miércoles, diciembre 31, 2008

El referendo trieleccionista: ¿caerá Troya por segunda vez?

El Referendo Trieleccionista: ¿caerá Troya por segunda vez?


* Texto de una carta inédita al Diario El Espectador (asumo que se quedó sin ver la luz) que considero patriótico publicar...

Sin querer ser pesimista, temo que su edificante editorial del domingo 20 de diciembre de 2008 “Referendo, triquiñuelas y poder presidencial”, deba enfrentar aún muchos oídos sordos y ‘uribistas’ gordas, pues —aun cuando la marea bajó y ya es posible criticar al ‘Supremo’ sin tributarle antes diez elogios protocolares—, quienes detentan el poder y anhelan proseguir detentándolo (es decir, el presidente Uribe y sus ‘abonados’) son pródigos y hábiles en mezclar propaganda y coerción. Así, muy complicado, y acaso imposible combatir todos los efectos del masivo enjuagado de cerebros.

Diáfana su argumentación al anotar que “el trámite de aprobación, como prácticamente todo lo relacionado con el referendo no estuvo exento de irregularidades”, pero ¿encontrará eco? Difícil. El criterio ciudadano está embotado tras seis años de desayunar, almorzar y comer Álvaro Uribe Vélez por prensa, radio y televisión aderezado con salsas politiqueras y mercantilismos al ajillo. Por eso todos dividen por cien los errores del Presidente y multiplican por diez mil sus aciertos; por eso, quizás, un hombre serio, como hasta hace poco fue Rodrigo Rivera, se autoproclama legatario de la Seguridad Democrática y, de paso, se suicida electoralmente.

Asimismo, la mojiganga que evitó el desplome del proyecto ‘trieleccionista’, invita a parafrasear una pasaje del filósofo austriaco de la ciencia Paul Feyerabend (1924-1994), del primer capítulo de su obra “Contra el método”, pues al igual que un perrillo amaestrado obedece a su amo sin importar lo confuso que él mismo esté, y sin importarle cuán urgente sea la necesidad de adoptar nuevos esquemas de conducta; del mismo modo, el uribista amaestrado (pues sólo una minoría de los uribistas es partícipe consciente del esperpéntico proceder gubernamental) será obediente a la imagen mental de su amo, se conformará a esquemas de argumentación aprendidos (en el nombre de la seguridad democrática, de la confianza inversionista y de la cohesión social, amén…), se adherirá a ellos sin importar la confusión en la que se encuentre, y será completamente incapaz de advertir que aquello que él considera “mejor y única opción” sólo es efecto del adoctrinamiento recibido. En consecuencia, este uribista promedio será poco apto para notar que dicha mejor y única opción ante la cual se inclina presto, no es otra cosa que una maniobra política (o, peor aún, comercial).

Reiterar “la inconveniencia de que el Presidente sea reelegido por segunda vez consecutiva” como hizo el editorial es valiente. Tanto como anotar que “si el referendo se cae, sería una buena noticia para la democracia colombiana y sus instituciones, que se verían seriamente afectadas con la permanencia en el poder de una misma persona durante más de ocho años”. Sin embargo, el referendo es como el Caballo de Troya y quienes advierten contra su peligrosidad para la salud institucional y cívica de Colombia, corren el riesgo de ser denostados por sus compatriotas, tal cual aconteció en la leyenda a los sacerdotes de Apolo, Casandra y Laocoonte: únicos de entre todos los troyanos que alertaron a sus paisanos contra el peligro que alojaban las entrañas del monumental equino de madera. Si al gran artilugio concebido por Ulises, lo tripulaban los aqueos, al referendo lo tripulan los saqueos, pues disfrazada de modernidad y progreso (sólo económico y con desafortunadas consecuencias morales) se ha engatusado al país con una muy ambigua antigüedad que amenaza desvirtuar la Constitución. “Dejemos a quien está donde está, no porque sea mejor que eventuales nuevas alternativas sino precisamente porque está ahí”. Con semejante lema, es innegable que “reelegir por segunda vez consecutiva al Presidente (…) se opone al sistema de pesos y contrapesos que caracteriza el Estado Social de Derecho”. Es más, intranquiliza la prolongación de una era donde cualquier cosa —recompensas, gabelas, asensos, etc.— se zanja por el mandamiento absoluto: “todo por la plata” (y por lo mismo es triste que lejos de cualquier consideración solidaria el gran caudillo haya experimentado un bajón en las “impuestas” de opinión, sólo cuando la situación tocó las billeteras). Nada bueno sale de guardar el cerebro en el bolsillo. Ahora bien, aunque hago votos porque en esta navidad el plato preferido sea el “esponjado de reelección” (tal cual lo bautizara Heriberto Sandoval en Sábados Felices), lo paradójico es que ni el escándalo piramidal asegura la sepultura política del faraón “Tu-tan-teflón”.

Lo que sí es evidente es que el drama DMG, DRFE —para el cual debe estar gestándose una solución mágica que lleve de nuevo la uribofilia a las nubes—, significa escuetamente algo como: “Democracia Maltrecha Gravemente Debido Referendo Fatal Empresa”. Además, incluso si convenimos en que Álvaro Uribe Vélez es el mejor presidente de la historia, ello sólo es válido al contrastar su gestión con quienes lo antecedieron, ¿pero no es absurdo afirmar su superioridad sobre aquellos que eventualmente lo sucederán? El colmo es que todavía se hable del talante frentero del Presidente cuando lo evidente es su voluble aire veraz que a casi todos deslumbra (dirán que hasta los juegos verbales conspiran porque justamente de trasponer las letras incluidas en “voluble aire veraz” se obtiene “Álvaro Uribe Vélez”… ¡vaya un anagrama idóneo!). De todos modos el problema, nunca fue tanto la mentalidad de pastor que asumió el líder, sino, totalmente al revés, la de redil en que se encerró Colombia.

Por eso y aunque hay signos esperanzadores, urge desbaratar el Caballo del Referendo. Sólo eso evitará que Troya caiga por segunda vez.

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domingo, mayo 04, 2008

Plinio Apuleyo Mendoza, Lorenzo Madrigal, Georges Santayana, historia de Colombia, pirandellismo y parapolítica

Plinio Apuleyo Mendoza, Lorenzo Madrigal, Georges Santayana, historia de Colombia, pirandellismo y parapolítica

La simpática columna de Lorenzo Madrigal “La historia, ¡bah!, la historia”, publicada a mediados de abril de 2008 en El Espectador, y cuyo contenido comparto y retribuyo, abre con una paradójica reflexión que resume irónicamente, para los colombianos, nuestro presente nacional olvidadizo y mitómano: “DICEN QUE SI NO SE RESPETA LA historia se está condenado a repetirla”, es la sentencia en cuestión y el modo como cita Madrigal el consabido apotegmilla corrobora su lucidez (la del apotegma más que la de Madrigal), pues la primera historia que olvidan quienes están condenados a repetirlo (y a deformarlo) es la del propio aforismo cuya enunciación inicial señalaba que “aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Para liberarnos de tal condena, y evitar mezclar el pasado con la historia, vale anotar que su autor fue el inmortal filósofo español Jorge Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás, más conocido en el contexto estadounidense, en donde creció y produjo buena parte de su obra, como George Santayana (1863-1952). La célebre frase —que tan a menudo aparece sin dar crédito a su no menos célebre creador— fue escrita por Santayana en el decimoctavo párrafo del capítulo XII (titulado “Flujo y constancia en la naturaleza humana”) del libro “La razón en el sentido común” que es el volumen primero de su gran obra “La vida de la razón o las fases del progreso humano”.

Por cierto, en cuanto a progreso concierne, y tal cual lo retrata la entretenida cordialidad con que Lorenzo Madrigal deja en risible brete a más de un Plinio Apuleyo Mendoza (por las incosistencias que este conspicuo furibista dejó entrever al retratarse como gallardo testigo de ocasión en el lucutoso episodio del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán), a juzgar por el simulacro de historia que vivimos, lo único que avanza en nuestra nación es el número de congresistas presos y posesos por la pandemia parapolítica. Así, en tanto la bancada de gobierno, poco a poco se trueca en ‘carcelada’ gubernamental (¡viva la Corte Suprema de Justicia¡, y también ¡viva Claudia López¡, su gallarda defensora), las muchedumbres continúan empeñadas (y empañadas) con su creencia en la transparencia de quienes gracias a una abracadabrante mayeútica se proclaman inventores de la solución y de la nueva Colombia (cuando todo indica que son en realidad buena parte del problema…). Vivimos, por cierto, una época de pirandellismo exacerbado que ni siquiera el propio Luigi Pirandello, Nobel de literatura 1934, pudo intuir, pues si sus Seis personajes en busca de autor, nos enseñaron que la comunicación es un fraude, el ochenta por ciento de los nacionales, creyendo haber encontrado su autor en el presidente más popular de la historia, ratifican que es imposible el discernimiento, y que la verdad objetiva está perdida. Es más, no existe; de existir, es irrealizable conocerla; y guay de quien llegue a conocerla ¡por cuanto será incapaz de transmitirla! Tal es la dinámica, en la era del ‘armonizar’ contradicciones, como parece haberla bautizado el filósofo Holguín Sardiágoras. “Aquellos que niegan la historia están condenados a retrasarla”, bien habría podido decir Santayana…

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lunes, abril 28, 2008

Guillermo Turriago Pardo in memoriam

Hasta siempre a Guillermo Turriago

Por: Alfredo Gutiérrez Borrero

Está mañana del sábado, 26 de abril de 2008, es una de esas que no desearíamos que llegue, la del día en que decimos adiós al cuerpo (pues el alma nos acompañará siempre), del señor de San José, de nuestro amado Guillermo. Hoy, con los recuerdos de la acogedora reunión en la funeraria de la noche anterior agitando nuestros dedos, la película de estas pasadas semanas corre una y otra vez en nuestras mentes, la ilusión, la esperanza de que Turris (como lo llamaba mi prima Carolina) caminase entre los vivos por más tiempo se frustró y con su partida la música de la melancolía, de las remembranzas, hace que nuestros corazones entonen la tonada, la vibrante melodía del “hasta la vista”... Amada tía Ángela, fuerte y cariñosa, mis entrañables primos, Mauricio, Felipe, Camilo y Carolina; sus esposas y esposo, Gilma, Patricia, Clara y Rafael, toda la ‘nietada’, los formidables mellizos, Nico y Juan Pablo, los arquitectónicos retoñitos de Felipe y Patricia, Pablo y Gabriela, las inquietas y pícaras Marías, y el legendario Emiliano..., personas todas con las que nos unen la sangre y el espíritu; de las ramas a las raíces, de las flores a los frutos, quienes participamos del árbol familiar por el que corre la savia Turriago Borrero nos agitamos conmovidos en la música de la despedida. Y esta mañana los perfumes de la ternura aroman el aire.

Con que placer habríamos donado quienes lo queremos trocitos de nuestros corazones para animar más años el de Guillermo, con cuanto goce habríamos querido volver a charlar con él, decirle lo importante que es en nuestras vidas. Cada paseo a los campos de Chipaque, cada reunión en torno a la chimenea crepitante en San José, cada encuentro en el Ley o el Carulla de Niza en torno a una almojábana, cada viaje en el mítico Land Rover, miles de otros sucesos y en mi caso infinidad de noches que dormí en el hogar Turriago Borrero, incluso cientos de crucigramas de El Tiempo, resultan piezas hoy incompletas del cuadro de la existencia. Sin duda, los Turriago son como frutas, en la juventud, poderosos, fieros y combativos; a medida que crecen y maduran se acentúa en ellos la simpatía, el ser cálido, y un vigor bonachón que ya nunca los abandonan, Guillermo fue consumado ejemplo de ello. Imposible olvidar su “taluego”, o su forma de reír con todo el cuerpo, o su humor juguetón, o el sonido del jeep al arrancar; impensable acercarnos si quiera con palabras a la posibilidad de explicar el afecto que nos posee, la consternación que nos sacude, el recuerdo que nos conforta y nos anima. Más de lo que podemos expresar, es y será siempre más de lo que podemos expresar, pero mucho menos de lo que quisiéramos comunicar.

Se agotan pues las frases mientras saltamos a la inmensidad del sentimiento que nos une. Que nada desgarrará. Adiós Guillermo, hombre solar, vital, autónomo, incansable, vivaracho. Algunas personas cuando viajan al país del nunca volver nos miran desde la luna, otros se transforman en estrellas y algunos especiales, esos que como esposo, como padre, como abuelo, como tío, como amigo dejaron su esencia y presencia en quienes tuvimos la fortuna de coincidir con ellos en el espacio y el tiempo, esos nos custodiarán desde el sol, por eso Guillermo, saludamos tu viaje a la eternidad seguros de que desde el sol nos acompañarás, que su calor evocará tus carcajadas, que gracias a ti hay, y siempre hubo, motivo de sonreír al sentir el sol, sé pues nuestro emisario ante tantos amados que partieron antes que tú, viaja contento, pues cada mañana, desde mañana, el sol nos reunirá contigo. Sus rayos tendrán tu voz, adiós nuestro arquitecto, adiós Guillermo, adiós...

Tu agradecido sobrino, Alfredo.

lunes, mayo 14, 2007

Nueva entrada

Tras varios meses de total distancia, por fin retomo los escritos. Mera prueba.

sábado, diciembre 02, 2006

Izquierdiseño E34

Izquierdiseño


Fue en la Villa de Leyva.
Junto a mí, varios niños corrieron hacia la fuente central de la plaza. Un campeón dominó la ruidosa tropilla y, adelantándose a todos, alcanzó el circular borde de la pileta. Giró, sonrió a sus compañeros, y profirió un grito que inmortalizó en mi memoria aquel mediodía boyacense: “Ganamoooos”.

Alegre y sincero. En vez del “gané” distintivo de adultos y adolescentes, ese pequeño dijo “ganamos”. Y ganaron, claro. Él y muchas caritas radiantes que intervenían en ese estallido de energía infantil sin competencia. Cuánto provecho comportaría para los diseñadores industriales colombianos imbuirse del espíritu que guió el alarido triunfal de aquel cachorro humano.
Innovación, fácil uso, belleza práctica y replicable. Prestigio, evolución conceptual, refinación estratégica para conferir valor estético y funcional a servicios, productos y sistemas. Cada semestre la musa académica susurra tales cánticos al futuro diseñador. Y él (o ella), alucina vislumbrándose dueño de Lápices de acero y galardones internacionales, u objeto de especiales televisivos y notas periodísticas.

Destacarse en estudios internacionales, acreditar empresas propias, ingresar al círculo del poder y la moda, convertirse en campeón del reino formal, consagrarse con novedades comerciales. Enriquecerse. Eso es actuar derecho en la nación del diseño industrial; hermosa y múltiple actividad quimérica y egocéntrica, incomprensible aún para las multitudes locales e incapaz hasta hoy de encumbrar el sur de Bogotá, o las comunas de Medellín, o de rescatar, para remitirla al mundo, tanta identidad colombiana extraviada en campos devastados por la violencia.

Al país pasional “proexportado” (mediante publicidad disfrazada de patriotismo) y al real, los separa más territorio arrinconado del que sería menester transitar para ir del impreciso paraiso, donde componendas políticas e intereses multinacionales lo absorben todo, hasta el edén recóndito del cual surgirán los productos exigidos por la coyuntura histórica. Inmersos en el juego del ego solitario, los diseñadores industriales olvidan que Colombia necesita el concurso de su profesión completa, más que el de éste o aquél profesional. Nuestra nación jamás abandonará el tugurio del subdesarrollo gracias a proezas personales, a particularismos histriónicos, o al afán roba cámara de cinco figurines. Para el bienestar masivo aporta más un segundo de sensatez que medio siglo de reputación. Consciente de ello, Germán Charum, mi colega docente en la Universidad Jorge Tadeo Lozano, dijo: “nuestro gelatinoso gremio pide a gritos un Tribunal Ético de Diseño (TED) que determine los valores rectores de la profesión y la consolide ante el gobierno nacional cimentando un marco legal que la refrende como actividad socialmente responsable”.

En esta era de profesiones pervertidas (egonomía, periogrismo, ingeniebría, arquitortura, abrogacia, muerticina, putricidad, tontaduría, bizcología, etcétera) pienso, como Germán, que para evitar que la nuestra degenere en desdeño, o en desgreño industrial, los diseñadores locales ––cuyo oficio ofrece alternativas coloridas para la desteñida existencia del ciudadano promedio–– podrían, si quisieran, levantar el puente que lleve a Colombia del siglo XIX al XXI. Paradójicamente, para obtener mejores oportunidades económicas, es crucial “desmercantilizar” la profesión y humanizar los criterios para medir su éxito (ciertamente, brindar confort y prosperidad a otros debe prevalecer sobre acumular ceros a la derecha en el banco o sumar referencias al propio nombre en almacenes elegantes).

Hay que mirar en otro sentido. El clic izquierdo importa (y no solo en el ratón del computador). Recordemos que “siniestro”, el aterrador sinónimo de zurdo, antes que expresar “malvado” alude, por su raíz latina “sinus” (bolsillo), al recurso ocioso. A una forma inversa y a menudo desestimada de proceder. Saquemos la mano inactiva del bolsillo. Es asunto de balance. No de maldad o ineptitud. El complemento natural del diseño derecho —que tantos juzgan hoy único—, es un izquierdiseño más interesado en compras disfrutadas que en ventas disparadas. Un diseño zurdo presto a decir “lo hicimos” en lugar de “lo hice” y, sobre todo, pronto a preguntarse siempre: “¿Les sirvió?”

Es más, el izquierdiseño ya comenzó. Eso indican artículos como “¿La definición de diseño industrial? Está justo ahí, en el título” escrito (en inglés) por Gadi Amid en http://www.core77.com/. Amid, director de NewDeal Design (estudio de diseño de San Francisco, fundado en 2000, y hoy entre los diez más grandes de Estados Unidos, http://newdealdesign.com/), consignó allí algo que me encanta traducir: “El diseño es industrial cuando sintetiza lo visual, lo emocional, lo funcional y lo cultural (o crea objetos deseables con propósitos prácticos)… siempre y cuando puedas empacarlo repetidamente y comercializarlo a un precio por el cual tú pagarías si fueras el comprador”...

Ante semejante muestra de consideración hacia el prójimo (no cliente) mis ojos se humedecen. Sin duda el diseño industrial está próximo a florecer en una época cuyo lema serán las palabras de aquel prodigio de superación que fue Hellen Kéller: “La auténtica felicidad no se obtiene a través de la auto glorificación, sino a través de la fidelidad a propósitos dignos”. Por eso, mis queridos diseñadores, de cuando en cuando, les sugiero curiosear a su izquierda. Si tienen suerte escucharán un susurro infantil: Ganamos...

La verdad nos hará libres E33

¿La verdad nos hará libres? E33
Solicitaba EL ESPECTADOR, en su editorial de la semana del 19 al 25 de noviembre de 2006, la búsqueda denodada de la verdad en lo referente a “los primeros asomos de esclarecimiento de la penetración paramilitar en las altas esferas del poder”; pues bien, dicha solicitud alcanza, tras lo sucedido en los últimos días, dimensiones poco menos que épicas.

Se les dijo, se les advirtió, se les recomendó... según decía el humorista, pero una muy terca opinión —encandilada por propagandistas que magnificaron en grado superlativo la gestión y los alcances históricos de la faena del Presidente Uribe y de todo cuanto con él se relaciona—, se limitó a hacer caso omiso, a las voces preocupadas por la estabilidad democrática (de varias mentes lúcidas, quienes desde la tribuna periodística han mantenido la cordura en medio de tamaña exageración), y entretanto las mayorías hacen caso sumiso del encantamiento retórico con que los cortesanos palaciegos emboban a cuanto crédulo ablandabrevas se ponga al alcance de la sofística obduliana. Y he ahí el resultado: numerosos parlamentarios, todos miembros de la coalición uribista, están hoy en entredicho por eventuales nexos con lo más despiadado de nuestra fauna criminal. ¿Debemos creer ahora que el Mandatario que sábado a sábado da muestras de saberlo todo (incluso cuantos bombillos deben reemplazarse en el alumbrado público de la vereda más remota del municipio más distante) fue engañado por muchos de sus más señalados lugartenientes y valedores quienes a “sus espaldas” (¿dónde habremos oído eso antes?) entraban, presumiblemente, en entendimientos y alianzas con caudillos de grupos paramilitares?

Tristemente se hace patente lo que, tarde o temprano, se veía venir: la careta de consenso con que se intentó disfrazar el proyecto del Gobierno está resquebrajándose, y mientras el material da señales de fatiga, surge poco a poco el autoritarismo mercantil ocultó bajo ella. Incluso si se reconocen las presuntas bondades de aquella seguridad democrática, de todos conocida, de muchos aceptada y de poquísimos entendida, nada acalla el gran interrogante ¿habrá honestidad democrática? Ciertamente, todo indica que nuestro sistema político, dados los incontables engaños que lo mancillan, es a la fecha más una ‘democresía’ que una democracia pues una hipocresía monumental lo intoxica por doquier.

Reconozcamos pese a ello (a todo señor todo honor) la valentía y exquisitez oratoria que exhibió el cuestionado senador Álvaro Araujo cuando intervino el pasado miércoles en el debate promovido por el Polo y el Partido Liberal contra su hermana la canciller. Su fraternal defensa de las gestas de la “Conchis” y del resto de su familia, es tan admirable como difícil de creer. Totalmente, al menos. En especial por esa perspicacia de la cual hizo gala la propia emplazada, al mejor estilo presidencial desviando el tema, y dedicándose al mero encomio autobiográfico, sin jamás responder a cuanto sus impugnadores preguntaban. Bien dicen por ahí que, a veces el silencio vulnera la verdad aun más que la falsedad. Pasado el chaparrón verbal, tras horas de tiras y aflojes, quienes seguimos por el canal institucional la polémica entre tantos honorables padres y madres de la patria quedamos más perdidos que al principio. Sin punto final a la vista. Pero eso sí, vislumbrando, cada vez en mayor cantidad, repugnantes puntos suspensivos. Es más, ante tanta aparente connivencia y maridaje entre los más prestantes empresarios y políticos y los más inicuos criminales, hasta surgen dudas acerca del dichoso Proceso de Paz con los paramilitares. ¿Puede haber armisticio con grupos contra los cuales medio estado al parecer jamás estuvo en guerra?

Tanto peor es que ya se acerca el frenesí consumista de la navidad, y la ola decembrina del “deje así” pronto lo cubrirá todo. De nuevo vendrán los pillancicos, de los mismos shogunes regionales que se amangualaron con mafias pseudomilitares, sobre todo en la costa caribe, para convertirse en amos de vidas y bienes mientras arriaban hacia las urnas, ya a punta de fusil ya a punta de dádivas electoreras a las mismas multitudes que entre sumisas y aterrorizadas siempre concluyen haciendo lo que a sus amos mandan. Por supuesto, no todos somos responsables de ello y por supuesto, también, sería una monstruosidad culpabilizar a todos los señalados sin que la justicia haya fallado pronunciado con el debido sustento probatorio. A la fecha solo hay sospechosos. ¡Y muy célebres, por cierto¡

Ojalá haya forma de evitar que las cosas continúen así. Quiera el destino que en la provincia colombiana este fin de año deje de entonarse, como en tantos otros, el hampón pistolero lero lero mientras se juegan los macabros aguinarcos. Acaso si la Corte y el Fiscal obran como se debe, se logre sepultar la era de Paparamilitar Noel y los reyes malos (Malhechor, Matar y Asaltar). Es hora de que los niños y los campesinos dejen de recibir plomo, infierno y minas. Venga el punto final ¡sí¡ pero para tanta desliz vanidad y para tanto protervo año nuevo. Basta ya de esa anormalidad patológica en la vida nacional. El país requiere un poco, aunque sea muy moderada, de complacencia justificada. Por fin, una auténtica nochecita de paz.

Ahora bien, si las investigaciones revelan que hubo errores del Gobierno y sus aliados, ellos son respetables e incluso disculpables, porque a menudo son inevitables; pero sin cuartel contra la mentira, contra el engaño deliberado que se enfile toda severidad y todo desprecio. Ojo avizor, oído vigilante, señora opinión pública. ‘Vox populi, vox Dei’, reza la locución latina para señalar que el juicio popular equivale a la voz de Dios; por desgracia, en nuestro medio, dicha expresión ha sufrido una alteración tragicómica: ‘Vox populi, Bugs bunny’... Y es que, históricamente, nos han metido conejo tantas, pero tantísimas, veces. Esperemos pues que ésta sea la excepción, encomendémonos al Niño Divino cuyo nacimiento nos aprestamos a rememorar para que ilumine a quienes corresponda esclarecer tan atroces problemas; pueda ser que él los faculte a ellos para desenmascarar y derrotar a cuanta mentira quiera pasar de agache: solo así se sentarán bases firmes para un digno porvenir.

jueves, agosto 03, 2006

Psiquis asciende a la eternidad. E32

Psiquis asciende a la eternidad
(originalmente escrito en noviembre 20 de 2002)

Esto es sobre antiguos griegos y romanos.
Con volubles dioses que protagonizan anécdotas cuya enseñanza acaso rebasa nuestra sabiduría. Por ejemplo Psiquis.
La bella princesa que Venus llegó a envidiar.
Tanto que la diosa del amor ordenó a Cupido (su hijo nacido de un idilio con Mercurio a ocultas de su esposo, el eterno cornudo, Vulcano) que la hiciera enamorar del hombre más feo del mundo.
Felizmente Psiquis era tan atractiva que cuando Cupido, acompañado por Himeros (rector de los deseos), fue a cumplir el encargo materno resultó seducido por ella y decidió llevarla a vivir a un palacio encantado donde contrajeron nupcias.
Para preservarse de incógnito únicamente la visitaba en la oscura noche.
Como Cupido prohibió a Psiquis mirarle al rostro, ella comenzó a sospechar. Hasta que incitada por sus antipáticas hermanas (quienes sugirieron que quizá su cónyuge era un demonio y no un hombre) decidió investigar.
En cierta ocasión, mientras su divino consorte dormía, prendió una lámpara y se la aproximó a la cara. Atónita ante la masculina perfección que contempló, su mano flaqueó y una gota de aceite caliente cayó sobre el hombro descubierto de su compañero.
Aullando adolorido, Cupido saltó hacia la ventana y se desvaneció en la penumbra.
Dejando en suspenso el relato.

¿Quiénes son los demás?
En una comunidad que dialoga, aun cuando nos equivoquemos o abriguemos propósitos perversos, nosotros y nuestro prójimo buscamos el sentido de nuestros actos. Dichosos cuando podemos ir más allá del ‘¿por qué?’ efectuamos algo y encontramos en algún grado el ‘para qué?’, la razón, para llevarlo a cabo.
Indudablemente todos hacemos desde nuestras perspectivas particulares lo mejor que podemos, pero cuán complejo es explicar ese algo recóndito y enigmático que determina el rumbo de cada existencia.
Ajena o nuestra.
Esto porque esa finalidad que anhelamos aprehender construye la realidad.
Es el verbo que crea los objetos y las palabras, y como escribió Juan evangelista: “Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el verbo era Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho”.
Más que a Dios como centro de todo tipo de fe religiosa, ese ser perfecto y final, al que todo culto se dirige, aludimos aquí al carácter dinámico del lenguaje en el que algunos (cuya descripción se aleja del propósito de este escrito) han querido ver al auténtico dios posmoderno.

Lo habitual en su laberinto
El problema con la comunicación es que cualquiera puede entender lo que quiera de cualquier cosa.
Podemos hacer todo lo posible por expresarnos y sin embargo a veces persiste la sensación de que —favorable o desfavorable a nosotros— la contraparte tiene una posición preconcebida.
Sean muchos o muy pocos los elementos de juicio, difícilmente dudamos de nuestro criterio.
Es el correcto.
A menudo pueden plantearse todos los argumentos, solucionarse todas las divergencias, precisarse todos los conceptos y al final subsisten únicamente simpatías o antipatías de base. Lamentablemente las segundas abundan más que las primeras por la tendencia a dar preponderancia a los errores sobre los aciertos.
Cuántas veces planteada una discusión que nosotros iniciamos, acusamos de culpable o cobarde al opositor que guarda silencio, para luego reprocharle su descaro si responde bajo nuestros términos. Repetidamente rechazamos a quienes utilizan la palabra ‘yo’ en su disertación (‘¡Qué egocentrismo tan subido...!’) pero cuando ellos mismos, a petición nuestra, deciden emplear discursivamente el vocablo ‘nosotros’ nos indigna su frescura (‘¡Cómo se atreve a incluirme...!’, ‘¡Qué pretencioso...!’).
¡Y después nos sorprende que nos acusen de ambicionar poder político cuando sólo ansiamos libertad artística!



Sócrates...
Siempre creyó sano cuestionar las verdades de la época. Partir de los elementos disponibles para ver cómo podemos utilizarlos, rediseñados o inalterados, para encontrar el sentido de nuestras acciones.
Aquí importa más lo necesario que lo nuevo o lo viejo. Más las preferencias y deseos de los humanos presentes que los propósitos de entidades abstractas como la democracia o el fundamentalismo.
La historia muestra repetidamente cómo muchas elites educadas del pasado buscaron erigirse en campeonas renovadoras del decadente mundo anterior. Sus integrantes creían poseer el conocimiento necesario.
Y en la mayoría de los casos fallaron.
Como anota Jan Michl, historiador del diseño de la escuela de arquitectura de Oslo, Noruega: “A los estudiantes raramente se les recuerda que la razón de ser de la arquitectura y el diseño es hacer edificios y productos con sentido para sus propietarios y usuarios, y que la necesidad de esas personas de encontrar en ellos signos de pertenencia social e institucional ha sido y será el fundamento del diseño de cualquier cultura”.

Lo cual reinicia el relato
Cupido abandonó a Psiquis, y ella buscándolo vagó triste por el mundo.
Desesperada pidió ayuda a la propia Venus.
Como era de esperar, la diva del coqueteo, la puso de patitas en la calle.
Pero Psiquis perseveró y le dijo a su rencorosa suegra que aceptaría cualquier martirio si su marido retornaba.
Venus ni corta ni perezosa le encomendó unas espeluznantes misiones junto a las cuales palidecían los trabajos de Hércules.
Y Psiquis desafió incluso las puertas del infierno para cumplirlas.
A la postre acabó sumida en un sueño perpetuo debido a un hechizo del cual sólo la libró Cupido cuando, conmovido por la devoción de su consorte, bajó de los cielos y la despertó con un beso.
Júpiter, omnisapiente rey de los dioses, que no había perdido detalle, convirtió a la ex bella durmiente en diosa y consagró imperecederamente la unión de la feliz pareja.
Tal fue el premio de Psiquis que en griego traduce aliento y en el mito representa a la mente mortal, necesitada de sentido.
Así, la leyenda describe el esfuerzo del pensamiento por expresarse y premia su constancia con el hallazgo del único sentimiento que une el intelecto con la fe.
El amor. En cuya compañía la mente, convertida en alma, asciende hacia lo infinito.

miércoles, abril 12, 2006

¿Las reglas mandan? E31

El imperio organizado

originalmente escrito en septiembre 15 de 2002















Eran sólo hombres. Un griego que sometió la naturaleza a la tutela de las leyes científicas, y un francés que mil novecientos años después demostró la existencia de la sustancia pensante. Aunque pocos los han leído, casi toda la humanidad sabe que ambos están entre sus más geniales miembros.
Aristóteles instauró la lógica occidental e intentó que todo discurso convenciera llamando a la razón (o ‘logos’). Al final las flaquezas humanas frustraron su anhelo y él admitió resignado otros dos llamamientos: el del pathos a la emoción, y el del ethos al carácter. Los tres se conservan todavía, pero el logos es él más fuerte.
Tiempo después, René Descartes equiparó el ser y la racionalidad con omnipotente sencillez. Con su “Pienso, luego existo”, enunció sin emoción alguna y con lógica impecable, dicen, el argumento más preciso concebible. Así fortaleció el predominio de la razón cuyo poder había surgido con el big-bang mental de la escritura al abrirse la historia.

Demasiadas reglas
La escritura, escribió Antonio Cárdenas Walle, es la esencia de la ciencia. Gracias a ella los conceptos lo capturan todo. Cada portento de la naturaleza. Cada objeto. Cada uno de los significados que nutren el diseño.
Al paso de los siglos esa misma razón hipertrofiada invadió el saber de muchas
disciplinas. Y hoy en buena parte de nuestra academia es una rémora que amenaza
devorar la capacidad expresiva del diseño colombiano. Porque el logos sin
inteligencia es tan aberrante como la inteligencia sin emociones.
Es sofocante proyectar (y hasta pensar) entre demasiadas reglas acerca del cómo se debería diseñar, máxime si los que imparten el dogma de moda usan un mazacote terminológico hurtado a la filosofía, la lingüística y otras disciplinas, en tanto quienes aprenden escasamente si escriben caricaturas de texto que jamás serán reflexión crítica.
Muchas de esas normas apenas han sido expresadas cuando ya se llama a cuentas al estudiante por quebrantarlas. Su proceso de diseño se limita a formular explicaciones tridimensionales satisfactorias para los profesores acerca del porqué no diseñó de cierto modo, y si es incapaz de darlas o ellos las juzgan inaceptables, ¡es declarado indigno de contarse entre los diseñadores!
Fuera de la universidad, en el mundo real, ocurren cosas. Incluso resulta que ciertas habilidades para diseñar —o fingir hacerlo— se ajustan a los medios económicos. Y que tanto artilugio teórico es innecesario para alcanzar la celebridad.

Toda la razón
El italiano Angelo Mangiarotti, sobresaliente exponente del urbanismo y el diseño del siglo XX, alabó al respecto las virtudes de una cabeza de palo que le fue dada por un artífice japonés: “Es una pieza sencilla —cortada de manera que extraen dos de ellas del tronco natural— sacan un objeto de la rama con extraordinaria inteligencia. Respetan el material. Y también la técnica. Pero sobre todo la posición teórica del objeto en el diseño. Es única. Ese objeto nunca será una obra de arte sólo exactamente lo que en su esencia debe ser”.
El mismo Mangiarotti, uno de los grandes racionales del diseño italiano, al ‘exiliarse’ en 1989 en Japón y fundar “Mangiarotti y Asociados” con sede en Tokio, parece reconocer lo arduo de diseñar fuera de lo que la cultura en la que uno ha nacido espera que haga. Es bueno saber, al valorar la actividad humana, que las teorías, prisioneras del tiempo y del espacio, reflejan a menudo las inconexas ideologías dentro de las cuales tomaron forma.
En especial si los pensadores contemporáneos, de los cuales los profesores somos una subespecie, creemos existir únicamente dentro de nuestras cabezas y poseer toda la razón exigida. Rara vez permitimos aportes del “espacio exterior”. Nuestra madre, hija de Descartes, es la modernidad que nos infectó el cerebro con el virus del egoísmo.
Afirmamos que la cultura produce el objeto, que genera el diseño, y olvidamos que ambos, el objeto y el diseño, generan cultura en un escenario donde nuestro aislamiento intelectual contribuye a la crisis de las certezas.

Una curiosa paradoja
Si enviamos las palabras de este ensayo a un buscador como Google o Yahoo, o las unimos por hipervínculo a otras páginas, encontraremos miles de sitios web que explican cada una de ellas de innumerables maneras. Todas ciertas y todas falsas según realidades relativas.
¿Dónde está la razón?
Al cambiar la letra impresa a la virtual salimos del reducto de la cordura. La humanidad se está conectando en red y vivirá con eso miles de años. El conocimiento, seamos diseñadores o no, reside abrumadoramente fuera de nosotros. Ha comenzado a desmoronarse el imperio organizado que edificaron los lacayos de lo moderno. Enhorabuena, pues la hipotética exactitud fue inservible para aliviar al hombre. El propio Descartes lo aceptó al decir: “Una alegría ilusoria es a menudo más digna que el dolor genuino”.
Cuando la palabra de manera sistematizada se separó del mundo natural para hablar de los objetos, usó la lógica como instrumento. Pero por una curiosa paradoja cuando la lógica fue puesta en red informática la razón enloqueció. Tenemos que investigar las posibilidades del Internet, a un clic hay cien culturas y los elementos constitutivos del diseño que proporcionan. Aunque en los reinos arcaicos la manera de diseñar siga del modo convencional, la mayoría de los objetos del futuro se diseñarán mediante la exploración electrónica de las fuentes universales.
Pese a ello en el espacio y en el ciberespacio, la razón, el logos discursivo auténtico seguirá siendo sencillo. Simple. Carente de emociones, como el postulado de Descartes o la definición que da Mangiarotti de la cabeza japonesa.
Ya no existirán los discursos rebuscados cuyos dueños afirman manejar la lógica mientras maquillan su sentimental pedantería. Eso será mañana. Hoy todavía quedan demasiados autores con una amplitud argumental inversamente proporcional a la verdad que enuncian. Mi disertación es tan viciada como la de ellos. La diferencia es que yo lo acepto.
Como sea, Aristóteles y Descartes eran hombres. Sólo hombres.
Acaso los más sobresalientes que hayan existido.Y quizá los más malinterpretados.



martes, abril 11, 2006

Sobre letras y pelotas E30

















Letras peloteadas
Por: Alfredo Gutiérrez Borrero


A juzgar por los comentarios de Andrés López, la “Pelota de letras” alude, más que a la esférica de caucho grabado, a la condición de quienes (¿cual pelotas?) emiten y reciben palabras cuyo cabal significado ignoran. Todo conforme enseñara Lafayette Ronald Hubbard, quien en su obra “Dianética” (donde compendia la doctrina desde la cual desarrolló la cienciología o religión del “saber sobre el saber”) prescribe jamás pasar por alto palabras incomprendidas pues tal acto propicia toda confusión. Sin embargo, es paradójico que, mientras con cada función López disloca de risa al público, su bufo despliegue de sociología cotidiana estigmatiza, sin precisar jamás su genuino sentido, varias expresiones de irrefutable vigencia lingüística. Tristemente, la credibilidad y credulidad suscitada por “Pelota de letras” en millones de espectadores (la mayoría incapaces de distinguir el gracejo de la realidad) podría —pese a retratar con acierto el abismo entre la pretensión y el logro en varias generaciones de compatriotas— mutilar el patrimonio verbal colombiano.

Ahora bien, insulso como repetir elogios prodigados por tantos medios de comunicación a las evidentes habilidades del comediante, sería asumir que “Pelota de letras” fue vista por todos, o resultó de general agrado. Seguro suscitó también bostezos y enfados; y habrá quienes convengan en que algunas objeciones ennoblecen la manifestación artística ampliando sus alcances. Como sea, las pelotas (globos de goma elástica usualmente recubiertos de pelo de cabra, o ‘pelote’ —por ello su nombre— y forradas en cuero o caucho) provocan el juego. A riesgo de aparecer aguafiestas, dialéctico en este caso.

Sé que razonar sobre pelotas ajenas amadas por la opinión, genera suspicacias; pero tal como los viejos críticos del palco en el Show de los Muppets, considero el disenso mejor complemento del arte que la idolatría. En consecuencia, indemnizaré varias colombianísimas muletillas pues pienso, tras ver cómo López zahiere escénicamente su empleo, que un epidémico temor al ridículo podría erradicarlas del habla nacional, Algo lamentable, ya que, por risibles que suenen, sereno, chiflón, bandearse y otras expresiones son legítimas integrantes del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE) con más derecho al favor popular que tanta proactividad, empoderamiento y serendipia advenedizas en nuestra lengua (sin mencionar benchmarking, rafting, outsourcing y demás anglicismos colonialistas). Pruebe quienquiera a escribir ‘bregar’, o ‘acomedirse’ en un procesador de texto Microsoft Word con corrector ortográfico habilitado para idioma español y constatará ausencia de subrayados rojos que señalen incorrección. Hasta los abonados de Bill Gates aceptan su autenticidad y eso amerita litigar su caso.

Sereno moreno y gruñón chiflón
Hasta serenos diurnos menciona López. Menuda rareza, por cuanto “sereno” sólo aplica a la humedad atmosférica nocturna (del latín “serum” que significa tarde o noche); por ello “al sereno” traduce “a la intemperie de la noche” (y como “intemperie” es “desigualdad del tiempo”, sí puede haberla diurna o nocturna). Así, los mexicanos, entre otros, llaman “serenos” a los vigilantes nocturnos (por ventura López vio a alguno de día), y nosotros “serenatas” a ciertas veladas musicales noctívagas para agasajar seres queridos. Por supuesto, hay otro “sereno” de diferente raíz latina que califica días despejados o, figurativamente, a personas apacibles; pero dudo que a nuestros padres los horrorizaran las personas tranquilas o temieran que un día despejado produjese pulmonía.

Lesiona también el saleroso Andrés al hermoso sustantivo “chiflón”, según designamos en América a una “corriente sutil de aire silbante que se introduce por los resquicios”, derivado de “chiflar”, que es pitar con el silbato denominado “chifla” o imitar con la boca su sonido. Asimismo, el DRAE solventa al dilema lopista de si es dable bandearse solo o acompañado al definir “bandear” como “ingeniárselas para satisfacer las necesidades de la vida o salvar dificultades” (algo factible para los padres de López, o los de cualquiera de nosotros, solos o acompañados). Otro término peloteado que exige reparo es “acomedirse”, el DRAE lo describe como usado en América (no solo en Colombia) para “prestarse espontánea y graciosamente a hacer un servicio”. Así, el “acomedido” es servicial y obsequioso; y el “desacomedido”, desatento y desconsiderado.

¿Televidentes ensotados?
Continúan las rehabilitaciones con el término “ensotarse”, que acongojara a López cuando sus progenitores le reprochaban su afición a la pantalla chica (“mírelo, todo el día ensotado viendo televisión”). Gracioso pues “ensotarse” implica ocultarse en un “soto” —del latín “saltus” para “bosque”— o lugar lleno de malezas y árboles (algo desbarajustado tendría López su dormitorio). Más ilustre prosapia tiene “bregar” que, contra lo argüido por Andrés, no emana del dialecto de las amas de casa de Modelia, sino del habla de los godos, quienes tampoco eran Laureano Gómez o Mariano Ospina sino un antiguo pueblo germano que produjo varios famosos reyes de la península Ibérica (incluido el desafortunado Rodrigo quien, aunque bregó mucho, sucumbió, en 711 ante los moros en la batalla de Guadalete). Del godo “brikan” para “golpear” nace “bregar” que el diccionario incluye como: “Luchar, reñir, forcejear unos con otros”, “ajetrearse, trabajar afanosamente” o “luchar contra riesgos o dificultades”. De ahí que los papás de López y demás “guayabas”, como yo que soy modelo 68, bregaran por educarnos tanto como el infeliz Rodrigo contra los moriscos en Guadalete. Ah, y la conjugación correcta es: yo brego, tú bregas, etc. (si dices “yo briego” eres, al decir lópezco, una “garra” como denunciará el subrayado carmesí tras teclear la palabra en el computador).

Oreadas y escarapeladas
Merced a “Pelota de letras” hay verbos casi desahuciados. Como “orear”, que el comediante juzga extraterrestre (de aire que en latín es “aura”), y concierne a cuando algo o alguien es refrescado por el viento, o secado al aire, o liberado por éste de humedades u olores (los campos se orean, etc.). Más vapuleado por López resulta “escalabrar” (“¿Qué es? o, mejor, ¿cómo se escribe?”, pregunta). Simple, es otra variante aceptada por el DRAE de “descalabrar” que mezcla el prefijo “des”, para “fuera de”, con “calavera”, y corresponde a “herir o herirse en la cabeza (¿hasta que asome la calavera?) e incluso en otras partes” o a “Causar daño o perjuicio”. Igualmente urge salvar del descalabro, a labios del cáustico López, el “escarapelar” tan caro al bogotano para nombrar la muda de piel forzada por exceso de luz solar tras holgarse en veraneaderos vecinos, verbigracia Melgar, Tolima. Aquí, el DRAE refiere que, donde otros hispanohablantes se “descascaran y resquebrajan”, colombianos, costarricenses y venezolanos se “escarapelan”. Asimismo desdeña López los vocablos “calzar” (“cubrir el pie con calzado” según el DRAE) y “sentar” del cual comenta el diccionario: “tratándose de comida y bebida, ser bien recibidas o digeridas por el estómago. Utilizase también como negación con los adverbios bien y mal”. Acaso la única voz merecedora del vilipendio pelotaletresco es “teni”, irregular singular del calzado deportivo, aunque el DRAE advierte que “tenis” es plural, así que, de validarse un singular, este sí sería “teni”, expresión que jamás oí salvo en chistes contados entre amigos.

Descargos
Semanas atrás comenté a mis alumnos en la universidad que casi la generalidad de las palabras cuyo uso López volvía broma eran correctas, y me asombró el escepticismo que exteriorizaron. ¡Muchos creían, debido a “Pelota de letras” (horror) que eran todas yerros idiomáticos! Eso motivó comenzar lo que ahora concluyo. Por demás, aplaudo la amalgama de los calzones que Heidi exponía al bobalicón Pedro en cada saltito por la campiña alpina, y la estudiada elegancia de las mamás colombianas del siglo pasado danzando el “San... San... Fernando”, o el comején de Wilfrido, con una vaharada de emparedado de huevo añejado medio día en lonchera metálica con repujados de Lee Majors, alias Steve Austin, alias el Hombre Nuclear. Bien dijo Chaplin que al final todo es chiste, y si es muy bueno, fuera de reír, hace llorar. Humedecieron mis ojos las evocaciones que López hizo de “El Show de Jimmy”, de Maya, la abeja graciosa y de su trágica contraparte José Miel; vibré viéndolo cantar el tema de Mazinger Z y especialmente en la apoteosis final de su acto con la melodía de Seigi no Ashiru Mono Gekko Kamen, o mejor Centella el justiciero que protagonizó los sueños pueriles de mis contemporáneos. Con él mi memoria revivió al “Chico Marino y la Patrulla Oceánica”, al “Agente S5” y a “Tritón del Mar”, trozos de una infancia extraordinaria en este Bogotá amado por siempre jamás.

Bien hecho, López, diste más brillo a un ¡viva Colombia! y lo agradezco, aunque ¡oh, magno adalid del significado revelado!, desvirtuaste también muchos entrañables vocablos criollos.

Disculpa tanta comilla, pero es indigno dejarlo así.


Diseño y retórica E29

Tres formas de persuadir

Originalmente escrito el 8 de septiembre de 2002

Cuando sea grande quiero ser diseñador.
¿Dicen eso los niños colombianos?
Ciertamente no.
Sus simpatías profesionales se declaran por la enfermería, la policía y el heroico oficio de los bomberos. El diseño es impopular entre ellos. Y aunque al crecer cambien de preferencias conviene examinar el posicionamiento que en su mente tienen las clínicas, los cuarteles y las estaciones de bomberos.
Es primordial si nos interesa difundir el diseño.
Pues lo que ellos captan lo comprenden todos.
Los pueblos son niños multitudinarios.
Al respecto Jerome Bruner —el gigante de la ciencia cognitiva del siglo XX— destaca notables cambios evolutivos en el desarrollo de la representación: Al principio el niño conoce el mundo mediante acciones por las cuales se relaciona con él. Después emerge una segunda técnica representativa, en cierto grado libre de la acción, a través de la imaginería. Por último aparece otro poderoso método que permite convertir la acción y la imagen en lenguaje.
Cada uno de estos métodos de representación —actoral, icónico y simbólico—, agrega Bruner, suministra formas especiales de explicar las circunstancias.

Comunicación
Indudablemente el diseño es una ocupación figurativa más compleja para el infante que la del bombero o la del policía.
Desde pequeños los humanos tenemos rudimentos de los conceptos del fuego, la enfermedad y el crimen. Con el diseño acontece diferente. Es en la adolescencia (y con mayor repertorio cognitivo) que el concepto se comprende.
Medianamente.
Pese a estar en un mundo lleno de objetos clasificados según atributos culturales establecidos y designados por el lenguaje, el niño jamás piensa que “diseña” cuando juega con ellos.
Aunque lo hace.
En cambio interpreta con naturalidad a quien coloca la inyección o apaga las llamas, incluso puede graficar al policía sobre un papel. Pero cuando le pedí a mi sobrina de cuatro años que dibujara un “diseñador”.
Su carita expresó un elocuente... ¿?




