burton, por su parte, descubre que los Éticos tienen agentes infiltrados entre los humanos (algunos entre sus propios compañeros, incluidos un ‘falso’ Peter Jairus Frigate y el extraterrestre Monat). El verdadero Frigate, a su vez, se encuentra con Jack London y Tom Mix con quienes fabrica un globo al estilo de las novelas de Verne para explorar el planeta. Su travesía también concluye en desastre porque el globo se incendia, pero los acerca a Burton...

En el cuarto volumen, ‘El laberinto mágico’, Burton y el Peter Frigate auténtico, quienes se convertirán en inseparables, se encuentran. El ‘No se alquila’ y el ‘Rex Grandissimus’ (como se llaman respectivamente los dos barcos, el de Sam Clemens y el del rey Juan) traban combate con sus formidables armamentos (pese a las súplicas del cada vez más piadoso Goering). Las dos naves naufragan en la escaramuza, y sus comandantes perecen junto como la mayoría de sus tripulaciones. Burton (enrolado entre la gente de Juan Sin Tierra) y Cyrano de Bergerac sostienen el más formidable duelo a espada de la historia, Cyrano pierde y se rinde pero Alice, la compañera de Burton lo liquida de un balazo. Burton llora. Él y algunos otros se salvan. En un modesto barquichuelo, sobrevivientes de ambos bandos prosiguen remontando el Río tan lejos como pue­den, después escalan la imponente cordillera anular que encierra el mar polar ártico. Burton sospecha que uno de los integrantes de la expedición es X. Más adelante ingresan a la torre por una acceso secreto dejado por el propio X, de quien luego Burton descubre la identidad. La torre está abandonada y deteriorada (pues sus habitantes los Éticos y sus Agentes fueron muertos por X hace tiempo sin posibilidad de resucitar). Un mecanismo que filtra el agua marina está bloqueado y el cerebro viviente de la Computa­dora a punto de fenecer. Si muere antes de que el mecanismo sea arreglado el proyecto fracasará y las grabaciones de los cuerpos se perderán.

El ex nazi Hermann Goering, antiguo Reichsmarschall del Tercer Reich, alcanza al grupo. Se ha retractado de sus actividades en la Tierra y es casi un santo de la Iglesia de la Segunda Oportunidad que arriesga su vida para hallar la válvula estropeada y reponerla. Falla, y muere. Tras eso, la Computadora está condenada a sucumbir y con ella las ilusiones de eternidad de treinta y cinco mil millones de terrestres. Pese a ello, la antigua compañera de Burton, Alice Liddell Hargreaves (la misma Alicia para quien Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido como Lewis Carroll, escribiera “Alicia en la país de las maravillas”) que está en el grupo, halla astutamente una forma para suprimir el protocolo suicida de la Computadora a la cual libera de sus inhibiciones, y así salva el pro­yecto. En tal forma la humanidad del Valle obtiene el extra tiempo que Loga, el Ético rebelde, asevera que todos requieren para conseguir el desarrollo ético adecuado y ‘Seguir Ade­lante’. Al final, se aprestan a reanudar el proyecto según el plan inicial (salvo que los camaradas Éticos de Loga y sus emisarios seguirán muertos para evitar que interfieran)...

En el quinto libro ‘Dioses del Mun­do del Río’, diez personas manejan la computadora central y por ende el planeta. Tienen poderes casi divinos. Ellos son: 1. Loga (el Misterioso X, resucitado y educado por extraterrestres en el Mundo Jardín, quien murió en el siglo XII a. de J. C., asesinado, a los cuatro años de nacido. Y nieto del rey Troyano, Príamo. Es, además, el único sobreviviente del viejo Concejo de los Éticos), 2. Li Po (gran poeta y espadachín de origen turco-chino nacido en 710 y muerto en 762), 3. Puñado de Estrellas (sufrida y desquiciada mujer contemporánea y compatriota de Li Po), 4. Tom M. Turpin (pianista americano de raza negra nacido en Georgia en 1871 y muerto en St. Louis en 1922), 5. El barón de Marbot (veterano de las guerras napoleónicas nacido en 1782 en Francia donde murió en 1854), 6. Nur ed-Din el-Musafir (moro español, nacido en 1164, y musulmán heterodoxo de la secta sufi. Muerto en Bagdad en 1258), 7. Aphra Behn (inglesa nacida en 1640 y fallecida en 1689, espía en Holanda para el rey Carlos II y la primera mujer de su país que vivió de escribir literatura), 8. Peter Jairus Frigate (un escritor norteamericano de ciencia ficción, nacido en 1918 y muerto en 1983, quien además es una maravillosa forma del autor de incluirse en sus novelas), 9. Alice Pleasance Liddel Hargreaves (nacida en Inglaterra en 1852 y fallecida allí en 1854, inspiradora de la Alicia de las obras de Lewis Caroll) y por último el ya mencionado Sir Richard Francis Burton.
No tardan en descubrir las responsabilidades de ser dioses. Primero Loga desaparece, asesinado al parecer. Varios de los otros se dedican a resucitar a diferentes personas que les interesan (Puñado de Estrellas, revivida por Li Po, es la primera). Estas personas reviven a su vez a otras tantas y la torre, aunque enorme, acaba saturada. Cunde el desorden. Burton está desesperado. En una fiesta ofrecida por Alice en su ‘reino privado’ irrumpen millares de androides diseñados según los personajes de las obras de Carroll y atacan a los humanos. Es una carnicería.

Únicamente se salvan Burton, Alice, Li Po, Frigate, Sir William Gull (quien antes fuera Jack el Destripador) y Puñado de Estrellas. Esta última es la causante de todo pues ha enloquecido tras ser violada por uno de los revividos (en la Tierra había sido abusada varias veces) y conspira con la computadora para exterminar a sus congéneres y destruir el proyecto. La subsiguiente batalla entre los cinco y Puñado de Estrellas concluye con la derrota de ésta (quien es congelada, para siempre, por criogenia). Gull resulta, asimismo, muerto.

Entonces reaparece Loga, todo el tiempo ha estado vigilando a los demás humanos para ver como se las apañaban en la administración del Mundo Río. Tras un periodo de tensa calma, Burton y los demás advierte cuan poderoso y caprichoso es Loga. Aunque afirme lo contrario es una amenaza para todos. Está loco. Burton lo neutraliza y, tras engañar a la computadora, obtiene el mando. Días después, Burton, Li Po, Frigate y Alice ordenan a la computadora revivir a sus amigos y, salvo a algunos criminales horripilantes, a todos los que han fallecido en el Mundo del Río (donde, entretanto, el proceso de resurrección se ha detenido). Además deciden revelar al resto de la humanidad la verdad completa, sin ocultar nada. Quedan 30 años terrestres antes de que arribe un nuevo comando de Éticos procedente del Mundo Jardín; por ello, se convoca una reunión y los ciudadanos de la Torre brindan por sus logros y analizan las perspectivas de futuro. Saben por la computadora que, si lo desea, el género humano podrá retornar a la Tierra (que ha sido reacondicionada para ello por los Éticos). Pero Burton plantea una insólita alternativa a quienes lo apetezcan. Pueden renunciar al destino programado por lo Éticos y aventurarse en lo ignorado a bordo de una nave interplanetaria construida por la omnipotente computadora.

Estos son los apartes finales:
“«Habremos rechazado el Cielo prometido de la Tierra. Pero nos llevaremos algo del Cielo con nosotros y, estoy seguro, más que una pulgarada de Infierno. ¿Puede existir el Cielo en un vacío? Sin Infierno, ¿cómo podremos saber que estamos en el Cielo?
»Os pregunto, amigos míos, y también a esos que quizá no me aprecian demasiado, ¿qué debe ser? ¿La nueva Tierra? ¿O lo desconocido?
Su auditorio permaneció en silencio. Entonces Frigate dijo en voz muy alta:
—¿Es todo esto retórico? ¿Adonde vas a ir tú, Dick?
—Tú sabes donde —respondió Burton.
Y mientras agitaba su mano para indicar las estrellas agregó:
—¿Quién se viene conmigo?”.

Yo estoy con Burton, pero quizá ustedes deban leer los libros antes de elegir.

Alcances del viaje imaginario
Ahora que volví del Mundo del Río me rehúso, más que antes, a aceptar la tendencia a convertir el cine en sustituto de la literatura. Lo considero un valioso abrebocas, un complemento. Pero no un reemplazo. Un película es una invitación a conocer la historia, la novela o el cómic, que permitió hacerla realidad. Las buenas películas, si hubiera mayor conciencia cultural al respecto, deberían causar gula cognitiva. Hacerte salir del teatro ansioso de aprender más sobre los escenarios, sobre las épocas, sobre los actores o sobre los personajes a quienes estos caracterizaron; en fin, sobre cualquier cosa relacionada con el filme. Por desgracia la superficialidad está a la orden del día y asumimos que la imagen s condensada sustituye a la lectura extensa. Y no es así. Se perfeccionan mutuamente, y es ideal que no se excluyan. Creer lo contrario es concederle a la mente unas pretensiones tan amplias como las que el régimen Talibán brindaba a las mujeres afganas.