Lo cual conduce a algo que personas sensatas evitan: reflexionar sobre diseño.
¿Qué son los diseños? En esencia comunicación, como los gestos y el lenguaje hablado. Y como tales mezclan signos y simbolismo, lo cual los vincula con la doctrina del signo que John Locke bautizó semiótica.
Umberto Eco, el semiólogo italiano, la definió como la disciplina de investigación que explica el funcionamiento de la comunicación y la significación.
El espíritu del diseño es comunicar.
Conozco la preocupación de mis colegas profesores de diseño industrial por subrayar ante los alumnos la importancia del contenido semiótico de la creación objetual. Esto es la capacidad de sus diseños de portar mensaje hacia sus usuarios.

Semiótica
Dicho contenido semiótico comprende tres aspectos casi impenetrables para los ignorantes en los sacros misterios del diseño. El primer aspecto, o semántico, estudia los ‘semas’ o elementos básicos que expresan la forma con una mínima cantidad de significado, y de aplicación puntual de conocimiento o praxis. El segundo aspecto, o sintáctico, analiza mediante la sintaxis la combinación de los semas en diversos órdenes de relación internos y externos así como los significados que dichos ordenes producen. El último aspecto, o pragmático, examina el origen, la interrelación y los efectos tanto de los semas como de los órdenes sintácticos y la transformación de ambos en códigos que proveen la apropiación de un diseño en un entorno dado.
Quien siga aún despierto use la lingüística para ir del “sánscrito” al español y comparar el ejercicio de diseño con un libro en el cual convergen: Primero varias palabras cada una con su propia semántica o significado; Segundo combinaciones sintácticas de esas mismas palabras —llamadas oraciones— que expresan conceptos; y Tercero un pragmático hilo conductor discursivo que convierte las palabras y las oraciones implicadas en un código, o lenguaje específico, el cual organiza la trama, otorga el estilo (técnico, humorístico, etcétera) y narra el argumento al lector para que éste lo apropie.
Es magnífico relacionar un usuario con un lector. O el tacón, la suela y la puntera de un zapato con palabras. Pero… ¿Lo entenderá mi sobrina?

Logos, ethos, pathos
El diseño positivo opera mediante el consenso y la consulta. Comienza con la tipificación y el análisis de una expectativa o una necesidad, y prosigue con una secuencia coordinada en la cual la información es tanteada y las ideas se escrutan y evalúan hasta alcanzar la satisfacción óptima de la expectativa.
O cuando menos una solución digna para la necesidad.
El “consenso” y la “consulta” en este proceso implican otras personas diferentes a los diseñadores. A saber los usuarios y el gran público.
Míseramente se les deja de lado con frecuencia.
Aquí retomo el ideal retórico de mi texto anterior. Es vital para familiarizar a propios y extraños que el diseño persuada con los tres llamamientos que concibió Aristóteles: el logos, o llamamiento a la razón, el pathos, o llamamiento a la emoción, y el ethos, o llamamiento mediante la presentación persuasiva del propio diseñador.
Los tres juntos —¡sólo los tres!— alcanzan una persuasión total.
En Colombia, salvo contadas excepciones y a diferencia de Italia por ejemplo, exclusivamente se promueve el uso de uno de los llamamientos. Porque mis camaradas profesores al enfatizar el contenido semiótico con sus elementos semánticos, sintácticos y pragmáticos, confinan la obra de diseño a los gélidos dominios del logos.
Quizá los niños italianos saben poco sobre Alessandro Mendini, Angelo Mangiarotti o Andrea Branzi. Pero sin duda más que los niños colombianos sobre Dicken Castro, David Consuegra o Jaime Gutiérrez Lega.
Por años vi a cientos de futuros profesionales colombianos aprender un diseño preciso y puntual que descarta la esencia revoltosa y alegre de nuestra patria. Demasiados se instruyeron en la lógica exterminadora del Señor Spock que sorprende a todos sin entusiasmar a ninguno.



Puro logos. Un ethos enmascarado y engreído. Nada de pathos.
Antipático. Excesivo cerebro. Poco corazón.
Es ignominiosa para el diseño colombiano esa petulancia que olvida su responsabilidad pedagógica con el gran público.
Hay que bosquejar una discursiva elemental. Para que mi sobrina y otros niños aprendan a dibujar diseñadores.

El mito de la popularidad E28


Popularidad: dañino tesoro


Mi homenaje al único colombiano que ha acariciado el Olimpo de la perfección en los sondeos de opinión. Ni de lejos, ningún nacional en la historia patria se ha aproximado tanto como él a conseguir una imagen favorable del 100% ante el público. Sempiterna gloria al fabuloso hijo de Antioquia. Loor al insuperable... ¡Jaider Villa!

Talía y Melpómene, divinas señoras de la comedia y la tragedia, lo mimaban con sus dones. Era el ungido. El magno. El histrión anhelado que llevaría la interpretación a su apogeo. La parodia, el drama y la pantomima le brindarían sus mieles. Lideraría la actuación del país en las próximas décadas. “Su imperio sobre la caracterización será absoluto”, proclamaban sus enfervorizados creyentes; esos miles de televidentes que, semana a semana, le otorgaban embelesados una aplastante ventaja en votos frente a sus rivales de turno (e incrementaban su respaldo con fiereza si algún analista sensato osaba señalarles la ineptitud de su campeón). Los anales del espectáculo cantarán por siglos su épica e implacable victoria sobre Pedro Palacio: 93 contra 7%. Sobresaliente. Memorable. Tanto como anodina fue su carrera tras el conspicuo reality organizado por RCN. Corrieron los años y sus adoradores, inmunes al desengaño, aguardan todavía a que el galán por antonomasia realice cuando menos un digno papel secundario. A la inversa, el otrora impopular Pedro Palacio es hoy un promisorio actor.

La epopeya de Jaider sintetiza los oceánicos desaciertos en los que (con frecuencia) incurre la multitud cuando decide encaprichada con los eventuales méritos de un individuo. A la hora de elegir, la popularidad obnubila a las colectividades. Es un baremo traidor y fullero. Por cada acierto probado, un recorrido histórico a vuelapluma revelará infinidad de catástrofes. Ahí está para demostrarlo el drama evangélico en cuatro versiones. Representémonos a Pilatos, procurador romano de Judea, apareciendo ante los judíos para informarles: “Yo no encuentro delito en este hombre. Pero vosotros tenéis la tradición de que os libere un condenado en la pascua. ¿Queréis, pues, que os libere al Rey de los judíos?”. Figurémonos al gentío, encariñado con cierto carismático malhechor, vociferar haciendo gala de su proverbial cordura: “A ese no. ¡Libéranos a Barrabás!”. Tras lo cual, el episodio cursó ineluctable hacia el amargo epílogo de la crucifixión.

Curiosamente, otra anécdota —algo menos infausta (e incluso hilarante)— prueba lo mismo, e involucra también a un miembro del clan Pilatos. Todavía sonrío cuando evoco los suspiros de mis contemporáneas, embaucadas a la sazón por Fabrice Morvan y el hoy desaparecido Rob Pilatus: aquellos corpulentos morenazos, integrantes del falsario dúo Milli Vanilli, cuya estampa desleía a miríadas de señoritas (y de homosexuales) quienes, en diversas latitudes, escuchaban All or Nothing, Blame It On the Rain, Girl I’m Gonna Miss You y otras exquisitas baladas que los adonis de ébano simulaban interpretar (y en realidad entonaban individuos menos apuestos pero con genuino talento musical). A tal grado llegó el timo que los atezados colosos culminaron, vitoreados y ufanos, como ganadores del Premio Grammy 1990 al mejor nuevo artista. Sin embargo, un volantín de la suerte los transformó poco después en hazmerreíres del universo farandúlico al tener que devolver su galardón una vez descubierto el embuste (aún creo que habría sido preferible instituir con ellos la inédita categoría de “mejor falso artista”). Eso sí, los cantantes originales se lanzaron pronto al mercado como “The Real Milli Vanilli. Para fracasar miserablemente.

Mas las cosas no concluyen ahí. Por doquier proliferaron (y proliferan), para embeleco de las masas, embajadores de la India de mentirijillas y emperadores desnudos, como el del cuento de Hans Christian Andersen, cuyos suntuosos trajes son supuestamente invisibles para los idiotas (aun cuando —la realidad es mordaz— casi siempre los idiotas resultan ser, ciertamente, quienes los ven). Sin embargo, ¡ay de los suspicaces que osen impugnarle a la sociedad su derecho a enamorarse de cuanto espejismo se le antoje!, porque serán estigmatizados y desacreditados. Y es que, aunque la democracia sea universalmente esencial, la turbamulta (término caro al fallecido Alfredo Iriarte para aludir a muchedumbres frenéticas), es con frecuencia irrazonable y supersticiosa. A raíz de ello, Ortega y Gasset fustigó la imposición mayoritaria del número en todos los ordenes existenciales (a la cual denominó “plebeyismo triunfante”); y siglo y medio antes que él, otro notable intelectual, el historiador inglés, Edward Gibbon, consignó en su “Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano” que mientras el estado de suspenso escepticismo es propio de unas pocas mentes inquisitivas, la práctica de la superstición es tan grata a la multitud que incluso cuando sus miembros son sustraídos de ella por la fuerza, deploran perder tan placentero estado.

En últimas, la voluntad popular resulta a menudo ser la coz —más que la voz— de Dios, pues conjura más desdichas que satisfacciones. Bien lo sabía ese geíser de epigramas que fue Nicolás Gómez Dávila cuando en uno de sus escolios sentenció: “El pueblo a veces acierta cuando se asusta; pero siempre se equivoca cuando se entusiasma”. Tal aseveración cobra espeluznante validez en esta era cosmética donde el particularismo avasalla, las encuestas son dioses y los encuestadores oráculos. En nuestros tiempos falaces, el antídoto contra la funesta epidemia de la popularidad lo encarnan quienes mantienen higiénicas aprensiones ante las tendencias en boga. Hay que proteger esos patitos feos, pues muchos de ellos son cisnes de perspicacia. Escucharlos puede salvarnos de nuevos Millis Vanillis, futuras crucifixiones, y ¡el destino nos proteja! hasta de novelas protagonizadas por Jaider Villa.

sábado, abril 08, 2006

Impuesto de Guerra: E27

Un triunfo ilusorio...

*Versión ampliada del texto publicado en el diario El Espectador de Bogotá, Colombia, semana del 9 al 15 de abril de 2006

Aunque verídico, sobrecoge, por el menosprecio de los humildes que implica, ese aparte de su editorial “Sobre el impuesto de guerra” (El Espectador semana del 2 al 8 de abril de 2006) según el cual “la Seguridad Democrática ha propiciado un aumento sustancial en el precio de los activos y por ello es justo que sean los miembros de esa minoría favorecida y poseedora de los activos quienes paguen las nuevas inversiones en seguridad”. Máxime cuando, en EL TIEMPO del mismo 2 de abril, Minhacienda, Alberto Carrasquilla, ratificó que el anterior impuesto de guerra “fue un excelente negocio” que valorizó las propiedades de quienes lo pagaron. Ambas informaciones validan el perspicuo análisis que, en EL Espectador del mismo fin de semana, hizo Alfredo Molano Bravo en su columna “Escalamiento”. ¿A eso se reduce todo? ¿a que el Gobierno transformó las Fuerzas Armadas en un cuerpo de celaduría con miles de hombres al servicio de los adinerados? Ni en la República Democrática Alemana de antaño, ni en la actual República Popular Democrática de Corea (mejor conocida como Corea del Norte) se empleó con tal doblez el término “democracia”. Con razón afirman tantos pensadores que la política moderna en tanto ciencia del buen gobierno cedió su lugar al mero mecanismo de conquista y manutención del poder.

Ante esta lucrativa insensibilidad empresarial es obvio que el prestigio del líder político esté dado no por el auxilio que preste a la mayoría de sus conciudadanos, sino por lo que el prolongamiento de su mandato significa en dividendos para sus padrinos financieros. ¿Cuando comprenderemos, parafraseando el filósofo italiano Paolo Virno, que la superación del estado actual de las cosas solo sobrevendrá cuando se maximice la existencia de cada miembro de la multitud colombiana y no unos cuantos puntos del PIB?

Además, ¿quién asegura que el nuevo gravamen propiciará el fin del conflicto? Se afirma que la nación tiene hoy —con 400 mil efectivos— casi el doble de tropas de hace un cuatrienio. ¿Bastará eso contra unas FARC tan atroces y cobardes como curtidas y experimentadas? La historia muestra que las guerrillas, doquiera que surgieron en el globo, solo fueron derrotadas mediante brutalidades horripilantes potenciadas por abrumadora superioridad humana y material (y a veces ni aún así). Para la muestra un botón: en 1886, el gobierno de los Estados Unidos precisó de 5000 soldados, dirigidos por el general Nelson Miles (y de apoyo del ejército mexicano), para rendir, en los desiertos de Arizona y tras años de contienda a cuarenta guerrilleros (mujeres y niños, incluidos) del jefe apache chiricahua, Gerónimo: esto es ¡125 soldados por guerrillero! En igual proporción, y calculando las FARC en 20 mil individuos, someterlas militarmente requeriría que Colombia dedicará exclusivamente al conflicto dos millones y medio de soldados. Por supuesto, la comparación induce a equívoco, pues ciertamente las Fuerzas Armadas colombianas modelo 2006 tienen mucho mejor tecnología y armamento que las tropas norteamericanas versión 1886, pero también, cabe recordar que las huestes de Tirofijo y Jojoy están enormemente mejor apertrechadas que la banda indígena del bravío Gerónimo). Ojalá, antes de requerir nuevos tributos bélicos, el Presidente meditara las palabras de Cicerón: siempre es mejor una paz injusta que una guerra justa.

viernes, abril 07, 2006

El ideal retórico: E26

En Abstracto 2.0

El ideal retórico
(No. 1) Originalmente escrito en 7 de septiembre de 2002

En su actuar el diseño reúne la habilidad, la experiencia y el saber humano para modelar el ambiente en dos sentidos: Hacia lo posible en la satisfacción de las necesidades físicas y psicológicas del hombre, y hacia lo trascendental en la concreción de sus anhelos profundos.

En Colombia el diseño de todo tipo es extraño al ciudadano común quien lo percibe en un espectro que va de lo caprichoso y suntuario hasta lo enigmático y esotérico.

Algo insólito en el trajín cotidiano.

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Las personas ajenas a esta ciencia y con nociones más que promedio apenas si identifican “proceso de diseño” con “proceso de solución de problemas”.

¿Por qué? si hay profesiones relacionadas con el dichoso diseño que llevan décadas en la bolsa laboral.

Muchas razones pueden esgrimirse: la inefable situación económica nacional, el desorden público, un atraso cultural en el pensamiento masivo, y todo lo que se pretexta a falta de explicaciones concluyentes.

Estoy en desacuerdo.

Porque tengo otra hipótesis.

Endiosamiento
Aunque varios veteranos gurués, y otros tantos calificados novicios de la nueva generación se crean notables intérpretes de las pretensiones populares, el diseño nacional es una actividad cerrada en la cual salvo los mismos diseñadores nadie opina.

Unos por pedantería otros por ingenuidad, muchos diseñadores más papistas que el Papa desatienden los gustos reales del colombiano en formas, materiales y demás aspectos. Asumen erradamente que gracias a ciertas técnicas académicas (que todos mencionan pero ninguno define) conocen más del problema dado que el emproblemado en cuestión y así la élite del diseño, en tanto trata de emerger se encierra en un ámbito exclusivo donde un diseñador sólo interactúa realmente con otros diseñadores.

El resultado: diseños magistralmente concebidos e incapaces de captar los anhelos y colmar las necesidades del usuario colombiano.

Y millones de pesos menos para la industria.

Por eso, y junto con el número de profesionales, aumenta la reacción contra un diseño esnobista que dogmatiza sobre hipotéticos consumidores mientras margina la tradición de la gente en este país. La historia de Colombia es la de la lucha de sus hijos por expresar sus gustos, su propia idiosincrasia, su estilo personal y una imagen de sí mismos a través de lo que usan y compran. Con total menosprecio del criterio ajeno. Conservadores y liberales, ricos y pobres, católicos y comunistas, guerrilleros y paramilitares, todos aquí ensalzan su opinión y niegan la de los demás sin conocerla.

Seducción
Para evitar perpetuar ese nefasto rasgo, el diseño colombiano requiere un ideal retórico que le permita mostrarse como actividad compartida entre los que diseñan sistemas, artefactos y entornos, y los que los fabrican, y los compran. Y los usan.

Tras descubrir el agua húmeda, señalo que desde siempre la retórica se entiende sólo como el estudio de la conversación y la escritura convincentes. En realidad, es también el arte de la persuasión y de muchas otras cosas.

Un diseño retórico es imperioso para crear un discurso seductor.

Tal discurso es el mensaje conceptual que el diseñador transmite a la sociedad en la cual se inserta su actuar y, además, el acto de la razón que deduce un proyecto “consecuente” del análisis de una problemática “antecedente”.

En su ideal retórico, el diseño propone las soluciones que consigue y asimismo los medios de comunicarlas al gran público. Por supuesto involucra con rigor dialéctico, filosófico y casi religioso los argumentos acerca de la sustancia, la verdad, la razón y la validez de las creaciones del diseñador.

Se educa al diseñador para tratar objetivamente el contenido y la cualidad, la forma y la función de sus elaboraciones, y se le desanima de revelar lo subjetivo del estilo y las apariencias.

Esa formación resulta incompleta.

Amabilidad
Pues aunque sus creaciones “hablen”, el contexto cambia y el diseñador ha de acompañarlas siendo militante y comprometido. El asunto es más de sinceridad que de engaño o superficialismo porque los medios son inseparables del significado y el “cómo”, (y bajo qué estado anímico) se diseñó algo, otorga tanto sentido como el “qué” se diseñó.

En consecuencia, el ideal retórico que planteo esgrime unas nociones genéricas de discursiva elemental y estudia el arraigo de la creación de diseño hasta involucrar, aparte de su contenido proposicional, su impacto emocional en el usuario.

Es magnífico que la solución de diseño se exprese por sí misma, pero si al tiempo el diseñador lo hace tanto mejor.

Dos expresan más que uno.

Cuando se examina la historia del objeto, del vestido y de la gráfica en Colombia, antes de las modernas facultades universitarias y del surgimiento de tantas pequeñas francias, italias y alemanias gremiales entre nosotros se observa que entonces había algo cálido que ha desaparecido actualmente. Algo cuya esencia sobrevive en esas regiones campesinas en las que el miedo a las minas quiebrapatas y a los violentos no consigue apagar la manera amable de saludar al forastero.

En el resto del país el diseñador dirige al inexperto un discurso demasiado petulante y terriblemente formal. Sin sentido educativo y en un dialecto cuya principal característica es explicar lo menos posible.

Si los serios sacerdotes académicos dicen que es lo correcto.Tienen razón. Pero cuando digo que no es lo mejor, también yo la tengo.

jueves, abril 06, 2006

E25: De acero como las armas

En Abstracto 2.0
De acero como las armas

(No. 0) Originalmente escrito el miércoles 9 de octubre de 2002

Emocionado reanudo al fin la obra que suspendí a finales del año 2000. Ciertamente el diseño nacional experimentó transiciones en estos veinticuatro meses, unas mejores que otras, y el dinamismo que la disciplina tiene hoy hace oportuno el momento para plantear inquietudes a los diseñadores colombianos y extranjeros que en gran número consultan habitualmente www.proyectod.com.

A guisa de prólogo a la labor crítica y de complemento que durante las próximas cien semanas expondré en esta obra, cabe precisar para tranquilidad de aquellos lectores que recuerdan fatigados mis kilométricas columnas del ‘En Abstracto’ inicial, a veces hasta con tres mil vocablos, que la versión 2.0 se caracteriza normativamente por entregar semanalmente al público textos inferiores a mil palabras.

Entre los múltiples cimientos estilísticos que, tras intensas reflexiones adelantadas sobre cada uno, soportan mis argumentos están la semiótica, la psicología, la poética, y especialmente la retórica. Ésta última conoce en el preludio del sigo XXI un renacer impresionante el cual, auguro, transformará substantivamente la mayoría de los discursos contemporáneos, y dejar pasar desapercibido ese hecho puede volver anacrónico y sin valor comercial al diseño colombiano de la siguiente década.

El Compás
Para comenzar a aclararlo me remito a la reverencia al pensamiento lógico que nuestras metodologías de diseño industrial revelan cuando subrayan la importancia del cálculo y la explicación organizada (según parámetros socioculturales, estéticos, técnicos y ergonómicos) del proceso de configuración de los objetos desarrollados en función de un uso. Sin querer restarle méritos, recordemos que la lógica se sitúa sobre postulados teóricos vigentes universalmente en tanto la retórica transita sobre aquello que quizá entre en vigor o cuenta con perspectivas de ser aceptado.

Lo conveniente, lo habitual y lo realizable, en cuyos dominios se mueve el diseño son territorios retóricos. Por ello, el estudio retórico de la creación objetual se presenta como oportuno complemento a una apreciación semiótica de la misma que resulta a menudo ambigua, equívoca y llena de cabos sueltos.

Al respecto dice el filósofo español José Luis Ramírez: “La retórica como conocimiento de la actividad fundamental del ser humano se hace consciente y considera tanto lo que se dice como lo que no se dice. Pues también el callar o el dejar de lado un asunto es significativo; en cambio una semiótica del silencio es imposible, puesto que la semiótica exige como punto de partida un signo, siendo incapaz de manejar adecuadamente su ausencia”.
Vayamos al punto.

El número
Quienes estamos algo enterados del acontecer mundial del diseño sabemos que el galardón más acreditado en la disciplina es el Compás de Oro que organiza cada tres años la ADI en Italia. ¿Pero conocemos la retórica tras el nombre de dicho premio? Tal vez lo de ‘compás’ alude al instrumento de dos extremidades articuladas utilizado para transportar medidas y trazar circunferencias, y lo de ‘oro’ confiere la recompensa del raro metal como ocurre con la medalla de oro olímpica.

Si tal es nuestra apreciación del asunto es incompleta.

Y mucho.

Como anota el teórico turinés de diseño y expresidente del ICSID Augusto Morello (1), hablar del Compás de Oro es evocar que este país (Italia) posee el mérito de marcar una pauta mundial cuando de cultura y de producción industrial o artesanal se trata. Su significado es histórico y profundo pues el Compasso d’Oro mide el famoso ‘número de oro’, una proporción entre dos porciones de una línea o dos dimensiones de la figura de un plano en la cual la menor de las dos es a la mayor lo que la mayor es a la suma de ambas.

Ese número dorado, cuya relación es aproximadamente de 0,618 a 1,000 fue muy apreciado por dos precursores del diseño italiano: Leonardo da Vinci (1452-1519) que supera toda presentación y su coetáneo el gran matemático Luca Pacioli (1445-1510) quien en su obra ‘Divina proportione’ partió de dicha ‘sección áurea’ para intentar deducir los ideales arquitectónicos, y las proporciones arquetípicas del cuerpo humano y hasta de las letras.
La retórica ve donde la semiótica es ciega.

El lápiz
Incluso en Colombia, donde también tenemos un evento insignia: el Lápiz de Acero, hijo como la revista proyectodiseño y esta página web de la editorial Grupo D Ltda.

Ante la lógica es obvio, siendo un lápiz el símbolo de proyectodiseño, que tal objeto unido al adjetivo ‘acero’ (que comporta fortaleza, elasticidad y elegancia) identifique al premio.
Pero como el Compás de Oro, el Lápiz de Acero envuelve en mi opinión una trascendencia retórica que pocos aprecian.

Se remonta a los griegos quienes llamaron ‘graphis’ al carbono cristalizado en piedra que los romanos denominaron ‘lapis’, lo cual origina nuestra calificación (bajo ‘lápiz’ como nombre genérico) de varias sustancias que sirven para dibujar. O graficar.

Más aún, los romanos conocieron como ‘lapis’ o ‘petras’ a las piedras en general y con esos materiales transformados sus ‘operarius’ u obreros, conducidos por los ‘architectus’ transfiguraron a Roma en capital del mundo.

De igual forma se referían a las piedras preciosas como ‘lapis’.

Y hubo una —asimismo compuesta por carbono cristalizado— el ‘adamas’ o diamante, que veneraron por su extraordinaria dureza sólo comparable a la de otra sustancia a la cual por afinidad llamaron ‘adamantium’: el ‘ferrum’, o hierro, un metal que mezclaban con carbono equivalente al que integra el grafito para obtener el acero o ‘acies’ (que traduce ‘punta’ o ‘corte’).
Con dicha aleación se forjaron las mejores espadas.

Y figurativamente las denominaron ‘aceros’.

Así la espada símbolo del guerrero y el lápiz, equivalente funcional de la pluma, que representa al pensador, aunque disímiles, tienen en común un corazón de carbón metáfora del sentir del alma humana capaz de odiar o amar.

Y de usar el acero para destruir la vida. O para construirla.

Es significativo entonces que el premio de diseño más importante en Colombia, herida por la violencia, sea un Lápiz hecho de Acero como las armas.

Significativo y esperanzador.




(1) Augusto Morello, cuyo pensamiento inspira mi obra falleció el pasado 4 de septiembre de 2002.
Escribo esta columna en su memoria.Descanse en paz el ilustre pensador.

lunes, noviembre 07, 2005

Graffiti y Ecología E24

Graffiti: la última frontera del arte
Dimensión ecológica de la más levantisca forma expresiva

El pintor francés Eugene Delacroix, afirmó que la naturaleza es el diccionario cuyas palabras pintan los artistas, y algo similar, de acuerdo a Robert Motherwell, vale para la artificiosidad humana: los pintores perspicaces recrean la cultura con su mente, y sus obras son simultáneamente brillantes y coloridos homenajes (o reparos) a ella. Con tales nociones, inicio mi aproximación ambiental al fenómeno del graffiti en referencia al dibujo de la calle (recordemos que el casi abstracto vocablo ‘graffiti’ en su acepción italiana original es plural). Dicho término aparece para aludir a ciertas manifestaciones del la antigua cotidianidad romana. El infinitivo griego ‘grafein’ y el latino ‘graffiare’ compartían antiguamente la connotación semántica de inscripción icónica y textual. En el imaginario colectivo moderno, graffiti es mayoritariamente despreciativo, pues alude a inscripciones informales, principalmente sexuales o escatológicas, presentes —por ejemplo— en baños universitarios. La acepción actual ‘graffiti’ (nominativo plural del latín ‘graffitus’) surge de quienes en la ciudad de Nueva York estudiaron ciertos prodigios artísticos realizados sobre vagones del Metro y paredes de los barrios marginales (mediante aerosoles para pintar en formatos comerciales de venta al público, cuyos fabricantes, por supuesto, jamás soñaron tal uso). ‘Graffiti’ es hoy palabra genérica para las escrituras murales (wall writing), imágenes, símbolos o marcas cualesquiera y en cualquier superficie.

Ahora bien, interpretar el dibujo callejero desde el diseño industrial como tal, resulta dificultoso (y acaso impertinente), toda vez que —si bien trabajo con diseñadores industriales— yo mismo, desprovisto de título profesional en el tema, apenas los alcanzo en calidad de aficionado; así las cosas, mi acercamiento es solo humanístico y sin pretensión científica. Sin embargo, pienso que el diseñador que únicamente conoce de diseño, ignora incluso el diseño, y que doce años a cargo de una cátedra de ecodiseño, mi condición de zootecnista graduado, y asesor editorial de la revista proyectodiseño dedicado constantemente a observar y escribir, presuponen credenciales suficientes para reflexionar sobre la dimensión ecológica del graffiti.

Físicamente, dimensión, repasemos, es una de las magnitudes de un conjunto que definen un fenómeno (el graffiti en este caso). Y asimismo ecología es: tanto aquella ciencia que estudia las relaciones de los seres vivos entre sí y con su entorno, como la parte de la sociología que examina los nexos entre los grupos humanos y su ambiente físico y social (esta última aplica para mi planteamiento). Ahora bien, el elemento compositivo ‘eco’ proviene de dos raíces, una griega que implica «casa», «morada» o «ámbito vital» (como en ECOlogía o ECOsistema) y otra grecolatina equivalente a: «onda» o «reflejo sonoro» (como en ECOlocación, o ECOlalia). Ambas atañen a los dibujos callejeros.

Contradictor contradictorio

A buen seguro, con el graffiti todo es ambiguo y, según quién opine al respecto, éste puede entenderse como arte o como desastre, como diseño o como desgreño, admite interpretaciones contradictorias y motiva incertidumbres o confusión. Unos descubren en él ondas o reflejos del deterioro social, otros promesas de nuevas realidades. Éstos lo aman por protagonizar la casa, la morada, el ámbito vital, y aquellos lo aborrecen en tanto síntoma de rebeldía contaminante. Todos tienen razón. Siempre es más simple hablar de conocimientos que de sentimientos, o memorizar que pensar, pero el fascinante graffiti incorpora tanto arte como flagelo urbano. Acoge el espíritu rústico de la pintura rupestre que el troglodita prehistórico efectuó en la pared de su gruta, y la insubordinación del infante que rehúsa limitarse a la cuadrícula del texto escolar. Cabe aclarar, eso sí, que encuentro inútil generalizar conceptos acerca de una expresión cuya versión actual emerge del hip hop neoyorquino de los años 80’s, pero que asumió rasgos distintivos al globalizarse y aclimatarse en la mayoría de las ciudades del planeta (incluso con visos diferentes según el sector urbano dado, o el grupo de escritores o pintores a cargo de elaborarlo, a quienes denomino respetuosamente ‘graffiteros’).

Acaso por su talante clandestino, muchos estudiosos del lado “ordenado”, entre comillas, de la sociedad, descalifican y condenan el diálogo mural como indicador de menoscabo cívico. Para mí, comprender la poesía de la polémica que el graffiti instaura, implica pensar en lo que significan el muro o, en Estados Unidos y otras naciones, las paredes de los trenes donde los graffiteros vierten su vocación. ¿Qué es la pared? ¿Protección, separación, apoyo? ¿una estructura contra la cual orinar a escondidillas...? (evoco a los varones en edad infantil rivalizando por dibujar con el chorro de sus micciones). De todos modos, el objetivo de las paredes lo implantan las autoridades y al alterar tal reglamentación, los dibujantes callejeros se tornan infractores. A propósito de lo cual, un graffitero definió su oficio como “el lado más artístico del vandalismo o el lado más vandálico del arte”; vandálico, por supuesto, en tanto conlleva ocupación de espacios destinados a fines diferentes a los aportados por los graffiteros.

Numerosas voces abogan hoy por legalizar el graffiti suministrando a sus creadores zonas autorizadas para desarrollarlo (lo cual es un logro), si bien restringirlo a una matriz, y pretender que mantenga su esencia, es imposible al ciento por ciento. Algunos lo llaman “el lado amable del terrorismo”, o “el grado cero del sabotaje”. Y la disyuntiva es: ¿cómo domar ese ‘caballo’ salvaje sin que pierda su salvaje condición? Quizá aceptando que, como a los equinos montaraces, al graffiti pueden asignársele “parques culturales” de los cuales resulta, algunas veces, inevitable que escape a galopar fuera… Todo encargo comercial o intento de circunscribirlo a museos y galerías lo torna kitsch. Su alma es ilegal. Y al respecto conviene rememorar las declaraciones del español Valsa en el fanzine ‘Ajoblanco’: “El arte libre, como antes el animal libre, ha acabado sus días en un museo. Sólo cuando el artista, en todas sus variadas y múltiples facetas, pueda romper su ensimismamiento narcisista y el arte se nutra de un manantial poético que le devuelva vigor creativo, podrá desplegar sus alas para remontarse. Sólo así podrá liberarse de las mazmorras museística e institucional, de la tutela de la crítica y de los burócratas, de la jaula de oro del mercado y de las redes mediáticas que intentan atrapar su vuelo en la sociedad del espectáculo. ¿Dónde puede crearse aún en libertad? ¿Dónde no ha extendido aún sus redes el mercado? En algún lugar, calladamente, se debe estar gestando belleza y verdad a espaldas del gran espectáculo”.

Sin duda se refería al graffiti.

La ‘personalidad’ del graffiti

Éste es —en su más puro filón—, un antídoto contra el mercantilismo usurario y la voracidad publicitaria que caracteriza las sociedades modernas. Es marginal, fronterizo. Comenta Giller que rechaza volverse mercancía o género de consumo negociable según disponga un propietario o productor. Su dinámica previene su mercadeo, burla la propiedad privada y el uso cotidiano. Se funde en el muro donde se emplaza y así, modificarlo o desplazarlo es arruinarlo. Al elaborarse sin autorización de los dueños de los muros, el graffiti objeta la posesión particular. Tiene autor pero no dueño y como jamás perteneció a alguien es invendible e incomprable (aunque muchos sean incomparables). Su valor excepcional radica en que se publicita a sí mismo, aún sobre su propio artífice. Así, nos recuerda que la belleza o la originalidad son inconmensurables en dinero.

Estamos en proceso de renovación cultural y de culturalismo global, un tiempo de revisar términos, tomemos, verbigracia, el castellano ‘grafito’ con que lo define el diccionario de la Real Academia Española en apartado que reza textualmente: “Letrero o dibujo grabado o escrito en paredes u otras superficies resistentes, de carácter popular y ocasional, sin trascendencia”; tal especificación es aceptable en todo, salvo en aquello de “sin trascendencia”, tanto mejor, quizá el graffiti, aún en sus variantes más toscas, es de las pocas expresiones humanas todavía auténticas y trascendentes. Eso sí, qué es o qué no es graffiti engloba muchísimos aspectos, en virtud de lo esquiva que es la calología, más familiarmente designada estética, a dejarse concretar.

Esté donde esté y píntelo (o escríbalo) quien fuere, el estudioso español Jesús de Diego tipifica siete rasgos comunes al graffiti moderno: 1. Promueve y comunica, discute más que instituye (una poesía sobre Bogotá recientemente galardonada en concurso de la Casa Silva 2005 señala que nuestra ciudad tiene “graffitis que gritan sus verdades”). A diferencia de los medios publicitarios remunerativos y de comunicación (como el cartel, la televisión y la radio), el graffiti encarna realidades participativas, conversacionales e interactivas. Además, su estética evade los preceptos que restringen los planteamientos del grupo humano y cultural que los produce (de ahí que engendre intolerancia, ilegalidad y represión) 2. Ocupa el espacio efímera pero definitivamente. 3. Incluye algo de ilegalidad y de trasgresión desafiante (objeta la uniformidad). 4. Es móvil conceptualmente y se crea para ser observado fugazmente, sin vender nada como el cine o la propaganda televisada. 5. Configura y apropia el espacio con sigilo pues su anarquía, o condición laberíntica, obedece a un orden evidente para el graffitero o escritor 6. Es intertextual e intericónico —dado que se fusiona con otros medios expresivos (cómic, cartel, televisión, cine, caricatura)—, citando, distorsionando y transformando sus contenidos habituales. 7. Desborda los escenarios tradicionales del arte y la expresión, incluso internacional y global. Así, se constituye en soterrada resistencia y militancia expresiva contra el unanimismo que, mediante fotografías difundidas vía Internet, deviene en coloquio internacional y prospera hoy en todas las grandes ciudades del mundo.

El rol ecológico del dibujo callejero

Y aquí aparece una analogía ecológica ya que considero el graffiti una suerte de “seguro de vida cultural”, arrítmico con el torrente principal del progreso y el arte protocolario. Pensemos en las criaturas vivientes, en un bosque o selva primarios, es decir, en aquellos ecosistemas puros donde las plantas no son sembradas o taladas por humanos; allí hay, por lo general, una especie dominante. Dicha especie tiene la mayor cantidad, si no de individuos, sí de masa viva en un hábitat dado. Visualicemos las palmas de Cera en el departamento colombiano del Quindío en la cordillera central; o los manglares en las regiones costaneras. Tales colectivos vegetales son llamados ‘rodales’ y tanto ellos, como los ejemplares de la manada de cebras en África central, o el cardumen de peces en el océano, sincronizan sus ciclos biológicos tras generaciones de convivir. De ahí que los respectivos frutos y cachorros aparezcan cíclicamente como progenie de los individuos ordenados o exitosos. Estos organismos representarían a quienes siguen el dictado cultural bajo la plantilla del “cuándo y cómo toca”. En contraste, los graffiteros equivaldrían a los disidentes descoordinados que, en junglas y llanuras, o en los rebaños que los recorren, o en las florestas que los forestan, exhiben conductas acíclicas, seres supuestamente desatendidos por las circunstancias; esto es, plantas que fructifican meses después de que lo han hecho todos los demás, hembras que paren en inviernos duros o veranos inclementes cuando escasean pasturas y presas. Parias e inadaptados. Sempiternos perdedores del trance vital. ¿O quizás no? ¿Qué pasa cuando el huracán despiadado arrasa la cosecha?, o ¿cuando la epidemia aniquila implacable a los cachorros nacidos según cronograma? En aquellos instantes luctuosos, los pocos exiliados se constituyen en ¡salvación de su especie!

Quien nace en octubre, cuando es normal hacerlo en febrero, puede verse como un desdichado excluido. Pero cuando la crisis se abate sobre sus congéneres sincronizados, su dimensión histórica se revela. En la naturaleza —y por cierto también en la cultura— los disconformes son el seguro de accidentes para las especies. La gran opción de supervivencia y renovación de éstas.

El ‘graffitear’, si tal verbo inventamos, surge de accionar la inteligencia visual y el pensamiento ídem, para clarificarse en sí mismo; es un soliloquio hecho pensando en el otro que cobra vida propia en una singular comunicación; por ello, al aumentar las posibilidades gráficas gracias al avance tecnológico, el graffiti prolifera hasta en las metrópolis esbozadas en la ciencia ficción, género literario de anticipación por excelencia.

Guerreros o pacificadores culturales, muchos esperan que su autores migren al arte oficial y se integren al circuito de galerías y museos, abjurando de su ayer callejero; en virtud de ello, sistemáticamente se enfatiza la necesidad de espacios legales para sus actividades. Habrá que ver cuáles son las condiciones del graffitero bogotano (que escapan a mi comprensión presente), sus posibilidades de expresión estética y de actuación sobre su entorno y sus anhelos de promoción social a través del graffiti. Bogotá es un inmenso lienzo, un despliegue de imágenes y palabras multiformes que inciden en el coloquio entre el dibujante callejero y su contexto. A medida que la movilidad aumenta el graffiti encuentra condiciones propicias, dado que medra en zonas de tránsito rápido, o sobre grandes paredes abandonadas. Intentar definir las calidades artísticas de esta o aquella obra es inútil pues la sustancia artística es vaga e indeterminada. Además, el graffiti sólo luce homogéneo para el espectador desinformado. La diversidad y la particularidad son fundamentales en el graffiti contemporáneo. Entre los graffiteros coexisten numerosas aspiraciones, estilos y tendencias en un mismo marco artístico. En esencia, su oficio intertextual se nutre de otras formas expresivas icónicas y verbales como el cómic, el cine, la música, los carteles, la televisión, el diseño gráfico, etc., cuyos atributos maneja, ajusta, deforma y convierte en variopintas maneras...

Figurar y ‘fisurar’

Hay quienes aseveran que el graffiti de raigambre europea, vinculado a la consigna libertaria del 1968 francés, es el padre de la estirpe de graffiti donde prima el componente textual (aquellos que trazan sobre la pared un aforismo o un chispazo intelectual); asimismo, se aduce que todo graffiti con mayor ingrediente icónico evoca la tradición neoyorquina (ver www.graffiti.org) Aunque fuera cierto, lo cual dudo, hay poquísimos arquetipos puros de alguna de las dos vertientes y abundan, en cambio, en la producción de los artistas de graffiti los términos medios. Por otra parte, si retomamos el esquema del graffiti como indomable animal del arte, es propio tratarlo con tanta prudencia como se atendería a un tigre o a un león, aceptando su condición pero evitando que, en algunas partes, ‘muerda’ a los turistas desprevenidos prefigurados por los ciudadanos que tienen la blancura de las paredes como axioma principalísimo. A fin de cuentas, aunque el estilo, la forma y la metodología importen, la directriz primordial del graffiti es dejarse ver, los autores desean figurar y además ‘fisurar’, romper con lo establecido. Compiten por apropiación espacial y desde la frontera representativa exhiben su construcción al observador trastocando los contenidos semióticos publicitados socialmente admitidos, de ahí que su presencia urbana debe ser valorada por los urbanistas del Bogotá del mañana.

Lo más lírico del graffiti es que sus escritores y dibujantes, al menos mientras detentan la condición de graffiteros, trabajan por placer sin recibir dinero a cambio. Tal vez precisamente por eso, los graffiteros atraen hacia sí la animadversión de los ciudadanos quienes consideran la limpieza y uniformidad cromáticas (determinadas por las administraciones respectivas) como algo superior a sus obras. De cualquier forma, Bogotá es una ciudad con muchos pobladores pero con pocos bogotanos, en proceso de construir identidad, y si todos sus residentes intentamos demostrar coherencia es precisamente porque carecemos de ella. Ignoro qué rumbos tomará el graffiti en tanto amalgama de asimilación, rechazo y alternativa a los modales industriales y comerciales impuestos por la cultura promocional, apropiado por los hijos del desplazamiento y la migración a la capital, en respuesta a la omnipresencia de la cultura distrital dirigente (caracterizada por una vocación promocional a la imitación foránea). Como constructor y construido urbano, hijo y padre de quienes deciden hacer estética por mano propia, el graffiti afronta dos acepciones culturales; en una, como obra y gesto social sufre el juicio estético o intelectual de lo aprobado por el gobierno. En otra, instituye tramas de relaciones cotidianas mediante las cuales grupos antes silenciosos escriben o dibujan su versión de la historia. En realidad, el graffiti reviste interpretaciones plurales y múltiples, pero sobre todo es factor de armonía ecológica al vincular a su creador con el entorno, ya formalmente, mediante colores, inteligibilidad, impacto visual, luminosidad, vigencia paisajística, etcétera, o favoreciendo el posicionamiento social de un colectivo de artistas callejeros sean estos confrontadores (trasgresión, provocación o prestigio del autor, etc.) o conciliadores (apaciguamiento, transferencia al muro de estados anímicos violentos que de otra forma se habrían verificado en la realidad, innovación, creatividad).

Diversidad étnica, sociocultural, lucha de clases, demarcación territorial, lo cierto es que el graffiti es políglota y resiste cualquier intento de especificar su argot cultural que cambia infatigablemente, acuña neologismos a cada momento o los toma de diferentes ámbitos. Mutación, hibridación, invasión son sus leyes, y el “cambio extremo” que experimenta en el presente la capital colombiana le brinda noveles posibilidades evolutivas. El avance de las obras aledañas al TransMilenio desnuda una galaxia de murallas que se insinúan tentadoramente como ‘graffitódromo’; sería prudente dedicar algunas a su práctica y solaz. Son válidas en nuestro medio, las declaraciones de Ken, un dibujante español de la calle quien en una de sus obras enunció: “Érase una vez una magistral raza de personas llamadas artistas de graffiti. Pelearon una fiera batalla contra la sociedad. El resultado final todavía se desconoce...”. Quizá el asunto, más que de choque precise complemento y avenencia, pues, sea el dibujo callejero práctica artística de resistencia a la autoridad o puntal de solidaridad y afirmación del contexto sociocultural donde aparece, lo verídico es que la ciudad y el graffiti se necesitan mutuamente y consuman juntos una delicada simbiosis. La retórica o la pictórica del segundo, su aporte textual o icónico, animan y refrescan una matriz ciudadana que languidecería en el estatismo aséptico sin él; a la inversa, la tornadiza estructura metropolitana suministra la atmósfera que el graffiti respira: colectivos en busca de representación, expectativa de ‘grafocracia’, abundante y versátil espacio público accesible visualmente (susceptible de colonización) y falta de quien fiscalice la omnipotencia de las formas artísticas comercializadas o de las variantes culturales emanadas de las figuras del poder.

De dromedarios y futuros

De alguna forma, el graffiti trae a mi mente al dromedario australiano, animal exótico en ese continente, llevado a sus desiertos por los expedicionarios europeos para cruzar sus inmensos arenales; allí, se ‘asilvestró’ y aclimató convirtiéndose en algo nuevo, tan vigoroso que, cuando de mejorar sus rebaños se trata, actualmente los propios jeques árabes viajan a la tierra de los canguros a conseguir sementales para cruzarlos con sus dromedarios domésticos, menos robustos y resistentes...

El dromedario doméstico lo equiparo al arte de salón, galería y comercio; el dromedario emancipado, amo del desierto australiano, y único de su especie libre en el planeta encarna al graffiti, hijo del arte tradicional pero autónomo... ansioso por dejar huella, por participar en la sinfonía existencial, aunque de vez en cuando pisotee algún cultivo o rompa alguna cerca, competitivo y con una conducta muy particular... “no cubrirás el graffiti de otro graffitero”, “evita atribuirte los graffiti ajenos”, susurra la brisa en la estepa.

Consignado lo cual concluyo inquiriendo ¿Qué nuevos rumbos aguardan al graffiti bogotano por las avenidas del siglo XXI? Tal vez inéditos materiales, espumas químicas de rápida solidificación den pie a la emergencia de su versión tridimensional: el ‘objeffiti’: la escultura de la calle; o por ventura el desarrollo de pinturas muy coloridas de evanescencia programada permita un gratificante intercambio —o mejor aún, uno graffiticante— de “banda ancha”, en el cual gallardos graffiti inunden las paredes de claustros y oficinas para desaparecer pocas horas o días más tarde, sin mediación de personal de aseo o represión policiva, gracias a la tecnología. Sin dejar rastro. Y todos contentos. Sea como fuere, conjeturo que en el porvenir, el graffiti, hijo salvaje y oveja negra del arte seguirá acompañándonos y, por fortuna, desempeñando su rol clave en el sociosistema. Convivirá con nosotros y nosotros con él. Cuanto más armoniosamente mejor.

Pensarlo invita a dejar de platicar y dedicarse a pintar como Dios mancha…

miércoles, octubre 05, 2005

Rosario Tijeras in desmemoriam E23

¿Osario quisieras?

Como hiedra el filme de Emilio Maillé te enreda desde que la mujer desangrada ingresa a urgencias en brazos de su compañero. Soberbio. Lacera esa vida vertida sobre las mangas manchadas de una camisa. Acomete como una fiera cuyos colmillos penetran tus entrañas con agónico golpeteo. Fastidioso. Enervante, empero sublime y sorprendente de lo puro predecible. Sabes qué vendrá, ¡figura tanto en los noticieros! Oteas la discoteca, la atmósfera hiede a regüeldos alcohólicos, a labial chorreado, a sudor, tabaco y blanca; sacraliza el estigma que comporta ante el planeta ser latino y colombiano. Dante susurra en el claroscuro. Entreves enhiesta la herramienta de la parca. La tijera. “Por mí se va a la ciudad del llanto...”, ella se muere, se murió o morirá. Sexo. Todavía estás a tiempo de pararte de la silla y huir, de eludir la irrealidad. No tienes por qué dejar que la guadaña te seduzca, ni permitir que te acaricie esa obsesión demoledora. Motivo amargo. Ímpetu demoledor que avasalla subversivamente mentes enfermas, adinerados descarriados, menesterosos desterrados... “por mí se va al eterno dolor...”. Pero te quedas. Dejá de tontear, maricón puritano. Viniste a cebarte en morbo... “por mí se va hacia la raza condenada”... Y sobrellevarás la pesadilla... “la justicia animó a mi sublime arquitecto”. Vesania que anega el telón hecho universo paralelo. Manolo Cardona —cuyo rostro tan a menudo ves en tele— deja de ser quien. Transmigra. Es un huero despistado y seductor de los 80’s: Emilio, cómo el de Rousseau, como Maillé... “¡Oh vosotros que entráis abandonad toda esperanza!” El cuervo de Poe. Nunca más. Lago macabro y sórdido que mora en mí, encrespa olas que taconean al compás de tus caderas entregadas a los capos y abusadas por ellos. Afuera del multiplex algunos miserables dormitan bajo periódicos. La porquería es auténtica. Inhala, esto o aquello. Latidos cardiacos anhelantes. Tos congestionada. Sueños incumplidos. Y el martilleo de manos rugosas encumbrando infortunios sobre las faldas tutelares del Valle de Aburrá. Favelas. Tugurios. Chabolas, El Alto, el Callao, Soacha. Colonias de parias en la urbe global. Unax Ugalde es un antioqueñito cándido: Antonio; un Sancho Panza de pacotilla que aspira nieve a la saga de su Emilio. Constatas a Unamuno, el dolor inspira vidas y sustenta perso­nalidades. El sufrimiento sabe a prójimo. Y a todos nos compenetra el padecimiento. El afán venoso que a nuestros cuerpos disgregados mueve. Ella está en las últimas. En la disco el asunto es más que erótico. Neurótico. Te sumerges entre sirenas rabiosas sentenciadas a danzas malditas. Hembrotas, apetitosas y repugnantes de lo codiciadas entre quienes descuella, punzante de lo rica, otra Flora Martínez que no es ella, sino la prosa de Jorge Franco rediviva por los ojos de Maillé.

Una luciferina torcida, jamás saldrás del quirófano. Apretada en su agitadora minifalda. Una multitud de sentidos te invita a palpar su silueta incontinenta. Se retoca, se retuerce en al baño. Estertores sobre la camilla que enamoran a unos y acribillan a otros. Ninguno los disfruta. La barbarie es el crimen que aglomera sombras bajo arquitecturas delirantes. Mean. Defecan. Hablan lenguas como Jonhefe y Ferney. Improperios que nausean la trama. Falos y escalpelos. Y el micrófono de Juanes. Desamor. ¿Cine, o certidumbre? ¡da igual! ¿Enmúgrate y redimirás la humanidad? ¿Queremos regodearnos con la adicción, trascender cuerpos ajenos? Vibra cadena. Tiembla condena. Vanitas vanitatum et omnia vanita. Vengan implantes de pene. Botox. Colágeno. Lipoescultura. Silicona, y las canecas reventándose en dólares y el mito del rey Pablo Escobar. Y ese Dios ¿quién es? Se llama Rosario por la flor donde el sátiro padrastro sació la perversión que arrullaba la yema del huevo con la del dedo. En la casucha de la loma. Niñita sin progenitor y con media madre. Su acceso carnal atraería sobre mucho género masculino la cólera reparadora. Labios venenosos y el tajo implacable de los metales entrelazados sobre los testículos opresores. Ella que se entrega a Emilio y suspira por el tierno Antonio que la enamora con el paladar de un perro. Rosario. Como la sarta de cuentas encadenadas, separadas por otras pequeñitas y ligadas por los extremos a una cruz, precedida por una trinidad esférica. Rosario ataviada con medallas, escapularios y votivas plegarias de eterno retorno. Ocasionalmente Medellín asoma galante. Luego muerde. Se desdibuja acéfalo con avenidas convulsionantes trajinadas por sicarios mecanizados y flanqueada de arrabales entrañables de roñosos que aroman inequidad cordillerana. Rosario, mar de misterios dolorosos. Jugoso. Preciosa que trastoca tiempos, miembros y espacios de la clínica, del garito, del apartamento elegante de la inclemente familia oligarca del novio que habría tenido de ser otra. Mujer que demanda el respeto que jamás tendrá. La pistolera. Fruto de la borrachera. Detente licor que enajena el entendimiento, pero atrévete: “How you gonna do it, if you really don't wanna dance, By standing on the wall (get your back up off the wall) ‘Cause I heard all my people sayin’, detengan la trama. Rumbeas con Jonhefe, el hermano amado. Letanías bélicas. Caricatura religiosa de los descastados. Salomas sin ilusión. “Si ojos tienen que no me vean, si manos tienen que no me agarren, si pies tienen que no me alcancen. No permitas que me sorpendan por la espalda, no permitas que mi muerte sea violenta, no permitas que mi sangre se derrame, Tú que todo lo conoces, sabes de mis pecados, pero también sabes de mi fe, no me desampares…Amén.”, “Jesús mío misericordia...”, suben por los callejones ella y Ferney liquidarán al muerto, “Jesús mío misericordia...” y Ferney la suprimirá a ella. Polvo y plomo, maltraer... “Get down on it, c’mon and get down on it…” ella castró al hombre. Te sofoca. Te empalaga. Pero falta tiempo, si pudieras insertar más movimiento y dilatar los momentos como los músicos que tanto admiras. Hasta dicen que estoy enamorado de ti. “if you really want it, get down on it, if you gotta feel i...t”, Osario quisieras, ¿verdad, Rosario Tijeras? Bruma y mortaja para aliviar tus huesos. Y tus sesos. “Get down on it, if you really want it get down on it, you gotta feel it get down on it”… Emilio ofrece acompañarte al infierno ¡Huevón! Eres de nadie y desespera tu atractivo. Quebraste el suelo por ir al cielo, hija bastarda del país que quisiéramos olvidar, pero necesitamos vindicar. La radiografía revela el tumor mas ¿locura?. Policías de mentirillas preguntan. Encarcelan sin rehabilitar. Otra ley distinta deforme y sin uniforme te expiará. Eres Antonio, su amigo que no fue. Amar es más difícil que matar, decías. Perdonar más complejo todavía. Descansa, ¿Osario quisieras?, Ya lo tienes, Rosario. Tu película Terminó.Ojalá comprendamos lo que Emilio no.

lunes, octubre 03, 2005

E22: Centros Comerciales en Colombia

Sobre centros comerciales en Colombia

Librecambio
Publicado en la revista proyectodiseño

Lo tienen todo, se encuentran a un paso, donde lo mejor tiene lugar y siempre hay motivo para comprar. Auspiciados por el camaleón, y el fénix, los centros comerciales concitan odios y amores. Muchos crecimos en esos lugares eternamente jóvenes, cuyos lemas y estrategias publicitarias habitan nuestros recuerdos. Rodeados por anchas avenidas y convocadores de públicos variopintos, en Colombia son un fenómeno urbano en aumento. Pero ¿con qué alcances?

1. De lo venidero
Al entrar al tercer milenio, las metrópolis nacionales resisten los efectos globalizadores del libre mercado y la virtualidad mediante transformaciones de suma incidencia económica y sociocultural; máxime cuando el próximo quinquenio augura importantes incrementos demográficos. Desde 2004 la construcción patria exhibe un apogeo ostensible en las grandes ciudades y sin precedente en Bogotá que deja a arquitectos, y diseñadores ante el inmenso cometido de adecuar los espacios públicos, residenciales y empresariales al cambio extremo.

En el vórtice del huracán logístico que forjará al colombiano del siglo XXI están los centros comerciales. Tales construcciones (que para 2010 triplicarán su número respecto al año 2000), comportan un civismo indefinido desde 1972 cuando, tras inaugurarse San Diego en Medellín, las ciudades colombianas principales, e intermedias luego, las agregaron a su infraestructura. Ello transformó la imagen clásica de ciudad —Bogotá, por ejemplo, existió 436 años, entre la fundación (1538) y el comienzo de obras en Unicentro (1974), orbitando plazas tradicionales— y difuminó la frontera entre el ocio y el negocio. Aún hoy la noción del “centro comercial” como mera estructura física demanda modificaciones que superen el espacio demarcado (y la compulsión de atiborrarlo llamativamente) e incluyan las comunidades humanas intérpretes del drama comercial.

Claro, jamás fue sencillo modificar dictámenes técnicos y teorías aplicadas para justipreciar la actividad humana; pero resulta errado asumir que amontonar cinemas, almacenes de cadena y plazas de comidas asegura saber que requieren sus usuarios. Eso implica yuxtaponer lo sociológico y lo arquitectónico para considerar, junto con número de locales o parqueos edificados, la convivencia en áreas interiores pues aunque los centros comerciales completen refinados procesos arquitectónicos, son sus visitantes quienes les dan sentido. Ciertamente, valorarlos como simples envolturas de interacciones humanas soslaya que el uso público los hace sistemas vivientes forjadores de órdenes sociales.

2. Del comercio urbano
Recordemos que la ciudad comienza en un centro, eje de sus dinámicas, y la historia de dicho centro registra los vínculos (principalmente comerciales) condensados allí entre sus habitantes. Y es que la ciudad, cuya población mayoritaria cumple labores no agrícolas, es un estadio social preeminente a la familia y al clan que solventa dos necesidades primordiales de subsistencia: la defensa grupal, contra climas o congéneres hostiles, y el intercambio de bienes y servicios. Así, el comercio ciudadano, piadoso o laico, fundamenta prácticas sociales sofisticadas como las funciones gubernamentales y administrativas, y la colectivización de servicios. Tal vocación comercial la acentuó el siglo XX y, en el XXI, heraldos neoliberales insinúan una civilización donde la experiencia pública se limita al acto de comprar.

Hoy todos somos clientes. Y la convivencia armónica exige movilizar innumerables mercancías hacia muchedumbres consumidoras. “¡Comprad!”, es el mandamiento que convierte al centro comercial en templo (ambos espacios, profano y religioso, extasían con vistas monumentales y despiertan en compradores y feligreses ansias de búsqueda y congregación). Adicionalmente, los centros comerciales son la versión metamorfoseada de las plazas que contornearon los caseríos primitivos y a cuyo alrededor se emplazaron arcaicas construcciones económicas, religiosas, políticas o cotidianas. Tales áreas albergaron grupos de individuos que en días establecidos negociaban con la muchedumbre: los ‘mercados’, y de ahí, que por fusión de lugares y actividades, fueran llamados “plazas de mercado” (o “plazas fuertes” si estaban fortificadas).

Ahora bien, dos milenios atrás, las ciudades que se rendían a las legiones imperiales adquirían privilegios análogos a los de la omnipotente Roma, un título de ‘municipium’ y derecho a ser gobernadas por sus habitantes. Ellas antecedieron al municipio traído por los conquistadores donde aún moramos los colombianos. Durante centurias alcaldías, iglesias y almacenes únicamente circundaron plazas municipales, pero, en los años 70’s del siglo pasado, esa situación cambió. Al llegar el centro comercial

3. Del pueblo simulado
Rastrear sus orígenes lleva de la Roma del siglo II y los bazares iraníes de Ispahán en el siglo XI hasta la inauguración del Burlington Arcade londinense (1819), predecesor del modelo acogido en Estados Unidos (1828) con el Arcade de Providence, Rhode Island. En 1860 abrió la Galería Vittorio Emanuele II en Milán, Italia, precursora de los “malls” contemporáneos, que hasta comienzos del siglo XX encontraron su arquetipo en el Arcade de Cleveland. La última mitad del siglo XX, determinada en Estados Unidos por el suburbio, la cultura automovilística y el aire acondicionado, introdujo, lejos del centro administrativo urbano, los típicos ‘mall’ (según se designa el gran pasillo central cubierto). Pioneros fueron el Northgate Center (Seattle) y otros diseños del “padre del moderno centro comercial”, Víctor Gruen, arquitecto judío austriaco emigrado, quien durante la Posguerra intentó simular bajo techo, en Estados Unidos, el pueblecillo europeo como pauta para una sociedad capitalista renovada. Sin embargo, la Guerra Fría trajo a su obra el conflicto entre la voracidad comercial que la financiaba y el cooperativismo utópico de su pensamiento. Desencantado, Gruen rechazó en los 70’s el sesgo “manipulador” hacia el cual evolucionaron los megamall.

Actualmente el campeón mundial es West Edmonton Mall en Edmonton (Alberta, Canadá); y el más visitado del mundo y principal en Estados Unidos (cuyo autor, Jon Jerde, agregó esparcimiento tipo Walt Disney y ambientes cinematográficos para deleitar al visitante), es el Mall de América, en Bloomington (Minnesota). En 2006 abrirá en Dubai, Emiratos Árabes Unidos, el Mall de Arabia, próximo monarca planetario del género.

Algunos estudiosos como el fallecido humanista Rene Dubos piden acercar estos lugares y el público mediante experiencias emocionales participativas como hicieran las catedrales medioevales (entonces lugares de experiencia recíproca más que monumentos admirables). Según ellos, los beneficios del centro comercial continuarán incompletos mientras los visitantes asuman roles pasivos. Fuera de vendedores atentos, pasillos lujuriantes, vitrinas, y escaleras automáticas, es menester proporcionar, alternativas culturales que transformen multitudes en comunidades. Ello requiere fragmentar gigantescas instalaciones —de otro modo intimidantes— en acogedores microcosmos que conviden al público a ‘celebrar’ en coro compras y diversiones. Aparentemente inalcanzable, tal ‘democratización’ reduciría la monotonía (mismas marcas y apariencias) y complementaría la valorización, las ventas brutas y otros indicadores empresariales gratificantes con un factor que puede reducir ganancias y favorecer personas: la diversidad. Conseguirla en nuevos proyectos o al ampliar los actuales, presupone incluir la emoción entre las materias primas.

4. Del panorama nativo
Unas veces socios y otras rivales de los hipermercados (Carrefour, Exito), estas construcciones aparecen por doquier en Colombia. Durante el 2006, en Bogotá, la mayoría de los centros comerciales nacionales de primera línea disputarán la simpatía pública en una pugna favorable para arquitectos y consumidores. El “enfrentamiento” de veteranos (Salitre Plaza, Hacienda Santa Bárbara, Andino, Bulevar Niza, etc.) con debutantes (Portal de la 80, Gran Estación, Imperial, Santa Fe, etc.) tendrá lugar entre almacenes lujosos dependientes de la publicidad y la innovación incesantes, y pasillos maquillados que en virtud del parqueo redentor permiten a los adictos automovilísticos rehabilitarse y caminar. Anticipar desenlaces es imposible; pues aunque planificar para personas ‘estadísticas’ sea preferible a consultar tercas multitudes mediante dispendiosos diálogos continuos, las investigaciones de mercado que clasifican y comparan datos, solo suministran rasgos de consumidores promedio que son a la realidad, lo que el retrato hablado al rostro del delincuente. Acaso triunfen aquellos cuyo diseño y promoción concilien mejor hábitos inducidos y libertades indispensables, realidades tangibles y fantasías psíquicas, o fetichismos de ricos con voyeurismos de pobres.

Como sea, y dadas las múltiples obras adelantadas por Pedro Gómez y otros especialistas, la búsqueda del centro comercial “a la colombiana” prosigue. Sin embargo siempre faltarán propuestas acordes a la variedad regional o a la idiosincrasia femenina (ellas compran más que ellos y administran el gusto adquisitivo de los niños), o que halaguen esa añoranza nacional de lo campestre (evidente en apelativos como ‘plaza’, ‘portal’ o ‘hacienda’). Núcleos intelectuales, espirituales, y comunicacionales además de comerciales. Pero aparecerán; ya la “ciudad radioconcéntrica” postulada por Le Corbusier ronda; ya se vislumbran conciertos cívicos de turismo, salud, transporte, rumba, parque, santuario y universidad donde la vaguedad del trayecto será resaltada, la ubicuidad informática simbolizada y el tejido cultural firme y plural. Las próximas décadas verán conglobar la adaptabilidad topológica y cinética del foco comercial, el quehacer ciudadano y el reptar silencioso de evolucionados TransMilenios mientras sin coacción alguna y a la deriva curiosa, futuros usuarios de tales espacios, interpretarán cordiales epopeyas mercantiles de rompimiento y reconstrucción simbólica.

5. Del bienestar común
Pero ¿puede el individuo común enriquecer este discurso arquitectónico? Puede, si el arquitecto supervisa con ecuanimidad su aporte y juntos rescatan entre rimeros de planos y cómputos de retorno a la inversión, cierta cuestión pendiente sobre lo que comprar significa; puede porque el espacio habitable necesita cimientos poéticos; puede si diferenciamos la estructura de la intención de uso; puede si el obrero raso alcanza la trascendencia que antaño distinguió al artesano anónimo. El hecho, más que gestionar espejismos, es restaurar la dignidad perdida por inmigrantes y desplazados, reintegrar en la ciudad ese arraigo que la violencia o la pobreza arrancaron del campo.

¿Cómo? ¿Con un centro comercial de “interés social”? Exactamente. Todos lo son, o deberían serlo. Máxime en Colombia donde hay que dejar al terrorismo sin argumentos para insinuarlos como blancos potenciales en cada crisis; donde no se trata tanto de seducir millones de visitantes y ‘sujetarlos’ durablemente, en emporios del consumo repletos de parques temáticos, gimnasios, casinos, hoteles y aparcamientos (no mientras siete de diez compatriotas sean parias en la galaxia del trademark), sino de impedir que los centros comerciales favorezcan un exclusivismo que empeore la segregación clasista

Urge aproximar individuos que requieren consumir menos y acompañarse más; o nos consumirá la desigualdad que convierte al pudiente en prolongación cosmética de artefactos tecnológicos mientras excluye al pobre del coloquio cívico. Y eso exige esfuerzos rabiosos por robustecer el contacto y el diálogo.

Renovaciones dolorosas, pero inevitables.

viernes, septiembre 23, 2005

E21: Bogotá 2150

(*) Publicado a petición de ciertos queridos amigos con correcciones a algunos errorcillos científicos y de fechas (pero con la persistencia de otros concernientes a la física de las rotaciones en las que me confieso un palurdo). AGB 23 de septiembre de 2005


El Helicoide y otras maravillas bogotanas del siglo XXII

Situémonos en la ciudad de Bogotá, el miércoles 11 de noviembre del año 2150, y tratemos de imaginar algo del panorama urbano (¿cómo sé que será miércoles?, bien, hay muchos sitios en Internet donde es posible descargar calendarios con programas especiales para calcular el día en que cae cualquier fecha de cualquier año; uno de ellos —el que usé para este cómputo— fue diseñado en el año 2002, en la ciudad de Medellín, por el doctor Miguel Arcila Montoya). Al vislumbrar el escenario de la capital colombiana en ese entonces ulterior, hay una pregunta que de inmediato ondula en la imaginación como volátil gusano... ¿Será posible? ¿Podemos desde nuestra ‘primitiva’ comprensión de individuos del pasado entrever con algún grado de acierto las características de la urbe del porvenir?

La respuesta es bífida: por una parte nos asiste (o eso pensamos) una familiaridad con los avances de la cual carecieron las generaciones pasadas; y por la otra, nuestro grado de aproximación perennemente englobará una dolorosa pequeñez.

En tiempos de Faxor, mi chozno

A este respecto toda labor de adelantamiento, es por fuerza inexacta; aun cuando poseamos alta certeza del curso a seguir en los procesos y progresos tecnológicos, hemos de valorar cambios en aspectos tan sencillos como el habla. Así, es probable que dentro de siglo y medio, numerosos padres acostumbren bautizar a sus hijos con singulares nombres (que o bien son ahora impopulares u hoy son inexistentes); lo cual puede constatarse mediante una comparación temporal retrógrada si se estudia la nomenclatura ancestral... Sin ir más lejos, Timoteo, Pantaleón y Anacleto fueron los apelativos correspondientes de mi bisabuelo, de mi tatarabuelo y del tatarabuelo de mi padre; así que quizá mi bisnieto, mi tataranieto y mi chozno (como se designa al cuarto nieto), sean llamados Derdal, Abussam y Faxor... Gutiérrez si el entronque paternal se mantiene, o porten más exóticos apellidos si su nexo conmigo es por vía de mis hijas.

Además la globalización de las culturas, y el surgimiento de nuevos términos y verbos, por obra y gracia de la incorporación a la rutina de numerosos dispositivos automáticos, podrían ser apenas dos entre innumerables aspectos que explicarían los cambios, tanto en la nominación de mi eventual descendencia como del propio lenguaje de los bogotanos del siglo XXII.

Pero estamos en 2150...

Las autoridades y gentes de la ciudad (primero gracias a rigurosos esfuerzos demográficos, más adelante debido al constante aumento de la esperanza media de vida y, finalmente, como consecuencia de la multitudinaria emigración a las metrópolis de última concepción) han conseguido disminuir la población que, en algún momento (a finales del siglo XXI), llegó a superar los veintidós millones de personas.

Hoy, el número de los bogotanos apenas rebasa los dieciséis millones.

Hay notorias diferencias entre ésta y nuestra antigua Bogotá del año 2005. Por ejemplo, la condición de capital de Colombia se mantiene (aunque ahora dicho país forma parte de un conglomerado nacional más grande, la Comunidad Andina, cuya capital es Ciudad Exaltación, dentro de las antiguas fronteras de Bolivia). Son visibles desde toda la Sabana los ‘domos’, estructuras plegadizas, muy delgadas y resistentes que sirven, ya como colectores de energía solar, ya como protectores contra las lluvias o las noches demasiado frías. Hay dieciséis de ellos en Bogotá, los más pequeños tienen trescientos metros de diámetro y doscientos de altura, mientras cada uno de los mayores supera los tres kilómetros de diámetro y los seiscientos metros de altura; son tres, y cuando las circunstancias lo ameritan, sirven para recubrir el histórico vecindario de Unicentro, la zona deportiva del parque Simón Bolívar y el exclusivo sector hotelero y residencial de Páramo Claro, ubicado al otro lado del cerro de Monserrate y al que se accede cruzando unos amplios túneles.

Las calles sin ruedas

Los automóviles que antaño funcionaron por la combustión de petróleo o gas, fueron sustituidos hace años por vehículos que se mueven mediante electrólisis de agua, o utilizan motores mixtos a energía solar y alcohol para mecerse sobre el suelo; unos sobre chorros de aire y otros a través de una red de magnefalt, material plástico magnetizado, que se extiende por toda la metrópoli y sobre la cual ‘levitan’ los deslizadores a algunos centímetros del suelo por acción de campos magnéticos eléctricamente inducidos.

El 90% de los medios de transporte carece de conductor humano que ha sido reemplazado por pilotos automáticos incansables y virtuales (en realidad programas de software, más que robots) siempre respetuosos de las normas de tránsito, los pocos capitalinos que aún conducen lo hacen exclusivamente por deporte y en zonas especiales dispuestas a tal fin. El monoflot, lejano sucesor del Transmilenio, y propiedad de la EDESBO (Empresa de deslizadores de Bogotá) es el sistema más rápido y cómodo, incluso se amplifica hasta conectar con ciudades vecinas; sus diferentes trenes ocupan el 85% de la red vial; unos, acarrean pasajeros; y otros, denominados ‘nodrizadores’ llevan acoplados los deslizadores particulares hasta estaciones determinadas en las cuales los ciudadanos desacoplan sus vehículos para seguir itinerarios particulares.

La gente alcanza promedios de vida que llegan a los 120 años (en los países más avanzados la cifra se extiende incluso hasta los 150). Ahora la gran mayoría de ciudadanos cuenta con una iaper (inteligencia artificial personalizada) que combina el antiguo teléfono celular, el computador y el televisor con el sueño, tan ancestral como infantil, del amigo imaginario. El iaper es un sistema individualizado, un “otro yo”, que se encarga de verificar todos los protocolos automáticos y los trabajos más simples de cada individuo.

El contexto existencial

La nanotecnología, presente en infinidad de aspectos del día a día, permite que las personas usen un único traje, cuyos átomos se reacomodan según códigos comerciales de software de modas, para transformarse en variadas indumentarias. Algunos trajes son desechables (para lucirlos sólo una vez) y otros, algo más costosos, pasan a formar parte con carácter definitivo del disco duro del auxiliar iaper de cada quien. Los bebés ya no usan pañales, porque ‘trajes niñera’, similares al ajuar de cada uno, se encargan de sintetizar y transformar en agua y compuestos inodoros los desechos orgánicos; y disponen de ellos cuando el niño va a la cama

Aunque la pobreza persiste, es mucho menor que la de finales del siglo XX, debido a la invariable tendencia decreciente en los precios de todo tipo de objetos sofisticados. Aún, en las barriadas más humildes son frecuentes los parques desarrollados con toda la tecnología genética del caso. Por doquier se observan movimientos de las grandes ‘corponaciones’, como se conoce a aquellas compañías que se convirtieron en auténticas naciones financieras y trascendieron los límites regionales hasta convertirse en entidades autónomas. La más poderosa de ellas es la Flexor Dundalk (FD) de propiedad de la familia del irlandés Patrick Robert O’Cassey, quien es la versión actual, aunque algo más anciana, del histórico Bill Gates. La FD ha construido varias ciudades ultramodernas para sus millones de ‘empleadanos’ (mezcla de empleado y ciudadano) entre ellas su emporio ejecutivo, ‘Cibernia’, un hermoso globo de fibra de diamante (obtenida de la modificación de las moléculas de carbono) que flota en el océano Atlántico anclado en un punto intermedio entre las islas Azores y la ciudad de Nueva York.

Precisamente una de esas corponaciones, la Minguo, de propiedad de potentados orientales casi en su integridad, tiene a cargo con la administración distrital el proyecto ‘naturópolis’, gracias al cual arboledas de especies nativas, de crecimiento apresurado y mejoradas por la aplicación de abonos aceleradores, cubren de flores y surten de exquisitos frutos de uso público gran parte de la capital, convertida así en una espaciosa y silenciosa urbe silvestre.

La obra maestra de Mitnik

Dentro del urbanismo bogotano, se destacan los varios trabajos del arquitecto colombo-argentino José Agustín Mitnik (2032-2140), y en especial el Helicoide que por estos días celebra el aniversario número treinta de su inauguración: un complejo administrativo, social y universitario que se ha transformado en el sitio más visitado de la ciudad, y sin duda en una de las maravillas del mundo. El Helicoide, surge como fruto de la combinación del saber arquitectónico milenario con los últimos avances en nanotecnología de materiales de construcción y energía de fusión nuclear controlada, pues es un pequeño reactor el que regula sus movimientos.

El imponente edificio, está ubicado en el Paceco (gran Parque Central Comunitario), emplazado en la vieja esquina de la avenida Primera sur con Carrera séptima. El rotor central es un edificio circular y giratorio de trescientos metros de alto y sesenta metros de diámetro (ochenta en el anillo de la base); por dicho componente medular se ingresa a todo el Helicoide y a las dos ‘aspas’. Las aspas, asimismo giratorias, son dos edificaciones cilíndricas suspendidas que ‘flotan’ a más de cincuenta metros del piso, cada una de cuarenta metros de diámetro y de doscientos de longitud. Dispuestas en oposición diametral en torno del rotor central están unidas a éste por el ‘eje’, un ingenio transversal de treinta metros de diámetro y ciento ochenta metros de largo que aloja el servomecanismo principal que soporta la triple construcción y cruza el rotor central a ciento cincuenta metros de altura.

Debido a la oposición de las aspas y a su desplazamiento sobre el eje central, el conjunto en su totalidad se asemeja a un gigantesco ringlete, y aquí la comparación trasciende lo formal y se traduce en una realidad funcional, por el triple giro del conjunto. El primero es el del rotor central que cubre una revolución completa de 360 grados en el sentido de las manecillas del reloj (contempladas desde el cielo) cada veinticuatro horas (a las seis de la mañana la portada del Helicoide da hacia el cerro de Guadalupe; a las doce del día se ha desplazado noventa grados y da hacia el boquerón de Chipaque y a la deslipista que parte hacia la ciudad de Villavicencio; a las seis de la tarde —tras recorrer noventa grados más—, la fachada mira hacia el occidente y en el sentido de la deslipista que sale hacia la vecina localidad de Melgar; y, en las imponentes medianoches, la estructura ha virado 270 grados desde su punto de partida hasta plantar cara a la plaza de Bolívar; finalmente en horas de madrugada vuelve a la posición en que la ciudad la encuentra cada mañana).

El laberinto giratorio

Las aspas laterales, por su parte dan también un giro de 360 grados cada veinticuatro horas, pero no en sentido de la horizontal como el rotor central sino en sentido de la vertical (algo imposible en el 2003, pero viable entonces gracias a materiales livianos y nanoensamblados flexibles y neumáticos diez veces más resistentes que el acero del siglo XX y veinte veces más livianos y moldeables), son esas moles de miles de toneladas las que representan lo más espectacular del genio de Mitnik, y las que revelan al Helicoide como la estructura más destacada en la historia arquitectónica de Bogotá.

En su trayecto siguen, en lo que a acomodación se ocupa, el principio de la antigua rueda panorámica o de Chicago: esto hace que, si bien una serie de estructuras internas cambia constantemente, la planimetría de las aulas, oficinas y demás espacios interiores permanezca invariable como la de las canastillas en una vieja rueda de feria. A las seis de la mañana, cuando la fachada principal del Helicoide saluda al cerro de Guadalupe, ambas aspas están en posición paralela a la vertical del edificio, pero, poco a poco, y al tiempo que el rotor central desplaza todo el conjunto hacia el sur, el aspa de la derecha de la puerta comienza a inclinarse hacia los cerros orientales, y la de la izquierda a alejarse de ellos, así, tanto a las doce del día, como a las doce de la noche ambas aspas están acostadas y los edificios asumen posición horizontal, de modo que los habitáculos que antes estaban en sesenta pisos, están ahora sólo en dos... si se capta la idea de la rotación inversa de ambas aspas se advertirá que quien estaba en el piso primero del aspa derecha a las seis de la mañana estará en el piso sesenta a las seis de la tarde. “Es fascinante, entras subiendo o sales bajando, o tienes que recorrer un gran corredor levemente inclinado hasta los ascensores”, tales son las declaraciones de los miles de turistas que lo visitan a diario.

Por supuesto a las nueve (de la mañana y de la noche) y a las tres (de la tarde y de la mañana) cuando los ángulos de cada aspa, o torre giratoria, han transitado 45, 135, 225 y 315 grados desde sus estados iniciales, las aspas hacen lucir al Helicoide como una monumental letra equis sobrepuesta al rotor central, lo cual unido a una iluminación que varía con exuberancia le brinda un aire casi sobrenatural a Bogotá.

Dicen los sociólogos y psicólogos que las personas que trabajan y estudian en el Helicoide están entre los seres humanos con mayor apertura mental en el planeta tierra (y prueba de ello es la estirpe de inmensos profesionales egresados de las varias universidades con sede en la construcción), el portento es debido, sin duda, a la diversidad paisajística y espacial que se experimenta desde su interior en un lapso de veinticuatro horas.

Un embudo subterráneo en el que se hayan empotrados tanto el reactor nuclear como infinidad de niveles de parqueo y servicio, y que gira igual que el exterior, se incrusta casi ciento cincuenta metros en el suelo sabanero. Y hay otra particularidad: el desplazamiento tanto el del aspa derecha, como el de la izquierda, se percibe desde el interior —para quien se encuentre en el rotor central— como en el mismo sentido, mientras desde el exterior es evidente que la derecha se mueve en el sentido del reloj en tanto la segunda lo hace en contra a éste.

Para quien esté confuso con la visualización del Helicoide, tal vez le sea útil la más acertada definición de la construcción hasta la fecha, la cual fue dada por el propio Mitnik el viernes 6 de diciembre de 2120 (día en que el Helicoide se echó a andar) durante la ceremonia de arranque: “Concebí el Helicoide, como un titán humano de 300 metros de altura, que gira eternamente hacia su costado derecho, de modo que su rostro retorna cada mañana a las seis a saludar los cerros tutelares de Bogotá, Monserrate y Guadalupe; el eje medio, horizontal hace las veces de sus clavículas; y el rotor central de la torre principal es su columna vertebral, en último lugar las aspas simbolizan el movimiento de sus brazos, el derecho proyectándose siempre hacia delante en un circulo de veinticuatro horas y el izquierdo simultáneamente haciendo lo propio hacia atrás...”. Si aún no logra comprenderlo es posible hacer dos cosas pídale a su iaper que proyecte un holograma del Helicoide o, mejor aún, haga reservaciones en el próximo paquete turístico a Bogotá, el distrito de Páramo Claro lo espera (hay disponibilidad hotelera todo el año, aunque es más costoso en temporada alta).

¿Alucinación?

Aunque en este ensayo, se me quedan en el disco duro, un heterogéneo surtido de características de la Bogotá del año 2150, tales como la descripción del transporte aéreo, y de los distritos satélites de Chíamor y Tenjo Nuevo, o la vida en las colonias de inmigrantes chinos o nigerianos que se ubican en el lindero del descontaminado río Bogotá, consigno que es probable que me haya quedado corto en los alcances de mi prospección, ello porque al cotejar la anticipación del futuro con el futuro verídico (cuando éste llega realmente sin duda naufraga todo cálculo). En principio debido a que quien especula —en este caso yo—, lo hace sin conseguir abarcar jamás en su pesquisa todo el espectro de tecnologías en curso de comparecer.

Ahora bien, tanto Mitnik y su obra, el Helicoide, como los iapers, los domos y las deslipistas, hacen parte de un proyecto novelístico que adelanto en el momento y cuya acción transcurre en el marco de una concepción algo optimista del mañana bogotano, la cual creo viable en grado sumo.

Los escépticos, siempre podrán recurrir como ya dije a la comparación retrógrada, que ya empleé en el asunto de los nombres, y reitero ahora con el parangón entre tres ambientes...

Ambiente número 1: Bogotá, lunes 11 de noviembre de 1850, ¿o acaso se llama todavía Santa Fe de Bogotá?, la flamante capital de la Nueva Granada, es un atrasado pueblecillo de 45000 habitantes en el cual tiene asiento el gobierno del presidente José Hilario López (dentro de un año ordenará el fin de la esclavitud); no hay alcalde sino jefe político (José María Maldonado); hace apenas ocho años se tomó la primera fotografía (el daguerrotipo de la Calle del Observatorio por Jean Louis Gros en 1842); faltan 15 años para que establezcan la primera línea telegráfica (1865); y 31 años para que instalen la primera línea telefónica (21 de septiembre de 1881); la ciudad no dispone de alumbrado público, ni siquiera con velas de sebo, en contraste Londres, por ejemplo, cuenta con iluminación a gas desde 1807 (Bogotá sólo la tendrá en 1871); la luz eléctrica tardará cuatro décadas en aparecer (1890), y el alcantarillado subterráneo demorará más de veinte años (1872); la tubería de hierro para el acueducto sólo aparecerá en 1888; el viaje hasta el puerto de Barranquilla toma alrededor de dos meses, y el recorrido hasta el puerto de Honda sobre el río Magdalena tres días; escasamente se va a emprender la pavimentación con piedra del camino a Facatativá; no hay cuerpo de bomberos, ni de policía establecido; la inauguración de la primera línea de tren (el “Ferrocarril de la Sabana” entre Bogotá y Facatativa) demorará hasta 1889; y el primer automóvil —un Cadillac que importó Ernesto Duperly— arribará únicamente hasta el lejano año 1903 (en el 2003 se celebró el centenario del automóvil en la capital)... y en la labor manufacturera local ni siquiera se utiliza la máquina de vapor que mueve las fuerzas industriales en el mundo desarrollado hace ¡tres décadas!

Ambiente número 2: Bogotá, 2005, la abrumadora ciudad en que vivimos ¡180 veces más poblada!, con vuelos internacionales, y millones de autos, teléfonos, computadores, ventajas y problemas.

Ambiente número 3: Bogotá, 2150... si tenemos en cuenta que el ascenso tecnológico de la humanidad siempre ha consistido en la construcción de una generación de herramientas nuevas para elaborar con ellas otra generación de elementos más sofisticados; entonces, sin que se necesite ser mago (para advertir que en los siguientes 150 años este proceso será mucho más acelerado que en los 150 anteriores) la tentación de aventurar conclusiones nos embarga.

Y es irresistible.

domingo, septiembre 11, 2005

E20 ¿Es Colombia cómo Proexport la pinta?

Colombia Marca-País:
Entre pasión y presión


¿Es una remolacha? ¿Un músculo cardiaco hipertrofiado? ¿El trasero de Marilyn Monroe contoneándose? ¿La abstracción comunista (y consumista) del conejo de pascua? ¡No! Es la realización del ‘experto’ (si lo declara alguna desconocida fuente póngale la firma) David Lightle…

Y lo que quiera que implique (todo menos identidad local) Proexport acaba de embutírnoslo a manera de insignia comercial colombiana. Tan evidente como la especie zoológica en la que se matricula Tribilín, la recién publicada Marca-País promueve una genuina polémica, y aunque todavía debo decidir qué encuentro menos autóctono en ella (si el solitario signo de interrogación anglicado que acompaña la frase, “es pasión!”, el ambiguo concepto de pasión como tal, o el taurino gráfico alegórico del ‘desangrado’ corazón de Jesús), me uno sin titubear a sus malquerientes.

Digan lo que digan en Proexport (donde cuando se averigua al respecto, “copiapegan”, a falta de contestación personalizada, un mensaje electrónico multiuso con gratitudes artificiales e información preelaborada en el sitio Web) es un burlesco despropósito una Marca-País made in USA. Empalaga que el distintivo o señal de fabricante que portarán los productos de nuestra industria, lleve por emblema lo que a una camarilla de ilustrados creativos les apetece.

Nuestra era de lugares comunes y encuestas amañadas ha visto cómo se populariza hasta lo absurdo el blindaje competitivo (insólito padecimiento psíquico que induce a los infectados por el virus del aparentar a emplear cada dos segundos en su charla las palabras “blindaje” y “competitividad” para sentirse chic); tal condición amenaza hacer naufragar la sociedad en un mar de charlatanería tornándonos cada vez más incompetentes y menos amigables. En consecuencia, incumbe a quienes disentimos hacerlo categóricamente, sin vehemencias ni circunloquios. Basta de ya de dejarnos convertir en minúsculas unidades de una ficha técnica, o en infinitésimas fracciones del PIB. Todo esta estratagema de la Marca-País, a despecho de sus nobles miras, exhala propaganda furtiva; bien porque la imagen propuesta remite subliminalmente al soporte gráfico de un eventual partido político (por algún desquiciado impulso cada vez que evoco su eslogan satélite “Colombia es pasión¡”, repiquetea en mi bóveda craneana el estribillo: “¡Todos con la reelección¡” e incluso, si examino en detalle el motivo, entreveo dos letras U superpuestas); bien porque encrespa la cuestión esa del focus group (del cual partió el proyecto) integrado por 400 colombianos, quienes durante un año de ahínco, apuntalaron la condensación del sentir nacional en estructura bidimensional. Curioseemos, mmm… si somos 44 millones de retoños de la patria, las impresiones de cada uno de los 400 sondeados englobó las de 110.000 (¡ciento diez mil!) compatriotas (por aquello de 44 millones dividido entre 400); ah, y el suceso resulta más seductor si además rememoramos, para obtener una evaluación panorámica, que a estos grupos de investigación previos al diseño final también confluyó la colosal multitud, el gentío, de 150 —léase bien—, ¡ciento cincuenta!, consumados intérpretes extranjeros, idóneos custodios de las valoraciones que acerca de Colombia y de los colombianos tienen los demás seis mil millones de terrícolas que ocupan el planeta. Lo cual corresponde a afirmar —con fiabilidad estadística cercana al ciento por ciento argüirán en Proexport— que el veredicto de cada uno de esos 150 omnisapientes esclarecidos foráneos sintetizó el de 40 millones de personas (según se infiere de repartir seis mil millones de humanos entre 150 encuestados).

Quien desee soltar una incrédula risilla hágalo con confianza.

Cuenta por ahí el saber popular que sobrevenido el funeral solo los ajenos a la familia se refieren imparcialmente al difunto, lo cual menciono porque sin favor público las encuestas se vuelven impuestas, la estadísticas, ‘estafísticas’ y las consultas, no consultan pero sí insultan. Por desgracia, desde fines del siglo anterior, he verificado a menudo cómo, en las aulas universitarias y en el entorno profesional, muchos diseñadores (no solo los que secundaron a Proexport) soslayan el sentimiento popular, y olvidan que su oficio es armónico únicamente cuando fabrica puentes entre la utilidad que fragua la ingeniería y la belleza que engendra el arte. Muchos talentosos pensadores (la mayoría no diseñadores, verbigracia Donald Norman) reprochan a los diseñadores por descuidar en sus creaciones el aporte emotivo a la colectividad, y abstenerse de conferir al producto eso que ellos llaman efecto “oso de peluche” (y yo “factor zapatos viejos”: entre más los calzo, más me encariñan y menos quiero deshacerme de ellos), mismo del cual carece superlativamente, por supuesto, la imagen que soporta la estrategia de Marca País. Sobra agregar que cuando tal sentido social falta, el accionar del oficio deviene —ahí sí cabe la denominación— en dogmatismo, sectario y pasional, más desgreño que diseño orientado a crear adefesios para unos usuarios supuestos que sólo existen en mentes encharcadas de solipsismo y soberbia.

Así, la privación de consenso hace del trabajo de David Lightle no un logosímbolo, y ni siquiera un loco-símbolo, sino si acaso un ogro-símbolo, cuando no un ogro-chímbolo; empero, aclaro, lejos de mí mofarme de la pureza de la línea o del manejo cromático del resultado alcanzado por Lightle (¿una eminencia en “colombianología”?) con el concurso de célebres maestros colombianos envueltos en el proceso creativo, pues tales virtudes las tiene de seguro. Lo que extraño es algún referente a las selvas, a los mares, a las flores, al altiplano, a la provincia antioqueña, al llano o las costas, algo, en fin, que produzca maripositas, o aves, o arco iris gástricos y cuya concepción final debería haber sido, a fe mía, mucho (pero muchísimo) más dialogada.

Planteado lo cual devuelvo el reloj.

A principios de los noventas, cuando desconocía los alcances del diseño, equiparé, como otros muchos incultos, las chupetas tinturadas con las cuales Quico antojaba al Chavo (y que siempre engullía la Chilindrina en las comedias televisivas mexicanas) con la espiral tricolor (amarillo, azul, rojiza) del ya fallecido David Consuegra que a la sazón seleccionara la Corporación Nacional de Turismo como imagen de Colombia ante el extranjero. Hoy, pese a trece años de proximidad docente y editorial con dicha disciplina en sus áreas industrial y gráfica, mantengo tanto mi empecinada opinión como mi blasfemo paralelo de antaño. Simplemente, me es imposible, como colombiano, reconocerme en la citada obra de Consuegra.

O lo era, hasta días atrás cuando Proexport divulgó —en el marco de SU (de ellos, no de todos) estrategia de marca país— la imagen gestada para nuestra nación por el estadounidense David Lightle (redentor gráfico, proclaman sus promotores, de Nueva Zelanda, Taiwán, Tailandia, Australia y otros pueblos sumidos en la indigencia comercial) bajo el concepto de “Colombia es pasión”. Por contraste, ante esta imagen ciega, sorda y muda (según diría Shakira), y totalmente ineficaz en mi criterio para interpretar la esencia colombiana, la espiral de Consuegra se transfiguró de repente en sublime espejo del alma nacional.

Y parece, a juzgar por los más de sesenta comentarios de diseñadores, publicistas y arquitectos (sin sumar ni cuatro positivos) que leí publicados la página Web de la revista proyectodiseño, que somos bastantes quienes experimentamos conmociones similares. El veredicto es abrumador: pese a lo bienintencionado de la estrategia hay descontento y antipatía con la imagen financiada por Proexport. Muchos (y yo el primero) somos quisquillosos con todo aquello que se valga con fines lucrativos de la palabra “Colombia” (si bien es fortuito el que los creadores de las dos imágenes glosadas en estos párrafos lleven David por nombre, bien que el del gringo se pronuncie ‘Deivid’). Y me enerva encontrar el argumento, si cualquier hijo de vecino (como yo) osa abrir la boca para objetar que el asunto está fuera de crítica porque el diseño no es arte. O porque estoy falto de acciones en el negocio. Tamaña desfachatez. Por ventura fuese admisible, si discurriésemos acerca del logosímbolo de una empresa de computaciones, de mensajería internacional o de bizcochos aliñados, pero cuando el asunto involucra la nación que me vio nacer (y presume comunicar al mundo lo que como oriundo de ella anhelo y proyecto, la forma en que me contemplo y deseo ser contemplado) tengo como cualquier ciudadano mi parte en el pastel. ¿O será que quien es diseñador es más colombiano que quien no posee título profesional en la materia? Sin ánimo de esgrimir patrioterías trasnochados, el que un norteamericano nos diga cómo queremos ser vistos provoca rasquiña en los más tolerantes y nauseas en los menos. Además, no hay divinidad privativa del diseño, y que se sepa, el llamado Dios por unos o Ala por otros, no ha comisionado representantes suyos en la Tierra para intermediar entre una eventual teoría estética divina y el común de los mortales. Punto donde subrayo que los diseñadores harían bien en comprender lo que hace tiempo captaron los políticos: que el mundo ha migrado de lo representativo (donde yo delegaba mi pensamiento en otros) a lo participativo (donde si otros se erigen en voceros de mi opinión sólo puede ser con mi contribución directa).

¿Quién les dio derecho a esos fulanos de arrogarse nuestra voz? Y tildarla (la tuya, la mía, la de todos) como “pasión”. Por mero fisgoneo puedes indagar en un diccionario como el de la Real Academia o emplear la herramienta de sinónimos del procesador de textos que corre tu computador para comprobar que ‘pasión’ es un vocablo con infinidad de sinónimos y acepciones. Muy pocos positivos (entusiasmo, efusión, ímpetu, fogosidad, cariño, afecto, amor, apetito, deseo, fervor, interés) y otros muchos, muchísimos, con connotaciones que van desde negativas hasta espantosamente negativas (enardecimiento, apasionamiento, acaloramiento, exaltación, fanatismo, intransigencia, arrebato, violencia, arranque, furor, furia, exasperación, delirio, frenesí, locura, manía, efervescencia, ceguera, paroxismo, preferencia, arbitrariedad, parcialidad, tristeza, abatimiento). ¿Será que Mr. Lightle nos aborrece y quiso caricaturizar en su logosímbolo nuestras lacras nacionales? (ya saben, promiscuidad, masacres, delitos varios, crímenes pasionales, adulterio —por lo de los cachos—, y demás).

Ahora bien, quienes al leer esto consideren mi discernimiento en términos de remolinitos y calaveritas. sin hablar de palabras mayores, pueden serenarse, le doy a la marca país la merced de la duda, es viable que la imagen en cuestión sí revele la esencia nacional, tanto como ‘La virgen de los sicarios’, ‘Perder es cuestión de método’, ‘La primera noche’ y otras brillantes creaciones cinematográficas retratan en modo fidedigno el día a día de cada colombiano ¿verdad?, o con la misma intensidad que Bogotá se asemeja a un pueblo perdido del septentrión mexicano (en el fondo, el dibujillo y su lema se me antojan como fruto del encargo de algún grupúsculo de damas elegantes a su esteticista de cabecera para decorar la fachada de su boutique en algún exclusivo pasaje comercial). Está tan lleno de nuestra (lo-que-signifique-eso) verraquera nativa; ustedes comprenden, el vocablo ese que escrito con v se define en los diccionarios como “lloro con rabia y continuado de los niños” y se deriva de verraco que es el “cerdo padre”, y que deletreado ‘berraquera’ está ausente de los lexicones donde solo asoma en su forma ‘barraquera’ que es otra forma de insinuar verraquera.

Una última cosa, mis verracos (¿cerditos chillones?) conciudadanos, todo el episodio revela que seguimos zambullidos en una sociedad donde los apellidos tradicionales de ancestro hispánico valen poco y los de raigambre exótica se cotizan en mucho. Donde chequera mata opinión y título profesional desplaza cultura ciudadana. Así, siento que vamos hacia la feria del mercado globalizado, emperifollados en ese fastuoso Marca-país (¿o Estigma-país?) acorazonado con en el cual los asesores de imagen transformaron por comisión de Proexport —y con arbitraria labor— a la venerada patria en una mujerzuela que se ofrece al mejor postor, con labios rojos y calzones baratos.

Pero pierdan cuidado, desvarío. Ellos (los que saben) nos aseguran que el bosquejillo robustecerá la imagen de Colombia en el ámbito internacional; ellos (los autorizados) pronostican que el bocetuelo se convertirá en núcleo de la empresa que aglutine a todo el país en torno a un ideal; y asimismo ellos (los acreditados) afirman que esa estampa de una taza de caldo hirviente de tomate nos motivará a todos los colombianos (incluidos los apátridas resentidos, como designarán a quienes nos aventuremos a discrepar) para actuar y unirnos a la solución al problema de la apariencia nacional. Y argumentan también ellos (los de VMA —Visual Marketing Asssociates— firma norteamericana reponsable) que el ogrosímbolo de su hechura explota la asociación directa del público estadounidense entre los colores tropicales y Colombia (¿perpetuando que nos continúen percibiendo como a una república bananera?). Tras lo cual nos preguntamos si habremos estado expuestos a una sobredosis de radiación pre-TLC (¿O es que la favor del público de las otras casi doscientas naciones del globo, que suman el noventa y cinco por ciento de la población mundial era intrascendente?), y, ¡cómo no!, también nos sosegamos porque ellos (los de Proexport) prometen que su proyecto será la madre de todas las invitaciones a la acción (sin importar que numerosos diccionarios especifiquen que ‘pasión’ deriva de ‘pasivo’ como ‘acción’ lo hace de ‘activo’). Es más, como rotunda prueba de la veracidad de sus postulados ellos (los reputados) registran gran receptividad a su millonaria inversión publicitaria, según indica la masiva acogida dispensada, durante las pasadas semanas, por cinco o seis ‘apasionados’ ciudadanos que han empapelado con la bienaventurada imagen de Marca-Colombia las ventanas de sus hogares y automóviles.