Para hacer frente al reto del siglo XXI el imperativo pedagógico es estimular la lectura al estilo antiguo; máxime de la ciencia ficción, un género la cual el pensador argentino Pablo Capanna definió como la “literatura de la imaginación disciplinada”. Es especial pues ha prosperado fuera de las corrientes literarias principales (el ‘mainstream’ como las llaman en el mundo anglosajón) y enriquece a sus lectores con recursos expresivos, argumentos y orientaciones que hacen más llevadero el consumismo repetitivo.

Los diseñadores, quienes tienen que confeccionar los entornos objetuales y gráficos de un presente que se reinventa cada día, habrán escuchado con frecuencia decir a sus académicos de cabecera que compete al diseño acercar los aspectos científicos y humanísticos de la cultura. La ciencia ficción, que facilita comprender los deseos ocultos de la civilización industrial, es la herramienta ideal para ello pues incorpora una mitología de lo racional que suministra materiales para construir un puente sobre el abismo que separa el saber del ser.

Con la misma fiereza de Aquiles y Héctor, colisionan en nuestra época las energías antitéticas de la globalización y el pluralismo, del neoliberalismo y la diversidad. Irónicamente, un choque tan estremecedor (que se manifiesta en las relaciones internacionales, en las noticias, en los negocios, en los entretenimientos, en las religiones y en la educación) pasa desapercibido para el individuo promedio ‘drogado’ por la angustia del día a día. Una dosis de ciencia ficción, en cápsulas de algunas horas semanales, permitiría a muchas personas observar sus quehaceres desde un punto de vista externo. Reflexionar para revisarlos, e incluso remodelarlos, en alguna medida.

Ensanchar la realidad
En la era de la aldea global, es saludable trascender ocasionalmente la mansedumbre del enfoque local que busca soluciones simples para problemas locales y aventurarse a inventar escenarios planetarios. También la ciencia ficción necesita del diseño para remediar los conflictos que denuncia. Pues la polución, el terrorismo, el racismo o la separación del mundo en bloques de poder tienen que ser afrontados desde las disciplinas específicas con la decisión de los profesionales, no desde el arte que entonces perdería su esencia.

Una mayor penetración de la ciencia ficción extranjera (americana, rusa, francesa, argentina) en la sociedad colombiana podría estimular el nacimiento de una escuela local del género; y ambas cosas predispondrían a su vez favorablemente a la población local (o al menos a buena parte de ella) hacia la novedad. Tal es función principal de la ciencia ficción: estimular la curiosidad, asombrar la imaginación, incentivar la exploración de ese futuro que el diseño promete mejorar.
La saga del Mundo Río es uno entre muchísimos ejemplos del género donde confluyen el espacio interior y el exterior del autor (y, a través de la comunión con los lectores, también de su público). Farmer entremezcla diversas gentes razas, latitudes y épocas reales; y ‘diseña’ el hipotético escenario en que ello tiene lugar según su mitología personal y con el protagonismo de sus personajes históricos favoritos (incluido entre ellos el otro yo del propio Farmer: Peter Jairus Frigate).

Otro tanto podrían hacer los grandes diseñadores de nuestro país si asimilan el elemento artesanal tradicional y lo enriquecen con sus visiones modernas (actualizadas por su flamante educación) para ensanchar la realidad contemporánea. Un diseño estructurado así contribuiría a manifestar, recrear y materializar elementos del mundo interior grupal, del inconsciente colectivo, de quienes constituyen la sociedad en que se profesa.

Recordemos que las utopías (del griego ‘ou’, no y ‘topos’, lugar), en tanto descripción de lugares inexistentes, y las ucronías (del griego ‘ou’, no y ‘khronos’ tiempo), en tanto representaciones de épocas imaginarias, son el tema conductor de la ciencia ficción que se ocupa de plantear alternativas al mundo conocido. Y de trazar caminos que como arte le es imposible recorrer.
Pues bien, el diseño sí puede explorar eso senderos, en especial si quienes lo ejercen sacrifican sus certidumbres a medida que aumenta su conocimiento y su experiencia.

Así las cosas, hay algo que es evidente, tanto el diseño como la ciencia ficción (y la mayoría de las profesiones de vanguardia) prosperan en los mismos ambientes, esto es, en aquellos en los que el ser humano desafía su ignorancia y reivindica su capacidad de asombro.

Lastimosamente demasiados colombianos continúan sin aceptarlo.