Por eso, señores de Proexport debo confesarles algo: jamás preví encontrar en la vida mayor altruismo democrático del que alguna vez mostraron para conmigo Amway, Herbalife, Travel One, y otras humanitarias compañías. Su apasionada presentación efectiva me convenció (razón tiene la Biblia al profetizar que los mansos heredarán la tierra), les deseo suerte en su empeño y agradezco de corazón (¡en serio!) por abrirme los ojos a las enormes posibilidades que plantea vincularme a su versión empresarial de Colombia (momentito, ¿no es ese un concepto del ex presidente Pastrana?), es muy amable su interés en mí bienestar y en el de mi nación. Lastimosamente —y hasta tanto su estrategia excluya a varios millones de compatriotas—, declinaré su ofrecimiento. Por ahora, mi pasión es otra.

¡Y Colombia NO es lo que ustedes pintan!

domingo, septiembre 04, 2005

E19 Desastre ambiental anunciado

¿Agoniza el embalse de Tominé?


Todo organismo puede ser nocivo si las condiciones lo permiten. Probablemente por eso, grandes ecólogos como Margalef y Odum, explicaron la contaminación como: “un recurso que está dónde no debería” (o donde sí debería pero en tal cantidad que causa problemas). Así, en aquellos ecosistemas lacustres equilibrados, una planta como el buchón es inofensiva; sin embargo, cuando las circunstancias propician que dicho vegetal colonice las aguas (según aconteció décadas atrás en la represa del Muña), el citado buchón se transforma en vampiro: un auténtico asesino de estanques. Por ello, conviene atender lo que en estos días ocurre en Tominé donde el buchón gana terreno sin cesar. ¿Se aproxima la muerte de otro cuerpo de agua? ¿Será Tominé un segundo Muña? ¡Averigüen por favor!...

Somos muchos los bogotanos que alguna vez aprovechamos el embalse del Muña como sabroso paraje de veraneo y ocio. De mi infancia, por ejemplo, recuerdo con deleite las ocasiones en que acompañé a mi padre a pescar, o mejor a ver pescar, en sus orillas. Asimismo, guardo en mi memoria ciertas oportunidades en que, junto con un tío en segundo grado, asistí a regatas y otros eventos en uno de los clubes náuticos que a la sazón allí funcionaban. Sol, peces plateados y un espejo de agua cristalino constituyen mis evocaciones infantiles, quizá distorsionadas y magnificadas por la inadecuada capacidad de un niño de seis o menos años para precisar dimensiones en el espacio y el tiempo. Hoy, en pleno año 2005, ya bien crecido y con más de doce años como docente de medio ambiente en una universidad capitalina, me conmueve recordarlo por cuanto una mezcla de desidia y falta de conciencia ecológica hace largo tiempo que tornó aquel idílico paraje en una cloaca a la que si acaso el viajero eventual da una mirada cuando se va o viene de la capital de Colombia por la vía a Fusagasugá, Girardot o Melgar. Dicho vistazo es —en quienes alcanzamos a presenciar el ocaso del Muña en su era dorada— informe mezcolanza de conmiseración y repugnancia, pero sobre todo de horror cuando se piensa que en lugar de recuperar las maravillas ambientales que tal sitio poseía, los tiempos nuevos han sido testigos de la forma en que otros cuerpos de agua cercanas a Bogotá, e importantes para sus habitantes, agonizan en medio de la indiferencia o la impotencia de quienes a bien tenemos advertirlo.

Tal es el caso de Tominé.

Hace un par de meses, algunos amigos y yo visitamos el municipio de Guatavita en Cundinamarca y advertimos horrorizados la forma implacable en que el buchón de agua (Eichornia crassipes) ha invadido el embalse y dificulta ya, paulatinamente, los deportes náuticos y la navegación turística. Unas pocas indagaciones con los vecinos nos bastaron para confirmar que el arrollador crecimiento de dicha maleza flotante comenzó tan solo unos meses atrás (a finales del año 2004, quizá) debido al bombeo a la represa (queda por verse si por particulares o por personal de alguna entidad pública) de aguas negras con alta concentración nutritiva que traían las primeras cepas de la maleza y que en virtud de sus características bioquímicas facilitaban la infestación del embalse por plantas diminutas o matorrales acuáticos nocivos como en efecto sucedió al poco con propio buchón. Todo ello en virtud de cierto proceso bien conocido por los ambientalistas y por ellos denominado “eutrofización”.

Desde entonces, y más con el cometido ético que impone el enseñar a estudiantes universitarios algo de amor por el medio ambiente que con el propósito de sonar alarmista o causar pánico, he intentado notificar infructuosamente a las entidades respectivas (CAR, Acueducto, etcétera) y a los medios de comunicación. En razón de ello esta columna es un llamado de auxilio a quien corresponda por la laguna. Siempre valoré la enseñanza que en uno de sus escritos brindó el columnista del Miami Herald, Leonard Pitts Jr., a sus lectores, cuando puntualizó que a uno las cosas le deben importar aunque sea un comino, y que eso (“comino”, “rábano”, “carajo”, o como se prefiera llamarlo), constituye la diferencia entre los diez mil que vieron algo y no actuaron, y el que (dice Pitts según mi modesta traducción del inglés) movió su trasero y al menos redactó una carta.

Por supuesto, mis observaciones podrían estar sobredimensionadas (que más quisiera yo), pero a la luz de mis modestas nociones ecológicas durante años cultivadas, conjeturo que Tominé ostenta lo que un médico de lagos y lagunas —de existir tal tipo de profesional— bien podría llamar “facies hipocrática”, según titula la ciencia clínica al aspecto característico que presentan generalmente las facciones del enfermo próximo a la agonía. Lo anterior, cualquiera puede confirmarlo si visita el embarcadero de Guatavita la Nueva, pues, (y aunque las montañas de raíces de buchón apiladas en las orillas, dan fe de algunos amigables y valiosos intentos por desembarazar la represa del flagelo) es evidente la dificultad que tienen los botes de recreo para entrar o salir del puerto.

Urge evitar un desastre ecológico como los sufridos por Fúquene —donde residuos de abonos derivados de explotaciones agrícolas favorecieron, de forma más o menos similar a la aquí anunciada para Tominé, la contaminación irreversible de la laguna por otra maleza acuática, en ese caso la elodea (Egeria densa)—, o por el ya citado Muña, antaño paraíso de lancheros y pescadores y hoy transfigurado por el buchón que lo cubre (para desgracia del cercano municipio de Sibaté) en hediondo hervidero de zancudos.

Es preciso actuar pronto. Las autoridades ambientales tienen que remover el buchón del embalse (toneladas de tal materia orgánica pueden servir, por ejemplo, como abono o para cultivar hongos comestibles a escala industrial), y la única forma viable de hacerlo acaso sea tornar lucrativa la labor de extraer la planta del agua (las facultades de Diseño Industrial de Bogotá por ejemplo, podrían colaborar con un concurso que indague sobre los posibles empleos de la fibra de la raíz del buchón para la elaboración de objetos). De lo contrario — ¡y con cuanta alegría reconocería mi equivocación de ser el caso!—, Tominé morirá.

(*) alftecumseh@yahoo.com

viernes, agosto 12, 2005

E18 Vanilocuencia discurso de moda

Vanilocuencia: discurso de moda
escrito agosto 12 de 2005

El afán de simular erudición acorde con las exigencias discursivas en boga, hace que en Colombia todo aquel con (o sin) ínfulas de poetastro, intelectualoide o dialectólogo emplee una ristra de clichés sin miramiento alguno a la concisión idiomática. Para la muestra un fragmento en el mejor estilo contemporáneo. Úselo, imítelo, aprópielo, verá resultados espectaculares y superpositivos, es más, usted saldrá, gracias a él, bien librado al conversar sobre cualquier tópico con cualquier persona y en cualquier ocasión:


Básicamente (giro favorito de quien desea señalar las virtudes de lo que no ha enunciado), de alguna manera, el truco consiste en tener presente que el hilo conductor del proyecto persuasivo, requiere jugarse a fondo y darse la pela de intentar, obviamente, apostarle a la transparencia para blindar la comunicación y abrir espacios de diálogo que faciliten manejar escenarios mediáticos participativos con coherencia apropiada, tal como mandan los cánones de la tecnología de punta, para establecer nexos y alianzas estratégicas con eventuales interlocutores en toda ocasión, desde rondas de negocios hasta sesiones tendientes a establecer alianzas estratégicas.

En ese orden de ideas, de cara al enfoque corporativo que no disculpa falacia alguna, es menester, para salir airoso de cualquier brete, manejar hipótesis de alto impacto y recurrir a lo que alguna vez fueron lúcidas frases (hoy convertidas en manidas y aburridoras dicciones que numerosas personas reciclan sin tregua, como para manifestar su incapacidad de pensar algo interesante). El reto es, sin la menor duda, romper esquemas de incomprensión desde la verdad y generar cambio en el auditorio y, pues nada, retomar lo que se comenta en calles y corrillos, o lo que dice la opinión, para aportar referentes significativos que oficien como terapia de choque contra la satanización de aquellas simbiosis entre el desarrollo alternativo y la sensibilización competitiva a los cuales la banalidad imperante intenta problematizar su interdependencia.

La cuestión es simple: 1. Para visualizar nuevos proyectos sociopolíticos hay que devolver la autonomía perdida a quienes fueron relegados a una marginalidad carencial, y articular planteamientos verbales retributivos con todas las bondades de la conectividad coyuntural. 2. Así las cosas, una asignatura pendiente, en gracia de discusión, es hacer un recorrido por las noticias para, con la pericia del piloto, detectar los estándares conceptuales con los cuales la mayoría de los encuestados formulan opiniones en respuesta a problemáticas dadas. 3. Vivimos una época en la cual el empoderamiento es imperiosa exigencia, si de evitar la perniciosa homogenización de las conductas sociales se trata; por ejemplo, en el ámbito comunal, la protesta social demanda voluntad política para repensar el país según los desafíos del momento y aportar propuestas clave sin detenerse en cualquier rifirrafe ante los enemigos de la meritocracia — por suerte, un porcentaje minoritario a la luz de recientes sondeos de favorabilidad—, y es que, 4. La conectividad entre el magisterio y el pueblo merece, de cara al país (y para afrontar con éxito un hito como el Tratado de Libre Comercio), una actitud restaurativa, en cuanto evento emblemático incorpore la agenda diaria; en virtud de ello, quienes sentimos la patria asumimos el peso de implementar a profundidad una gestión democrática, al interior del estado, como trasunto de lo que contemplan para tales efectos la constitución y la ley, hoy agobiadas, por demás, y en espera de que, por decir algo, surjan a frentear las circunstancias empresarios comprometidos con la sociedad civil y funcionarios capaces de desempeñar una gestión intrafamiliar idónea sin diferencia en virtud de los estándares y porcentajes específicos actuales.

¿Comprendieron?

¿Alguna cosa?

¿La más mínima?

Tranquilos, tampoco yo. Nada había perceptible en los párrafos anteriores.

Aunque algo sí hay preocupante, en especial entre numerosas figuras públicas colombianas, desde dirigentes empresariales hasta estrellas de la farándula.
La mayoría, se expresa así.

jueves, agosto 04, 2005

E17 ¡A salvar la oposición!

¡A salvar la oposición!
Publicado en el columnista virtual de El Espectador www.elespectador.com


En política un crítico imparcial vale más que diez mil partidarios. ¿Sabrá eso el Presidente?

Al congregar en torno a su ideario las descomunales simpatías que ahora lo respaldan, Álvaro Uribe Vélez asume frente al país inmensas responsabilidades cuya observancia exige una sindéresis superlativa; cualidad que un gobernante pierde con facilidad si recurre al sentir de admiradores siempre dispuestos a dar coba como medida exclusiva de su gestión.

La falta de antagonismos robustos desequilibra cualquier ecosistema sociopolítico. Por ello, la coyuntura colombiana precisa conservar a los contradictores de Uribe, hoy tan amenazados de extinción como el tigre siberiano o el oso de anteojos. Urge actuar, vedar la cacería y establecer áreas de preservación antes que sea tarde. En caso contrario las consecuencias serán devastadoras.

Numerosos analistas —entre quienes destaca Jorge Leyva Valenzuela por conceptos publicados en El Espectador (semana del 31 de julio al 6 de agosto de 2005)— comentaron los abrumadores porcentajes de opinión pública devota al presidente Uribe según las últimas encuestas. Y el dictamen es categórico: si la Corte Constitucional aprueba la reelección, la contienda presidencial será un “Vine, vi, vencí” a favor del actual mandatario (quien recién sorteó otro escollo para su pretensión continuista al apaciguar al reacio ex presidente Pastrana con un dulce bozal diplomático). Ya miríadas de promotores, admiradores y prosélitos proclaman la perpetuación de Uribe en el poder como salida única para la nación. Es el dogma. El leitmotiv que repica triunfal ante fuerzas opositoras confundidas, liliputienses, y desacreditadas... Y asimismo una amenaza para nuestra democracia.

Asimilar al regente con el estado se devaluó desde tiempos del monarca francés Luis XIV, toda vez que la carencia de confutadores resulta pésima asesora, máxime con enjambres de panegiristas prestos a decir al gobernante cuanto éste quiera escuchar (lo cual, a menudo, falsea las circunstancias y torna, por ejemplo, una meritocracia en mentirocracia, o una democracia en ‘democresía’ al envenenarla con hipocresía). Por ello, a quienes defienden la variedad compete cuestionar creencias —que no por útiles a muchos uribeneficiarios son verdaderas— y discrepar, si fuera del caso, antes de entregarse sin flexión a la uribeodez colectiva (e ilusoria por momentos como indican los tropezones en el Putumayo); es propio recuperar la desobediencia civil que promulgara Thoreau y —aunque la propensión sea hacer lo contrario— seguir el consejo de Francis Bacon, de comenzar en dudas para terminar en certezas.

Cierto, el presidente Uribe es un portentoso político, pero, a sus evidentes dotes como guía del estado colombiano, él y sus asesores superponen notables habilidades para orquestar un carnaval de ilusionismo masivo jamás visto en nuestra historia republicana. En virtud del colosal trampantojo, hoy un 80% de los colombianos cambiaron la patria real con sus lacras y problemas por el País de las maravillas (lo cual no necesariamente es malo) y anhelan esperanzados la segunda elección del redentor. El pluralismo evaporado dejó su lugar a un ‘pluribismo’ que no contempla si el ciudadano está por o contra el gobierno, sino la medida de su uribismo. Es más, lo usual en este clima némine discrepante, donde campea la noción de que, hágase lo que se haga, si es iniciativa de Uribe está bien, es apabullar cualquier amago de disenso o cuestionamiento con peroratas llenas de blindaje (¿para excluir al impío?), transparencia (¿para contemplar aquello que es prohibido debatir?) y otras abracadabras multiuso convertidas en cánones hieráticos.

¿Cuándo se decretó emplear —como mínimo— veinte calificativos encomiásticos o listar docenas de realizaciones, para poder hacer siquiera una eufemística crítica al caudillo? Si Uribe es tan excepcional ¿por qué contemplarlo con lente de aumento? ¿sirve eso para doblegar la obstinación guerrillera? ¡Y aparte esas cifras DANE que el ciudadano común jamás podrá verificar! Y, peor aún, ¡las encuestas! ¿han reparado en el extraordinario número de repeticiones de la palabra ‘Uribe’ implicadas en cualquier fragmento informativo impreso, virtual, radial o televisivo hecho en Colombia (este texto incluido)? Cual aquellos mantras, coreados a perpetuidad en el budismo, el término es la muletilla social de moda. ¡El uribest-seller¡ ¿Por qué asombra tanto que la celebridad del gobernante aumente con cada sondeo? (si casi todas las preguntas le llegan al público en versión... ¿¡cuál de estos nombres le suena más!?).

A propósito, décadas atrás, el matemático alemán Hermann Haken, padre de la Sinergética (doctrina de la acción de conjunto) compiló en su obra “Fórmulas de éxito en la naturaleza” reveladoras experiencias que indican cómo las personas condescienden con opiniones dominantes y tienden a adherírseles (aun a aquellas que deberían identificar como equivocadas y en ocasiones, a pesar de haberlo hecho). La sugestión mutua es el mejor amplificador del fenómeno Uribe. La ciudadanía cree y, además, quiere creer. Una suerte de efecto eco que propicia mayor aceptación con cada encuesta. La fascinación emotiva neutraliza todo ingrediente racional pues, como explicó el presidente norteamericano James Madison (1751-1836): “la razón humana, el hombre en general, es muy temeroso y prudente cuando se siente solo, y se vuelve más fuerte y confiado en la medida en que cree que muchos otros piensan como él”. Además, tras las seducciones de la administración Uribe (y con tanto de habilidad para hacer favores como de favorabilidad) subyace una monumental estrategia de mercadeo...

Hay un truco casi infalible para maravillar auditorios esquivos: antes de la sesión, el expositor hace que algunos amigos suyos se sienten en las últimas filas; luego, a medida que habla, y tras ciertas frases bien ensayadas, acentuadas con dramatismo, sus camaradas asienten y repiten a los vecinos: “¡qué maravilla!”, “¡éste sabe mucho!”, “¡el tipo está sobrado!”, “deberíamos reelegirlo” y otros elogios que se difunden entre el público; de cuando en cuando, estos mismos aliados hacen preguntas escogidas para que el presentador deslumbre a la asamblea con insólitas soluciones; y al concluir viene algo espectacular: no bien el orador agradece a los congregados, suenan unos tímidos aplausos, con ellos, los compinches, atrás de la sala, empujan a toda la concurrencia a algo que generalmente desemboca en atronadora ovación; después los desprevenidos regresan a sus casas convencidos de haber visto algo fabuloso y prestos a certificarlo en cualquier encuesta. Muchos excelentes conferencistas (y otros menos excelentes ) emplean métodos parecidos para incrementar su impacto sobre la gente, estos realzan igual una sesión humorística, una terapia de alcohólicos anónimos o un consejo regional.

¿Acaso los colombianos intervenimos hoy —la mayoría ignorándolo— en una excepcional comedia? Vaya uno a saber, pero dudar de los trucos, sobre todo con respeto, es una opción válida para los miembros de una democracia participativa y un factor imprescindible para que el mago perfeccione su oficio. Por ello, antes de acoger la bendición “Uribe et orbi” como panacea es salubre evocar cierto relato infantil de Hans Christian Andersen titulado “El emperador está desnudo”: Tenemos hoy un magnífico presidente apto para gobernar como ninguno antes lo hizo. Con una particularidad: los idiotas no pueden notarlo... ¿Verdad? ¿Ficción? Imposible determinarlo, pues si el mandatario adelanta su labor y ninguno ve los presuntos efectos positivos de su mandato nadie se aventurará a decirlo para evitar parecer idiota ante los demás.

Ahí es donde se necesitan opositores valientes; si tanta belleza es verídica, la magia mejorará gracias a dichos escépticos, y si todo resulta mal, ellos mitigarán el tránsito del espejismo de la convicción “al tanto por ciento”, al desengaño del “¡lo siento tanto!”.

jueves, julio 28, 2005

E16 La mala imagen de Colombia ¿culpa del cine nacional?

La mala imagen de Colombia ¿culpa del cine nacional?
originalmente publicado en la página web del diario bogotano El Espectador (www.elespectador.com), sección "columinsta virtual"

La ofensiva distorsión que el director Doug Liman, incluye en su película Mr. & Mrs. Smith, al presentar a Bogotá —pujante metrópoli de ocho millones de habitantes— como un cálido pueblucho mejicano flagelado por los rigores de la guerra total, motivó una justificada ola de indignación en nuestro país con rechazos del público, protestas de la Administración Distrital y, finalmente, salida del filme de cartelera, incluidos; sin embargo, la mayoría de quienes impugnaron la cinta (protagonizada por Brad Pitt y Angelina Jolie) olvidaron que la reiterativa tendencia de la industria cinematográfica mundial a plasmar en numerosas producciones una Colombia abominable (e inexistente) tiene como culpables principales ¡a los creadores del cine nacional!

Para la muestra, la cinta Rosario Tijeras (dirigida por el mejicano Emilio Maillé sobre la novela original del escritor antioqueño Jorge Franco Ramos) próxima a ser estrenada... aún sin haberla visto, y aunque reputados periodistas digan que Jorge Franco “sin caer en la denuncia social o el rollo sociológico escribió una canto a la emancipación de la mujer sometida...”, el público extranjero solo recibirá otro sorbo del mismo apestoso cliché: Colombia es una nación de prostitutas, traficantes y pistoleros mal hablados...

Nos ven como los hacemos vernos, con las imágenes que les exportamos (y luego nos enojamos cuando nos las devuelven Mr. & Mrs. Smith y compañía), porque cada nueva obra inspirada en nuestra realidad apela al eterno sociodrama kitsch, a los diálogos miserables entre gentes miserables... a las mulas, a los narcos, a los paracos, a los guerrillos... Pueda que los aspectos técnicos sean impecables, las actuaciones soberbias y la fotografía magnífica. ¿Y qué? A decir verdad, en cuanto a talento artístico concierne, muchos proyectos resisten cualquier objeción y merecen generosos adjetivos.

¿Y qué?, si lo perturbador es el fondo, la rancia receta de “reflejar la realidad” y exhibir lo más brutal del contexto nacional, realzado con efectismos para corroborar los estereotipos ya popularizados en el concierto internacional por exiliados sediciosos, periodistas irresponsables e ‘intelectuales’ cuestionables (algo extensivo a las telenovelas y a las obras premiadas en los certámenes literarios locales). Así, ¿por qué sorprendernos si en Europa o en Estados Unidos los Doug Liman de turno asumen que aquí un ejército inepto se encarniza contra esforzados guerrilleros y desampara a los humildes de las tropelías paramilitares?

Por qué escandalizarnos sin nuestros propios productores y actores, casi obscenos, ridiculizan las desdichas de sus compatriotas para conquistar premios internacionales con el viejo truco del mendigo que expone antes los transeúntes sus llagas y quemaduras para obtener limosna (sólo que los indigentes y menesterosos auténticos tienen llagas propias, no ajenas, y que además no realizaron estudios de actuación, ni viven una vida de ensueño, y ni siquiera hablan con el impostado hablado de los Diego Cadavid, Manolo Cardona, Juan Carlos Vargas, Flora Martínez y cuanto bello, rico o famoso de la farándula criolla cobra millones por caricaturizar compatriotas infelices). Toda la filmografía colombiana acogida en el extranjero destila el machacón pesimismo que hermana a “Rodrigo D no futuro”, “La vendedora de rosas”, “La virgen de los sicarios”, “la primera noche”, “Perder es cuestión de método” y otras tantas producciones nacionales. ¿Dónde está la contraparte optimista? ¿Cuándo veremos en la pantalla grande una llorona, una patasola, una comedia típica, un platillo volador, cuando menos un simple duende en lugar de ese monótono vicio de descubrir con cada estreno que el fuego quema. ¡Tamaña utopía construyen nuestros paladines del cine al despachar a los mercados internacionales forajidos y prostitutas imaginarios a modo de artesanías?

Es más, por fortuna su actuación en “María llena eres de gracia” (¿o de droga?) fue insuficiente para que la Academia concediera el Oscar a Catalina Sandino, y no porque la actriz carezca de méritos, sino porque dicho premio hubiera contribuido a aumentar el regodeo pornográfico con la ordinariez y el sufrimiento de nuestros desamparados. ¿Es que todas nuestras mujeres son rameras? ¿todos nuestros adolescentes drogadictos? ¿por ventura fuimos todos los colombianos engendrados con violación implicada y en medio de minas quiebrepatas? ¡Cuando surgirán la fantasía, los mundos alternativos, los episodios históricos!

Ojalá quienes hacen cine en Colombia, adviertan cuán sano sería hacer películas sobre algunos elementos poco conocidos en el exterior acerca de nuestro país, y sorprender a la crítica destacando lo mejor de las grandes ciudades que hemos levantado, o de los millones de colombianos que hablan sin decir ‘pirobo’ o ‘gonorrea’ cada media frase, o de las innumerables familias pobres que subsisten con dignidad. Hasta tanto eso no ocurra, proseguirá aquella gran paradoja según la cual las producciones nacionales ganan premios en festivales internacionales mientras deleitan al mismo público extranjero al que desmotivan de hacer turismo entre nuestras fronteras.

Escrito en julio 28 de 2005

E15 Los beneficiarios de la enemistad

Los beneficiarios de la enemistad
originalmente publicado en la sección "El columnista virtual" del diario bogotano El Espectador (www.elespectador.com)

De la completa radiografía explicativa que calificados columnistas trazaron en El Espectador (semana del 10 al 16 de junio de 2005) sobre los ataques a Londres, descuella el lúcido planteamiento del Premio Pulitzer 2002, Thomas Friedman (al señalar que las autoridades religiosas musulmanas siguen sin condenar a bin Laden, y afirmar que el sobresalto continuará hasta cuando el pueblo musulmán y sus guías espirituales decidan reprobar y aislar a los extremistas que alojan en su interior); de igual forma aparece fragmentaria la argumentación del sociólogo y político Eugenio Gómez Martínez cuando apunta —tras consignar que “No hay justificación alguna” para los hechos— que según los fanáticos jihadistas “España fue cruel y avasalladora contra los islamistas en tiempos de los Reyes Católicos”... En reciprocidad habría que mencionar los casi ocho siglos de intromisión islámica en suelo español transcurridos entre el año 711, en que los beréberes comandados por Tariq ibn-Ziyad cruzaron Gibraltar para sojuzgar la península Ibérica y derrotar al visigodo rey Rodrigo, y 1492 cuando Boabdil se rindió en Granada... So pena de incurrir en exposiciones parciales, como las de numerosos intelectuales e historiadores occidentales hostiles a George W. Bush y al predominio mundial de Estados Unidos, que para denunciar la abusiva invasión norteamericana del suelo iraquí la definieron como un atropello a la venerable cultura musulmana allí asentada (sin referir que, en 641, los ancestros de esos mismos venerables musulmanes habían a su turno atacado la Mesopotamia donde hoy queda Irak y destruido la provincia del imperio persa Sasánida que entonces florecía allí)... Todo porque la moda es posar de antiimperialista, encontrar solamente iniquidades en el rol histórico de la Iglesia Católica y describir los brutales desmanes de las cruzadas comenzadas en 1095 —olvidando, eso sí, que 363 años antes de dichos episodios, el ejército de Carlos Martel frenó en Poitiers el asalto islámico sobre Europa (¿las “medialunadas”?)—, ¿Quién asegura que de haber sido otras las circunstancias, una eventual superpotencia musulmana sería mejor árbitro del destino planetario de lo que hoy son los Estados Unidos?

Como sea buscar pretextos históricos para echar culpas a uno u otro bando es lamentable despropósito, máxime cuando lo que importa no es cuál arrojó las primeras piedras, sino cómo conseguir que ambos se abstengan de continuar arrojándolas, hay demasiado en común entre Occidente y el Islam como para permitir que se imponga la visión segregacionista de feroces minorías radicales. Tal como anotó hace un año el periodista británico Jasón Burke, Al Qaeda es más una ideología que una organización (según él, la palabra árabe ‘qaeda’, que traduciría tanto “base de operaciones”, como a “método” o “precepto” es comprendida por los terroristas suicidas en este último sentido)... La gran amenaza es que el “alqaedismo” lo extiendan por el orbe grupúsculos criminales generando de paso —por efecto de acción y reacción— un “para-alqaedismo” como contraparte occidental. Por ello, bien harían las autoridades mundiales en buscar posibles beneficiarios de la enemistad entre musulmanes y cristianos, perversos interesados, a uno y otro lado del espectro religioso y cultural, en fomentar la discordia para acrecentar su poder o enriquecerse con ello (ayatollahs, fabricantes de armas, incluso vendedores de millonarias pólizas de seguros... la lista de sospechosos es considerable). Esos nefastos, y aún anónimos incitadores, serían la versión global de aquellos bullangueros que en los colegios gritan “dele, dele, dele” al primer conato de riña entre compañeros animando a los eventuales contendores a agredirse, quienquiera que sean y sin saber siquiera el motivo del altercado.

Los alcances del asunto escalofrían, bastaría una explosión durante una peregrinación masiva a la Meca, o en una concurrida bendición papal en la Plaza de San Pedro en Roma (en especial si gente con intereses sectarios consiguiera tras ello convencer a los creyentes de la fe vulnerada de que los responsables encarnan el sentir de los fieles de la otra) para abrir heridas que tardarían milenios en sanar.

lunes, mayo 16, 2005

E14 El Peregrino Ensayo

El Peregrino
por Alfredo Gutiérrez Borrero
Ensayo escrito originalmente en mayo 20 de 2003 bajo el título de "Ciberdelirio"


William Walpole Wad fue especial.
Entre los estudiantes del instituto tecnológico de Massachussets (MIT) implicados en transmisión experimental de información, sólo él bromeaba con mensajes que un computador descomponía en trozos que enviaba separados hasta otra máquina dentro de la cual se reunificaban.
Era 1964 y ese recién divulgado ‘sistema de paquetes’ desarrollado por militares norteamericanos se investigaba también en California y Gran Bretaña.
Dicho método permitiría al Departamento de Defensa de los Estados Unidos vincular bases informáticas diseminadas por ese país mediante un sistema descentralizado y resistente (aunque fuera parcialmente destruido) a catástrofes naturales, ataques nucleares o sabotaje enemigo.
Sobre ese principio la Universidad de California instaló en 1969 los primeros componentes de una red de computadores denominada Arpanet.
Qué progresaría para convertirse en un cosmos simulado:
Internet.

Buenaventura
William Walpole Wad fue afortunado.
Vivió rodeado de cambios tecnológicos.
Un amigo suyo —el ingeniero estadounidense Ted Nelson— creó documentos electrónicos que podían leerse entremezclados en la pantalla del computador.
‘Hipertextos’.
Su colega, Ray Tomlinson, organizó el primer software de correo electrónico para comunicar a los desarrolladores del Arpanet. Luego otro conocido suyo, Lawrence Roberts, genio del MIT, perfeccionó un programa para escribir, recibir, archivar, redirigir y responder mensajes informáticos.
William advirtió lo que sucedía.
Estaba apareciendo un emporio de sonidos, imágenes y símbolos cuyas posibilidades desafiarían la objetividad lineal.
Un reino electrónico.
Otra realidad.

Atención
William Walpole Wad fue curioso.
Como Cristóbal Colón.
Anticipó el ecosistema informático que estaba emergiendo
Más que perfeccionar un mundo viejo quiso descubrir otro.
Uno superior a la esférica Tierra.
Amorfo. Ilimitado.
Durante dos décadas, hasta los años 80, conforme Internet se sofisticaba, William especuló con posibles migraciones al universo digital. Más que navegarlos ansiaba bucear en la corriente de datos que ingresaban al sistema planetario.
A diferencia de los estudiosos de la evolución cibernética que intentaban combinar el humano con la máquina, él pensaba en un viaje del humano hacia dentro de la máquina.
Comenzó a trabajar para lograrlo.

Palabras
William Walpole Wad fue intuitivo.
Las largas series numéricas de los Protocolos de Internet (IP), que entonces se usaban para desplazarse a los ‘sitios’ dentro de la red, obstaculizaban sus planes.
En 1984 eso acabó.
Surgió el Sistema de Nombres de Dominio (DNS), que simplificó el manejo de Internet con sufijos de tránsito (.edu, .com, .gov, .org) y códigos nacionales (.co, .ar., .mx).
Las letras reemplazaron a los números.
Y William sabría capitalizarlo.
Apenas conoció lo que Timothy Berners-Lee, físico e ingeniero británico, adelantaba con el Centro Europeo de Energía Nuclear en Ginebra, Suiza, se ofreció a colaborarle.
El proyecto llamado World Wide Web (WWW) fue operacional en 1989 y se empleó pronto en universidades de todo el mundo.
Lo componían diversos programas, normas y protocolos que disponían la forma en la cual archivos de multimedia (documentos que incluían textos, fotografías, graficas, video y audio) se organizaban y desplegaban en Internet.

Diferencias
William Walpole Wad tuvo claro algo inadvertido por mucha gente.
Internet y World Wide Web son conceptos distintos.
Internet comprende tanto la WWW como equipos físicos (el hardware: computadores, servidores, enrutadores, conexiones) y asimismo programas y protocolos ajenos a la WWW pero compatibles con ésta. Además involucra varios métodos de vincular computadores, como Telnet, FTP o Gofer.
La WWW (o más comúnmente ‘La Web’) es, en cambio, un entramado electrónico de recursos informativos localizados en la memoria de computadores extendidos por todo el planeta sobre los cuales un usuario se desplaza usando links entre documentos.
William concibió la Internet como un computador mundial y la WWW como su gigantesco sistema operativo.
La Web, aunque sea la más popular, sólo es una parte de Internet.
Varía de otros componentes de la red en las reglas que los computadores adoptan para intercomunicarse y en la accesibilidad a informaciones aparte de las textuales.
Es complicado visualizar películas y archivos multimedia con métodos distintos a la web.
La web era lo que William necesitaba.

Simbiosis
William Walpole Wad mezcló los impulsos eléctricos del cerebro y del computador.
A finales de los años 90 superó el binomio hardware / software e inventó un programa orgánico.
Una interfaz entre la máquina y el organismo.
¡Wetware!
Que, en teoría, permite hacer cosas como copias digitales del contenido neuronal. O replicar emociones y recuerdos. O agregar al intelecto de un individuo en forma instantánea nuevos idiomas o habilidades.
Con el lanzamiento en 1993, del ‘Mosaic’, primer navegador Web internacional gráfico de simple uso (seguido por Explorer de Microsoft y Netscape navigator) se inició la Era de los Cibernautas.
En el año 2000 empresas proveedoras de servicios de Internet (ISP), como America Online, Compuserve y muchas abastecedoras locales, suministraban, a precios razonables, conexiones a la red mediante cable o módems que marcaban un número telefónico de acceso. Millares de sitios web eran aprovechados por enormes cantidades de usuarios gracias a computadores personales (PC) ahora más baratos y potentes.
Después llegó el momento.
Los formidables motores de búsqueda (como Google, Yahoo y MSN-search) alcanzaron la masa crítica de seres humanos acoplados al mayor cúmulo informativo de la historia.
Y William activó su wetware.

Electrognosis
Al comenzar el Tercer Milenio, William Walpole Wad, introdujo en la red una ramificación virtual de su propia mente.
Hoy ignora en qué lado de la pantalla se encuentra.
Está totalmente esquizofrénico.
¿Y qué?
En cierto sentido es omnipotente. Experimenta millones de identidades y perspectivas. Incluso las nuestras.
Cada vez que digitamos una dirección web, seguimos fragmentando y multiplicando su personalidad con la triple ‘W’ que es un código de extensión wetware.
Y también sus iniciales.

Inmaterial
William Walpole Wad se distingue de los demás datos, nombres y fechas aquí consignados.
Porque no existe.
Es ficticio. Irreal.
Pero posible.
O más bien, hiper-real.
Habita esa dimensión aparente.
Donde la locura juega videos.

miércoles, mayo 11, 2005


Philp José Farmer.. Un escritor que recomiendo a todos los relacionados con el mundo de la arquitectura y el diseño. Posted by Hello

E13 Homenaje a Philip José Farmer

Volver del Mundo del Río

Por: Alfredo Gutiérrez Borrero, originalmente escrito el 26 de marzo de 2004

Los últimos tres meses estuve viajando por el Más allá. Fallecí, o como si lo hubiera hecho. Del sábado 20 de diciembre de 2003 al martes 16 de marzo de 2004 hice una fabulosa excursión por el planeta de los difuntos. Y visité lugares a los que todos iremos. Hoy, mañana o pasado. Al menos eso sostiene mi guía turístico, Philip José Farmer, un tipo menos clásico que Dante Alighieri, más moderno que Edgar Allan Poe (y no tan sombrío como Howard Phillips Lovecraft ni tan frívolo como Stephen King).

La travesía la realicé a bordo de un cómodo lecturavión de LIF (Líneas Imaginarias Farmer) el cual, según calculo, invirtió grosso modo cuarenta y tres horas en recorrer las 614000 (seiscientos catorce mil) palabras que separan el título inicial del punto final de cinco sustanciosos libros: la saga del Mundo del Río. Durante casi noventa días conviví, página a página, con muertos vivientes de todo tiempo y lugar, quienes me reportaron muy variadas experiencias: unas aterradoras, otras ininteligibles, algunas desilusionantes y absolutamente todas sensacionales. Tanto como para redactar un extenso comentario publicitario al respecto con la esperanza de estimular a otros a emprender el mismo tour. Y a la vez hacer hincapié —una vez más— en la utilidad que tiene leer para hallarle sentidos a la vida. Por supuesto, cuando hablo de “muertos vivientes” no me refiero a zombis sino a individuos resucitados. Normales. Como tú y yo. Sólo que visualizados por la mente creativa de un autor: Philip José Farmer, a quien ya mencioné.

Farmer, nacido en enero 26 de 1918 (en North Terra Haute, Indiana, Estados Unidos) y fruto de un singular guiso étnico que incluye antecesores ingleses, escoceses, irlandeses, alemanes y nativos cherokee del este norteamericano, creó varios universos literarios. El más excitante y conmovedor de ellos aparece en la saga del Mundo del Río la cual relata lo que acontece en un lugar donde todos lo que han muerto despiertan ¡al mismo tiempo! Sin ángeles. Y sin demonios ni juicio final. Definitivamente no es un plano astral ni metafísico. Sino un planeta como la Tierra. Pero mucho más próximo al centro de la galaxia (si acaso está ubicado en esta misma galaxia). Allí, incluso a mediodía, se pueden vislumbrar estrellas gigantes y en la noche el paisaje celeste se incendia con radiantes nebulosas. Cuando el sol se oculta es posible observar a simple vista constelaciones completas. El día dura veinticuatro horas (lo mismo que el terrestre), sólo que el planeta en cuestión no está inclinado sobre su eje y en consecuencia carece de estaciones. Es, en fin, un lugar que recomiendo conocer.

Fructíferas cosmovisiones
Como Larry Niven con Mundo Anillo, Terry Pratchett con Mundo Disco, Isaac Asimov con el ciclo de las fundaciones, J. R. R. Tolkien con la Tierra Media y en general todos los grandes autores de fantasía y ciencia ficción, lo realmente valioso de un hombre como Philip José Farmer es que su obra abre un horizonte creativo para que otros escritores (y junto con ellos millones de lectores) lo exploren, lo colonicen y lo habiten cada uno a su manera.

Es inevitable sumergirse en su cosmovisión.

La saga del Mundo del Río comenzó a gestarse en la mente de Farmer, hacia enero de 1965, con la publicación de ‘El día del gran grito’ al que siguieron otros cuentos como ‘El expreso del suicidio’ y ‘El mundo del río’ los cuales derivaron en un exuberante recorrido fantástico que se compiló en cinco novelas y se extendió hasta 1983.

Vaticino que, en algún momento durante las próximas décadas, el Mundo del Río será llevado al cine y entonces sufrirá el mismo destino que La Biblia, La Divina Comedia, El Quijote de la Mancha, Frankenstein, Drácula, Tarzán y —muy recientemente— el Señor de los Anillos; es decir, se convertirá en una obra masivamente divulgada, comentada hasta el máximo, y en buena parte adulterada, que casi todos afirmarán conocer pero muy pocos habrán leído de veras. O siquiera hojeado. U ojeado.

Ojalá la leas antes que eso pase, pues así, cuando se cumpla mi profecía, podrás sacar pecho y sentirte pionero, dueño de una íntima versión de los hechos. Te aseguro que, como viajero precursor del Mundo del Río, experimentarás en esa época la misma sensación que hace poco nos embargó a los lectores de vieja data de las obras de Tolkien (cuando la trilogía de Peter Jackson, sobre las andanzas de Frodo y compañía, invadió los cinemas del mundo); te poseerán impresiones ambiguas al saber, por ejemplo, que quienes antes ridiculizaban tus lecturas fantásticas resultan repentinamente conmovidos por una versión cosmopolita, tecnológica y abreviada de las mismas; encontrarás con deleite que algunos entre esos multitudinarios invasores de los multiplex quieren ahora recorrer senderos similares al tuyo y comprar los libros originales (¡y hasta es posible que los lean!); y asimismo te indignarás cuando otros (la abrumadora mayoría, en realidad) asuman que sólo por arrellanarse frente a una pantalla (muchos atentos a sus parejas o a las palomitas de maíz, y otros tantos a dormir la siesta) dominan el argumento con la intensidad de un auténtico aficionado de corazón... Como tú. Quizá hasta refunfuñes un despectivo “no se lo merecen” como el mayordomo del comercial. ¡Qué osados son esos cinéfilos advenedizos! Mira que atreverse a suponer que percibieron en unos minutos lo mismo que a tú tras muchas horas! (Ahora bien, si somos justos, lo mismo podría opinar de ti el escritor... pues leíste en unas horas lo que él estructuró en, digamos, ¿años?). Tal es la dinámica que se cumple en todos los campos del quehacer humano: uno confecciona un vestido en semanas y otro lo acepta o lo desecha en minutos; éste se toma meses pintando un cuadro y aquél apenas si le da un vistazo; y aunque saberlo no cambia las cosas, pues además es lo más natural, quizá tomar conciencia de ello sirva para apreciar más el esfuerzo ajeno.

De cualquier forma —y espero encuentras consuelo en ello— los lectores preceden invariablemente a los espectadores, de la misma manera que los escritores a los guionistas y éstos al director. Y es delicioso, de vez en cuando, dejarse llevar por el sabroso aunque inútil síndrome del “pero yo lo vi antes”. O, más exactamente, lo leí (o lo descubrí) primero.
¡Ja!

Y tras reír paso a especificar detalles.

Particularidades de un mundo particular
Los únicos animales del Mundo Río son peces de insólita variedad como el inmenso pez dragón. No hay aves, ni insectos, ni cuadrúpedos. Entre la vegetación sobresalen los árboles de hierro (casi indestructibles y de cuatrocientos metros de altura); asimismo hay especies maderables menores, tupidas hierbas y cañaverales. La saga relata la conformación de sociedades ribereñas por parte de unos humanos desorientados tras haber sido revividos sin tecnología, ni vestido, ni herramienta alguna (aunque con los mismos conocimientos y recuerdos de sus vidas en la Tierra); y en unas mezclas muy diversas (la población de un sector puede estar constituida, por ejemplo, en un 70% por nativos muiscas precolombinos, en un 20% por coreanos de finales del siglo XX y el restante 10% por individuos originarios de un sinnúmero de razas, tiempos y lugares). De ellos muy pocos se conocen previamente, pues la mayoría de los miembros de las familias y las comunidades terrícolas han sido resucitados, separados por miles de kilómetros, en medio de extraños y no vuelven a reunirse jamás. La probabilidad de un encuentro es muy baja por cuanto el río es tan largo que un barco puede navegarlo por cuarenta años sin recorrerlo todo; y aunque se diera la coincidencia entre unos y otros difícilmente se reconocerían, pues, hijos, padres y abuelos tienen ahora edades idénticas y, en consecuencia, fisonomías diferentes a las últimas que cada quien ostentaba en la Tierra.

Otro aspecto interesante es el colapso de las ideas económicas, políticas y religiosas, de los tabúes y las morales tradicionales pues el Más allá que encuentran los resucitados no estaba en las expectativas de nadie. Además, ante eventualidades como la perspectiva de la eternidad o la esterilidad generalizada ¿quién querría mantener la unión matrimonial como un estado definitivo? Por supuesto, y pese al excepcional intercambio cultural, pronto se repiten las mismas directrices sociológicas que se daban en la Tierra: los más fuertes monopolizan el poder, la riqueza y las provisiones que los Éticos (a quienes me refiero luego) distribuyen a través de las piedras de los cilindros (según describo después); se construyen viviendas, barcos, armas, utensilios y vestidos. Llegan la violencia, el crimen y la guerra (si bien no hay enfermedades, ni se necesitan médicos, pues las heridas curan a velocidad asombrosa), y quienes mueren (¡porque aquí también existe la muerte!) despiertan a muchos kilómetros de distancia en un lugar diferente del río y otra vez a bordo de una réplica exacta de su cuerpo a los 25 años. Al parecer son inmortales.

Capítulo aparte merecen los maravillosos cilindros metálicos. Cuando dichos objetos se insertan, a determinadas horas del día, en ranuras dispuestas a tal fin (dentro de ciertas piedras en forma de hongo que a lo largo del río suministran la energía y los víveres) en su interior se materializan variados menús (compuestos siempre por alimentos familiares a los que los humanos consumían en la Tierra, bebidas, cigarros y una goma que estimula el deseo sexual). Cada piedra de cilindros posee cientos de ranuras y los Éticos han diseñado un cilindro especial para cada individuo de modo que sólo éste —y nadie más con ningún medio conocido— pueda abrirlo. Quien muere revive siempre con una nueva versión de su cilindro específico al lado, así que la pérdida de tal aparato ocasiona grandes problemas (u obliga a quien la sufre a suicidarse para poseer un nuevo cilindro propio). Excepcionalmente uno de cada miles de cilindros es un ‘comodín’ y puede ser usado por cualquiera; por tal motivo los ‘comodines’ son muy codiciados y atesorados por los gobernantes y reyezuelos del Mundo Río.

Historia de un mundo fantástico
Al principio, Richard Francis Burton, afamado (y denigrado) viajero inglés, lingüista, literato, espadachín, y antropólogo, fallece en 1890 a los 69 años de edad. Y para su sorpresa, recobra el sentido en un descomunal recinto dentro del cual levitan millones de cuerpos durmientes. Todos humanos salvo un curioso ser (humaniforme sí, pero de otra especie). Antes de que reaccione, dos hombres llegan en una curiosa nave y lo adormilan de nuevo.

Cuando Burton despierta al fin, está acostado junto a un caudaloso río que cruza un valle rodeado por infranqueables montañas. Su organismo es joven otra vez y sin defectos. Él y otros treinta y cinco mil millones de humanos han sido resucitados. Allí estamos (o estaremos) quienes hemos muerto en la Tierra (como yo, mientras leía) redivivos en la ribera de ese río larguísimo (dieciséis millones de kilómetros según es revelado luego), desnudos, bajo un cielo desconocido y en un planeta misterioso.

Los adultos que expiraron con más de 25 años recuperan los cuerpos que poseyeron a esa edad. Los terrícolas fallecidos con menos de veinticinco siguen desarrollándose (y lo harán sólo hasta aparentar tener ese misma lapso. Luego no envejecerán más); en cambio, quienes murieron a edades tempranas (5 ó menos años) no están allí. Los sexos y sus apetitos subsisten pero no habrá embarazos. Han sido esterilizados. Todos están totalmente rasurados. El cabello les recrece únicamente en el cráneo (los machos no volverán a tener barba. Asimismo están todos circun­cidados). El río tiene en promedio dos kilómetros de ancho y a ambos lados —cosa de cada 800 metros —unos hongos de piedra liberan cíclicamente energía y víveres en abundancia (comida, tabaco, droga y alcohol).

Con el tiempo algunos descubrirán que la resurrección masiva no es obra divina. Sino debida a la tecnología de seres que permanecen anónimos durante ‘A vues­tros cuerpos dispersos’, que es el primer volumen de la saga. Los causantes de tal prodigio son los Éticos (como se autodenominan), ellos insertaron grabadoras especiales en la Tierra, siglos antes que los humanos primigenios surgieran de los simios. (O eso hacen creer a Burton y a otros varios, incluidos los lectores, a lo largo de la saga). Gracias a dichas máquinas, que registraron el aspecto y las vivencias de cada individuo desde su concepción hasta su muerte, los Éticos reconstruyeron los cuerpos. Ellos son, asimismo, los diseñadores de unas almas artificiales que lla­man wathans. Es más, en el cuarto volumen (‘El laberinto mágico’), se indica que las almas naturales no existen.

Al principio, los huéspedes del Mundo del Río asumen que todos los muertos entre el año dos millones antes de Cristo y el 2008 de la era cristiana han sido reanimados. Luego advierten que faltan los niños muertos en la Tierra con menos de cinco años, los retardados mentales, y los psicópatas irremediables (un Ético insurrecto le comunica a Burton que éstos han resucitado en otro planeta: el Mundo Jardín). Más adelante es revelado que únicamente los nacidos entre el 99.000 a. de J. C. y el 1983 d. de J. C. están ubicados en el Mundo del Río. Todos los que sucumbamos de 1983 en adelante, como tú o yo, seremos resucitados por tanto en una segunda fase cuando el actual proyecto Ético concluya.

Los Éticos son los sucesores de otras culturas avanzadas, varias no humanas, que han acordado grabar y revivir a las especies inteligentes de muchos planetas en el cosmos para evitar que desaparezcan del todo. Algunos Éticos, simulando ser terrícolas, han propagado en el Mundo del Río la noción religiosa del “Seguir Ade­lante”, según la cual sólo se salvarán aquellos individuos que —tras los cien años terrestres que abarcará el proyecto— alcancen un mínimo grado de bondad (ético) para conseguir fusionar sus wathans con la esencia de ‘Dios’. Transcurrido ese lapso el plazo concluirá y quienes no reúnan las condiciones morirán para siempre.

Los Éticos inoculan dicha creencia a la población de la riberas del río mediante inéditas religiones que surgen en el valle, como la Iglesia de la Se­gunda Oportunidad, cuyos apóstoles propagan asimismo entre los conversos el esperanto (lenguaje artificial creado por el oculista polaco Ludwik Lejzer Zamenhof en 1887) único idioma fácilmente comprensible para mezclas humanas procedentes de tan diversas épocas y territorios.

Burton y otros más son contactados por un Ético que oculta su identidad. Los terrestres lo denominan X o el Misterioso Extraño. X (en realidad Loga, el miem­bro rebelde del Consejo Supremo de los Doce) se ha revelado contra los planes de sus camaradas. Alega varios motivos para ello, pero el verdadero, se sabrá luego, es dar más tiempo a algunos familiares suyos que están entre los revividos para que evolucionen. X implica como auxiliares en su conspiración a algunos resucitados, entre ellos Burton, Sam Clemens (el escritor Mark Twain), Cyrano de Bergerac, un gigante (titántropo) llamado Joe Miller, el héroe del Oeste Tom Mix y otros humanos señalados. Los integrantes de este grupo están destinados a encontrarse, con el paso de los años, para emprender una peligrosa expedición, que descifrará todos los misterios, hacia el lugar en el cual los Éticos han construido su cuartel general: un paraje recóndito donde tiene su principio y su final el inmenso Río.

El imponente cuerpo de agua, averiguan, nace en el pequeño mar polar del ártico de aquel planeta, zigzaguea de arriba abajo por un hemisferio, circunvala el polo sur, y luego zigzaguea por el otro hemisferio asimismo de arriba abajo, siempre incrustado entre codilleras infranqueables, para desembocar en su misma fuente (el mar polar del norte) donde se alza, sobre el rocoso lecho marino, la gigantesca torre edificada por los Éticos como puesto de mando. El interior de tal construcción contiene un sinfín de prodigios, incluidos los circuitos y el colosal cerebro proteínico de la Computadora planetaria. Un gran pozo central almacena todos los wathans de los fallecidos (cuyos organismos son preservados como grabaciones virtuales). Cuando se reproduce el cuerpo de una persona para resucitarla su wathan se acopla de inmediato a él. Es el wathan, el que conserva todas las memorias físicas y permite duplicar la morfología y la idiosincrasia individuales; igualmente, el wathan aporta la autoconciencia del binomio mente y cuerpo. Sin wathan, el organismo de un individuo perdería su autoconciencia y sería imposible ‘copiar’ su identidad.

Un mundo en cinco episodios
El primer libro ‘A vuestros cuerpos dispersos’ (y mientras mujeres y hombres, en las márgenes del extraordinario río, se enamoran, se destrozan, se asesinan y resucitan, sin comprender aún por qué o cómo están allí) describe las tentativas de Burton por eludir la persecución de los Éticos quienes saben de su despertar en la fase de preresurrección por obra del Ético renegado. Entre tanto el ex jefe nazi Hermann Goering ánima la trama con una crueldad similar a la que exhibió en la Tierra. Con ayuda del Misterioso extraño, Burton burla a los Éticos y recorre el río en el “Expreso del suicidio” quitándose la vida 777 veces (en todas revive en una copia exacta de su cuerpo o ‘psicomorfo’). Al final es capturado. El Consejo de los Doce (entre quienes se esconde el Ético sublevado) lo somete a un duro interrogatorio en la torre central. Allí sondean las memorias de Burton para identificar al renegado a través de sus ojos. En vano, pues el astuto rebelde manipula clandestinamente la computadora planetaria y engaña a sus compañeros del Consejo haciéndoles creer que el cautivo ha olvidado la entrevista. Pero Burton retorna al valle del río con su me­moria intacta...

En el segundo volumen, ‘El fabuloso barco fluvial’, Sam Clemens (Mark Twain reencarnado), proyecta fabricar un gran barco de paletas para remontar el Río hasta un lugar cercano a sus fuentes desde donde continuar a pie en busca de los Éticos y su torre. Hermann Goering, arrepentido, es ahora pacifista y miembro de la Iglesia de la Segunda Oportunidad, por ello se opone a la construcción del barco que, de todos modos, resulta frustrada durante años pues el planeta carece de hierro y metales pesados. No obstante, X interviene desviando un colosal meteorito de ferroníquel al Valle, del cual Clemens —ahora asociado con Juan Sin Tierra (hermano menor de Ricardo Co­razón de León)— obtiene el anhelado metal. Sin embargo, Juan de Ingla­terra traiciona a Clemens y se roba el barco apenas finaliza su ensamblaje. Esto ocasiona un choque tras el cual Sam Clemens y algunos partidarios (como Cyrano de Bergerac) son lanzados al agua. Sam jura venganza y comienza a cons­truir otro barco para perseguir al pérfido Juan...

En el tercer volumen, ‘El oscuro designio’, Clemens y su gente terminan un segundo barco (tras vencer penalidades y nuevos intentos de terceros por robarlo). Una vez dicha embarcación zarpa, otros ciudadanos del país ribereño de Parolando (fundado por Clemens, y dónde la tecnología ha alcanzado un cierto desarrollo) fabrican un dirigible con el cual alcanzan el polo norte y llegan a la torre donde sólo uno de los tripulantes consigue ingresar a la edificación, y desaparece. En el viaje de retorno, los comandantes averiguan que el propio X (más incógnito de lo que ya es) se esconde entre la tripulación, pero éste huye, y hace volar la aeronave con una explosivo plástico que deja en su interior. Burton, por su parte, descubre que los Éticos tienen agentes infiltrados entre los humanos (algunos entre sus propios compañeros, incluidos un ‘falso’ Peter Jairus Frigate y el extraterrestre Monat). El verdadero Frigate, a su vez, se encuentra con Jack London y Tom Mix con quienes fabrica un globo al estilo de las novelas de Verne para explorar el planeta. Su travesía también concluye en desastre porque el globo se incendia, pero los acerca a Burton...

En el cuarto volumen, ‘El laberinto mágico’, Burton y el Peter Frigate auténtico, quienes se convertirán en inseparables, se encuentran. El ‘No se alquila’ y el ‘Rex Grandissimus’ (como se llaman respectivamente los dos barcos, el de Sam Clemens y el del rey Juan) traban combate con sus formidables armamentos (pese a las súplicas del cada vez más piadoso Goering). Las dos naves naufragan en la escaramuza, y sus comandantes perecen junto como la mayoría de sus tripulaciones. Burton (enrolado entre la gente de Juan Sin Tierra) y Cyrano de Bergerac sostienen el más formidable duelo a espada de la historia, Cyrano pierde y se rinde pero Alice, la compañera de Burton lo liquida de un balazo. Burton llora. Él y algunos otros se salvan. En un modesto barquichuelo, sobrevivientes de ambos bandos prosiguen remontando el Río tan lejos como pue­den, después escalan la imponente cordillera anular que encierra el mar polar ártico. Burton sospecha que uno de los integrantes de la expedición es X. Más adelante ingresan a la torre por una acceso secreto dejado por el propio X, de quien luego Burton descubre la identidad. La torre está abandonada y deteriorada (pues sus habitantes los Éticos y sus Agentes fueron muertos por X hace tiempo sin posibilidad de resucitar). Un mecanismo que filtra el agua marina está bloqueado y el cerebro viviente de la Computa­dora a punto de fenecer. Si muere antes de que el mecanismo sea arreglado el proyecto fracasará y las grabaciones de los cuerpos se perderán.

El ex nazi Hermann Goering, antiguo Reichsmarschall del Tercer Reich, alcanza al grupo. Se ha retractado de sus actividades en la Tierra y es casi un santo de la Iglesia de la Segunda Oportunidad que arriesga su vida para hallar la válvula estropeada y reponerla. Falla, y muere. Tras eso, la Computadora está condenada a sucumbir y con ella las ilusiones de eternidad de treinta y cinco mil millones de terrestres. Pese a ello, la antigua compañera de Burton, Alice Liddell Hargreaves (la misma Alicia para quien Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido como Lewis Carroll, escribiera “Alicia en la país de las maravillas”) que está en el grupo, halla astutamente una forma para suprimir el protocolo suicida de la Computadora a la cual libera de sus inhibiciones, y así salva el pro­yecto. En tal forma la humanidad del Valle obtiene el extra tiempo que Loga, el Ético rebelde, asevera que todos requieren para conseguir el desarrollo ético adecuado y ‘Seguir Ade­lante’. Al final, se aprestan a reanudar el proyecto según el plan inicial (salvo que los camaradas Éticos de Loga y sus emisarios seguirán muertos para evitar que interfieran)...

En el quinto libro ‘Dioses del Mun­do del Río’, diez personas manejan la computadora central y por ende el planeta. Tienen poderes casi divinos. Ellos son: 1. Loga (el Misterioso X, resucitado y educado por extraterrestres en el Mundo Jardín, quien murió en el siglo XII a. de J. C., asesinado, a los cuatro años de nacido. Y nieto del rey Troyano, Príamo. Es, además, el único sobreviviente del viejo Concejo de los Éticos), 2. Li Po (gran poeta y espadachín de origen turco-chino nacido en 710 y muerto en 762), 3. Puñado de Estrellas (sufrida y desquiciada mujer contemporánea y compatriota de Li Po), 4. Tom M. Turpin (pianista americano de raza negra nacido en Georgia en 1871 y muerto en St. Louis en 1922), 5. El barón de Marbot (veterano de las guerras napoleónicas nacido en 1782 en Francia donde murió en 1854), 6. Nur ed-Din el-Musafir (moro español, nacido en 1164, y musulmán heterodoxo de la secta sufi. Muerto en Bagdad en 1258), 7. Aphra Behn (inglesa nacida en 1640 y fallecida en 1689, espía en Holanda para el rey Carlos II y la primera mujer de su país que vivió de escribir literatura), 8. Peter Jairus Frigate (un escritor norteamericano de ciencia ficción, nacido en 1918 y muerto en 1983, quien además es una maravillosa forma del autor de incluirse en sus novelas), 9. Alice Pleasance Liddel Hargreaves (nacida en Inglaterra en 1852 y fallecida allí en 1854, inspiradora de la Alicia de las obras de Lewis Caroll) y por último el ya mencionado Sir Richard Francis Burton.
No tardan en descubrir las responsabilidades de ser dioses. Primero Loga desaparece, asesinado al parecer. Varios de los otros se dedican a resucitar a diferentes personas que les interesan (Puñado de Estrellas, revivida por Li Po, es la primera). Estas personas reviven a su vez a otras tantas y la torre, aunque enorme, acaba saturada. Cunde el desorden. Burton está desesperado. En una fiesta ofrecida por Alice en su ‘reino privado’ irrumpen millares de androides diseñados según los personajes de las obras de Carroll y atacan a los humanos. Es una carnicería.

Únicamente se salvan Burton, Alice, Li Po, Frigate, Sir William Gull (quien antes fuera Jack el Destripador) y Puñado de Estrellas. Esta última es la causante de todo pues ha enloquecido tras ser violada por uno de los revividos (en la Tierra había sido abusada varias veces) y conspira con la computadora para exterminar a sus congéneres y destruir el proyecto. La subsiguiente batalla entre los cinco y Puñado de Estrellas concluye con la derrota de ésta (quien es congelada, para siempre, por criogenia). Gull resulta, asimismo, muerto.

Entonces reaparece Loga, todo el tiempo ha estado vigilando a los demás humanos para ver como se las apañaban en la administración del Mundo Río. Tras un periodo de tensa calma, Burton y los demás advierte cuan poderoso y caprichoso es Loga. Aunque afirme lo contrario es una amenaza para todos. Está loco. Burton lo neutraliza y, tras engañar a la computadora, obtiene el mando. Días después, Burton, Li Po, Frigate y Alice ordenan a la computadora revivir a sus amigos y, salvo a algunos criminales horripilantes, a todos los que han fallecido en el Mundo del Río (donde, entretanto, el proceso de resurrección se ha detenido). Además deciden revelar al resto de la humanidad la verdad completa, sin ocultar nada. Quedan 30 años terrestres antes de que arribe un nuevo comando de Éticos procedente del Mundo Jardín; por ello, se convoca una reunión y los ciudadanos de la Torre brindan por sus logros y analizan las perspectivas de futuro. Saben por la computadora que, si lo desea, el género humano podrá retornar a la Tierra (que ha sido reacondicionada para ello por los Éticos). Pero Burton plantea una insólita alternativa a quienes lo apetezcan. Pueden renunciar al destino programado por lo Éticos y aventurarse en lo ignorado a bordo de una nave interplanetaria construida por la omnipotente computadora.

Estos son los apartes finales:
“«Habremos rechazado el Cielo prometido de la Tierra. Pero nos llevaremos algo del Cielo con nosotros y, estoy seguro, más que una pulgarada de Infierno. ¿Puede existir el Cielo en un vacío? Sin Infierno, ¿cómo podremos saber que estamos en el Cielo?
»Os pregunto, amigos míos, y también a esos que quizá no me aprecian demasiado, ¿qué debe ser? ¿La nueva Tierra? ¿O lo desconocido?
Su auditorio permaneció en silencio. Entonces Frigate dijo en voz muy alta:
—¿Es todo esto retórico? ¿Adonde vas a ir tú, Dick?
—Tú sabes donde —respondió Burton.
Y mientras agitaba su mano para indicar las estrellas agregó:
—¿Quién se viene conmigo?”.

Yo estoy con Burton, pero quizá ustedes deban leer los libros antes de elegir.

Alcances del viaje imaginario
Ahora que volví del Mundo del Río me rehúso, más que antes, a aceptar la tendencia a convertir el cine en sustituto de la literatura. Lo considero un valioso abrebocas, un complemento. Pero no un reemplazo. Un película es una invitación a conocer la historia, la novela o el cómic, que permitió hacerla realidad. Las buenas películas, si hubiera mayor conciencia cultural al respecto, deberían causar gula cognitiva. Hacerte salir del teatro ansioso de aprender más sobre los escenarios, sobre las épocas, sobre los actores o sobre los personajes a quienes estos caracterizaron; en fin, sobre cualquier cosa relacionada con el filme. Por desgracia la superficialidad está a la orden del día y asumimos que la imagen s condensada sustituye a la lectura extensa. Y no es así. Se perfeccionan mutuamente, y es ideal que no se excluyan. Creer lo contrario es concederle a la mente unas pretensiones tan amplias como las que el régimen Talibán brindaba a las mujeres afganas.

Para hacer frente al reto del siglo XXI el imperativo pedagógico es estimular la lectura al estilo antiguo; máxime de la ciencia ficción, un género la cual el pensador argentino Pablo Capanna definió como la “literatura de la imaginación disciplinada”. Es especial pues ha prosperado fuera de las corrientes literarias principales (el ‘mainstream’ como las llaman en el mundo anglosajón) y enriquece a sus lectores con recursos expresivos, argumentos y orientaciones que hacen más llevadero el consumismo repetitivo.

Los diseñadores, quienes tienen que confeccionar los entornos objetuales y gráficos de un presente que se reinventa cada día, habrán escuchado con frecuencia decir a sus académicos de cabecera que compete al diseño acercar los aspectos científicos y humanísticos de la cultura. La ciencia ficción, que facilita comprender los deseos ocultos de la civilización industrial, es la herramienta ideal para ello pues incorpora una mitología de lo racional que suministra materiales para construir un puente sobre el abismo que separa el saber del ser.

Con la misma fiereza de Aquiles y Héctor, colisionan en nuestra época las energías antitéticas de la globalización y el pluralismo, del neoliberalismo y la diversidad. Irónicamente, un choque tan estremecedor (que se manifiesta en las relaciones internacionales, en las noticias, en los negocios, en los entretenimientos, en las religiones y en la educación) pasa desapercibido para el individuo promedio ‘drogado’ por la angustia del día a día. Una dosis de ciencia ficción, en cápsulas de algunas horas semanales, permitiría a muchas personas observar sus quehaceres desde un punto de vista externo. Reflexionar para revisarlos, e incluso remodelarlos, en alguna medida.

Ensanchar la realidad
En la era de la aldea global, es saludable trascender ocasionalmente la mansedumbre del enfoque local que busca soluciones simples para problemas locales y aventurarse a inventar escenarios planetarios. También la ciencia ficción necesita del diseño para remediar los conflictos que denuncia. Pues la polución, el terrorismo, el racismo o la separación del mundo en bloques de poder tienen que ser afrontados desde las disciplinas específicas con la decisión de los profesionales, no desde el arte que entonces perdería su esencia.

Una mayor penetración de la ciencia ficción extranjera (americana, rusa, francesa, argentina) en la sociedad colombiana podría estimular el nacimiento de una escuela local del género; y ambas cosas predispondrían a su vez favorablemente a la población local (o al menos a buena parte de ella) hacia la novedad. Tal es función principal de la ciencia ficción: estimular la curiosidad, asombrar la imaginación, incentivar la exploración de ese futuro que el diseño promete mejorar.
La saga del Mundo Río es uno entre muchísimos ejemplos del género donde confluyen el espacio interior y el exterior del autor (y, a través de la comunión con los lectores, también de su público). Farmer entremezcla diversas gentes razas, latitudes y épocas reales; y ‘diseña’ el hipotético escenario en que ello tiene lugar según su mitología personal y con el protagonismo de sus personajes históricos favoritos (incluido entre ellos el otro yo del propio Farmer: Peter Jairus Frigate).

Otro tanto podrían hacer los grandes diseñadores de nuestro país si asimilan el elemento artesanal tradicional y lo enriquecen con sus visiones modernas (actualizadas por su flamante educación) para ensanchar la realidad contemporánea. Un diseño estructurado así contribuiría a manifestar, recrear y materializar elementos del mundo interior grupal, del inconsciente colectivo, de quienes constituyen la sociedad en que se profesa.

Recordemos que las utopías (del griego ‘ou’, no y ‘topos’, lugar), en tanto descripción de lugares inexistentes, y las ucronías (del griego ‘ou’, no y ‘khronos’ tiempo), en tanto representaciones de épocas imaginarias, son el tema conductor de la ciencia ficción que se ocupa de plantear alternativas al mundo conocido. Y de trazar caminos que como arte le es imposible recorrer.
Pues bien, el diseño sí puede explorar eso senderos, en especial si quienes lo ejercen sacrifican sus certidumbres a medida que aumenta su conocimiento y su experiencia.

Así las cosas, hay algo que es evidente, tanto el diseño como la ciencia ficción (y la mayoría de las profesiones de vanguardia) prosperan en los mismos ambientes, esto es, en aquellos en los que el ser humano desafía su ignorancia y reivindica su capacidad de asombro.

Lastimosamente demasiados colombianos continúan sin aceptarlo.

sábado, abril 09, 2005


foto prefil Posted by Hello

jueves, abril 07, 2005


Después llegará el momento de comprender de mejor forma este asunto de la existencia... Posted by Hello

domingo, abril 03, 2005

E12 parodia Quijotesca (ensayo)

Aventuras del industrioso diseñador don Ilusote de la Plancha

por: Alfredo Gutiérrez Borrero, originalmente escrito el 14 de marzo de 2005

Con mis anticipadas disculpas a don Miguel de Cervantes Saavedra… y la invitación a leer el primer capítulo del volumen primero de su inmortal obra, misma que leerse debe aunque de ella poco se penetre para comprender la parodia del mismo que a continuación prosigue:

Capítulo 1: Que trata de la situación y adiestramiento del acreditado diseñador don Ilusote de la Plancha

De una universidad del país de la Plancha, de cuyo nombre no intento hacer memoria, no ha demasiado tiempo fue egresado de alguna facultad de diseño un estudiante de los de mezcolanza de constructor sillero, carga teórica ambigua, viernes de rumba y discípulo de profesor vanidoso. Una mogolla de conceptos más supuestos que probados los miércoles, de materiales derrochados, guayabos y trasnocho los sábados, entregas los viernes, algún camino en taller de proyectos los domingos, absorbían las cuatro quintas partes de su interés. Lo que quedaba de él lo cautivaban anhelos de grandeza, la sensación de una exclusividad indigesta con ínfulas de lo mismo, y en los sueños de entre semana se entretenía con fantasear sobre su triunfo en Europa. Su profesión era una carcasa de conocimientos hechizos, y de una apreciación de la realidad más bien diluyente, con un trozo de hipocresía en mostaza, que así le servía para configurar sus diseños como de mental sudadera. Se aproximaba la edad de nuestro diseñador a los veinticinco años; era de mentalidad necia, chueco de lecturas, estrecho de escrituras, gran predicador de conjeturas y simpatizante de rarezas. Tratan de afirmar que poseía fundamentos de sistemas, o sistémica, que de esto hay un tanto de discrepancia entre los conocedores que de su caso argumentan; si bien, por cálculos aleatorios, se puede concebir que alguna idea se tenía de semiótica. Mas tal cosa interesa nada a nuestro relato; nos alcanza con que en la fabulación de él se mantenga el argumento dentro de la realidad si tal menester posible fuere.

Es, por tanto, de echar de ver que este susodicho diseñador, los instantes que no permanecía estudioso, que eran bastantes en el año, se entregaba a tratar de revivir pomposamente arcanas nociones de artesanía, con tanta devoción y agrado, que dejó entre renglones casi de todo punto la innovación en su oficio, e incluso la gestión de su crédito público.

A pie juntillas estaba convencido de que la meta principal del diseño en su patria, después de convertirlo a él en vedette, era contribuir a propiciar contextos que acrecentaran la cantidad de objetos sofisticados para complacer las visiones más complicadas de cosas ya elaboradas que según él podían ser más sencillas. Educado como lo estaba en la falacia de que su apropiación de la tecnología de la herramienta y de los elementos componentes remediaría las carencias materiales de ciertos conciudadanos únicamente existentes en su imaginación, se sentía capacitado para corregir las propuestas vigentes en el mercado de los productos todas ellas obsoletas en lo que a cualquier creación humana bidimensional y tridimensional hiciera referencia; de tal suerte que aún sin beber en las fuentes de la psicología, la política, la filosofía, la etnografía, la literatura y la historia como lo hacían sus colegas de otras disciplinas (y sin tampoco ponerse de acuerdo con los de la suya propia) apostaba a ultranza por la preponderancia de lo nuevo sobre lo viejo, y de lo muy complicado sobre lo apenas complejo.

Y tanto alcanzó su minuciosidad y descuido en esto, que cedió muchas oportunidades de crecer en su tierra por hacer una pasantía en ultramar e inscribir su hoja de vida en la nómina de alguna gran empresa (aunque en ella hubiese de laborar como practicante sin sueldo); y de esta suerte, presentó entrevista para emplearse en todas cuantas en el mercado había de ellas; y de las posibilidades que se le ofrecían, ninguna se le antojaba tan prometedora como la de llegar a ser cabeza del departamento de diseño de una gigantesca compañía o acaso el de escribir un tratado sobre clasificaciones objetuales (aunque el término ‘objetual’ continuara en su tiempo sin ser determinado por las autoridades lingüísticas de la época ni incluido en las páginas de los diccionarios) y es que asumía que la nitidez de su fraseología y ciertas enmarañadas hipótesis importadas de latitudes remotas por sus antiguos tutores —mismas por él a todas vistas mal digeridas— le caerían de maravilla a su profesional imagen, máxime cuando alcanzaba a repasar aquellos piropos intelectuales consignados en su bitácora, en los cuales en medio de pliegues que resaltaban por un soberbio uso de las últimas novedades en software para diagramación se encontraba redactada con la letra de uno de sus preceptores (notorio por tener una ortografía tan exuberante como las playas de la República de Bolivia) la siguiente justificación para hacer modificaciones en el proceso de producción de una línea de muebles para sala: “El ortogradismo o bipedación que comporta la intemporalidad semántica del sistema ortogonal de reciclamiento ortodrómico en tan sumo grado la armazón temporaliza y de tal modo la ubicación consuetudinaria propone, que con motivos es pertinente modificar la expectativa semi-sedente del usuario del mismo para transferirle la carga de significación de tipo significativo que hace que las finalidades individuales de entropía negativa o neguentropía personalmente caracterizadas devengan, a través de un estándar existencial más elevado hacia una equifinalidad en la resignificación de las contemporaneidades pragmáticas implicadas”. Y asimismo cuando leía: “…las sintácticas cuantificaciones que de tan cibernética telemetría espaciotemporal se derivan, posicionan el posicionamiento que consigue la posición termodinámica una vez posicionada”.

Con estas elucubraciones derrochaba el eximio científico del objeto y la gráfica su entendimiento, y desvivíase por deducirlas y esclarecerles la interpretación unívoca, aunque tal cosa no consiguiera hacer ninguno de los más versados peritos de la escuela Suiza de filosofía posmoderna y ni tan siquiera el propio Emmanuel Kant si renaciera para exclusivamente dedicarse a aquel espinoso empeño. No le agradaban demasiado los logros de sus compañeros de curso, aunque muy similares eran a los suyos, por cuanto se aventuraba a sospechar que, si bien los esquemas básicos habían sido inspirados en Branzi, Vigotsky, Brunner, Freud y otros grandes pensadores, no escapaban sin embargo a la chocarrería de quienes empleaban el lenguaje simbólico de acuerdo a las leyes del menor esfuerzo. Empero, con todo, ponía sobre las estrellas a cualquier individuo que se expresara con cuatro o cinco modismos del más espantoso rebuscamiento y al consultar en la Internet acerca de la obra de los mejores diseñadores de la elite cosmopolita —si acaso alguna vez hacía tal cosa— le acometía el anhelo de tomar su computador y hacerles a los trabajos de estos algunas mejoras según los preceptos de resiliencia y empatía tan en boga en su escuela; y a no dudarlo quizá así lo hiciera, y aun consiguiera concluir tal labor, si otras más altas y sublimes disquisiciones no se lo entorpecieran. Muchas fueron las querellas que sostuvo con un pedagogo pariente suyo —que era persona erudita, titulado en jerigonzas— sobre quién o qué había incidido más en la comprensión de las dinámicas míticas y rituales de ofrecimiento e invitación presentes en la vajilla actual en la que se servía una tasa de teobroma (mejor conocido como chocolate por los mortales, esto es: aquellos sin título universitario de diseñadores) si la dialéctica de Hegel, la teoría de ‘Gaia’ de James Lovelock, o el libro ‘el Mono Desnudo’ de Desmond Morris; mas don Barry Wild, representante del museístico gremio quien terciaba entre los dos, exponía con pedantería que ninguno alcanzaba al pensador Noam Chomsky, y que si alguno le era comparable era Fritjorf Kapra, padre de la teoría de las redes de gestión, porque tenía muy adecuada estipulación para todo; que no era pensador empalagoso, ni tan quejumbroso como sus colegas, y que en lo de sus discernimientos no les iba en retaguardia.

En circunvolución, él se embotelló tanto en su lexicalización, que se le saltaban las madrugadas averiguando de paro en paro, y las diurnas horas de disturbio en disturbio; y así, del tanto presumir y del poco comprender, se le vació el entendimiento, de modo que vino a caer en el pedagógico vicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que asumía con vocablos de textos raros, así de dilemas, emblemas, problemas, fonemas y categoremas como de ‘aburricionemas’ y otros vocablos por él inventados como ‘estilemas’, ‘tecnemas’, ‘praxemas’ y misteriosísimos ‘posicionemas’; y registrósele en tan gran forma esa alucinación que tenía por ciertas toda aquella cuantía de idealizados disparates que improvisaba, que para él no había otra certidumbre más innegable en el universo. Decía él que los escandinavos eran valiosos diseñadores, pero que sus logros no les veían ni la horma de los zapatos a las conquistas de sus discípulos, que aunque aún no los tenía, harían tales prodigios por él guiados cuando llegara a tenerlos, que podrían partir en dos la historia de su heurística profesión. A decir verdad, y aunque tuviere poca idea de ello, más que docente era dos entes, el cuerdo que había sido y del cual pocas trazas aún tenía y el afectado por pseudología como lo estaba casi todo él, según se denomina aquel trastorno mental que consiste en creer sucesos fantásticos como realmente sucedidos.

En consecuencia, consumida ya su reflexión en medio de ficticiamente científicas retahílas, vino a dar en el más insólito engatusamiento que jamás dio chiflado en el planeta; y fue que se le antojó favorable e inexcusable, así para el acrecentamiento de su honor como para el favor de su rebuscamiento, hacerse teorizador errante, y marcharse por todo el ámbito universitario con sus despropósitos y sus académicos descabellos en pos de las casualidades perdidas; y por supuesto consagrarse a extraviar (con el pretexto de educarlos) a una bandada de cachorrillos de diseñador que hasta ahora hacían su ingreso a las aulas, embutiéndoles a punta de presión y represión todo aquello que él había maquinado, si tal cosa fuese dable. Y una vez conseguidos los susodichos pupilos, los acostumbró primero a emplear en su jerga cada dos palabras una terminada en ‘dad’; y luego cuando entre ellos todo fue idoneidad, viabilidad, y otras inexistentes palabrejas como alfabetividad, estructurabilidad y lingüistiquicidad, su segunda proeza fue ejercitarlos en toda suerte de iniciativas de esas en que los grandes teorizadores se entrenaban, solucionando cualquier tipo de problemáticas como la de sustituir el agua con algo más necesario para la vida y crear un sistema objetual para la reinterpretación de los matices del arco iris; o al menos simular que lo hacían. Y de esta suerte prosiguió su trasegar, a la caza de nuevas peripecias, o incluso, si la fortuna le deparaba tal galardón, de situarse en coyunturas y riesgos donde su obra, si llamara la atención en la desganatura de la facultad, lo colocase al frente de una cátedra de taller de último semestre, donde los educandos, por el sistema tan desorientados como él lo había estado hasta hace poco, acabasen consumando bajo su tutela los más incoherentes y tortuosos planes, hasta que su ego cobrase entre sus iguales (otros marcianos cacareadores solitarios entre los que jamás se vio pensamiento colectivo alguno, ni menos aún diálogo o cosa remotamente parecida), una sempiterna notoriedad y nombradía. Figurábase el desventurado ya laureado por el importe de su trazo con un premio Lápiz de Acero a toda una vida, o cuando menos, con un cargo de profesor asistente en la Academia Domus en aquel lugar del mapa en dondequiera que se encontrara Milán (si era que el Milán de su extravío existía en parte alguna); y así, con estas tan seductoras abstracciones, transportado por el singular deleite que en ellas consideraba, se dio con presteza a poner en vigencia lo que apetecía.

Y lo inicial que quiso fue desempolvar unos artefactos que habían pertenecido a sus bisabuelos, los cuales, despojados de significado para la moda contemporánea y llenos de hongos, prolongadas décadas ha que se encontraban dispuestos y arrumados en el escondrijo de las viejeras. Pulió y disfrazó de verdades los conceptos constructivos que supuso habían profesado sus peritos artífices lo más técnicamente que pudo, pero advirtió que tenían una gran falla, y era que no poseían un discurso que justificase su resurrección de entre los desechos, y ni acaso un simple párrafo de argumento a favor de ellos; no obstante a esto substituyó su destreza, pues mezclando fragmentos de varias revistas de disciplinas que medio comprendía, con trozos de información que retenía de cuantas complicadísimas bagatelas otros videntes del industrial diseño afectados por su manía antes que él habían vociferado y fraguó con ellos tal soporte hipotético (que aunque le faltara el ‘hipo’ y le quedara grande el ‘tético’) amalgamados con maña formaban una aspecto de cabal verdad. Y cierto es que para probar su solidez argumental, que para hablar de verosimilitud ni siquiera alcanzaban, o saber si soportarían un análisis exhaustivo en la arena conceptual se dio a descrestar con ellos a cuanto incauto encontró en los alrededores; y aunque las polémicas en que se enzarzó apenas si merecían el título de sordos monólogos de autistas jugando vanamente al intercambio verbal; certificó que de ellos su método y escuela muy bien librados habían emergido; y tornó a hacerlos aún más impenetrables llenándolos de expresiones sustraídas de los discursos de Adorno, Baudrillard, Canclini, Eco y otros tantos modernos ensayistas; y sin intentar hacer nuevo empleo de su galimatías, recompuso el susodicho fárrago y aún pensó en publicarlo como libro de enseñanza básica de diseño, y lo diputó y lo tuvo por compendio de consumadas demostraciones.

Acto seguido decidió construirse un portafolio, y, aunque el suyo tenía menos virtudes que los abdominales de Santa Claus y más fingimientos que la castidad de la Cicciolina, que a quien las leyere lo dejaban per ístam sánctam unctiónem, que en castellano equivale a “en blanco” o “en ayunas”, la pareció que ni ‘El Capital’ de Marx, ni el ‘Elogio de la locura’ de Erasmo estaban mejor logrados o podían siquiera equiparársele. Medio semestre se le fue en concebir qué título le acomodaría al tal folletín; por cuanto, según conversaba consigo mismo, era inadmisible que portafolio de teorizador tan celebre, y como obra de realizaciones de por sí tan valiosa, estuviese sin denominación alguna; y así encaminaba su privada disertación a hallar alguno que se acomodara a su excelsa calidad, y proclamara lo que él había sido, antes que fuese teorizador errante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, avanzando su autor de estado, fuera también progresista el nombre del libro que compendiaba todas sus tareas consumadas, y sonara pomposo y estupendo como le convenía a su dignidad de su autor ahora preceptor recién desempacado. Y de esta suerte, tras mucho probar, configurar, moldear y conformar; y de lo tanto que midió, calculó y tanteó en su retentiva y entelequia, le vino a bautizar Portafoliante: apelativo, a su entender, grandilocuente, cadencioso y revelador de lo que había sido cuando fue simple portafolio, antes de lo que ahora era, que era predecesor y primero de todos los portafolios del mundo.

Puesto nombre, y tan a su acomodo a su portafolio, deseo ponérselo a sí mismo, y en esta cogitación duró otra semana más y finalizado el plazo vino a autodenominarse dado el tamaño de sus anhelos don Ilusote; de donde —como queda estipulado— tomaron la trama los autores de estas tan fidedignas memorias, alegando que indudablemente, se debía de llamar con algún nombre irrisorio como Indalecio, o Hipólito o Hildebrando y no Ignacio, como otros pretendieron explicar. Pero, acordándose que el esforzado Quijote (de quien era su gesta calco y copia en el diseño lo que la de aquél fue en la literatura) no sólo se había contentado con llamarse Quijote a secas, sino que adicionó al suyo el el calificativo de su dominio y patria, por la Mancha famosa, y se llamó a sí mismo don Quijote de la Mancha, así quiso, como buen diseñador, añadir al suyo el nombre de la suya y llamarse don Ilusote de la Plancha (por ser la suya una nación en que menos se tardaban las gentes en aplastar los anhelos del prójimo que el prójimo en anhelarlos) a su entender, tal apelativo declaraba al rompe su casta y patria, a la cual enaltecía, además, con tomar el nombre della.

Higienizadas, pues, sus herramientas, hecho de un discurso propio, puesto nombre a su portafolio y revalidándose a sí mismo, se dio a deducir que no le escaseaba otra cosa sino rebuscar una dama de quien enamorarse; porque el teorizador errante sin amores era silla sin patas y sin respaldo y sin estructura básica. Decíase él a sí: —Si yo, por virulentos de mis yerros, o por mi misericordiosa ventura, me tropiezo por ahí con algún invento colosal, como por lo común les acaece a los teorizadores errantes, y le patento, o le soluciono la problemática, o descubro su verdad sí y sólo sí se convierte en éxito comercial ¿no será bien tener a quien remitirle exhibido y que lo reciba y así descreste a mi dulce ama, y proclame en su soberbio empaque: “Este, señora, es el artilugio prostético curalotodo, Ilusosegador, mecanismo insignia de la fabrica Carcasaman Thriller, mismo que plasmó en singular intento de mejorar la línea productiva de mobiliario estrafalario el nunca como se debe ensalzado teorizador don Ilusote de la Plancha, el cual os envía esta pieza para regalo de vuestra exquisitez, para que la vuestra agudeza a su acomodo se convierta en usuaria de sus bondades”?.

¡Oh, cómo se regocijó nuestro buen diseñador teorizante cuando hubo confeccionado todo este razonamiento, y máxime cuando atinó a quién dar nombre de su dueña! Y fue, a lo que se opina, que en su primer grupo de estudiantes, cuando fue profesor bisoño en su universidad, cayo en el típico enamoramiento de la educanda difícil que a todo profesor vez alguna acaece y tuvo entre sus pupilas una alumna de mucho peso y de poco seso que le dio harto embeleso y ningún beso, por quien él a lo largo del completo ciclo académico anduvo derretido, aunque, según se concibe, ella jamás estuvo al corriente, ni se apercibió de ello. Era su nombre Venecia Restos, y a ella consideró acertado otorgarle derecho de ser la dueña de sus inventos y conversamientos; y, rebuscándole nombre que no despintase en demasía del suyo, y que guiase y se encauzase al de experta y gran diseñadora, vino a llamarla Mamacita Matriz, porque ser ella justa, y por doble partida, legendaria y real, madre de su inspiración; y aquel un calificativo, que a su dictamen, resultaba filarmónico y pulcro y demostrativo, como todos los otros que él para su proezas había compuesto.

sábado, abril 02, 2005

E11 Teoría de las groserías parte segunda


Malas Palabras (Parte segunda)

Por: Alfredo Gutiérrez Borrero
Originalmente publicado en
www.proyectod.com el 15 de abril de 2000

Tras aclarar que las groserías cumplen una importante función en la historia y el desenvolvimiento sociocultural humanos (aunque se quiera negarlo), voy a continuar justificándolas. De paso contribuiré a desenmascarar el fraude que la miopía normativa ha cometido al censurarlas, mutilando los idiomas de tal forma que la mayoría de los diccionarios —supuestamente ‘bien hablados’—, al recopilar exclusivamente buenas palabras, se convierten en selecciones adulteradas de lenguajes inexistentes que podrán verse primorosos en los libros pero los cuales nadie habla en las calles.

Porque no existen.

El humor y la curiosidad, la inventiva, la generosidad y la originalidad, el impulso artístico y la fecundidad; todas esas particularidades deseables del comportamiento humano encuentran su fundamento y potencia en los actos básicos orales, anales y genitales de comer, defecar y copular. En su libre realización y en su natural aceptación. Por consiguiente, si la moral es la disciplina que señala los procedimientos que deben seguirse para hacer el bien y evitar el mal, lo evidentemente inmoral es que la grosería siga siendo condenada para justificar los prejuicios: esas opiniones que la mayoría de la gente, incapaz de reflexionar por cuenta propia, expresa sobre algo sin tener verdadero conocimiento de ello; sin querer queriendo, porque todos lo hacen o siempre se ha hecho así.

Lo triste del asunto es que ni todos lo hacen ni siempre se ha hecho así; pero amamos los prejuicios porque nos evitan pensar y nos hacen perezosos compulsivos, gente que llega tarde al cinema y se va del teatro cuando la película aún no se acaba (¡y luego se atreve a decir que sabe de cine!); gente que aunque no lee un texto de más de dos cuartillas (porque es muy ‘largo’) lo ojea y lo comenta con gran propiedad. Gente, en fin, que encendió hogueras, levantó cruces y construyó guillotinas en las cuales quemar, crucificar y decapitar a cualquiera lo suficientemente valeroso, o estúpido, como para recordarles su capacidad de pensar.

Todo lo que contradice la tradición y los modales decretados es inmoral. Mas no es preciso que un raciocinio o una teoría inmoral sea algo maléfico, antes bien un adelanto en el ámbito del pensamiento o de la práctica es presuntamente inmoral hasta que tiene a la multitud de su parte. Por tal motivo es conveniente salvaguardar a la inmoralidad frente a las agresiones de quienes tienen la costumbre por canon exclusivo y estiman que cualquier desobediencia a la rutina —que es su moral— es un asalto contra la comunidad, la religión y la buena conducta.

Es la inmoralidad, no la moralidad, la que requiere cuidado, es la moralidad no la inmoralidad la que debe ser limitada; ya que la moralidad usa el peso inútil de la pasividad y del fanatismo humano para hundir al que explora, con toda la crueldad indiferente del convencionalismo.

Es cierto que comunicarse de modo soez jamás ha redimido a alguien, pero eso es válido especialmente en la civilización domesticada a punta de matrículas e impuestos donde la gente cree que aprende mediante el hecho de dar a las instituciones un dinero para costear su educación. Nada más engañoso: para un ser humano la educación fundamental no es la que le dan otros sino la que él mismo se da. Pero, con su comodidad sometida al interés adulador que busca escalar una pirámide social, el que acepta hablar en idioma estudiado de puertas para afuera (y ante quien le conviene) relega la sinceridad ‘grosera’ a segundo plano. Sin embargo en privado suelta una palabrota cuando su equipo favorito de fútbol anota un gol, o la exclama al golpearse el pie contra un mueble. Y así términos versátiles que connotan alegría, tristeza o rabia, socialmente se reducen a ofensas verbales de uso restringido.

Pese a ello la expresión obscena ayuda, como una modificación rítmica, a producir un intenso efecto en el estilo del discurso verbal y escrito. Puede provocar en un lector o en una audiencia un estallido de risa, atraer súbitamente la atención perdida, o causar una perturbación rojiza en el cutis del dueño o dueña de unos ojos u oídos demasiado virtuosos (o apretados). A menudo su poderío depende de que se use con su crudeza más ‘negativa’. No obstante la grosería sufre como cualquier otra palabra de abusos expresivos por lo que hay que protegerla del desgaste descuidado, insensible y fastidioso que le dan los holgazanes de pensamiento. Los que la usan sin inteligencia.

Digamos que los auténticos ‘malhablados’ son quienes hablan deficientemente; empleando groserías o empleando cualquier otra palabra. Esa es la gran realidad: no hay groserías, sino groseros. Desde Francisco de Quevedo hasta Gabriel García Márquez, por nombrar sólo a los de lengua española, muchos grandes de la literatura usan las malas palabras.

¿Se atreve alguien por ello a decir que son groseros?

Como expresiones las groserías poseen una eficacia contundente para designar un órgano, una situación o un acto eliminando molestos tapujos y ficciones cursis. En consecuencia deben aprovecharse (ni mejor, ni peor) como cualquier vocablo, desnudándolas de su aspecto clandestino. Sólo así se evita el problema planteado por las taras culturales y se logra que mucha gente deje de oír insultos donde no los hay.
El uso de expresiones indecentes en el sermón oficial, gubernamental, social, público o universitario revela que no se admite límite entre lo que se esconde y lo que se muestra, ni distinción entre la lengua pública y la lengua íntima, o entre un habla ordinaria y un habla sapiente. No puede haber jerarquías dentro del lenguaje académico; pero el problema es que a veces al hablar francamente se estrella el orador con las costumbres más fáciles, la pereza mental y la debilidad de los pensamientos primitivos. No obstante la mala palabra bien usada indica un esfuerzo por volver a pensar en las cosas, el cual al prescindir de las prácticas expresivas comunes puede reconocerse como comienzo de un proceso liberador.

El discurso obsceno es descarado, emprendedor, desenvuelto, resuelto, determinado e inmoral. Y asimismo libre. Al ser inmoral va contra lo moral que es ético, normativo, legal y formal; y además contra eso espiritual que es puro, sin mezcla, sin mancha, no alterado, ni viciado, incorrupto e intacto; afecta lo que no ha sido tocado, lo que está completo y no ha sufrido ningún daño. Incorrupto es lo no dañado: pero el daño, conviene anotar, puede ser deterioro o también cambio, un cambio impúdico porque hiere la castidad (que de todos modos es un atributo antinatural, pues cualquier planta o animal ‘casto’ se quedaría sin descendencia y renunciaría a su misión de perpetuarse en el ciclo evolutivo).

El uso de malas palabras, cínico e imprudente, facilita la franqueza de decir las cosas sin engaño; por eso al individuo obsceno se le denomina licencioso porque es contrario a la decencia (que es la ‘limpieza’ de las buenas costumbres) e igualmente libre: tiene libertad para obrar o no obrar, no es esclavo ni está bajo la dependencia absoluta de otra persona que lo ha comprado, no está sujeto al dominio de un folklore o de alguna cosa (no está sometido: ni al deber, ni a la palabra empeñada, ni a nada).

Curiosamente obsceno es también lo picante y mordaz, lo que absorbe y corroe, lo áspero y cruel, lo pornográfico y erótico. Ahora bien, al rastrear sus orígenes ‘pornográfico’ significa ‘escrito acerca de prostitutas’ pues procede del griego ‘pornográphos’, (derivado de ‘porno,’ que viene de ‘pórne’ que traduce prostituta), y de graphos (que designa algo dibujado o escrito).

El mencionar las prostitutas, me obliga a hablar de la prostitución que es el acto de comprometer el cuerpo en contacto sexual para recibir dinero, pero además el emplear los talentos y habilidades de un individuo en algún uso indigno únicamente por moneda. En la prostitución el cuerpo o el talento, o ambos, se venden a un cliente que supuestamente siempre tiene la razón. Como casi nadie hace lo que en verdad desea hacer y la gran mayoría se dedica a hacer lo establecido, no es sorprendente que el lenguaje financiero sea tan similar al lenguaje usado en los prostíbulos. O ¿quiénes hablan más de satisfacer al cliente?

¿Las prostitutas o los empresarios?

Precisemos que la palabra cliente viene del término latín ‘cliens’ que es una persona que busca la protección o influencia de alguien más poderoso; y que a su vez ‘cliens’ está relacionado con otra expresión latina, ‘clinare’, que significa doblarse, inclinarse o arrodillarse.

De improviso surgen ante nosotros muy sutiles pero potentes relaciones, entre la prostitución, los negocios y la religión. El propio Abraham padre del pueblo judío y punto de partida para toda la tradición religiosa cristiana, fue concebido en Ur de Caldea por una práctica llamada por los entendidos: ‘prostitución sagrada’ que hacía que, una vez en su vida, las mujeres de la ciudad de Ur fueran al templo a entregarse a un extraño, para concebir, a cambio de la donación en dinero que éste hacía al santuario. Así, simbólicamente hay un vínculo entre la prostituta, la empresa y Dios como entes poderosos a los que busca el cliente para inclinarse ante ellos, sea para copular, comprar o adorar. Para muchos puritanos sugerir tal conexión es grosero por no decir blasfemo. Y todo porque esos tres arquetipos tienen que ver con la satisfacción de tres tipos de placer a los que el humano aspira: al placer carnal en la prostituta, al placer económico en la empresa, y al placer espiritual en Dios (o mediante los oficios de sus delegados los sacerdotes, rabinos, imanes y pastores en las diversas religiones).

Debido a ese deseo de gobernar —y someter, que unos individuos siempre tendrán para con otros— es que sobre el placer: esa necesidad básica del ser humano de alegría, gozo, diversión, entretenimiento, dicha y júbilo, pesan tantas restricciones. Para dominar al individuo corriente es necesario convencerlo de que es pecaminoso disfrutar, es decir es una desobediencia contra la ley divina el sentir exagerado goce y un delito contra la ley humana el procurarse satisfacción en exceso. Los que quieren mandar son los que han inculcado sobre los sumisos las nociones del sacrificio y el esfuerzo, aquellos que esclavizan a la mayoría con una larga semana laboral y establecen unas horas o unos días de recreo. Todo dosificado, medido, limitado. Sufre ahora, ríe después. Soporta en esta vida y se te premiará en el cielo.

En tal sentido y mediando especiales circunstancias la grosería, un desacato a tales mandatos, puede ser un pecado y un crimen. Porque rompe los limites, el monopolio sobre el bienestar que tienen los gobiernos, los grupos religiosos y los censores morales. Por eso es que además de ofender, la grosería genera risa.

Más fascinante aún es la afinidad que hay entre los conceptos de Dios, el dinero y el amor. Para comprenderla hay que señalar que otro sinónimo de ‘grosero’ y ‘pornográfico’ es ‘erótico’: entendido lo erótico como aquello que despierta la pasión carnal. Sin embargo erótico, viene de Eros que es el nombre griego del amor.

Eros (Cupido para los romanos), era un dios griego caracterizado como un niño alado y dotado de un arco a cuyo imperio se sujetaban los asuntos amorosos. Por tal móvil se le imaginaba como camarada y a su vez como hijo de Afrodita, la diosa del amor. Pero la potencia de Eros se entendía igualmente en un sentido cosmogónico. Como factor de coherencia entre los componentes que dan vida a las diversas formas de la realidad; en ese sentido se le consideró como uno de los seres primigenios, increados que figuraban en el mito de los orígenes del mundo.

Las principales religiones sostienen que Dios es amor.

Pero los ateos radicales dicen que el cuento de Dios es pura ‘Mierda’.

Mierda es la forma prohibida de referirse a la materia fecal, y los alquimistas del Medioevo buscaban transformar en oro esa misma sustancia. Al compararla simbólicamente con el oro el inconsciente humano revela el gran valor que ésta tiene.

Por esa, y muchas otras razones el psicoanálisis dice que el dinero es una representación abstracta de la materia fecal. La costumbre dice que hay que lavarse las manos después de defecar y también tras manipular dinero. La verborrea cotidiana habla de dinero sucio, o mal habido, y de dineros limpios y bien habidos. Aprovechados son quienes desean ganar mucho dinero sin hacer ‘ni mierda’.

Y muchos dichos populares dicen que el amor no se compra con dinero, mientras la sociedad da tamaña importancia al bienestar económico en la estabilidad de pareja.

Y podemos suponer que tampoco a Dios se lo compra con dinero, y sin embargo las religiones institucionalizadas se mantienen gracias a limosnas en dinero.

Así que aunque lo erótico pueda ser lujurioso, obsceno y vicioso es también relativo al amor; y si el erotismo es una afición desmedida al amor, ¿resulta que Jesucristo, San Francisco de Asís y compañía son eróticos?

¿Y qué relación tienen las malas palabras con la curiosidad?:

Si el niño siente placer succionando su chupo o su dedo, se le obliga a dejar de hacerlo, se le dice que sus dientes se torcerán y que al dormir meta las manos bajo las cobijas, (pero más adelante cuando el niño descubre allí otros sitios placenteros que hay en su organismo —y se los explora y acaricia— se le obliga a sacar las manos y ponerlas sobre las cobijas). A cada instante se le fijan reglas y límites. Al negársele el descubrimiento de sus genitales y su ano se le limita la curiosidad en general y se lo convierte en un conformista por el resto de sus días.

Esos es un error, porque los miembros de un niño que crece han de estar libres y moverse con facilidad dentro de sus ropas. Nada debe limitar su crecimiento, ni obstaculizar su movimiento. No hay que pretender concretar la personalidad, lo cual es sólo otra manera de deformarla. Muchas anomalías de cuerpo y mente pueden achacarse al hecho de querer hacer de muchos seres humanos lo que no son.

Y ¿qué tienen que ver las malas palabras con el humor? Bien, los humores corporales son las sustancias fluidas: la sangre, la orina, la bilis, la linfa, el semen, el sudor, etcétera., cuyo libre correr determina la salud y el estado de ánimo; pero humor es asimismo la condición de alegría o tristeza, de felicidad o enojo; sólo cuando el individuo puede referirse a, o usar sin impedimento, cualquier parte de su cuerpo tiene buen humor.

Por algo según el vulgo cuando alguien se desternilla se ‘caga’ de la risa.

¿Y qué vínculo hay entre las malas palabras y la inventiva?, para hacerlo evidente habría que referirse al doble sentido que tiene ciertamente el lenguaje; sin mucho esfuerzo casi toda frase puede ser usada en el contexto de un acto sexual imaginario. Como prueba de ello basta escuchar cualquier conversación e imaginar simultáneamente que sus protagonistas están copulando. Siempre funciona. Así la palabra es sexo y por ello la Biblia dice que en el principio fue el verbo.

¿O sería el vergo?

Ahora bien ¿cuál nexo hay entre malas palabras y: generosidad, originalidad e impulso artístico?

Para explicarlo hay que pensar en la materia fecal: el único ‘objeto’ que el cuerpo produce involuntariamente. Los simios, y los hombres primitivos se fijan mucho en la materia fecal ajena: si es abundante y homogénea indica salud y vitalidad, si está impregnada de sangre indica enfermedad o peligro (los grandes antropoides hacen deposiciones con sangre al ser molestados, y quizá la afección de hemorroides del humano moderno esté más relacionada con ese mecanismo de alarma prehistórico que con la dieta¡). En ese sentido la materia fecal es la primera señal de tránsito a la vera de la autopista de la historia.

Algunos antropólogos sostienen que el hecho de que tengamos dos intestinos tiene que ver con el paso de la comida dos veces a través del tracto digestivo: por ello, señalan, en principio todos fuimos coprófagos; lo cual es evidente en la conducta de los gorilas, animales que cuando tienen deficiencias proteicas defecan en su mano para digerir de nuevo el alimento. Y comen el excremento tibio. Otras teorías anotan que ese consumo de excremento fue la base de la costumbre hoy mundialmente extendida de calentar el alimento (algo que fuera del humano no hace ningún animal en la naturaleza).

Anota también el psicoanálisis que desde temprana edad en la vida, el niño advierte que el excremento es una parte de su cuerpo que puede expulsar o retener, y que sus padres se interesan mucho por la forma como lo hace. Es el primer regalo, decía Freud, que el niño hace a su madre. Envolverlo en pañales es el punto de partida del culto al empaque. Según como se aborde el tema en nuestro entorno infantil algunos nos hacemos ahorrativos y modestos (o estreñidos) y otros derrochadores y creativos (o sueltos). Algunos coleccionamos y otros regalamos; por ello, pedos, ventosidades y flatulencia, eructos y demás siguen siendo motivo de chiste en especial en el sexo masculino a lo largo de toda la vida. Y si por cualquier motivo no hay placer en esas actividades, surgen inevitablemente trastornos físicos y emocionales.

Al estudio de los excrementos se lo denomina escatología (del griego ‘skatos’ excremento y ‘logos’ tratado) aunque además, escatología es popularmente una broma indecente. Pero los misterios prosiguen, pues escatología es también la doctrina referente a la vida de ultratumba porque en griego ‘eskatos’ es asimismo ‘lo último’.

Como sintetizar en un libro la teoría general de la grosería no es la idea en este instante. Añadiré por ahora que lo obsceno es también morboso, y morboso es lo relativo a la enfermedad. Mas si la enfermedad es una alteración en el funcionamiento orgánico: ¿Quién, entonces, funciona mejor? ¿el que se ‘prohibe’ algunas partes de su cuerpo, o el que les da a todas libertad y se refiere a ellas sin ningún misterio?

A los posibles perturbados por esta disertación, les dedico como reflexión final el capítulo 10, versículo 26 del evangelio de San Mateo qué dice: “Así que no los temáis; porque nada hay encubierto, que no haya de ser manifestado; ni oculto que no haya de saberse”.

E10 Una aproximación inicial a la teoría de las groserías

Malas Palabras (Parte primera)

Por: Alfredo Gutiérrez Borrero
Originalmente publicado en
www.proyectod.com (abril 1 de 2000)


Los humanos —al menos en occidente— vivimos inmersos en una cultura obsesionada con la limpieza y las buenas maneras; una cultura seria y respetable. Incapaz de reír de sí misma. Nuestras ciencias y artes, las mismas que originaron el ballet y enviaron al hombre a la luna, han progresado gracias al idioma distinguido, el refinamiento estético y la precisión matemática. Pero el exceso de cortesía y corrección hizo hipócrita al mundo moderno: sus normas, constituciones y religiones, sus teoremas y mandamientos, pretenden darle unas virtudes, cualidades y sentimientos que no tiene.

Y es que hay mucha distancia entre lo que la humanidad piensa y lo que la humanidad dice; como muestra de ello (y a pesar de siglos de esfuerzo educativo) las groserías —esas toscas expresiones de segunda— son hoy poderosas y numerosas; ellas, pese a estar ‘prohibidas’ en los ámbitos respetables y desterradas del habla ‘elegante’, continúan siendo las palabras más utilizadas: divirtiendo a unos y ruborizando a otros, chistosas o insultantes, las ‘malas’ palabras, constituyen la más natural y vigorosa expresión del lenguaje humano. La única que exterioriza la sinceridad de la que los adultos despojan a los niños.

Yo me cuento entre los que desean un mundo más mal hablado pero mejor vivido. Después de todo, las groserías no son tan malas palabras como esos aristocráticos términos políticos y científicos que hablaban los que masacraron a los judíos, idearon los campos de concentración o detonaron las bombas atómicas. Los macabros actos que a lo largo de la historia consumaron quienes perseguían, lo bueno, bello y verdadero o defendían la superioridad de una religión o una raza sobre las demás, me hacen suspirar por lo básico y me obligan a desagraviar las groserías.

Esas mismas groserías han jugado, pese al desprecio general, un papel muy importante en la construcción de la parte menos censurable de la sociedad contemporánea, y el inconsciente colectivo lo sabe: Las llama ‘palabrotas’, porque son más grandes y fundamentales que esas otras palabras ‘solemnes’.

Para muchos el léxico que recurre a ellas es ordinario y posee un carácter vulgar, falto de calidad; pero lo ordinario es lo común, suele suceder y hacerse costumbre generando hábitos. En ese sentido las groserías son expresiones con identidad (del latín ident e idem: lo que se repite una y otra vez) dotadas de una singularidad indisciplinada. Por tal motivo se usan para librarse de la obligación, del vínculo forzoso que las condiciones sociales imponen, de la veneración a los reglamentos.

La capacidad libertadora del vocabulario vulgar es refrescante frente al autoritarismo moral que administra el idioma y constriñe a denominar ciertas partes íntimas del cuerpo humano y determinados actos físicos ‘secretos’, sobre los que impera el tabú, con eufemismos (modos de expresar con suavidad ciertas ideas), metáforas (figuras retóricas que transportan el sentido de una palabra a otra mediante una comparación mental) o términos científicos. Así, donde los discursos estudiados hablan de ‘los testículos’, ‘los bulbos de la vida’ o ‘las gónadas sexuales masculinas’, el glosario chabacano dirá escuetamente ‘las güevas’.

Del mismo modo lo vulgar es democrático en su desnudez y liberal en su generosidad, es como saber respirar o poseer el secreto del latido del corazón: una prerrogativa existencial, algo que todos los hijos del cosmos recibimos gratis. Algo sobre lo cual la educación corporativa no ha conseguido convencernos de que no lo sabemos para cobrarnos por enseñárnoslo.

La engreída erudición se empecina en señalar que lo popular, por público, es barato y carece de valor. Empero lo trivial hermana al género humano pues ningún pueblo en su estado silvestre es defectuoso.

Al lenguaje cotidiano se le designa ‘prosaico’ por que su estructura no está sujeta, como la del estilo poético o el enunciado científico, a la medida y a la cadencia; es propio del arrabal, o sea de las afueras de la ciudad, y es plebeyo porque lo usa el pueblo: esa multitud que ignora los nobles tecnicismos de los patricios sintéticos que fabrica la industria pedagógica.

Al individuo civilizado, que ha pasado años prisionero en las aulas pagando por aprender y adquiriendo grados y pos grados universitarios, se le adiestra para buscar la oportunidad y el dinero. Su máximo interés es el trabajo lucrativo que genera utilidades. Eso es lo que hace la gente decente. Asombrosamente, ‘decente’ procede del latín ‘decet’ que significa ‘conveniente’ (y a su vez ‘conveniente’ es lo que causa utilidad), y por ello lo que no contribuye al esquema monetario es inútil. O indecente. Ahora bien, si la invención del dinero fue ventajosa o perjudicial para la sociedad es algo tan discutible como si lo fue la invención de la pólvora.

Parecería que el humano, muy orgulloso de su presente mecánico y tecnológico, trata a toda costa de negar su estirpe animal, de ocultar su vínculo con la naturaleza. Debido a eso las groserías son conocidas igualmente como ‘rusticidades’ (y lo rústico es lo relativo al campo: del latín ‘rusticus’). Para encubrir su pasado selvático la humanidad inventó la arquitectura y gracias a ella fabricó el ambiente más antropocéntrico de todos: las ciudades o urbes. Ahora el dogma moderno llama ‘urbanismo’ al grupo de pautas técnicas, administrativas, económicas y sociales que se refieren al progreso armónico, coherente y humano de los poblados; y además designa como ‘urbanidad’ a la cortesía y a los buenos modales. El mensaje siempre es el mismo: el hombre urbano, económico e ilustrado, es bueno; y el hombre rural, ecológico y analfabeto, es malo. El humano urbano es correcto, porque ha recibido la corrección del castigo social, ha sido domado de sus ímpetus salvajes mediante la instrucción; el humano rural no ha sido corregido y su pasión bestial continúa indemne.

Entonces resulta que el humano inculto es impuro, no ha sido purgado del estigma animal, es sucio: obsceno. Y lo obsceno es indecente, carece de modestia.

En ese punto la tradición dice que Adán, por haber caído en la trampa de los juicios de valor, se avergüenza de su desnudez y confecciona el primer vestido, se cubre, se disfraza, pierde su condición divina y se hace humano. Desde entonces las virtudes implicarán represión y sometimiento, y los vicios (que son la imperfección), independencia y anarquía. Desde entonces la desnudez es obscena, y amenazante.

Veamos la definición de desnudez que da la edición de 1853 del “Nuevo Diccionario de la Lengua Castellana”: «Desnudez, f. (sustantivo femenino), Falta de vestido, de ropa, de cosa que tape, cubra o abrigue y ponga al cuerpo en estado de presentarse con decencia, o por lo menos sin ofrecer sus carnes a la vista. fig. (en sentido figurado), Pobreza, miseria, estrechez, desamparo, desabrigo, indigencia, necesidad, abandono, situación crítica, desesperada, cruel, etc. »…!!!

De nuevo el mismo código sobreentendido, la visión del cuerpo humano sin adornos, ni cobertura como algo malo que hay que ocultar con el vestuario: diseñando modas. Y nuestra vida animal colectiva hay que vestirla también. Construyendo viviendas y edificios.

Lo obsceno se convierte en contrario al pudor. Y el pudor es una especie de reserva casta, de abstención en el uso del sexo, de vergüenza honesta, como de inocencia alarmada, ruborosa y pura, propia de las mujeres vírgenes (¿víctimas?) más ejemplarmente educadas (es decir las más culturalmente condicionadas y programadas). Es modestia. Modestia que es falta de ostentación y lujo, pero asimismo la virtud que nos impide hablar o pensar orgullosamente acerca de nosotros mismos.

Sin embargo, ¿por qué no podemos hablar con orgullo de nosotros mismos? ¿acaso porque ‘orgullo’ traduce: opinión exageradamente buena de sí mismo?

¡Por supuesto! y el humano en cuanto bestia es maligno.

Después la modestia se transforma en recato: que es otra gran virtud, en especial femenina, es el arte de encubrir lo que no debe traslucirse ni se debe notar, ni debe saberse; y ¿qué no se debe saber?, shhh, escribámoslo en ‘voz’ baja: nadie debe saber que nos reproducimos mediante un coito y defecamos como el resto de la fauna superior, ni que algunas porciones del cuerpo relacionadas con dichas actividades son de igual forma ‘animalescas’.

Al remontarse a las causas primarias de las palabras se revelan las arcaicas angustias, el apocamiento y los vestigios de culpa que dejó a la humanidad el abandonar el reino animal —o el tratar de hacerlo—, de ahí nuestras distorsionadas posiciones hacia los anhelos y funciones sexuales. Posiciones que van desde la más tajante reprobación hasta la tolerancia condicional, desde el remordimiento simulado hasta la sofisticación perversa. Demasiadas personas hallan ‘sucio’ el sexo; y así lo ejercitan suciamente, y por causa de nuestro doble patrón, ese envilecimiento de la sexualidad rebaja automáticamente a la mujer. Ella se transforma no en la igual del hombre sino en el objeto de su lujuria. Y como objeto, la cultura occidental moderna la ‘fabrica’ y la ‘vende’ dándole prelación a su empaque (con la esmerada diversidad industrial de la moda femenina), y a su presentación (que las empresas de cosméticos disponen).

Aún con la moderna liberación, el recato como cualidad es la capacidad de saber conservar la honra y cuidar de ella con solicito afán para no perder la castidad o seguir fingiendo que se la posee. Por eso la mujer cultural debe y tiene que ofenderse más ante la grosería que el hombre; porque la castidad consiste en reprimir y moderar los apetitos depravados de la carne, buscando la continencia absoluta.

Todo por supuesto para no caer en la grosería, en la obscenidad que incita a la lujuria (afición a los placeres materiales) que hace a las personas sensuales y abiertas en a sus sentidos. El deleite terrenal es casi criminal, y lo rechazamos de tal modo que los celos son la desconfianza que nos causa el bien ajeno; y entre los enamorados son el dolor generado por cualquier placer que el ser ‘amado’ pueda experimentar o haya experimentado fuera del contrato sexual establecido (sea este noviazgo, matrimonio, etcétera).

En el antiguo latín lo obsceno (obscenus) era lo inmundo, lo deshonesto, lo sucio; lo exótico, lo extraño, lo extranjero; y también lo infausto (o desgraciado porque traía desgracias), lo de mal agüero; y obscenas eran asimismo las partes vergonzosas y los excrementos.

Esas partes vergonzosas del cuerpo causaban vergüenza: la turbación de animo causada por el miedo a la deshonra y al ridículo y supuestamente desempeñaban acciones indignas, feas, abominables e impúdicas que afectaban el decoro.

Decoro es honor, pureza y respeto; aunque en arquitectura decoro es asimismo el arte de adornar unos edificios que simbolizan el cuerpo humano; y decorarlos equivale a vestir el cuerpo humano para hacerlo bello. Otra vez asumiendo que éste es feo en su estado natural.

No se necesita hacer esfuerzo para adivinar cuáles son esas partes vergonzosas: los genitales masculinos (pene y testículos), los genitales femeninos (vulva) y las glándulas mamarias (senos) y el ano. Y ¿por qué son vergonzosas?

Simplemente porque causan placer. Porque se involucran con procesos corporales esenciales que, para conservar la vida y prolongar la especie, van ligados a sensaciones placenteras. Tal como lo dice la vieja explicación psicoanalítica de las etapas del desarrollo sexual humano (oral, anal y fálica), lo vinculado a estas tres zonas nos genera goce; y así en lo que atañe a la boca (que por ventura no es parte vergonzosa, a no ser que se atreva a pronunciar groserías) el glotón come por disfrute y no por hambre, tal como el niño continúa con la succión de su chupo mucho después de haber llenado su estómago.

Vinculado a lo fálico (del griego ‘phallós’ que traduce pene), y por ende a lo genital, está casi todo el entramado cultural. Salvo una minoría totalmente cohibida, todos los humanos ansían el quehacer sexual y lo ejercen, con mayor o menor satisfacción. Los que sienten más remordimiento y menor gozo son los primeros en condenar toda sexualidad y a quienes la disfrutan. Se ocultan el pene y la vagina. Y hay centenares de errores y miedos acerca de la masturbación y la menstruación. Esos prejuicios fluyen por la savia del árbol genealógico humano, desde la prehistoria hasta hoy, perpetuando sensaciones de infracción, pecado o anormalidad. De esta suerte muchos niños que se masturban se sienten instantáneamente degenerados, y cuando se habla en público sobre la menstruación (o se hace un chiste al respecto) las primeras en decir que es algo ‘asqueroso’ son las propias mujeres.

La tradición de desprecio por el sexo y el acto sexual, es casi un mecanismo de defensa internacional, por eso se conocen como ‘groserías’ y se estigmatizan muchas expresiones populares que designan los órganos genitales. Por tal motivo son utilizadas como ofensa o para construir alegorías que tienden a degradar el acto del apareamiento.

Pero son los oídos de los mojigatos, llenos de filtros religiosos y morales, los que se sienten insultados al escuchar la grosería (aun cuando no se use como agravio directo contra ellos). El término ‘mojigatería’ procede del árabe ‘motagatta’ que quiere decir fingido o santurrón, que es quién hace escrúpulo de todo… o sea es irresoluto, pues ‘escrúpulo’ viene a su vez del latín ‘scrupulum’ que es una duda o inquietud que paraliza la conciencia.

Para esa persona que se perturba ante el lenguaje básico del pueblo llano, la obscenidad, o lo que en su limitación él considera como agresividad obscena, tiene un significado rotundamente tradicionalista de distanciamiento, de repudio y declaración de predominio sobre un mundo inferior que es (!sorpresa!) sexual y animal. Lo gracioso es que esa misma persona usa inadvertidamente en el habla cotidiana una terminología informal de artes y oficios que denomina «hembra» a todas las piezas que tienen una ranura, un hueco o un agujero para que en él se encajen, se introduzcan o se enganchen otras piezas respectivas denominadas «machos».

Tal léxico informal hace de cualquier acople de piezas una alusión oculta pero contundente a la cópula, y llena de contenido sexual el ejercicio de la ingeniería, el diseño y la arquitectura.

Llegamos al tan prohibido ano —aunque a tantas personas les repugne reconocer que éste juega un papel crucial en su evolución psicológica—, un punto mágico por ser una de las partes del cuerpo que (salvo algunos saltimbanquis) no podemos ver. La mayoría de los animales pueden observarse el ano, únicamente los humanos no pueden hacerlo.

El ano, ese aro muscular excretor al final del tracto digestivo, cierra el ciclo alimenticio y se relaciona en el mito y rito de muchas culturas con la visión circular del espacio y el tiempo. Por ejemplo en español la palabra ‘ano’ (se escribe en latín ‘anus’ y significa ‘anillo’ o, como adjetivo, ‘antiguo’) es muy similar a la palabra ‘año’ (equivalente al latín ‘annus’ que asimismo significa ‘tiempo’, ‘edad’; ‘revolución de la Tierra alrededor del Sol’, ‘círculo’, ‘estación’ y ‘cosecha’). Tal semejanza es común a todas las lenguas romances: así ‘año’ y ‘ano’ se escriben respectivamente ‘anno’ y ‘àno’ en italiano, ‘ano’ y ‘ânus’ en portugués, ‘année’ y ‘anus’ en francés.

Por ese origen circular común, hasta la propia historia se registra en crónicas llamadas ‘anales’.

Pero es el excremento —la sustancia que sale del ano—, el más obsceno material. Un desecho digestivo cotidiano y condenado a la vez. Todos los animales defecan al descubierto, sólo el hombre se oculta asustado para hacerlo, y ese temor es social.
Porque los niños de uno y dos años no ven en las heces fecales nada impuro o repugnante. Si se los deja se regocijan jugando con ellas, olfateándolas; son el fruto precioso de su cuerpo, una fuente de poder y placer; los padres, las normas, apremian a los pequeños a abandonar ese placer. Ellos renuncian. Aprenden a entretenerse con masas de barro, suplentes sin olor del excremento (aunque madres y profesoras a veces repelen ese barro tanto como las propias heces). Más tarde el barro es sustituido por arcilla o plastilina que son admitidas por padres y profesores. Los jardines infantiles las compran al por mayor: casi idénticas a la originaria en coloración, forma y textura.

Con los años, los infantes se apartan más de la materia fecal. Comienzan a jugar con arena, su reemplazante desecado. Aunque les distrae más recrearse en la playa o mojar la arena. Excavar agujeros, fabricar modelos y figuras! (hasta los mayores juegan ese juego). Después aprenden a pintar embadurnándose lo dedos. Y el procedimiento continúa hasta que se hacen adultos. Muchos fuman cigarros, mezclando la oralidad del mamar con la analidad que vuelve amarillos los dedos y dientes. Las mujeres acuden a sustitutos más delicados del excremento: cremas, perfumes y labiales.

Pero ya para esa etapa el asunto es una grosería que no tiene relación con la conducta adulta. Pese a ello cualquier estudiante de artes plásticas, de arquitectura o de diseño, podría darse cuenta de lo anal que es su disciplina. Porque no se puede llevar a buen término una obra sin ‘ensuciar’ la pureza original de la materia prima.

Se empieza por defecar y se continua por ensuciar, engrasar, tiznar, manchar, embadurnar, enlodar, cortar, amasar, salpicar, pintar, dibujar, trazar, representar, iluminar, matizar, perfilar, colorear, levantar, esculpir, diseñar, proyectar, cimentar, construir, erigir y —al final— edificar.

Al meditar sobre eso, las groserías ya no parecen tan inservibles porque repentinamente es evidente el encadenamiento que hay entre un humilde residuo de materia fecal —alias mierda— y la más hermosa catedral.

E9 De rodillas y minifaldas, ensayo


La rodilla británica


Por: Alfredo Gutiérrez Borrero
Publicado originalmente en http://www.proyectod.com/ (abril 15 de 2000)

Aunque, con sus 218040 kilómetros cuadrados, la Gran Bretaña es por su tamaño la novena isla en el mundo (después de: 1. Australia, 2. Groenlandia, 3. Nueva Guinea, 4. Borneo, 5. Madagascar, 6. Baffin, 7. Sumatra, y 8. Honshu), es quizá la más importante tierra insular en la historia humana. Antigua colonia romana, punto de fusión racial (de pueblos celtas como los Britanos, los Escoceses, y los Galeses; y de gentes germánicas tales como los Anglos, los Sajones, los Daneses y los Normandos), asiento secular del poderoso Imperio Británico, madre patria de los Estados Unidos de América y territorio originario del inglés, máxima lengua internacional del presente; la Gran Bretaña es (además de un influyente núcleo cultural, industrial e histórico) una región fuente de curiosas tradiciones y cuna de singulares modas. Y son los Británicos, los oriundos de allí, más que cualquier otro pueblo del globo, la colectividad que tiene en mayor estima esa coyuntura que todos tenemos en medio de la pierna. Pocas articulaciones en el cuerpo humano han sido tan fundamentales en las costumbres de un pueblo como la rodilla en Gran Bretaña.

¡Y una rodilla que, además de usarse para reverenciar a Dios o mostrar lealtad a los reyes, escribe la historia es una rodilla cuya historia merece escribirse!

Podría pensarse que desde antaño la falda fue una prenda de vestir propia de las mujeres, pero no es así: hombres egipcios, babilonios, judíos, asirios y persas de todas las clases sociales usaron falda durante la antigüedad; y falda usaron también muchos héroes griegos, cartagineses y romanos; de falda vistieron los troyanos Héctor y París, y los griegos Aquiles y Ulises, Aníbal el Cartaginés, Alejandro Magno, e incluso, en una que otra ocasión, el propio Jesucristo.

Una falda, es de suponer, llevaba puesta Julio Cesar una mañana del año 55 antes de Cristo, cuando con mil doscientos legionarios romanos —todos vistiendo falda como parte de su indumentaria militar— desembarcó en la costa de Kent y se enfrentó con terrible violencia a un grupo de semidesnudos britanos.

Aunque las legiones salieron vencedoras, el resultado de la contienda fue dudoso, pocos días después Cesar tuvo que regresar a pacificar una rebelión en la Galia (hoy Francia), y pasaron más de cien años para que los romanos pudieran ufanarse realmente de haber conquistado la Gran Bretaña (o al menos una parte de ella, porque jamás pudieron dominar a los feroces pictos escoceses).

Lo especial en aquella batalla entre los dirigidos por César y los británicos fue que los guerreros de ambos bandos exhibían a la intemperie y a los golpes enemigos sus viriles rodillas

Desde entonces, cuando Inglaterra aún no pensaba despertar como nación en la mañana de los tiempos, la Gran Bretaña fue una tierra en la que las mujeres de casi todos los grupos étnicos escondían sus rodillas. En contraste los hombres, como muestra de su vigor, aun en el crudo invierno las dejaban ver.

Los rudos y paganos caledonios de las tierras altas o Highlands del norte de Escocia, vestían en la paz y en la guerra las antecesoras de esas faldas de lana plegadas que el folklore ha conservado hasta nuestros días. Se llaman ‘Kilts’ (del danés ‘kilte’ que significa ‘arroparse’), llegan hasta la rodilla y están tejidas en un motivo que presenta cuadros de varios colores, de los cuales cada clan tenía su diseño particular.

La gran ironía es que las faldas a cuadros ‘escoceses’, que visten en sus uniformes las señoritas en todos los colegios del mundo al estilo occidental, tienen su origen en ese kilt, masculino y guerrero, de los clanes escoceses.

Hay que recordar que el clan escocés era un grupo de familias cuyos jefes descendían de un antepasado común, y que la palabra ‘clan’ deriva en últimas del latín ‘planta’ que significa retoño tierno del árbol (Lo cual sugiere una interesante relación entre los vegetales y la cultura. Pero esa es otra historia).

Con la misma tela, denominada tartán, de lana tejida con bandas de diferentes colores y anchos que se cruzan en ángulos rectos, se confeccionaban los ‘plaids’ (‘mantas’ en idioma gaélico-escocés) que los caballeros de esos clanes de las Highlands llevaban sobre el hombro izquierdo. Y de allí surgen todas las bufandas y cobijas ‘escocesas’ que abrigan al mundo.

Empero no sólo los escoceses amaban las faldas y el mostrar las rodillas, también los britanos lo hacían. Por eso en Gran Bretaña, aunque los cánones mundiales de la moda indicaran otra cosa, la adopción de los pantalones largos que viste el hombre moderno fue lenta. Incluso en tiempos de las armaduras numerosos británicos prescindieron en batalla de la ‘poleyn’ o cobertura metálica para la rodilla. Muchos regimientos usaban los ‘trews’ o pantalones cortos ceñidos de tartán, que dejaban ver la rodilla, y aun actualmente numerosos de los uniformes estudiantiles masculinos usan pantalones cortos. En los lóbregos y helados días invernales británicos, los patios de juego están salpicados de rodillas descubiertas saturadas de protuberancias y señales y lacerantemente enrojecidas, de ejércitos de jóvenes que portan pantalones cortos de variados tonos con calcetines largos.

La prudencia recomendaría que se abrigaran a pesar de ello la prudencia le importa poco al orgullo nacional británico.

Y es que, auténticamente, para los pueblos de la Gran Bretaña exponer las rodillas siempre ha insinuado tenacidad masculina: además de evocar los atavíos castrenses de los primitivos britanos, y escoceses, estas articulaciones también se asocian con el gran linaje de exploradores, y forjadores del Imperio que siglo tras siglo dieron renombre a la isla. Ocultarlas evidenciaría el agotamiento del carácter nacional.

De la Gran Bretaña partieron a recorrer junglas, nieves y desiertos, con la rodilla desnuda hasta donde el clima lo permitiera, entre otros muchos exploradores, ingleses, como: Sir Francis Drake (1540-1596) el famoso corsario que dio la vuelta al mundo, Sir Walter Raleigh (1552-1618) el legendario favorito de la reina Isabel, James Cook (1728-1779) marino explorador de Australia y Nueva Caledonia asesinado en una riña con nativos hawaianos, Cecil Rhodes (1853- 1902), multimillonario a los diez y nueve años por la explotación de diamantes, quien consolidó el dominio británico en el sur africano, y probablemente el hombre blanco más importante en la historia del África; o el tristemente capitán Roberto Falcon Scott (1862-1912) que junto con sus compañeros murió en los hielos de la Antártida cuando regresaba de su expedición al Polo Sur. Escocia no se quedó atrás en esta gesta a la que aportó por nombrar algunos a: Mungo Park (1771-1806), médico y explorador, que navegó los ríos Gambia y Níger pese a la ferocidad de los nativos, y David Livingstone (1813-1873) asimismo médico y misionero quien exploró el interior de África.

Claro que el arte británico de mostrar rodillas no acaba allí, porque asimismo el deporte que más las usa nació en la isla: la invención del fútbol contemporáneo pertenece sin dejar dudas a Inglaterra. Según parece, además de faldas, las legiones romanas llevaron a Gran Bretaña el pasatiempo de la pelota que se adaptó a los usos locales y se practicó durante todo el Medioevo.

En el siglo XIV se declaró ilegal jugar pelota, pues generaba que los muchachos desatendieran su entrenamiento en el deporte del tiro con arco que era el único que importaba a la corona, por cuanto facilitaba escoger magníficos militares. Pero el fútbol, o mejor sus antecesores, continuaba practicándose una vez las órdenes restrictivas disminuían su severidad. Por siglos, no obstante, el balompié fue apenas una diversión plebeya que sólo entretenía a las clases bajas.

Más adelante, ya entrando el siglo XIX, comenzaron a encariñarse con el espectáculo de los balones y las patadas los muchachos de las más elegantes familias londinenses. En 1863 se fundó en Londres la Football Association para sistematizar los encuentros y consolidar las formalidades del juego. Éstas pese a la codificación, eran harto ásperas pues toleraban que los miembros de un equipo patearan a los del contrario, así como las embestidas, las zancadillas y el agarrar la bola con las manos. Era extraño el lance en el que no finalizaban algunas muñecas o tobillos maltrechos.

Paso a paso (¿o acaso patada a patada?) fueron modernizándose las normas. Hasta que los equipos que no quisieron aceptar la suavidad de las últimas modificaciones se desligaron de la Asociación y continuaron practicando el deporte duro del viejo estilo con puntapiés y otros roces permitidos. El más prestigioso de esos equipos disidentes provenía de la ciudad de Rugby, ubicada sobre el río Avon en el condado céntrico de Warwickshire, y llegó a acreditar su modo de practicar el juego como un deporte aparte al que dio su nombre y hasta hoy se practica en el mundo.

Después vinieron las Olimpiadas y los Campeonatos Mundiales, las Copas Europeas y los Torneos de Clubes nacionales e internacionales, la FIFA y las entidades continentales, y el fútbol se convirtió en la distracción más multitudinaria que ha conocido la historia. Y desde entonces, perpetuamente con la rodilla desnuda, centenares de futbolistas de la isla como Archie Gemill, Bobby Charlton, Bobby Moore, Gary Lineker, Ian Rush y Kevin Keegan redactan a patadas la memorable empresa del balompié británico.

Eso sin nombrar la amistosa invasión británica al mundo que hicieran los vigorosos Boy Scouts, fundados en 1902 por el barón Robert Stephenson Smyth Baden-Powell (1857-1941), quienes (obviamente en pantalón corto y con la rodilla destapada) llevaron el escultismo —o doctrina scout de la autoconfianza y el servicio a los demás— a adolescentes de todas las latitudes.

Asimismo muchas estrellas del rock británico y otros ritmos musicales modernos, entre las cuales bastará sólo con nombrar al fallecido Freddie Mercury (1946-1991), vocalista nacido en Zanzíbar y líder del famoso grupo Queen, han sido amantes de dar conciertos en pantalón corto.

A diferencia de lo que registra esa ilustre historia de rodillas masculinas, su equivalente femenina siempre estuvo guardada, oculta y protegida, bajo las ropas como el recato mandaba; así las cosas no es sorprendente que, como muestra tardía de la emancipación femenina, hacia 1965, la diseñadora Mary Quant, inventara la minifalda en esa misma isla de Gran Bretaña. Un hecho que constituye el último coletazo rebelde de las mujeres contra la pudorosa dictadura a la que la reina Victoria sometió a sus bisabuelas en el siglo XIX. Sin embargo, el esfuerzo por intentar dar a la rodilla femenina británica la arrogante libertad de la que su colega masculina gozaba desde hace siglos, resultó estéril porque casi al mismo tiempo las medias veladas o ‘pantyhoses’ encarcelaron de nuevo la articulación mujeril en una suave jaula de seda y polyester. Y como la rodilla de la mujer permanece encerrada allí desde entonces (salvo en algunas prácticas deportivas), podemos concluir —digan lo que digan Mary Quant y sus seguidores— que los grandes exponentes de rodilla a lo largo de la epopeya humana fueron machos.

Y que ellos, los hombres, han sido, desde la agonía de la prehistoria, los inventores.

Los verdaderos maestros de la minifalda.

E8 Estás perdiendo el pelo, amigo, ensayo

Estás perdiendo el pelo, amigo
Por: Alfredo Gutiérrez Borrero
Escrito originalmente en www.proyectod.com (agosto 15 de 2000)



Afirmó alguna vez el gran filósofo inglés John Locke que las nuevas opiniones, como las diferencias, son siempre sospechosas y a menudo rechazadas solamente por su condición infrecuente.

Decían diseñadores como el famoso Otl Aicher (exaltado por su mundialmente conocido sistema de pictogramas que, con líneas sencillas representando figuritas humanas, identificó para la historia la actividad de todos los deportes durante y desde los Juegos Olímpicos de Munich hasta nuestros días), que el diseño como actividad iba mucho más allá de crear objetos e imágenes, de manejar los signos y la materialidad y se extendía de la concepción, consecución y puesta en marcha de las capacidades, puntos de vista y actitudes humanas, hasta la forma de plantear el estar y el ser en el mundo.

Y otro renombrado diseñador y escritor, Yves Zimmerman (autor del texto “Del Diseño”. Gustavo Gili 1998) afirma al respecto que quien quiere compenetrarse con el diseño debe repensarlo constantemente, cavilar sobre su naturaleza porque: “En cualquier caso, hace falta menos ruido y más reflexión en torno a nuestra profesión. Reflexionar es distinto que alimentar, en las páginas de los diarios y las pantallas de televisión, la moda en que se ha convertido el diseño. Reflexionar es un trabajo denso, duro y sin lucimiento. Es algo que obviamente no interesa a los promotores del boom del diseño”.

La reflexión es una condición que brilla por su ausencia en todas las actividades humanas: ¿O qué otra cosa sino falta de ella, es lo que hace que, justo el día en que escribo estas letras, un vándalo encapuchado, supuesto estudiante de la Universidad Nacional de Bogotá, mientras protesta por la visita a nuestro país del presidente del “Imperio Norteamericano” asesine volándole la cabeza con una bomba casera a un compatriota suyo, quizá más humilde y hombre del pueblo que él, sólo por ser policía, representar la autoridad e intentar impedir que los de su ralea perturben la vida normal en la ciudad?

¿Por qué sobreviven en nuestro medio concepciones que desde la edad de piedra han debido superarse? ¿Por qué en plena era de la globalización algunos ciegos individuos tratan de clamar por aislar un país del mundo? Hacerle el feo a los estadounidenses y a los europeos sólo por ser tales, ¿No es una actitud tan censurable como la del mismísimo Adolfo Hitler?

En lo que a repensar y replantear las actitudes humanas pocos han sido más grandes para la humanidad que el danés Hans Christian Andersen (1805-1875), y como excelso entre sus ejemplos traigamos a colación la historia de ese Patito Feo: Discriminado por sus congéneres patos por eso que éstos en su juicio irreflexivo estimaban como una severa imperfección, y que al final del relato resulta ser el carácter de un príncipe entre los palmípedos. El patio feo era un aristocrático cisne al que sus detractores, vulgares patos de baja estofa, juzgaban con terrible dureza sin tener siquiera la capacidad de estimar su auténtica belleza.

Y su leyenda muestra cuán vacías y erróneas resultan a menudo las apreciaciones colectivas.

Pues bien, días atrás, mientras aguardaba en la recepción de su oficina a uno de mis camaradas de aventuras de fin de semana, me encontré con otro conocido, que por ventura trabaja en esa misma compañía, el cual examinando mi larga y fina cabellera se quedó mirando mi cabeza y, como si hubiera visto en ella algo repulsivo, me dijo con tono de voz trágico: “Estás perdiendo el pelo, amigo”, a lo que yo repuse (casi avergonzado y sintiéndome presa de alguna enfermedad contagiosa dado el tonillo acusador que él había usado): “¡Pero sí siempre he tenido poco pelo!”. “¿Entonces por qué te lo dejas largo? ¡Deberías cortártelo! Las mamás siempre han dicho que si se deja el pelo largo se cae más”, agregó él despiadadamente. A lo que me quedé preparando muchas posibles réplicas que ya no tuve tiempo de expresar porque la persona a la que estaba esperando a apareció a la puerta e hizo algún comentario y los tres nos fuimos a almorzar. Sin embargo, y aunque sobreviví a ese “ataque” a mi autoestima (más social que otra cosa) me vino, como natural respuesta esta columna.

En principio voy a hablar de la gordura y de la calvicie, expresiones físicas caracterizadas por unos pelos de menos en algunas cabezas y unos kilos de más en algunos cuerpos. Como condiciones humanas éstas son estigmatizadas por el común de la gente, al punto que se hace sentir a quien es gordo o calvo culpable de ser tal: “¿Qué te pasó, cómo te engordaste así?” o “Pero si antes tenías bastante pelo, ¿Cómo lo perdiste?” son interrogaciones que reciben constantemente los obesos y los alopécicos, con una fonación desconsolada que connota lástima de parte de los demás. Y en un tono que indica sobre el rollizo y el pelón la misma reprobación que merece alguien que despilfarra su capital económico con irresponsabilidad.

Pero ¿Quién dijo que el exceso de kilos o la carencia de cabellos son necesariamente enfermedades? Aunque tengo varios amigos calvos —o al menos con poca concentración capilar— ninguno se ha enfermado de calvicie o ha caído a cama por su causa. Asimismo nadie se muere de gordura, aunque claro está el sobrepeso puede conducir a infartos, o complicaciones respiratorias. El punto es que hay en las rutinas humanas una violenta fuerza centrípeta que tiende a homologarlo y a neutralizarlo todo, pues aunque sé que mi amigo no me estaba agrediendo directamente al decirme que no usara el cabello largo, sí hablaba a través de él una cierta reprobación colectiva tradicional que dice que alguien con poco pelo no puede usarlo largo, de la misa forma que un gordo no puede mostrar su torso en público so pena de inspirar las burlas ajenas, o una gorda salir a la playa en bikini. ¿Es lícito que se usen la ropa y la apariencia personal como criterios segregacionistas o campos de discriminación? Y aunque la calvicie y la adiposidad fueran enfermedades

¿Acaso son crímenes?

¿Se es culpable de ser gordo o de ser calvo?, ¿Son dichas manifestaciones físicas pecaminosas desde el punto de vista moral o religioso? ¿Deberían los buenos católicos que las posean acudir al confesionario y decir: “Padre me acuso de ser gorda”, o “Me incrimino por ser calvo…”?

¿Deberían?

Calvos eran entre muchos otros: El poeta francés Charles Baudelaire (1821-1867); El literato venezolano Andrés Bello (1781-1865); El príncipe prusiano Otto Bismarck (1815-1898) padre de la nacionalidad alemana; El corso Napoleón I Bonaparte (1769-1821); El filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955); El poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973); El compositor ruso Sergei Prokofiev (1891-1953); Julio Cesar el romano (101-44 a. de J. C.); El político mexicano Benito Juárez (1806-1872) y el literato inglés William Shakespeare (1564-1616), quien calvo y todo usaba asimismo cabellos largos.

Y entre los gorditos notables, estarían: El reformador protestante Martín Lutero (1483-1546); Los inmortales compositores alemanes Juan Sebastián Bach (1685-1750) y Jorge Federico Handel (1685-1759); Catalina II “La Grande”, o mejor “la gorda”, emperatriz de Rusia (1729-1796) gran organizadora del Imperio Ruso; la también emperatriz María Teresa de Austria (1717-1780); El Papa reformador Juan XXIII (1881-1963); El gran estadista británico Winston Churchill (1874-1965); La reina emperatriz Británica Victoria I (1819-1901); y por supuesto las figuras de Buda y Papá Noel (o Santa Claus), tal como las retrata la tradición. Y obsérvese que todos eso gorditos vivieron vidas que superaron los sesenta años.

Espero que con tantas emperatrices y celebridades gordas en la lista, algunos reconsideren su tendencia a acomplejarse por sus kilos de más, y se enorgullezcan un poco de contar con tanto peso en la realeza.

De paso anotaré que soy zurdo, o “siniestro”, y en otro tiempo no muy lejano cuando tal condición recibía el mismo trato denigrante y discriminatorio que la gordura y la calvicie eso me habría acarreado también censura y limitación.

A riesgo de usurpar atribuciones a los expertos en ciencias de la salud y la estética, agregaré que tanto: 1. La calvicie: Ausencia definitiva, o deficiencia irremediable del cabello por atrofia de los bulbos pilosos (debida a vejez, pitiriasis o caspa excesiva, o seborrea crónica por segregación de grasa), como 2. La obesidad o trastorno nutricional que genera un sobrepeso al individuo algo superior al normal para su talla (por exceso de alimentación, falta de ejercicio o trastornos hormonales diversos), son sólo peculiaridades que no hacen a nadie ni peor ni mejor, ni obligan a quienes las poseen a comportarse de alguna manera en especial (si bien presumo que algunos obesos tienen, en virtud de sus hábitos ‘devóralo-todo’, mayor conexión con su rolliza condición que la mayoría de los pelones). Lo que sí es patético es sentirse un delincuente estético por ellas y enmascararlas, como el calvo que usa bisoñé para aparecer ‘bien’, o se deja crecer un par de kilométricos mechones que pega con gomina a su cráneo desnudo, o la gorda que se faja para aparentar ‘esbeltez’. Dichas conductas apocadas son instigadas por la oleada de publicidad que perpetúa los más estúpidos y discriminatorios convencionalismos en aras de aumentar las ventas de una serie de inútiles menjurjes cosméticos y de popularizar costosos tratamientos médicos (innecesarios la mayoría de las veces), sin que —en la abrumadora generalidad de los casos— se modifique en lo más mínimo la verdadera causa del supuesto padecimiento que quieren solucionar:


Una tendencia genética indeleble.

A veces es menester perder o ganar algo para progresar: El renacuajo pierde la cola y las agallas para convertirse en sapo o rana adulta y conquistar la superficie; Y la oruga tiene que abandonar el lastre del capullo para transformarse en mariposa; El barroco y el rococó como estilos arquitectónicos tuvieron que perder los detalles exagerados y fútiles para evolucionar hacia la arquitectura contemporánea. La metamorfosis de un estilo artístico para convertirse en otro, presumiblemente superior la mayoría de las veces, con frecuencia se da cuando el nuevo estilo se despoja o prescinde de los impedimentos del anterior.

Convendría recordar que las tendencias cambian y —mientras en una época los calvos como Fu-Manchú y Lex Lutor, quizá en tanto ecos de prejuicios generalizados dentro de las mentes de sus creadores, eran los villanos de los cuentos de aventuras— hoy, un calvo, Jean Luc Picard es el capitán más celebre en todas las series de Star-Trek, (Viaje a las estrellas), mientras otro, más calvo aún, Charles Xavier es el jefe absoluto de los X-Men, famosos paladines de la Marvel Comics.

Si la propia teoría de la evolución es cierta, es muy probable que en un momento dado los peludos hombres de Neandertal interrogaran burlones con inquietudes surgidas de sus pequeños cerebros a los lampiños hombres de Cromagnon. Quizá en sus mofas dijeron cosas como: ¿Qué le paso a tu cuerpo, a qué horas perdiste el pelo? Deberías cubrir más ese imberbe cuerpo ¿Por qué no te arropas? (Y el Cromagnon, tal vez avergonzado, inventó el vestido)… O, bien pudo decir de igual modo el Neandertal a su colega Cromagnon: ¿Qué le sucedió a tus mandíbulas prominentes y a tu pequeño cráneo? ¿Acaso empujaste tu quijada al interior de tu cabeza y eso te agrandó el cerebro? (Y entonces, asumimos, el hombre de Cromagnon utilizando su superior capacidad, y sus centímetros extra de masa encefálica, se quedó meditando una respuesta, y comenzó a escribir la historia para responderle al hombre de Neandertal, pero para cuando iba con su redacción por los primeros capítulos del relato, su primo Neandertal ya se había extinto…).

Por eso es adecuado rematar este escrito con unas palabras de Luther Burbank (1849-1926), célebre horticultor y criador de plantas estadounidense: “Es bueno para la gente que piensa, asear de vez en cuando sus mentes para mantenerlas limpias. Y para aquellos que no piensan, eso es conveniente al menos para ordenar sus prejuicios de vez en cuando”.

Así que amigos, calvos, gordos, zurdos, negros, homosexuales y demás diferentes minorías discriminadas del mundo, nunca tengan miedo de asumirse como cisnes y perder el pelo y jamás, bajo ninguna circunstancia (pero siempre, claro, dentro de lo que el respeto hacia el prójimo señala) permitan que los ‘patos’ “normales” los hagan sentir culpables por ello.

Reacuérdenlo: somos cisnes.

lunes, marzo 28, 2005

E7 Prospectiva: hacia un diseño con sentido, ensayo

Prospectiva: hacia un diseño con sentido

Por: Alfredo Gutiérrez Borrero (originalmente publicado el 26 de mayo de 2004)

Todo profesional recién graduado abriga proyectos y esperanzas acerca de su porvenir profesional; sin embargo, las obligadas decisiones que ha de tomar acerca de la dirección del rumbo inmediato de su quehacer laboral son también usual fuente de alarmantes preocupaciones. “Bueno, tengo un grado ¿y ahora qué hago?”, es la inacabable cantinela que se repite a sí mismo sin cesar..., y con frecuencia las respuestas, si acaso surgen de su interior lo hacen igualmente en forma interrogativa: “¿Puedo sobrevivir como diseñador independiente? ¿tengo chance de conseguir un buen empleo? ¿hago una especialización para aumentar mis posibilidades de labrarme un mañana prometedor?”. La escogencia que resulta del repetitivo monólogo interior, condicionada como está la mayoría de las veces por la premura y la presión de amigos o familiares, casi siempre se verifica deprisa y su pertinencia queda sometida al azar cuando no al desengaño en muchos casos.

El apuro tiene, además, el desagradable efecto de hacer olvidar la pregunta fundamental: “¿Qué quiero?”, misma que con un poco de sentido común —cualquiera convendrá— es el punto de partida lógico de una sensata trayectoria profesional. Ahora bien, quien consiga responder a esa cuestión debería, acto seguido, evaluar cuáles son las competencias en las que él o ella es hábil, y tratar de que aquello que forzosamente le toque hacer involucre el mayor grado posible de agrado y aptitud de su parte. Ello porque, tal como afirmé en un escrito anterior, las oportunidades de obtener el mejor desempeño practicable están estrechamente relacionadas con la capacidad para hacer coincidir en el actuar laboral tres diferentes ‘esos’: 1. Eso que quieres hacer, con 2. Eso para lo cual eres bueno, con 3. Eso que tienes que hacer por fuerza mayor. Por supuesto es inverosímil (y por demás iluso) aspirar a obtener una concomitancia del ciento por ciento entre los tres factores, lo cual no obsta que se intente conseguir el máximo posible de correlación entre ellos.

Si ese fuera todo el secreto el asunto se simplificaría bastante salvo que, a continuación, surge un gran ‘pero’.

¿Estoy seguro?
Es preciso poseer algún rango de certidumbre respecto a lo que se quiere, se puede y se debe; y determinar ese rango es algo para lo cual la sola preparación universitaria ha revelado en la práctica ser harto insuficiente. Una deliberación prolongada y concienzuda sobre el particular podría incluso mostrar (a quien se tome el trabajo de llevarla a efecto) que quizá pensaba querer algo que en realidad no le apetecía tanto, o que le faltaba la destreza imprescindible para lo que creía poder hacer, o tal vez que había alternativas distintas al curso de acción que juzgaba ineludible y ni siquiera las había contemplado.

Ahí entra en escena el ejercicio prospectivo que plantea “Futuro con Diseño”, un seminario que, con agridulces resultados y desde hace un año, venimos realizando un grupo de consultores —entre los cuales me incluyo— con el fin de aportar a quien está en la coyuntura de estrenarse en el medio profesional como diseñador varios, panoramas posibles para optimizar la exploración del futuro de la disciplina y facilitar un subsiguiente desenvolvimiento apropiado en él.

Antes de asistir a un evento como ese, es pertinente revisar nuestros más profundos intereses, recordemos que como afirmó Habermas “no hay conocimiento alguno sin interés previo que le dé sentido”. Pese a ello es propio liberarse de las preconcepciones, e ir con mente abierta en lugar de hacerlo esperando “oír lo que se quiere oír”, y comprender que durante los próximos años la estabilidad en la vida profesional estará dada por la novedad. En conformidad, el diseñador tiene que disponerse a aceptar sobre la marcha una continua revaluación de prioridades para sortear los escollos (u oportunidades, según se les mire) que pondrán en su camino las cambiantes realidades. Es más, la segunda mitad de la primera década del siglo XXI se caracterizará por innovaciones instantáneas y enrevesadas que llevarán la profesión (y la civilización en general) a contextos verdaderamente insólitos.

Sin duda lo que precisa conocer quien aspira a orientar su futuro es en qué medida puede escoger la clase de actividad que ejercerá en medio de esa versátil sociedad. En palabras del reconocido infonomista (neologismo con el que se denomina a los expertos en información) catalán Josep Burcet Llampayas la lucha que viene “se dará en torno a la capacidad de diseñar nuestro propio futuro inmediato”. Al respecto, dice el propio Burcet, conviene apercibirse de que prever los inesperados efectos de las nuevas tecnologías es casi irrealizable, y comenta como ejemplo que durante el año 1990 las grandes editoriales publicaron varias obras sobre las principales tendencias del mañana y... ¡En ninguna de ellas se hizo alusión a algo similar a la Internet! (pensemos en el impresionante desarrollo comunicacional que se inició en 1991 al suministrarse al público las especificaciones de la WWW y después, en 1995, condujo al crecimiento exponencial de la red).

El porvenir aparece altamente nebuloso debido a las dinámicas de la globalización. Y los próximos desarrollos de cada sendero personal serán afectados por: 1. Componentes imprevisibles 2. Componentes fortuitos. 3. Componentes causales cuya anticipación es factible en cierto modo (y por los cuales se organiza un evento como “Futuro con Diseño”). Estos tres aspectos se amalgaman y las consecuencias integradas de su combinación prevalecen sobre los resultados que cada uno produce por separado. Por eso, a la hora de seleccionar un curso de acción particular es fundamental hacerlo con tolerancia, es decir, considerar opiniones y prácticas ajenas a las personales predeterminadas: una conducta tolerante amplía el abanico de posibilidades y agiliza la aceptación de la novedad.

El advenimiento de la sociedad de transformación
El objetivo fundamental de “Futuro con Diseño” más que determinar un destino fijo es propiciar condiciones para que el novel diseñador profesional halle su rumbo dentro del porvenir más viable. Hipotéticamente encontrar ese sendero no debería requerir demasiado esfuerzo pues las sociedades post-industriales, como se denomina a las sociedades contemporáneas más avanzadas, están en este preciso instante literalmente hasta el tope con nuevas propuestas de diseño y los presagios apuntan a que pronto absolutamente todo producto cultural se fundamentará en el diseño. Es más, afirma Josep Burcet, en un lapso cercano a cinco años o menos, cualquier aspecto de la producción humana pasará a considerase objeto de diseño y entonces las sociedades post-industriales se convertirán en sociedades de transformación. Esto es válido para objetos materiales e inmateriales, ya sean aparatos de frecuente uso cotidiano o conceptos estratégicos para emplearse en eventos particulares; y lo mismo acontecerá al crear elementos que gratifiquen los sentidos, comuniquen hermosura o solventen problemas prácticos. Empero, examinada a fondo esa atmósfera de innovación exacerbada conlleva sus propios inconvenientes... Máxime cuando el diseño (en todas sus subdivisiones), a más de estar involucrado en la corrección de la mayor parte de los problemas, empieza él mismo a tener injerencia en algunos y a causar otros, lo cual se convierte en una paradoja. Como consecuencia de ello cada vez conocemos más sobre lo que podemos hacer e irónicamente entendemos menos qué debemos hacer. Con frecuencia el exceso de información exige una labor intensa de filtrado para extractar de entre ésta el conocimiento útil (que a turno su resulta asimismo excesivo). Por ende, la sobreabundancia de conocimiento aniquila la sabiduría (entendida como esa conducta prudente para asumir la vida y los negocios, fruto de un profundo conocimiento aplicado de la disciplina en la que se es más o menos sabio), y nos conduce —aunque parezca una perogrullada— a desconocer lo que desconocemos y a continuar, ante nuestra imposibilidad para formular las preguntas adecuadas, sin recibir las respuestas indicadas.

Bien sabido es que la existencia profesional transcurre en un limbo entre lo posible y lo deseable, y por lo general es catalogada como satisfactoria por todos aquellos para quienes la separación entre ambos no es muy dilatada. Ahora bien, quizá la más grande de las contradicciones al dar al salto al profesionalismo —para un diseñador o para otro profesional cualquiera— es el casi total desconocimiento de lo que debe hacer con lo que sabe. Eso sin mencionar que todos ignoran en realidad las eventuales repercusiones de la aplicación de su conocimiento.

Hoy esas contradicciones son aún más perturbadoras, toda vez que si los progresos, avances, adelantos o perfeccionamientos humanos eran hasta mediados del siglo XX casi accidentales, del último cuarto de esa centuria hasta nuestros días la novedad se busca conscientemente, y el cambio continuo es la característica omnipresente, a tal punto que tras recibir el diploma que los acredita como profesionales, muchos individuos descubren que el bagaje cognitivo que recibieron en la universidad es insuficiente o se ha tornado obsoleto.

La globalización: autopista hacia la sociedad de transformación
El quid de tan vertiginoso cambio en el mercado laboral está en buena ley dado por el fenómeno denominado globalización del cual todos creen saber algo si bien muy pocos se han detenido a informarse y reflexionar al respecto. A decir verdad es un coloso sociológico mundial constante cuya significación es diversa para cada uno de los afectados.

A fin de percibir en algún grado el influjo de la globalización en cada uno de nosotros, es menester estudiar las peculiaridades de la cultura actual regida según los dictámenes de la tecnología de punta (puesta sobretodo al servicio de la publicidad, en la sociedad de consumo). Para eso el punto de partida es reconocer que el impresionante adelanto y la masificación de la televisión transformaron dicho aparato (la TV) en la base de la industria del entretenimiento por antonomasia. En virtud de ello se estableció la superioridad cultural de lo visual en una sociedad cuyos miembros nos inclinamos a atribuir mayor validez existencial a lo que vemos que a aquello que escuchamos o imaginamos. A tal punto que a menudo aceptamos con pasmosa facilidad lo que la pantalla proyecta como lo legítimamente real. Es notoria, en esta dirección, una tendencia a equiparar términos como ‘verdad’ y ‘realidad’ con ‘actualidad’. Consideremos para discernir la sutil diferencia que mientras la ‘actualidad’ es la cosa o suceso que atrae y ocupa la atención del común de las gentes en un momento dado, la ‘realidad’ y la ‘verdad’ corresponden a aquello que ocurre verdaderamente. Lo uno no necesariamente implica lo otro, pues puede ser que lo ‘actual’ magnificado por la televisión sea fantástico, ilusorio y carente de valor práctico en tanto la esencia ‘real’ de las circunstancias pasa desapercibida o es velada intencionalmente.

Del mismo modo la popularización de Internet forja un nexo cosmopolita incorpóreo que relega el contacto sensorial a un segundo plano y refuerza la condición del cerebro como ente supervisor y tamiz de impresiones, intereses y (acaso) sentimientos. Las interrelaciones humanas se uniforman: previamente a conocer a otro individuo en su particularidad, éste se nos revela a través de una tipografía, un protocolo tecnológico y unos equipos preestablecidos. La prontitud, la brevedad exagerada del tiempo y el lenguaje resumido rigen las conexiones, e incluso los afectos. De allí que aun sin entrar a describir en detalle la susodicha globalización sea pertinente consignar algunos de sus rasgos distintivos. Cinco de ellos son señalados a este tenor por el filósofo chileno Martín Hopenhayn:

1. La hegemonía de la novedad difunde continuamente neologismos (palabras nuevas que se incorporan al idioma) y los medios masivos de comunicación, auténticas fábricas de afectos invaden al ciudadano común con imágenes prefabricadas imponiendo a todos su visión de la actualidad. Eso genera la sensación de que el proceso comunicativo es interminable y, en consecuencia, sin principio. Se derogan el ayer y el mañana. Las realidades se tornan múltiples y desechables y el planeta se reconfigura según el último clip noticioso de CNN que puede ‘almacenarse’ para siempre en un disco compacto o inspirar un videojuego.

2. El ámbito cotidiano avanza en círculos y se hace superfluo en el tiempo y el espacio. La certeza se resquebraja debido a la inseguridad laboral, la aceleración del cambio técnico, la volubilidad de los roles familiares y la variabilidad de las condiciones económicas.

3. La velocidad prevalece sobre otras sensaciones en las nuevas formas de experimentar la cotidianidad. El sujeto tiene que comunicarse e informarse aprisa, pagar servicios, cumplir plazos y permanecer sintonizado con circunstancias presentadas como actualidad por los medios masivos de comunicación. En virtud de ello el humano ha de adaptarse continuamente a la acelerada propagación de la tecnología moderna y, conforme a ello, avanzar velozmente. Tal avance, a su turno, es en un sentido dado por la presión del grupo social y radica, por ejemplo, en consumir ciertos bienes y tomar ciertos servicios suntuarios —o peor todavía innecesarios a la luz de un análisis riguroso— antes que en saciar sus necesidades más íntimas de auto-crecimiento (con sus términos particulares y a su libre albedrío).

4. Lo inmediato asciende al más elevado nivel jerárquico en la escala de valores, y se instituye como la frontera exclusiva de las posibilidades particulares. El inconveniente aquí, cavila Hopenhayn, es que no se experimenta lo inmediato como medio de alcanzar un horizonte de sentido a largo plazo sino que se percibe como un horizonte en sí mismo.

5. El minimalismo se convierte en otro de los valores fundamentales. Los desempeños circunstanciales y los logros rápidos obtenidos en el día a día, adquieren mayor reputación que las realizaciones a largo plazo. Los esfuerzos que se emprenden para obtener un bienestar distante son percibidos como impracticables, como lentos, indolentes o inútiles aunque, su lentitud sea relativa y sólo se fije al cotejarlos con un modo de vida apresurado y fragmentario.

Vivir en y para el cambio
Incluso en la sociedad industrial, la tradición era la fuerza regente en los comportamientos colectivos. En el mundo post-industrial y de transformación ese lugar pasará a ser ocupado por la novedad: la cosa nueva y cambiante. En última instancia, el diseño surge como un acto de administración de novedad (concebirla, prepararla y suministrarla). La sociedad de transformación podría denominarse asimismo “sociedad del diseño”, pues con la expansión de la disciplina a todas las esferas de la existencia, hacer inéditas interpretaciones de la realidad o replantear ‘diseñísticamente’ las necesidades pasa de ser un suceso original (ejecutado espaciadamente por un exiguo número de expertos) para mutar y tornarse en una acción usual puesta en efecto por un creciente número de individuos.

Dado que lo desconocido magnetizará y polarizará al género humano, la labor del diseñador será promover mediante la creatividad el perfeccionamiento de aquellos entornos en los que se especialice (y las áreas de especialización aumentarán hasta unas cotas hoy inimaginables). Para llevar a buen término ese cometido es importante notar que en todo producto o servicio industrial, y en toda obra de arte incluso, hay un elemento conocido (que los expertos en información denominan: ‘confirmador’ o ‘confirmación’) y otro desconocido al que designan ‘novedad’. La aceptación por parte del público —sea este el jefe, el cliente o el alumno— del proyecto de diseño está abocada en opinión de infonomistas como Burcet a la repercusión de tres agentes que conviven dentro de cada individuo:

1. El bagaje intelectual, entendido como el conjunto de conocimientos y experiencias adquiridos previamente. 2. Las reacciones emocionales suscitadas por la propuesta y 3. La vitalidad propia de la persona para asimilarlo. A la hora de aceptar o rechazar cualquier elemento, desde una idea hasta un automóvil pasando por una reforma de los reglamentos empresariales, cada uno de tales agentes puede otorgar ventajas o aparecer como un estorbo. En ese orden de ideas saber mucho puede vigorizar la capacidad de aceptar lo inexplorado, pero tristemente (y con más reiteración) sirve justo para lo contrario y el poseedor de un amplio acervo cognitivo a menudo se torna quisquilloso y soberbio e impugna cualquier cosa que se aparte de las “verdades reveladas” que cree poseer. De todos modos el resultado, favorable o no, del proyecto pionero (que en el caso del futuro profesional es el diseñador mismo) dependerá de si quien se encuentra con una propuesta de diseño extraña le halla sentido, en tanto razón de ser o finalidad.

Ahora bien, aun cuando en la formación universitaria en buena parte del mundo se continúa favoreciendo la dicotomía de “aprobado y desaprobado” o “agradable y desagradable” lo verídico es que la novedad puede comunicar emociones contrarias. Y una cosa consigue simultáneamente repugnarnos y seducirnos sin que la relación entre ambas sensaciones sea inversamente proporcional. Incluso puede dejarnos indiferentes y no producir en nuestro interior (o en el de nuestro cliente, público o empleador) ninguna reacción. Así, para quienes condescienden con lo venidero un producto puede ser llamativo por su originalidad; en caso contrario se favorecerán aquellas creaciones que gratifiquen un gusto más conservador. Si algo es a la vez muy atractivo y muy repelente motiva una reacción ambigua en quienes se lo encuentran; cosa que se traduce, debido a la gran fluctuación entre la novedad y la confirmación, en una mayor respuesta emotiva. Un producto o servicio así desencadena grandes emociones. Sin embargo liberar fuertes respuestas emotivas muchas veces no es lo mejor para un elemento de diseño (ni tampoco para un diseñador), pues si bien proporciona vivencias extremas causa asimismo en quien lo experimenta molestias interiores. Es más, para facilitar la asimilación de la novedad y apurar la ansiedad de la discusión interior lo más normal es suprimir pronto una de las dos emociones antagónicas y escoger la otra tomando partido de inmediato: “esto definitivamente me gusta” o “esto me disgusta del todo”. También hay ocasiones en que o bien objetamos cualquier elemento de confirmación en un producto: “esto es incomprensible, no lo entiendo”; o bien descartamos cualquier novedad en él: “la misma vaina de siempre”. Una tercera estrategia para atenuar las molestias que causan los sentimientos encontrados es la que dicta aquel refrán de acuerdo al cual “del amor al odio no hay sino un paso”. Las simpatías o antipatías de la opinión pública, las vertiginosas subidas en cuanto a popularidad o las dramáticas caídas de los personajes políticos son muestra de ello; y lo mismo pasa con los posibles novios o novias, y con las mercancías o las ideas: inicialmente se da preeminencia a la suspicacia y el recelo, más adelante damos paso al entusiasmo y al interés: “al principio sentí que eso de hacer empresa no era para mí...” (pues exclusivamente experimentaba la angustia de lo nuevo y evitaba percibir las posibilidades de crecimiento que asumir el riesgo de ser empresario le reportaría); “pero ahora que lo pienso mejor, ser empresario es una maravilla...” (está tan optimista que pasa por alto la gran cantidad de trabajo que habrá de efectuar para posicionarse en el mercado).

Gris más que negro o blanco
Hay en nuestro medio, como herencia de viejas épocas, una fuerte censura hacia cualquier conducta ambigua, a eso que pueda entenderse de varios modos o admitir distintas interpretaciones y dar, por consiguiente, motivo a dudas, incertidumbre o confusión. Empero, cuando el asunto es decidir el futuro profesional es saludable desafiar transitoriamente la presión colectiva. De hecho, la ambigüedad puede tener sus ventajas... pensemos en los anfibios que ni son terrícolas ni acuáticos sino un poco de las dos cosas. Hay que permitirse elaborar la ambivalencia que un reto nos causa y evitar sucumbir demasiado rápido al deseo de ser previsibles; aunque todos nuestros parientes y amigos se afanen por hacernos inclinar en uno u otro sentido y nos tilden de erráticos, inconsistentes, e inmaduros... traicioneros ¡o hasta peligrosos! si tardamos en hacerlo. Al punto, evaluemos por asociación libre estas frases: “es que es una persona doble...”, “con esa vieja nunca se sabe”, “quiero saber ¿qué puedo esperar de ti?”, “¡necesito que me definas algo!”, “con él ignoro a qué atenerme”. ¿Nos resultan positivas o negativas? Sin duda la persona que las inspira no es de fiar ¿verdad? Lo anterior revela una directriz infalible: los amantes de la seguridad y la confirmación harían bien en buscar la tranquilidad que proporciona un empleo; quienes en contraste disfrutan el riesgo y lo extremo han de favorecer más la búsqueda de clientes como diseñadores independientes o trabajadores a destajo (según la equivalencia en castellano del advenedizo ‘freelance’). Quizá el camino del aprendizaje continuo —y no me refiero sólo a la especialización validada por un título universitario, o a la práctica en una gran empresa extranjera, sino también a la investigación en solitario o al filosofar sobre la profesión— comporta tanto de novedad como de confirmación y requiere una mentalidad más paradójica.

Como sea, navegar con autonomía en el mar del mañana requiere dominar la habilidad de alojar internamente estados de ánimos contradictorios sin perder la seguridad. Quien cultive tal facultad enfrentará la novedad y se adaptará a los cambios mediante lo que el catalán Burcet llama la “disipación de la respuesta emocional”. Sin embargo es complicado acoger y dar vía a sensaciones encontradas. Si antes no se desarrolla cierta inmunidad a la angustia es posible acabar naufragando en un estancamiento impulsivo. Pero si se pone empeño en el asunto al final será posible asumir un curso de acción coherente, consistente y previsible sin renunciar a la ambigüedad, y convertir la respuesta emocional en una acción mucho más significativa que si se prescindiera de ello.

En busca de la actividad adecuada
La energía contradictoria que suscita la novedad y deviene en respuestas emocionales fuertes debe poder disiparse mediante la actividad. Ello presupone vencer la inhibición que es el espacio existente entre la idea y la acción. Herencia, o mejor lastre, de la vieja época es la adicción a la certidumbre, como a todas las adicciones también a esta se accede intentando huir de dolor y de la frustración que la duda engendra. Lo cual produce una fijación y un condicionamiento negativo que empuja siempre en el mismo sentido. El condicionamiento positivo, en contraste, impulsa a la búsqueda del placer del descubrimiento y la creación (que supongo ha de ser el fruto más anhelado de profesar el diseño) y quien lo posee no repara en mientes para embarcarse en nuevas aventuras... Si ciertamente se desean, claro, pues es habitual en muchos individuos fantasear con destinos a los que en realidad jamás quieren llegar. Otros hay que se burlan de las propuestas insólitas sin saber que reírse de ellas es la mejor manera de ocultar la inquietud que éstas les causan.

Uno de los principales problemas del estudiante recién graduado, e incluso de mucho profesional veterano, es la asunción de saberlo todo que lleva a la creación de un pequeño universo egocéntrico que oculta no pocos complejos de inferioridad. A decir verdad, es la apertura a la revisión de la mentalidad propia lo que connota un intelecto superior: abrir fronteras cognitivas es el derrotero de la nueva época y la mejor forma de respetarse a sí mismo es interactuar con los demás, ayudarlos y de paso ser ayudado por ellos.

La mecánica del reto es más o menos así: X tiene que escoger su futuro profesional, y se le presentan múltiples opciones, las más novedosas le apetecen más pero también lo inquietan más, así que debe elegir una y actuar. Sería muy triste que escogiera la más cómoda por cuanto podría condenarlo a la inmovilidad del desierto creativo. Va a diseñar su futuro inmediato... y para ello ha de asimilar bien la novedad y disiparla mediante la acción correcta. Hasta allí todo comprensible excepto que... ¿cuál es la acción correcta? Mi opinión (hay otras muchas quizá más válidas), que comulga con la de Burcet y otros infonomistas, es que hay un crecimiento cualitativo cuando se produce una comunicación eficiente entre el hombre y sus circunstancias. Lo cual varía según la persona: para éste puede ser óptima una actividad rápida que se lleva a cabo con celeridad, empero a aquél quizá le venga mejor una actividad que aunque calmada y lenta sea más prolongada en el largo plazo e implique perseverancia y una alta motivación durante mucho tiempo. El empeño en alcanzar un objetivo distante (y a menudo imposible para terceros) ocasionalmente indica una poderosa respuesta emocional al consagrar por meses y años toda la energía de un individuo a la coronación de una empresa. Al final, las preguntas persisten ¿dónde encontramos mayor satisfacción? ¿en la confirmación o en la novedad? ¿En la seguridad de lo preestablecido, o en la asunción del riesgos más allá de ello?

Las condiciones ideales de trabajo
A pesar de que aún es poco viable, lo ideal sería buscar entornos laborales que nos proporcionen una combinación lo más personalizada posible de labor individual y de equipo, de aislamiento y de apertura, de seguridad y de riesgo, ¡y como es obvio de novedad y confirmación! De obtenerse tal escenario cada quien se las arreglará con aquello que más requiere para desarrollarse plenamente como persona y como profesional.

El grado de libertad relativo del que se disponga en el medio laboral es asimismo de suma importancia por cuanto: a más libertad mayores posibilidades de comunicación efectiva, a mayor comunicación efectiva mayor cantidad y mejores opciones entre las cuales escoger, a más y mejores opciones mayor numero de aciertos en la elección... La mezcla de novedad y confirmación ideal es particular para cada persona y para cada ocasión, esto significa que, para alcanzar un nivel alto de eficiencia cada compuesto debería estar muy personalizado. En consecuencia, todos las ventajas que obtengamos en materia de personalización (ojo, no de egocentrismo) son vitales para vigorizar nuestro crecimiento cualitativo. Por ello la estrategia individual debe encaminarse a sortear cualquier factor que nos impida la máxima personalización del trabajo. Lo cual, insisto, nos muestra un eventual axioma de las sociedades de transformación: cuanto mejor es la comunicación, mejores y más numerosas son las alternativas que uno puede elegir. Y los aciertos al hacerlo.

El mito de la comodidad
Es normal suponer que en el Primer mundo (Europa, Estados Unidos, etcétera) los gobiernos y las leyes garantizan, protegen y promueven la libertad. Tal conjetura es parcialmente acertada por cuanto aunque dichas facilidades jurídicas evidencian algunas ventajas relativas de las gentes primer mundistas respecto a la libertad efectiva de la que disfrutan los ciudadanos de las naciones del Segundo y el Tercer mundo, ciertamente el nivel de libertad efectivas es todavía precario incluso en esas sociedades: En todas ellas hay millones de individuos asfixiados durante décadas por ocupaciones que los fastidian, constreñidos a obedecer normas y horarios que abominan y encerrados en ambientes laborales que les resultan intolerables. Todos ellos, de ser viable, abandonarían sus trabajos, sin embargo no pueden hacerlo. Carecen de independencia suficiente para ello. Por tal motivo millones de personas suspiran (¿o suspiramos?) por ganarse de buenas a primeras el baloto o una lotería para mandar al cuerno algunas de las personas con quienes conviven, la casa donde habitan, el trabajo que desempeñan o desentenderse de la decisión que deben tomar acerca de su futuro profesional.

La tesis de Burcet es que, en lugar de esperar a que caiga del cielo el premio gordo de una lotería, es menester emprender el camino, lento, dificultoso, nada inmediato, e incluso desesperante para algunos, de la intensificación y la mejora cualitativa de la comunicación. Acabar con la cultura del secreto y comenzar con la de la transparencia. Sin embargo no todo es soplar y hacer botellas, y aquí es que el mito de la comodidad obnubila el juicio de muchos profesionales del diseño (y de casi toda la población en general) pues es un despropósito asumir que las soluciones espectaculares están al alcance de la mano. Como rezaba aquella vieja serie de televisión: “quieren fama, ¡entonces comiencen a pagarla con sudor!”. En virtud de ello, abrigo mis dudas (y aconsejo a los demás hacerlo también) acerca de las bondades reales de los diez truquitos de recetario para lograr salud, dinero y amor (aunque yo mismo no este exento de emplearlos). Es lamentable pero el mito de la comodidad nos ha llevado a desesperarnos si en cinco minutos no obtenemos lo que queremos... Dizque porque la tecnología simplificará todos los procesos hasta decir no más. A este respecto un conocido escritor de ciencia ficción anotó “mientras la tecnología sea diferente de la magia el futuro no habrá llegado del todo”, y tenía razón y si se medita más sobre el punto se concluirá que dicho futuro está aún muy (pero muy) remoto.

Tal vez el hecho de que tengamos a un clic de distancia por messenger a alguien que está en el otro lado del mundo nos ha llevado a engañarnos, a creer que las cosas deben y pueden ser hiper-simplificadas. Nada más lejano de la realidad, en efecto, las formas de uso más superficiales serán cada vez más sencillas, pero quienes aspiren a obtener la excelencia a partir de las posibilidades más pujantes que brinden las tecnologías de comunicación en las siguientes décadas EN CUALQUIER CAMPO DE LA ACTIVIDAD HUMANA tendrán como hoy que realizar tremendos esfuerzos particulares, aunque se hayan facilitado las formas más triviales de objetos y servicios de uso. Lo que sí resulta natural es que la combinación más productiva concebible está integrada por la mezcla de las novedades “que nos toca sufrir” en función del proceso evolutivo de cada momento con el grado de la confirmación de las partes más nobles y consistentes de las raíces y las tradiciones.

Así las cosas, el crecimiento profesional y personal, el futuro con sentido en los años venideros estará dado —ya sea que se tome la senda de la independencia, la del empleo o la de la especialización— por el continuo crecimiento cualitativo de cada quien (y esperemos de la sociedad como un todo). Para salir vencedores en ese reto, necesitamos calcular conformemente la mezcla de confirmación y novedad satisfactoria en cada iniciativa que emprendamos (recordando que únicamente la novedad conduce al crecimiento cualitativo) y disipar fluidamente mediante la acción creativa la respuesta emocional que los contextos cambiantes nos generen. Los más ambiciosos, presumo, buscarán un diálogo constante con su entorno y lo traducirán en admisiones y disipaciones de novedad mediante la acción, mismas de las que obtendrán cada vez mejores soluciones de diseño a la problemática del día a día.

Todo lo cual implica valentía, sacrificio, empeño, y mucho más palabras que las cinco mil anteriores.

jueves, marzo 24, 2005

E6 Una lúdica historia (con chimpancés a bordo) ensayo

Una lúdica historia (con chimpancés a bordo)
Por Alfredo Gutiérrez Borrero, fecha original de escritura: octubre 15 de 2000

Hablar de la infancia debería ser un asunto gracioso como retozar en la playa, e igual de sabroso a saborear un pastel de manzana una mañana soleada. Muy a menudo, por desgracia, la humanidad contemporánea ha hecho el tema denso y soporífero.

En el mundo moderno es evidente el interés en la educación de los niños, de unos niños a los cuales los sistemas políticos, religiosos y académicos esperan convertir en seres humanos integrales, esto es: excelentes ciudadanos, feligreses, estudiantes o soldados. Sin embargo resulta doloroso que —debido a una visión utilitaria y competitiva del universo— el influjo de la parte más mecanizada, apergaminada y beligerante de las llamadas ciencias sociales (tales como la psicología, la sociología e incluso la filología) se haga sentir con sofocante fuerza en numerosas disciplinas, incluido el diseño industrial, en especial en el área del mismo que busca contribuir a perfeccionar, mediante su oficio y sus creaciones, los potenciales del desarrollo infantil.

Tan funesta tendencia procede de una dilatada amalgama de profesiones cuyos sabelotodos teóricos se regodean en el uso de términos tales como: pedagogía, didáctica, enseñanza, instrucción, ilustración, aleccionamiento, formación y ¡sobre todo! “lúdica” o “lúdico” aplicados a cualquier elemento que pueda calificarse de apto para actividades de diversión y entretenimiento (reglamentadas o no) en un sinnúmero de versiones.

Lo que me resulta deplorable e incluso repugnante de dicha intromisión de las doctrinas adultas en el mundo infantil (Piaget y compañía siempre me resultaron aburridos aunque, lo confieso, conozco poco acerca de ellos) es ver cómo en las universidades y en las empresas prosperan camarillas de expertos y apóstoles del fastidio que pregonan su magistral comprensión del comportamiento infantil mediante lenguajes espinosos, plenos de una coherencia insoportable, de una lógica desabrida, y de una tediosa exactitud; desposeídos en fin hasta de la última partícula del caos, la vivacidad y la frescura que caracteriza el espíritu auténticamente infantil. En resumen, demasiado engreídos y rígidos como para acaso atreverse a marcar pautas en los dominios de la niñez fuente inagotable de la más amable anárquica y la única subversión realmente amable, alegre y ensalzable

Al respecto me pregunto ¿Puede enseñar a volar quien carece de alas?

No cabe en mi cabeza que gente que viste, piensa, habla y se comporta con senil severidad pueda en efecto comprender, siquiera un poco, la esencia de la conducta de los críos. Lastimosamente son en su mayoría personas de ese tipo, tan simpáticos como Nosferatu el vampiro, quienes en Colombia y muchos otros países escriben los textos que servirán para guiar a los niños en sus primeros años de estudio, asimismo son seres de esa cordialidad los que determinan los contenidos de los programas de enseñanza en educación básica, o se ingenian los juegos que van a desarrollar e incrementar las capacidades de aprendizaje de los párvulos.

Por eso (y aunque en principio parezca que no haya relación alguna) reflexionaré acerca de unos seres que sí son auténticos maestros en el arte de jugar aun sin ser egresados de ninguna “casa del saber”. Me refiero a ciertos monos antropoides, más arbóreos y pequeños que los gorilas, propios del África central y a los que los eruditos conocen bajo el nombre científico de Pan troglodites: los chimpancés.

Pero antes recurriré a un ejemplo para apoyar mi asunto.

Siempre cuestioné la competencia profesional de los sacerdotes católicos para indicar el rumbo a seguir en la vida matrimonial a parejas cuyo principal fin es legalizar socialmente su sexualidad y su reproducción (pues al tomar junto con sus hábitos el voto de castidad eligen —según parece— renunciar a ejercer las facultades biológicas del erotismo y la procreación que la naturaleza les otorgó). ¿Cómo pueden ser impartidos, es mi duda, los cursos prematrimoniales por personas que nunca han estado casadas ni van a estarlo?, ¿qué pueden saber de educar hijos quienes abjuran de su facultad para engendrarlos?, en definitiva, ¿cuán válida es la opinión sobre los menesteres amatorios de unos individuos que por el resto de sus vidas usarán presumiblemente sus lechos en exclusiva para dormir?

Quizá la ironía última de la existencia humana es repudiar aquellas verdades que explican con mayor claridad la inconsistencia cultural. Es decir, cuanto más irrebatible sea la fortaleza de una argumento para criticar una convicción habitual equivocada, más difícil le será conseguir a tal postulado gozar de la aceptación general. Peor aún, la mayoría de las veces generará un terrible rechazo. Como quien proclama: sé sincero y pagarás por ello. O visto desde otra perspectiva: miente y te pagaran por hacerlo.

Por ventura en el mundo pedagógico donde tanto se atropella la frescura con el empleo del término “lúdico” del cual, según establecí antes, se abusa hasta el cansancio, se ha olvidado que éste es un adjetivo proviente de una antigua acepción latina ‘ludere’ que significa ‘jugar’ y en su más puro significado traduce: “Juguetón con un comportamiento sin objetivo”. Mas ¡ay! de ti estudiante si te atreves a recordárselo a algún docente inquisidor pues reprobarás por ello.

Y ese es el problema básico, algo realmente lúdico es en esencia juguetón y sin objetivo, pero resulta que en mis años involucrado con la revista proyectodiseño y en mi prolongada experiencia docente en facultad de diseño industrial de la Universidad Jorge Tadeo Lozano sólo he visto proyectos tendientes a desarrollar sistemas de entretenimiento (o ‘juegos’ de cualquier tipo para infantes) que brillan precisamente por sus muy exactos objetivos, propósitos, metas, fines e intenciones. Todos son, en palabras de sus autores, útiles para desarrollar la motricidad fina, acrecentar la retentiva, fortalecer la memoria o agudizar la creatividad. ¿Cómo, entonces, se esgrime hasta el hartazgo el calificativo de ‘lúdicos’ para referirse a ellos? Cuando más toda esa serie de proyectos son artilugios pedagógicos disfrazados de juegos, porque el juego en el sentido infantil de la diversión inocente es común a los bebés y a los cachorros de todos los animales superiores, por eso sus sinónimos son: entretenimiento, esparcimiento, recreación, pasatiempo, solaz, distracción, descanso, retozo y desahogo. Pero en la sociedad de consumo ¿qué descanso y qué desahogo comportan una serie de actividades en las que una mezcla viciosa de conocimientos amañados y sistemas didácticos experimentales pretenden hacerle pasar a los niños (y a la parte realmente infantil de cualquier persona) gato por liebre?

No se me malentienda, lejos de mi intención aseverar que todos esos entretenimientos basados en el cálculo, las formas geométricas, los acertijos y las adivinanzas carezcan de valor educativo, algunos incluso lo tienen y mucho, es más, los hay que sirven para rehabilitar a seres humanos afectados por el retardo mental. A éstos hasta podría llamárseles juegos, pero tengan por absoluta una verdad: si son juegos, al tener finalidad específica son del tipo de juegos que bajo ningún punto de vista pueden denominarse lúdicos, al menos si queremos manejar la palabra “lúdico” con respeto hacia el contexto que la vio nacer.

Lo antes consignado fundamenta toda mi discusión, y proviene del hecho de que en el habla cotidiana se acostumbra a tipificar sin distinción como “juego” a dos tipos de quehaceres completamente distintos de los niños toda vez que cuando un chiquillo de dos años logra, mediante vigorosa atención, construir una torre de cubos plásticos se dice que “juega” al pequeño arquitecto; no obstante tal hecho está determinado por una conducta totalmente diferente a la que se presenta cuando el pequeño se estira y se contrae saltando sobre una mullida cama mientras su padre y su madre le hacen cosquillas o se deslizan tras él tomándolo de las piernas. A decir verdad, los juegos realmente lúdicos como el que acontece en el segundo caso son los que todo un esquema social (obsesionado con la eficiencia, los récord, las estadísticas y las calificaciones) parece olvidar y descuidar tan categóricamente, es decir las carcajadas, las volteretas, las cabriolas y las cosquillas.

Todos estos científicos de la educación, o su gran mayoría, son el resultado de una tradición económica y utilitaria que nos ha reportado jugosos dividendos en nuestro señorío sobre la naturaleza, y también en nuestro exitoso desempeño en el aprovechamiento y colonización de nuevos ecosistemas. Gracias a esa racionalismo práctico somos los propietarios del Planeta Tierra (al menos en el corto plazo), pero al olvidar el juego puro, el que se da silvestre, sin objetivo que el juego mismo, nos hemos inhibido de usar la trascendental aptitud instintiva que desde la prehistoria tantos escollos nos ayudó a salvar en la difícil labor de coexistir dulcemente unos con otros.

En consecuencia, e hipnotizados como están con los logros y los méritos, con los balances y las finanzas, con esa aberración que llamamos “el juego del poder” (aunque de juego nada tenga nada), a los seres humanos de la cifra, de la magnitud, del peso y de la medida, a la gente de la sabia explicación y de la finalidad revelada, el mundo se les antoja como algo que debe ser más invadido que respetado; tanto sistema de cómputo y tanta ingeniería instruida observan la naturaleza salvaje como un desafío provocador que debe ser sometido (y que de hecho es a menudo poseído y delimitado) aunque muy pocas veces disfrutado. La fauna y la flora llaman la atención en cuanto son recursos susceptibles de explotación, pero pocos son los que estiman a sus exponentes —animales y plantas— como maravillosos camaradas que habitan el mismo planeta de azul verdor que usufructuamos nosotros. Basta observar la indiferencia generalizada de los moradores de las grandes urbes hacia los jardines botánicos y los parques zoológicos, sitios que resultan ajenos a multitudes completas de expertos en gestión administrativa y servicio al cliente. La mayoría de los profesionales actuales somos víctimas, por tanta sistematización del entorno y los medios educativos, de una esquizofrénica manía divisoria entre lo cultural y lo biológico. Desde muy pequeños y presionados por tanto procedimiento lúdico, que de lúdico no tiene un cuerno, perdemos gradualmente la apreciación cualitativa y pasiva de la existencia, y acabamos por disociar la condición única del cosmos expresándolo todo en terminologías duales y particiones del tipo: blanco/negro, izquierda/derecha, costo/beneficio, sujeto/objeto, humanidad/naturaleza.

Por lo mismo somos inmunes al goce de apreciar el vuelo de las aves, la pleamar, la cosecha o el florecer de las plantas, sólo las tuberías, los dispositivos, los engranajes y los carburadores atraen nuestra atención. En ese punto es que una breve crónica del comportamiento de nuestro hermano menor, el chimpancé, puede hacernos pensar o sentir en transitar mejores rumbos.

Jane Goodall es una estudiosa británica hoy septuagenaria y mundialmente reconocida por sus publicaciones y sus apariciones en documentales de la National Geographic Society, como la máxima abanderada de la causa de los Chimpancés en el planeta. Ella fue la autora del libro “In the shadow of the man”, mal traducido al español como: “En la senda del hombre” (pues tras leerlo son más apropiadas traducciones como “A la sombra del hombre” o “Bajo la sombra del hombre). Jane Goodall es asimismo la persona que durante los años 60’s fundó el centro de investigación para chimpancés en el Gombe, en la nación africana de Tanzania, a orillas del lago Tanganyika. Y antes de perderme en la selva de las referencias, quien quiera saber más sobre sus actividades puede consultar la página http://www.janegoodall.org/ y dejarnos a los demás continuar con este curioso coloquio.

Cuando se leen los trabajos de Goodall, quien convivió varios años con los chimpancés en sus hábitat naturales, se advierte que el juego, el juego lúdico real por el sólo placer de divertirse y hacerse reír (porque, créanlo o no, estos simios ríen), sin ningún objetivo concreto, ocupa un lugar primordial en su vida social a lo largo de toda su existencia, y aunque los fascinantes cuadrúmanos tengan actividades de aprendizaje imitativo y competitivo del tipo de las que nuestros expertos pedagogos humanos tratan de hacernos creer que son “juegos”, éstas toman poco tiempo en sus rutinas.

Por supuesto que estos primates tienen muchas diferencias físicas y de comportamiento con los humanos, y pese a ello su cerebro es el más similar al nuestro en todo el reino animal. Por ejemplo, la vida familiar tal cual nosotros la conocemos es virtualmente inexistente entre ellos, y la figura del padre está ausente en sus sociedades. Aunque, sin embargo, hay dentro de ellas jerarquías, y una tendencia a evitar las relaciones sexuales entre los hijos y sus madres, pero en la época fértil de las hembras cunde lo que los moralistas mojigatos llamarían “sinvergüencería” y todos los machos copulan con ellas, sin que se sepa luego de quién son los hijos resultantes. Eso sí, todos los adultos de una región tienden a ser cuidadosos y cariñosos con las crías, salvo en aquellas raras oportunidades en que un pequeño tiene la desgracia de cruzarse en el camino de un macho adulto en plena demostración de fuerza y agresividad. Entonces la ebriedad de las hormonas puede conducir a que el cachorro sea asesinado.

Ahora bien, aunque a veces se muestren violentos, los chimpancés de cualquier edad y condición son por lo general muy querendones de sus “niños”, y si bien los adultos desarrollados le enseñan a su progenie, a veces en un sentido casi humano, en la mayoría de las ocasiones cuando se relacionan los grandes con los pequeños, lo hacen asumiendo el nivel de éstos últimos, es decir, jugueteando y revolcándose en el suelo y los árboles por el sólo placer de hacerlo. Ya sugirió Cristo en la Biblia (Mateo, capítulo 18, versículo 3) que quien no fuera como un niño no entraría al reino de los cielos, y conjeturo que lo hizo como una invitación a los adultos a observar e imitar la espontaneidad infantil, y en total repulsa de los esfuerzos opresivos de los mayores, y de su inclinación a usar los artificios de la pedagogía más compleja para eliminar del niño todo lo que lo hace niño, y, si bien puede sonar a lugar común, “meterlo a grande”,

Mas volvamos al diseño de objetos: el repertorio objetual del chimpancé es, después del humano, el mayor en todo el reino animal, estas criaturas usan palos y piedras a modo de armas, de herramientas y de instrumentos de cacería, asimismo saben elaborar esponjas con hierbas o usar el follaje a manera de papel higiénico. Sin embargo, nunca se ha visto que un chimpancé se sirva de un objeto para elaborar otro objeto. En eso se diferencian de nosotros, y claro en que no tiene en su haber algo tan espectacular como nuestra habla (por supuesto que si pudiéramos interrogarlos al respecto ellos tendrían algunos reparos al respecto) Pese a ello parece que el chimpancé tiene una conciencia del yo, y es bien documentado el caso de Washoe, una hembra que creció rodeada por seres humanos que sólo se expresaban frente a ella y entre sí, mediante el lenguaje de signos de los sordomudos. Doña Washoe llegó a manejar con perfección un conjunto de trescientos cincuenta y tantos signos diferentes, e incluso algunos para identificarse a sí misma.

A este respecto registra Jane Goodall, al final de “In the shadow of the man”: “Sin duda el hombre ensombrece al chimpancé. Y con todo, éste es una criatura de inmensa importancia para comprender al ser humano. De la misma forma en que nuestra sombra se proyecta sobre el chimpancé, la de éste cae sobre los demás animales. El simio es capaz de resolver complejos problemas, puede usar y construir herramientas con muy diferentes fines, su estructura social y sus métodos de comunicación son refinados e incluso muestra los rudimentos de una conciencia del yo. ¿Quién puede saber lo que será el chimpancé dentro de cuarenta millones de años? Debe ser preocupación de todos nosotros permitir que continué viviendo, que pueda tener ocasión de evolucionar”.

Lo mismo que comenta Jane Goodall sobre el chimpancé es válido para el comportamiento infantil al natural, y sobre todo para el juego de verdad que los peritos de la educación insisten en eliminar y suplantar con sus juegos de adultos adaptados a los niños. Por algo los chimpancés se abrazan y se consienten entre sí mucho más de lo que nosotros lo hacemos con nuestros semejantes. Y no en sentido exclusivamente sexual, por cierto. A modo de sobremesa, y en apoyo una idea que insinúo en este escrito (con más sutileza que molestia, espero) agregaré algunas particulares biográficas sobre Jane Goodall: dicha mujer fue comisionada para el estudio de los chimpancés en Tanzania por el británico Louis Seymour Bazet Leakey (1903-1972), quizá el más famoso antropólogo del siglo pasado, y un explorador infatigable cuyos descubrimientos de esqueletos de Australopitecos y humanos prehistóricos en la Garganta de Olduvai en Tanzania suministraron numerosos datos para resolver el siempre inquietante misterio del origen humano. En aquella época, Jane a la sazón muy joven, carecía de grado profesional, es más ni siquiera había ingresado a la universidad y fue precisamente por eso que Leakey la escogió; quería para la investigación a alguien así. Creía firmemente que la educación universitaria en el caso de muchos pioneros no sólo era innecesaria, sino que, en tanto camisa de fuerza y coartadora de la curiosidad natural podía llegar a ser nociva en varios aspectos. Deseaba poner el frente del proyecto que investigara a los primos hermanos del hombre, a una persona de mente abierta, libre de convencionalismos teóricos; alguien que realizase la investigación llevado solamente de un afán de conocimiento y que profesara, además, una gran y real simpatía hacia los animales.

Una persona como Jane.

Cada cual saque sus conclusiones.

Yo al menos creo saber por qué Louis Leakey fue un hombre tan notable, y dado lo escrito en el párrafo anterior salta a la vista la razón por la cual contribuyó a convertir a Jane Goodall en la renombrada científica que hoy es. Ambos, como los niños y los chimpancés, fueron en su momento individuos abiertos a la fertilidad de la especulación y se tomaban la vida de un modo travieso que podríamos llamar lúdico en el verdadero sentido de tal palabra.

Eran, en resumidas cuentas, un par de juguetones.

domingo, marzo 20, 2005

E5 Muebles fundamentales 3: El lenguaje de la cama, ensayo

Muebles fundamentales 3

El lenguaje de la cama
Por Alfredo Gutiérrez Borrero, originalmente publicado agosto 1 de 2000

“¡Bendito aquel que inventó el sueño!, que cubre a un hombre con todo y sus pensamientos, como una capa; que es carne para el hambriento y bebida para el sediento, calor para quien tiene frío y frío para quien tiene calor. El sueño es la moneda con la que todo puede ser comprado, y la balanza que iguala incluso a un rey con un pastor, y a un tonto con un sabio”, así escribió hace unos siglos el gran literato español Miguel de Cervantes (1547-1616), obviamente al hacerlo estaba pensando en una buena cama. Y esa misma abstracción inspiró al poeta inglés Thomas Hood (1799-1845) cuando redactó: “¡Oh cama! ¡Oh cama! ¡Deliciosa cama! ¡Qué cielo en la tierra para una cabeza cansada! Incluso Benjamin Franklin (1706-1790), prohombre de los Estados Unidos, permanentemente fiel a su ética del trabajo, y mostrando su estimación al mueble en el que más tiempo pasamos muchos seres humanos, anotó: “La fatiga es la mejor almohada”.

Dormir, hacer el amor, soñar, reposar para reponer las fuerzas que nos arrebata la enfermedad, hacer pereza viendo la televisión o leyendo un libro, tales son las nobles tareas que tienen muy a menudo su lugar en la cama, ese objeto rey entre los enseres domésticos, construido con un esqueleto de madera, bronce, hierro, aluminio u otro material, sobre el cual se dispone un colchón o jergón (relleno de lana, de crin, de algodón y a veces estructurado con muelles o resortes).

La cama es, en la cosmología doméstica, como la diosa madre que tiene a su alrededor toda una corte de satélites y accesorios: sabanas, colchas, cubrelechos y edredones, cobijas, almohadas, pantuflas y pijamas, mesas de noche, rodean y rinden tributo a su señora. Como el ser humano, la cama evoluciona a lo largo de la existencia. Así, crece desde la infantil cuna, que a veces puede mecerse, hasta convertirse en esa cama doble propia de los desposados y los amantes. De igual modo se contrae hasta transformarse en el ataúd, cuando el ser humano hecho cadáver se dispone a reposar en ella por toda la larga noche de los tiempos.

Desde la antigüedad la cama es un venerable componente del mobiliario, aunque siempre se las arregla para remozarse y mantenerse joven. Ha conocido múltiples transformaciones y desarrollos al paso de las centurias. Descendiente natural del sitio en el que los animales se echaban a descansar, la cama evolucionó como símbolo de la elevación cultural humana sobre el resto de la fraternidad animal. De ese modo en Egipto, Oriente, Grecia y Roma las camas fueron relativamente sencillas, si se comparan con otros objetos que expresaban el carácter de dichas civilizaciones, aunque algunas camas que pertenecieron a personajes de alcurnia fueron artísticamente construidas.

Desde el comienzo de la cronología que instauró el nacimiento de Jesucristo, y especialmente en la Edad Media, a medida y una vez que el Cristianismo reemplazó a los Cesares como eje del poder en la orgullosa Roma y el mundo que giraba en torno a ella, la cama se hacía más maciza y aumentaba su tamaño entre los grandes señores y caballeros, aunque los ermitaños y monjes penitentes —amigos de ayunos y pruebas de fe— prácticamente se deshacían de ella para retornar al contacto con el suelo tomando por lecho a la madre tierra.

En el Renacimiento europeo, como afirmación del orgullo humano y rechazo al temor de Dios que había envuelto la atmósfera medieval, la cama adquiere una expresión colosal: se llena de cortinajes que unas veces protegen de las miradas imprudentes a las castas doncellas hijas de las familias burguesas, y otras son testigos del desenfreno legendario de príncipes licenciosos como Cesar Borgia (¿1476?-1507) según la tradición vulgar lo recuerda. Los baldaquinos y doseles coronan las camas que albergan en las noches, o en los actos amatorios o en los menesteres que preceden a la muerte, a los nobles y reyes.

Sobre esa línea creciente, las camas serán también muy influidas, a lo largo de los siglos XVII y XVIII, por el estilo arquitectónico Barroco (que se contrapone al Renacimiento Clásico) y su típica profusión de adornos. Algunas, en las cortes de los Luises de Francia llegan a convertirse casi en piezas arquitectónicas por si mismas, y se hacen capaces de sostener hasta un grupo numeroso de personas pues hay ejemplos impresionantes de camas que miden más de tres metros de anchura y otro tanto más de longitud y se elevan sobre el piso casi metro y medio.

Entretanto, lo ejércitos y las marinas, habían creado camas que se apilaban unas sobre otras para hospedar a soldados y marineros, y pequeñas camillas, angarillas o parihuelas para transportar a los heridos que producía en creciente número la guerra, actividad que se mantiene constante a lo largo de la historia toda. Este tipo de cama militar continuaría desarrollándose para aprovechar los espacios hasta umbrales excepcionales como aconteció en las trincheras, en especial en las del frente occidental, donde chocaban los ejércitos de Alemania contra las correspondientes fuerzas conjuntas franco-británicas, durante la I Guerra Mundial (1914-1918) y en los submarinos alemanes del tipo U que fueron el arma favorita del nazismo en la II Conflagración Mundial (1939-1945). Y la tecnología de la cama alcanzaría su apogeo en las estructuras elaboradas para el reposo de los astronautas en las misiones tripuladas a la luna.

En el frente civil y popular, es decir en la vida cotidiana de los últimos siglos, ya con la conciencia cosmopolita en ascenso y la globalización universal, la cama se volvió, poco a poco, de una mayor sobriedad; particularmente en el siglo XX tras la segunda guerra mundial y debido a la aparición del diseño industrial moderno y a la masificación seriada de la producción. Así alcanzó, en el amanecer del tercer milenio un equilibrio más mesurado entre la forma y la función en el uso, mismo que balancea perfectamente el cometido funcional sin desatender su fachada y su parte estética.

Tal podría ser, sin tanta intensidad explicativa, la biografía de la cama desde la antigüedad hasta nuestros días, quizá dejando sólo de lado todos esos prácticos esperpentos del comercio como las sillas que se vuelven camas y otros artilugios por el estilo. Pero eso sería en detrimento de todo el aspecto poético que la cama guardó desde siempre, el cual la hace la más expresiva de las piezas del mobiliario, ese aspecto que hace que aleteen en nuestra imaginación las más líricas mariposas al evocar la cama: ¿Quién no quiso llevar a la cama a alguien (acaso un amor imposible) en plan seductor? ¿Quién, como Calvin el niño amigo de Hobbes el tigre de felpa de los cuentos, no tuvo miedo de encontrar monstruos bajo la cama? Y asimismo ¿quien no vio ese lugar bajo el lecho como el más natural de los escondites? ¿Por qué hay quienes aún temen encontrar bajo las cobijas sorpresas desagradables? Además, ¿cuán variada es la fauna objetual que con el transcurso de la vida se ha ocultado bajo nuestros colchones, desde revistas pornográficas hasta dinero? ¿Qué ser humano, como yo que hace un tiempo perdí a mi madre, no extraña esas veladas de la infancia en que tal ser amado lo cobijaba confortablemente tras darle el beso de las buenas noches? ¿Acaso alguno entre nosotros no tuvo un oso de lana, un perro de espuma, una muñeca plástica, un Mickey Mouse de caucho o un delfín de peluche que lo acompañó a la cama? ¿No es para nosotros, los escritores, esa cama el primer encuentro con la vocación inspirada probablemente por un padre que, como el mío, nos relataba cuentos? ¿No jugamos casi todos a viajar a mundos fantásticos que se hallaban bajo las cobijas? ¿No tiene un algo mágico el quedarnos a dormir en casa de un amigo o de una amiga, o el experimentar una cama nueva en plan lúdico o fálico? ¿No se extraña todavía en las noches frías a esos compañeros de cama a los que el divorcio o la muerte arrebataron de nuestro lado? ¿Y qué decir de las pijamas favoritas o de las sabanas de muñequitos?

De tan especulativo modo queda completo el ciclo que me había propuesto dedicar a la mesa, la silla y la cama: La Suprema Trinidad de los muebles, en la que cada diseñador puede definir a su gusto cuál de dichos objetos equivale al padre, cuál al hijo y cuál al espíritu santo, con el debido respeto que los conceptos religiosos de la gente merecen.

Sin ser diseñador, yo de los tres me quedo con la cama.

¡Oh, sí, y es que es tanto lo que tiene para relatar nuestra mullida camita, depositaria de secretos, compañera de largas, jornadas y reemplazo buscado del útero materno,¡

Religiones, filósofos y leyendas, dicen que el sueño es una pequeña muerte. Por lo que entonces, y en ese orden de ideas, el amanecer en una buena cama, bien dormido o bien acompañado (no importa tanto, pero como sea amanecer bien), nos permite experimentar cada mañana a una escala diminuta los placeres de la resurrección. Una resurrección cotidiana que le da a la cama esa dimensión sobrehumana, angélica o divina, que la convierte en el más sublime entre los muebles.

Un mueble en el que me dispongo a hacer una cabalgata por el reino de los sueños no bien digite el punto final que da término a este sentido ensayo.

E4 Muebles fundamentales 2: Favor no sentarse en la silla... ¡eléctrica!, ensayo

Muebles fundamentales 2

Favor no sentarse en la silla… ¡eléctrica!
por Alfredo Gutiérrez Borrero originalmente publicado junio 15 de 2000

Me pasé toda la tarde tratando de permanecer sentado en la silla compañera de mi escritorio frente a un pequeño computador portátil mientras escribía este ensayo, pero no conseguí mantener el impulso escolar ni el tono académico de anteriores trabajos. Lo ha impedido mi natural inquieto, hoy algo más distraído de lo normal como consecuencia de un estado anímico que no anda de lo mejor. Y no sé, de repente haya algún conjuro cabalístico en torno a este escrito o quizá se presentó una alineación planetaria, con Urano haciéndole zancadilla a Venus, que incide directamente sobre los que, como yo, nacimos bajo el signo de acuario. O será que, simplemente, mi estirpe animal se resiste a estar sentada. Es posible que todavía subsistan en mi cuerpo algunos genes salvajes —en perfecto estado— los cuales, pese a la milenaria infección cultural, aún pueden, ocasionalmente, imponerse a los rígidos genes civilizados con los que cohabitan y sacudir con un momentáneo acceso de caos mi personalidad.

Preámbulos más, conjeturas menos, el problema está relacionado, irónicamente, con el tema que hoy motiva mi redacción; porque pocas posiciones están tan vinculadas con el intelecto (y la condición humana toda) como la postura que tomamos al sentarnos, y es bien sabido que, entre todo el mobiliario que ha diseñado el Homo sapiens, hay un mueble que en su historia, variedad, finalidad y permanencia recoge la esencia del pensador. Y eso que ahora mortifica mi trasero, pese al esbelto espaldar con que lo dotaron sus hacedores y al mullido cojín que viene extendido sobre él, es ese mismo mueble, en una versión estilo colonial elaborada en pesada madera.

¿Todavía hay alguno que no haya adivinado nuestro “objeto” protagonista?

Bien, se trata de una silla, y tanto ustedes como yo hemos de aguantarla (aunque de diversa forma) por unos párrafos más.

Por silla los amigos diccionarios describen a ese asiento con respaldo y generalmente sin brazos, pero para resultados prácticos ampliaremos el concepto hasta encerrar en él toda la vasta miscelánea de artilugios y armatostes que sirven para sentarse sobre ellos.

En virtud del efecto random comenzaremos reseñando que en la antigua República Romana, antes del nacimiento del Imperio, se fabricaban, en marfil, unas ciertas sillas llamadas ‘curules’ sobre las que se sentaban los legisladores: ediles y magistrados. Con el tiempo se pasó a llamar curules a los propios legisladores, y por tal razón, actualmente, en los parlamentos de muchos países democráticos, cuando alguien es elegido para ocupar un puesto en el senado, se dice que ha ganado una curul. Pero los arcaicos romanos tenían otra palabra, ‘scammun’, para denominar a una serie de banquillos, gradillas, tarimas y asientos o, especialmente, bancos grandes con respaldo. De allí deriva el término escaño, y por ello en algunos otros países a los lugares en los senados o las cámaras se les conoce de igual modo bajo el nombre de escaños.

Hoy todo el mundo da importancia al lugar en el que un gobierno, o una gran empresa multinacional, tiene su ‘sede’, vocablo que asimismo deriva de su homónimo latino ‘sede’, pues entre los romanos y los cristianos primitivos ‘sede’ era la silla o trono desde el cual ejercía su autoridad un prelado o dignatario. Incluso el cristianismo católico, tiene una “silla suprema”, que está en Roma —es la “Santa Sede del Vaticano”— el lugar donde el Papa se sienta a dirigir su “rebaño”.

Y existen sillones, o sillas de brazos, mayores que las comunes, nietas sin duda de una hipertrofiada silla sobre la cual se sentó algún grandullón pretérito; o butacas, que son sillones de brazos con un respaldo echado hacia atrás o los asientos preferentes en las salas de teatro y los auditorios musicales.

El mundo conoce como bancos a esos rudos asientos de madera sin respaldo, en Colombia empero, a esos mismos bancos se les llama ‘butacos’ mientras en otros sitios se le conoce como taburetes, (originario de la voz francesa ‘tabouret’). Por supuesto banco es, igualmente, ese tablón grueso y fijo que se coloca sobre cuatro pies y que sirve de mesa a los carpinteros. Mas no son las mesas lo que aquí nos competen.

Más comodonas son las poltronas: bajas sillas muy descansadas con brazos, cuyo sólo nombre invita a arrellanarse y emperezarse. Pero de la familia de la silla el más aristócrata es, innegablemente, el Trono (del latín ‘thronus’) que es desde siempre el asiento de ceremonia de los emperadores y los reyes. Incluso se conoce como ‘trono’ a la propia dignidad de rey o soberano. Trono es, de otra parte, el lugar en el que se sienta el obispo durante las ceremonias religiosas, y el emplazamiento donde se coloca la imagen de un santo para rendirle solemne culto. Igualmente trono es el tabernáculo sobre al altar donde se expone el santísimo sacramento: simbólicamente se sienta allí el “Rey de reyes”, Dios, quien como se quiera tiene también para los creyentes su trono celestial. Agregaré que ‘tabernáculo’ era entre los antiguos hebreos la tienda en la que se ubicaba la Santa Arca de la Alianza, pero que con el tiempo se tituló así al Sagrario, esa especie de armario colocado atrás y sobre el altar, donde se encierra la Custodia. Curiosamente ‘tronos’ son también los miembros de uno de los coros angélicos, seres alados quienes (de seguro) han de ser majestuosamente holgazanes para merecer tal apelativo.

Otra silla de renombre es el solio, como se conoce a un trono con dosel (cortina o entoldado distinguido) que se coloca detrás del mismo. Mientras que entre las sillas modestas están la banqueta, que es otro asiento sin respaldo o un banquillo para poner sobre él los pies, y, casi describiendo de idéntica forma ambos significados, el escabel. Sillín es el asiento de la bicicleta y de la motocicleta, y silla es igualmente la estructura o aparejo que el hombre usó para dominar la bestia y desarrollar todo el refinamiento hípico mientras viajaba a caballo por el completo globo terrestre. Puf es una especie de taburete bajo, y sofá un blando asiento con respaldo y brazos para dos y más personas. Otomana es una especie de sofá que fascinó a los sultanes turcos, al que quizá identificaremos mejor si visualizamos el consultorio de un psicoanalista, lugar al que asimismo se conoce como diván (del turco ‘diuán’, que traduce ‘reunión’). Históricamente este Diván es, de igual forma, el Consejo del Sultán (antaño supremo gobernante o emperador de los turcos), o la sala en la cual éste se reúne; por extensión del concepto y a partir del mueble llegó a conocerse como ‘El Diván’ a todo el gobierno de Turquía. Ese mismo diván junto al que Jung, Adler, Freud y Lacán, (la flor y nata de la psicología internacional) estudiaron las complejas problemáticas de los dolientes que se sentaban sobre él, es además conocido como ‘canapé’ y como ‘confidente’ (nombre éste que dados los secreteos entre el psicólogo y su paciente no requiere explicación alguna), hasta es probable que las majas del pintor Goya estuvieran sobre uno de estos muebles y no sobre una cama.

La palabra inglesa para silla (‘chair’) deriva de la latina ‘cathedra’ (en español ‘cátedra’) que, como es obvio, designa a un mueble, normalmente con cuatro patas que lo sostienen, y un descanso para la espalda y soportes laterales para los brazos. Pero la cátedra era la silla o el trono del obispo en la iglesia, o templo principal de una diócesis (como se conoce al territorio sobre el cual un jerarca de la Iglesia despliega su autoridad espiritual), y por eso se llamaba ‘Catedral’ al adoratorio o templo principal de la diócesis: por cuanto contiene el trono del obispo.

Así, no es sorpresivo que cuando alguien hable mucho se diga que está “sentando cátedra”. Porque cátedra es asimismo una posición en la que se sienta algún individuo con autoridad, y más comúnmente aquellos que dan sermones, veredictos o conferencias, como los sacerdotes, los profesores y los jueces.

Llegados a este punto, los muebles se confunden con las ocupaciones y unos con otras se ligan en complejas formas con los verbos que los incluyen. De tal modo, los asientos o sillas son cosas que sirven para sentarse, o los lugares y sitios que se ocupan en un tribunal o junta, pero además son las nalgas, las asentaderas o el trasero.

Entonces el verbo ‘sentar’, que viene del latín ‘sedere’ que significa lo mismo (o sea sentarse), aparece como un verbo de múltiples alcances pues tiene que ver con: asentarse (por ejemplo la arena suspendida en agua), o con poner a uno en un asiento. También se vincula con el caerle bien o mal a uno una bebida o un alimento: me ha sentado mal el postre. O con hacerle a uno algo provecho o daño: le sentará mal la amistad con esa persona. Incluso el verbo sentar va unido con el vestuario, porque cuando a la imagen de alguien le va bien o mal una prenda de vestir se le dice algo como: le sienta mal esa corbata. Lo que sienta es lo que cuadra, lo que armoniza, lo que conviene, por eso alguien exasperado con este dilatado y confuso trabalenguas lingüístico podría exclamar (y no figurativamente, por cierto): “Alfredo el escribir así te sienta mal”.

Claro que la mayoría de nosotros prefiere evitar esas honduras y pensar que ‘sentar’ es descansar el peso del cuerpo apoyado en las nalgas. Y asimismo tomar asiento. O descansar inactivo y pasivo. O estar situado. O convocar y celebrar una reunión. O posar para un retrato. Incluso cuidar niños (en inglés baby-sit), ser aceptable o tomar parte en algo. Hasta una gallina u otra ave cualquiera puede ‘sentarse’ a cubrir los huevos para empollarlos. ¡Y la lista de nuevo se expande hasta el infinito!

La ‘cosidad’ de la silla es tan diversa y embrollada como la del mismo humano. Hay sillas mecedoras y columpios, sillas de manos, sillas de posta, sillas de rejilla, sillas de tijera, sillas giratorias, sillas plegadizas, sillas volantes, sillas de juguete, retretes, letrinas y excusados para orinar y evacuar el vientre, bidés para darse baños de asiento, en fin, virtualmente cualquier actividad humana engendra, entre otras cosas, sillas. Desde tronos por cuya posesión se asesina hasta sillas en las que ni el más loco desea sentarse.

Como la silla eléctrica.

Sillas que en los lugares públicos los jóvenes ceden a la gente de mayor edad, únicamente para que en las empresas y los gobiernos les sean restituidas por los ancianos que se jubilan y les dejan los cargos directivos; es en esos mismos lugares públicos: autobuses, restaurantes e iglesias, donde, según los dictados del contrato sexual, los hombres les ceden la silla a las mujeres para ser galantes o cortejarlas. Muchas damas, al menos hasta hace unas generaciones, les dejaban a su vez a los varones las sillas de más responsabilidad en el mundo laboral para que trabajaran para ellas el resto de sus vidas y las mantuvieran como a reinas.

Tal es el universo de la silla: el más humano de los muebles. A su modo muchos animales se paran y casi todos se acuestan pero en un sentido técnico estricto sólo el humano se sienta: a comer, a escribir, a ver televisión, a viajar, a conversar, a defecar, a recibir una clase.

Con eso, creo, he consumado esta columna y puedo decir que valió la pena la sentada (aunque me incomodara un poco). Ahora, en tanto Morfeo cierra mis párpados y mi sueño se anuncia con bostezos, como quien dice “no sólo de pan vive el hombre”, advierto felizmente que —con todo el respeto y consideración que me merece la silla— hay otro mueble que no desmerece ante su presencia.

Me veo obligado entonces a despedirme de la misma manera informal en que comencé, y concluyo mi disertación suspirando por mi fiel compañera ¡querida cama! a la que prometo, en próximo escrito, rendirle también (y no menos solemnemente) un literario homenaje.

E3 Muebles fundamentales 1: Los diseñadores de la mesa redonda, ensayo

muebles fundamentales 1

Los diseñadores de la mesa redonda
Por Alfredo Gutiérrez Borrero, escrito originalmente en mayo 15 de 2000

Todos jugamos de niños a ser reyes o reinas, y aunque fuera sólo por una vez los hombres deseamos transformarnos en caballeros andantes para rescatar princesas, o (lo cual viene siendo lo mismo) las mujeres convertirse en princesas para ser salvadas por un paladín. Y ya de adultos tales fantasías perviven en nuestro inconsciente con doble polaridad: una benévola que al producirnos admiración nos inclina a ser castos, nobles y leales, y otra perversa que nos seduce —pues también tiene sus delicias—, haciéndonos desear raptar y ser raptados, o ser infieles e instigar a otros a la infidelidad. De múltiples maneras se agazapan en nuestro inconsciente amores y violencias primarias que al liberarse nos generan curiosidad (y excitación con su lado angelical y su opuesto diabólico). Hay por ende sentimientos “medievales” que se enmascaran en el interior humano sin liberarse nunca totalmente. Emociones con las que, según las circunstancias, cada personalidad juega una especie de póquer existencial con las demás sin colocar jamás todas las cartas sobre la mesa del comportamiento. Y precisamente es ella: la Mesa, el mueble que en el simbolismo universal representa la mente, como una “tabula rasa” o una tabla lisa sobre la cual se va depositando todo lo que acontece en la vida de un individuo. Ahora bien, qué mejor para explicar el nexo entre la mente, la mesa y las historias de caballeros que aludir a un difundido romance épico que combina las tres cosas: aquella leyenda de un rey llamado Arturo al que le gustaba congregar a doce Caballeros en torno a una Mesa Redonda.

Para descubrir el furtivo vínculo que nos ocupa en este ensayo, primero, es menester referirse al soberano y a sus caballeros. Arturo es un fantástico rey británico, del país de Gales, de origen celta, al cual el historiador Nennio, del siglo VIII, representa como el guardián de su reino ante la invasión de los Sajones durante los siglos VI y VII. Quizá inspirado en un ser real, Arturo originó una serie de poemas que datan de los siglos XII y XIII. Narra su epopeya que este monarca recibió de las hadas una espada mágica, —de nombre Excalibur— merced a la cual dominó toda Europa y logró traer de Palestina la cruz de Jesucristo: el Mesías, monarca del cielo, con el que el propio Arturo es tan afín.

Porque Arturo y su mito son, asimismo, la representación postergada de ese Jesucristo bélico que en su momento esperaba la mayoría de los judíos. Un héroe militar que habita desde entonces la psiquis de todos los pueblos de Occidente. La mesa redonda de alguna manera sutil alude a la Última Cena y no es coincidencia que los campeones de Arturo buscaran con tanto ahínco una y otra vez el Santo Grial, que era el vaso consagrado en el que bebió Jesús en la Cena Final y en el cual José de Arimatea recogió la sangre del redentor crucificado. Y si el histórico aldeano de Belén tuvo doce apóstoles, el indómito Arturo contó a su vez con igual numero de campeones, doce, a saber (y aclarando que varían según la versión legendaria): 1. Sir Agravaine, quien de alguna manera interpreta a Judas pues fue un traidor que se alió con los enemigos de su señor; 2. Sir Bedivere, encargado de arrojar la espada, Excalibur, a las aguas, quien fue el único caballero que sobrevivió en la batalla que le costó la vida al rey Arturo (al cual, además, envió moribundo en una barca a la mítica isla de Avalon); 3. Sir Bors, sobrino y leal ayudante del gran Lancelot; 4. Sir Gaheris, sobrino del rey Arturo, muerto desafortunadamente junto con su hermano, Gareth, a manos de Lancelot cuando éste rescató a la reina Ginebra de la hoguera; 5. Sir Galahad, hijo de Lancelot y Elaine, el más puro y noble caballero de la Tabla Redonda, al final ganó el Santo Grial y por ello en el idioma inglés se denomina Galahad a un hombre que sigue los más elevados ideales; 6. Sir Gareth, sobrino de Arturo, como su hermano Gaheris, muerto a manos de Lancelot en el salvamento de Ginebra; 7. Sir Gawain, sobrino de Arturo, a quien su dolor por la muerte de sus hermanos Gareth y Gaheris lo llevó a fomentar una guerra fratricida entre los leales a Arturo y los partidarios de Lancelot; 8. Sir Héctor, el más veterano de los caballeros, progenitor de Sir Kay y padre adoptivo del rey Arturo; 9. Sir Kay, rudo y fanfarrón, hermano de crianza de Arturo y senescal, o mayordomo supremo, del reino; 10. Sir Lancelot, el más famoso caballero, invencible, asesino involuntario de Gareth y Gaheris, fue amante de la reina Ginebra, real en algunas versiones del mito y platónico en otras, y presa de su atormentada alma debió, contra su voluntad, hacer la guerra a su amado señor, 11. Sir Lucan, hermano de Bedivere que murió al lado del rey, y 12. El joven escudero Sir Percival, otro de los que buscó el Santo Grial, transformado en el Parsifal que los literatos alemanes y la opera de Wagner inmortalizaron.

Además de los doce grandes caballeros, tienen papeles estelares en el drama arturiano: Merlín, el sabio mago y vidente consejero del rey (el Merlin, en español ‘Esmerejón’, es un pequeño y valiente pájaro familiar del halcón); Ginebra o Guinevere, reina y esposa de Arturo, acusada asimismo de ser la amante de Lancelot; Morgan Le Fay, hada y hechicera enemiga de Merlín y de Arturo, y madre del perverso Mordred, cuyo nombre deriva a su vez del inglés, Murder (asesinato) y dread (terror), el cual a su turno en unas leyendas aparece como hijo ilegítimo de Arturo —a cuyo reino trajo la ruina— y en otras como su sobrino.

En general, al conjunto de relatos y narraciones, de origen céltico, relacionadas con Arturo y su época, que se extendieron por toda Francia desde fines del siglo XI, se le conoce como: “Ciclo Bretón”, de seguro fueron llevadas allí por trovadores procedentes de la región de Cornualles en Inglaterra, de Gales o de Irlanda. Con el tiempo tales mitos incidieron en casi toda Europa y su influencia se nota incluso en el Quijote de Cervantes.

Pero hablemos ahora del objeto que ocupa un lugar tan preponderante en el conjunto de tradiciones épicas concernientes al rey Arturo: la Mesa Redonda.

La mesa, redonda o no, es un mueble, antaño casi exclusivamente de madera (hoy de muchos otros materiales), compuesto por una tabla más o menos grande y lisa sostenida sobre uno o varios pies que generalmente tienen doble altura que la de los bancos complementarios a ella (cuando los hay), y que sirve para comer, jugar, escribir y otros numerosísimos usos.

Pero el término mesa ha crecido para expresar un sinnúmero de ocupaciones, por ello en las asambleas políticas, colegios electorales y otras corporaciones se llama mesa al conjunto de personas que dirigen tales instituciones con diferentes cargos como los de presidente, secretario, etcétera. Mesa es, asimismo, la ración de alimento que cada día consume una persona, o la cantidad de comida servida en una ocasión determinada, o el conjunto de personas que se sientan a ingerirla. O un arreglo o adorno que se coloca sobre dicho mueble. Y también mesa es la porción horizontal en una escalera. Mesa es, igualmente, en geografía, un terreno elevado y llano. Mesa es del mismo modo el altar del culto en casi todas las religiones; por ejemplo, en el Cristianismo, Católico y de algunas otras variantes, sobre el altar o mesa ritual se efectúa la sagrada Eucaristía, cuyo punto central es la comunión que rememora la Última Cena, la cual, como es obvio, se formalizó sobre una mesa a cuyo alrededor se reunieron Jesucristo y sus discípulos.

En inglés mesa es “table” y equivale al español tabla, en todas sus acepciones: o sea, un índice o un sumario, la tabla de contenidos, o la tabla periódica de los elementos. Hay infinidad de juegos que se efectúan sobre una mesa: el billar, el pool, el ping-pong o tenis de mesa, etcétera; y eso sin contar los llamados más específicamente “juegos de mesa”: el ajedrez, las cartas, los dados, el scrabble o juego de crucigrama, el parqués, o pachisi, y demás. Y numerosas son de igual forma las actividades de mesa: en la mesa se cambia, se invierte, se negocia, se vota para elegir representantes a los cargos públicos, se hace magia, en fin. Se conoce como mesa franca a aquella en que se convida a comer a todos cuantos llegan. La concomitancia entre la mesa y la vida intelectual queda manifiesta al descubrir que las tablas eran los sitios donde se recopilaban las leyes, e incluso se llamaba tablas a las leyes mismas; y de igual modo en la mesa se firmaba y validaba —y aún se lo sigue haciendo— todo lo que tiene que ver con el trabajo escrito, los contratos, edictos, diplomas, carteles, subastas… sobre las mesas los jueces dictan sentencias y los comerciantes regatean precios.

Mas no todo fue siempre así, la estructura antigua, la mesa básica de la que incluso hay manifestaciones prehistóricas en lajas de piedra, fue haciéndose más compleja a medida que los procesos de reflexión de los humanos que la usaban se multiplicaban y se diversificaban hasta que, finalmente, luego de alojar sobre su superficie grandes cantidades de documentos y manjares, ese mueble cuya designación deriva de los vocablos latinos ‘tabula’ y ‘mensa’ comenzó a transformarse en muchos sentidos, y figurativamente devoró a lo que se colocaba sobre ella, desarrollando cajones, cuerpos y volúmenes; así, incorporó oficios, se especializó y se desplegó en numerosos rumbos desde la familiar mesa de noche hasta el sofisticado escritorio.

Para liquidar el asunto de la tradición anotemos que, por consejo del mago Merlín, el famoso rey Arturo instituyó la Tabla Redonda para sentar en torno a ella a sus doce pares o grandes caballeros y evitar perpetuamente todo tipo de disputas por rangos y privilegios. La idea era de lo más democrática del mundo. Pero, al parecer, como todas las nobles iniciativas humanas, gestadas por algún optimista que desconoce la potencia del factor violencia, no sirvió para un pepino porque los caballeros que se sentaron a su alrededor se dieron de espadazos unos a otros (y con cualquier excusa) cada vez que pudieron, y lo han hecho desde ese entonces, en la tradición oral y en las novelas, e incluso actualmente en sus modernas representaciones que lo siguen haciendo en las películas y los videojuegos. Como dato curioso, en esa famosa mesa redonda había siempre un lugar vacío, aquel destinado a la persona más pura, y contaba la creencia popular que alguna vez se atrevió a usarlo un hombre indigno y la tierra lo devoró allí mismo. De cualquier modo, la mesa redonda es esa que no tiene ceremonia, preferencia, o diferencia en los asientos, que favorece la comunicación y el diálogo; por ello se llama asimismo “mesa redonda” al grupo de personas versadas en determinada materia que se reúne para confrontar opiniones sin que importe la diferencia de jerarquía entre los participantes y en la que cualquiera discute en iguales términos un tema establecido. Baste, como prueba de lo anterior, recordar que en las mesas rectangulares hay unas cabeceras (que se conceden a aquellos de entre los convidados que detenten mayor escalafón o títulos honoríficos) las cuales generan una servidumbre obligada de los sentados a los lados hacia los de esos puestos preponderantes.

Ocasionalmente algunas culturas situaron a algunos humanos sobre la mesa, por ejemplo los que iban a ser sacrificados a los dioses, o los que eran elegidos caudillos; en nuestro medio aún se suben a las mesas los que desean brillar más entre los danzantes que acuden a discotecas y bares, o los que van a ser sometidos a una intervención quirúrgica en la mesa de operaciones.

La pedagogía tiene mucho de su fundamento inicial en las charlas de sobremesa, o tertulias, que antaño tenían lugar mientras los convidados efectuaban la digestión, y quizá los pupitres sean nietos de la mesa del comedor.

Nosotros los humanos de la modernidad nacemos bebés sobre una estructura que tiene formalmente mucho de cama, pero por su razón social es sin duda una mesa; y cuando todo acaba somos el plato fuerte en otra mesa: la plataforma funeraria sobre la que reposa el ataúd en la sala de velación.

La mesa fue al comienzo y la mesa será al final. Tal es la verdad.

Pero la mesa vital por excelencia será eternamente redonda, el gran arquetipo, la que idealmente refleja lo que debería ser la relación humana, abierta, igualitaria, ordenada, armónica, digna…, sin menores ni mayores. Sin embargo, la manía de sacar ventaja unos de otros ha hecho que la mayoría de las veces la redondez de la mesa sea sólo en el plano físico, porque en torno a ella las gentes que se aglutinan a socializar para rezar, conspirar, comerciar, comer o estudiar, lo han hecho, históricamente, con desconfianza y prejuicios hacia sus prójimos, con la permanente y siniestra intención de aprovecharse del compañero.

Como sea, los diseñadores íntegros advierten sin dificultad que el mueble social en el sentido preciso, el gran convocador, el padre o madre de todos los muebles es la mesa, ese objeto cuyas dinámicas abarcan metafóricamente todos nuestros sofisticados procesos mentales. No obstante, aunque con la armazón lógica de este escrito, y con el pretexto de Arturo, he pretendido poder especificar puntualmente la vocación de la mesa, he de confesar que no todo se da sobre o alrededor de ella, porque cuando a escondidas de los demás comensales durante una cena se rozan con disimulo por debajo de la tabla las rodillas de los que comienzan a ser amantes, en ese sencillo hecho, el entendimiento humano revela con estremecedora nitidez una condición sensible e ilógica, plena de romántica incoherencia.

Una condición ligada por siempre a la mesa.

sábado, marzo 19, 2005

E2 Hacia una ergonomía del alma ensayo febrero 15 de 2000

Hacia una ergonomía del alma

Por: Alfredo Gutiérrez Borrero, originalmente publicado en febrero 15 de 2000


Quizá mi absoluto amor a la naturaleza, o una ineptitud innata para valorar el éxito laboral (la cual, lo confieso, me parcializa un tanto), hacen que me perturbe esa ciencia aplicada que coordina el diseño de aparatos, dispositivos, sistemas y condiciones físicas de trabajo con las capacidades y requerimientos del trabajador. Soy algo alérgico a la human engineering o ergonomía, y aunque reconozco su importancia y el talento de tantos profesionales dedicados a ella, a veces la percibo como una ciencia con mucho cerebro y muy poco corazón.

No me afanan la cultura empresarial, la distribución de la riqueza y esa jerigonza económica que ocupó a Jeremías Bentham, Adam Smith, Karl Marx y John M. Keynes —en ese sentido sólo avanzan los números— sino la calidad de la vida interior humana que trataron tácita o directamente diversos personajes como: Ciceron, Nietzsche, Deepak Chopra, Richard Bach y Khalil Gibran. Tantos planes, normas, grados y posgrados, la redujeron a una conducta obsesiva de manada y producción serial (adecuada para zapatos o tuercas pero no para los ciudadanos, los feligreses, los profesionales, o los operarios). Hoy, sobre un riel cotidiano, los hombres rodamos cual vagones de ferrocarril. Y, como el tren sólo va hasta donde llega la carrilera tradicional, deben bajarse y caminar quienes deseen ir a otro lado (así sea para construir más líneas férreas). En realidad hay algo “carcelario” en la mayoría de los oficios que desempeña el humano contemporáneo: habla mucho de libertad pero carece de flexibilidad. Ningún animal silvestre sano se alegraría si le cambiaran su vieja jaula por otra moderna y cómoda, diseñada anatómicamente y con servicios sanitarios. Seguiría aspirando a ser libre. ¿Para qué barrotes blandos y candados disimulados, o bajo riesgo de accidente en el zoo, si continúa preso?

A despecho de rayos y centellas, creo que sabemos mucho sobre posturas y puestos de trabajo, frecuencias y tipos de actividades, dimensiones, dispositivos, rediseño, aplicabilidad, carga mental y física, elementos de protección, mobiliario para oficina, teclados y demás. ¿Pero nos conocemos más?

Si el avión y el automóvil nos llevan más rápidamente a donde sea de lo que pueden un caballo o nuestros humanos pies, ¿por qué el tiempo no alcanza?. Y si con el teléfono e Internet nuestra opinión va más lejos que un grito, ¿por qué nos sentimos solos?. Y si las mujeres, antes “sometidas” ahora trabajan duplicando la población activa, ¿por qué la jornada laboral no es más corta? Y si hay tantas alternativas de superación personal, ¿cómo es qué tanta gente, con necesidades básicas satisfechas hasta el hartazgo, está muriendo de aburrimiento en el mundo?

Todos anhelan la cumbre de la montaña jerárquica: un lugar donde reina esa obesidad, física y mental, que jamás indicó buena nutrición. O, ¿no son la ansiedad y la depresión procesos patológicos comunes en la población empresarial exitosa? (años atrás, el médico español Luis Daufi anotó que la mayoría de las víctimas son mujeres: ¡Para eso abandonaron el hogar!). La experiencia muestra que hasta en la más seguras oficinas las personas sufren tensión, inquietud, rabia y miedo a que algo malo, o indefinido, suceda... perder el cargo, enfermar, lo que sea. Peor aún, el confort en las oficinas no extingue a esas secretarias que lloran o se hacen las sordas por todo, ni a los vendedores con cara ácida, o a los funcionarios pedantes. Reingenierías, cursos y seminarios no evitan manos sudorosas, gastritis, agrieras y micción frecuente.

Cómodas condiciones ambientales nos protegen y las empresas nos tienen asegurados (incluso hacen fiesta anual para nuestros niños), mas ¿qué causa esa tensión muscular? ¿y el temblor, las sofocaciones, el sedentarismo, la intolerancia al ejercicio, la taquicardia, el ahogo, el colon irritable, la diarrea, los cólicos y el estreñimiento?. Directivos y subordinados nadan en mares de calmantes para el dolor de cabeza, y de antiácidos contra los efectos nocivos de dietas recargadas, y muchos padecen insomnio, dificultad de concentración mental y pesadillas. O alta tensión arterial y tic nerviosos. Empero todo es ergonómico en el lugar de trabajo, allí tenemos poder de decisión y se nos aprecia, ¿de dónde viene entonces esa carencia, o a menudo, ese neurótico exceso de apetito?, ¿y esa necesidad de conducir el auto a velocidad supersónica escuchando música estridente?. No creo que sea para ensalzar la felicidad que consumimos alcohol y tabaco a montones todo el fin de semana. ¿Qué aflicción ocultamos diciendo disfrutar el trabajo, mientras nos atiborramos de “estimulantes socialmente aceptados” como el café tinto y el azúcar refinada...?

A decir verdad, por cómodo que sea el tanque blindado que lo conduce hacia el enemigo, un soldado —reclutado a la fuerza— no puede sentir felicidad antes de la batalla. Y el problema no es el diseño del tanque (aunque tenga que ver) sino la guerra misma. Basta observar la publicidad y todos sus slogans (la palabra ‘slogan’ viene del gaélico sluaghgairm, que denominaba a los gritos de batalla de los clanes de las tierras altas escocesas) para ver cómo la violencia se disfraza de competitividad. Una enérgica economía hace rudo un mundo laboral donde incluso las mujeres “feministas” imitan el estilo hombruno en su peor aspecto (¡les estamos arrebatando las gerencias a esos machos engreídos!). Y además está esa búsqueda de identidad en religiones novedosas, cuarzos y zodiacos que viste de fe un temeroso escape del vacío.

Hasta nuestra risa es nerviosa.

Tenemos estrés (en inglés stress significa tensión), como todo ser vivo. Únicamente los muertos no tienen estrés: esas reacciones físicas que preparan al organismo para superar una posible amenaza y salvar su integridad. Como defensa natural funciona, e incluso, si el factor estresante es menor que la capacidad protectora corporal, el estrés genera placer (el motociclismo es popular por eso). Algunos lo dividen en eustrés (o estrés favorable) y distrés (el estrés ‘malo’ que resulta cuando la reacción defensiva descompensa el organismo). Actualmente, lo laboral, entre muchas causas, es lo que más nos genera distrés (aunque no siempre con efectos patológicos pues éstos dependen de la actitud individual y las reacciones frente a lo estresante).

Alarmados liberamos noradrenalina y adrenalina que preparan el cuerpo para atacar, luchar o huir (cerebro despierto, pupilas dilatadas, bronquios y fosas nasales ensanchados, más glucosa en la sangre, músculos tensos, etc.). La elección siempre se toma según la mayor posibilidad de supervivencia, pero por no actuar a tiempo (el humano es el único animal que alteró su instinto), y rehusarse a renunciar, muchos funcionarios escogen la seguridad económica y mueren ricos y jóvenes en un acto de estúpido heroísmo.
Luchar, soportar o huir buscando refugio, he ahí el dilema.

Si el estrés persiste el cuerpo se adapta modificando sus funciones endocrinas y libera hormonas suprarrenales como los glucocorticoides que optimizan el metabolismo muscular y cerebral para resistir la tensión prolongada... y todo bien salvo que, tras un incremento inicial, el sistema inmunitario pierde su poder y se disminuyen, por acción de los corticoides, las defensas de glóbulos blancos y anticuerpos.
Si acaba pronto hay una euforia pasajera, en caso contrario el agotamiento defensivo culmina en dolores de músculos, cabeza y nuca, colitis intestinal, úlceras, supresión del periodo en la mujer, eyaculación precoz o impotencia en el hombre, hipertensión arterial, e infarto al miocardio, incluso el cáncer, al agrietarse el sistema inmune.

Con la conducta trastornada, los ‘amoldables’ ignoran el problema y canalizan las energías que el estrés desencadena comiendo, bebiendo, durmiendo más y teniendo sexo. Los segundones, más inhibidos, sufren el estrés sin buscar alternativas y obtienen hipertensión arterial, úlcera, infecciones, ansiedad y depresión, e incluso dificultad para aprender. Otros asumen conductas guerreras: individuos que enfrentan el reto con una agresividad que luego usan en cualquier circunstancia de la vida aunque no sea estresante. Son los tipo A: líderes ejecutivos que adoran y buscan los riesgos, para extraer placer de la tensión, mientras la adicción al estrés deteriora su organismo mediante infartos, afecciones arteriales periféricas, enfermedades respiratorias, alergias, y riesgos de suicidio u homicidio.

Pocos conocen el arte de trabajar al ritmo de la tierra y con el alma en la tierra. Toda sabiduría es estéril sin trabajo, pero todo trabajo es vacío sin ese amor —dice Gibran—, que teje con hilos sacados del corazón, como si el ser amado del operario fuese a usar la ropa. Hay que llenar de estilo los objetos y fabricarlos para espíritus libres; así, el trabajo es el amor hecho presencia. Y si no se puede trabajar con amor, sino a disgusto, mejor es renunciar e irse a la calle a recibir limosnas de aquellos que trabajan con alegría...

Siento que la ergonomía, al menos la que mi rusticidad entiende, tiene que mirar más ese ‘interior ocioso’ de los hombres y sondear sus almas, para crear oficinas que sean más jardines y menos jaulas; pero acaso los expertos digan que la eficiencia importa más que la risa, y los empresarios opinen que no invertirán en la felicidad de sus empleados y ni siquiera en la de ellos mismos.

Y todo por ambición... ¡dulce idiotez!

E1 Adiós mamá Ensayo 1 de marzo de 2000

Adiós mamá
Por Alfredo Gutiérrez Borrero, publicado originalmente en marzo 1 de 2000

El pasado 9 de febrero del año 2000 en la clínica Reina Sofía de Bogotá, falleció una mujer de nombre María Eugenia Borrero, a escasos 17 días de su cumpleaños cincuenta y siete, mártir de un agresivo cáncer cerebral (un tumor de crecimiento rápido llamado Glioblastoma multiforme) que se le había diagnosticado tan sólo cinco meses atrás. Vinculo ese suceso con este escrito por dos razones: la primera, porque la muerte propicia siempre reflexiones sobre los objetos y las pertenencias, y la segunda —mucho más personal— porque esa mujer es mi madre.

Cuando, como nos sucedió a mis familiares y a mi, se presenta la ocasión de convivir con una enfermedad terminal (y todo el drama que esta involucra) es apenas obvio que los quehaceres y los estados de ánimo, las estructuras de personalidad y las creencias se sometan a un formidable sacudón que las pone a prueba y las reforma.

Como ser humano y como profesor puedo dar testimonio de ello. Enfrentarme a una dolencia en comparación de la cuál la temible leucemia resulta una erupción infantil, me dejó lleno de inquietudes que necesito expresar. Porque durante varios meses me desvinculé de los noticieros, no leí los periódicos, olvidé que existía el fútbol y reduje al mínimo mis actividades en el mundo real. Incluso, dado el dolor del ser querido, cualquier motivo de alegría me hacía sentir culpable. Todo mi tiempo era para cooperar con ella, para ser su enfermero, para observar en ella y en sus compañeros de terapia el intenso ritual que acompaña al cáncer: ese trastorno de la reproducción celular frente al que la medicina y la fe se dedican a dar palos de ciego. En vano la mayoría de las veces. Fueron días en que estudié cuanto pude sobre oncología, quimioterapia, radioterapia, inyecciones de cortisona y craneotomías, y días también en los que mi ego experimentó una continua y creciente derrota, que se convirtió en resignación al saber que era imposible retener con atormentadores tratamientos a una persona que deseaba descansar y a la cuál la hipertensión endocraneana había llevado a experimentar sufrimientos más allá de lo humanamente soportable. Pese a ello fueron asimismo días de inmensas satisfacciones emocionales, de llanto y sonrisas, de poder socorrer a la mujer que me llevó en el vientre y encontrar ejemplo en su coraje y alivió en las alegrías que los suyos pudimos darle; días en fin en que desempeñé, cualitativamente hablando, la labor más valiosa de mi vida: una que ningunos honorarios podrán pagar jamás. Y además fueron días de gran aprendizaje.

Si hubiéramos tenido un millón de veces más dinero, mamá hubiera muerto, y si nuestras propiedades fueran más asimismo ella habría muerto; ningún título académico ni cargo público o privado de sus seres queridos, ninguna distinción la pudo salvar de seguir su destino aquí, o en ese más allá que tal vez exista. Lo único con que pude ayudarla a sobrellevar el dolor fue con mi amor de hijo, algo que para nada depende del sistema educativo o de la chequera. Mamá se fue y me dejó pensando que el bien intangible fundamental es el tiempo, un elemento más determinante que el dinero en el bienestar humano: comida, casa, salud, relaciones íntimas y familia; a todas esas cosas puede accederse en parte con dinero, pero si se carece de tiempo para disfrutarlas difícilmente son de valor. Mamá tenía una buena casa y una finca, un esposo, hermanos y cinco hijos que la queríamos, pero se agotó su tiempo y físicamente no pudo gozar más de todo eso.

Ahora bien, a mamá nunca le gustó viajar y se aburría con cualquier conversación política, religiosa o cultural de corte filosófico, la moda, la farándula y el éxito la tenían sin cuidado y era inmune a los lujos y tesoros. Lo ignoraba todo sobre diseño, nunca supo de Philippe Stark, Ron Arad o Gaetano Pesce. Ni distinguió un objeto elegante y original de uno burdo y copiado, y pese a ello sabía darles alma a los objetos; para ella no importaba si el objeto era una filigrana de laboratorio europeo o una baratija comercial sólo su valor sentimental: mi hermano José Gabriel le regaló en su última semana de vida unas pantuflas de peluche azules que ya nunca pudo usar porque no podía caminar, y sin embargo le causaron una felicidad mayúscula gracias a ese valor anímico, a ese soplo de vital que permitió a Dios animar el muñequito de barro que la tradición llamó Adán.

En últimas ese valor subjetivo es lo más valioso (y quizá lo único) del proyecto que hacen el artesano y el experto en objetos de uso para construirlos en serie, mediante un proceso de automatismo que los hace semejantes entre sí. Gracias a mamá descubrí que pese a su nacimiento en tiempos de la revolución industrial, y a una atención activa en la finalidad práctica del modelo según las exigencias del mercado y de la producción en conjunto, el diseño es más que una obra exclusiva: es un esfuerzo de equipo cuyo producto final puede llegar a tener espíritu. Es al atarse al sentimiento del usuario o de su pariente que un objeto vive, por eso aunque en los cajones de mamá no había más que económicas fruslerías quedaron llenos de cosas valiosas, de recuerdos, destilando esa magia que convirtió a Pinocho en niño de verdad.

Mamá sí que sabía amar con amor simple y sencillo la vida humana que se alberga en distintas formas en los edificios que la arquitectura proyecta y construye a partir de estructuras materiales sólidas. No fue necesario que su casa fuera una obra exclusiva de Alvar Aalto, Frank Lloyd Wright o Le Corbusier (creo que ni sabía quienes eran) para que ella la convirtiera en un auténtico monumento en el que cada rincón fue erigido en memoria de una persona o de una evento familiar. Su casa era una construcción en la cual el jardín —lo no construido— era lo más importante; allí se alegró de dar boronas a los pajaritos y de tomar el sol contemplando sus flores mientras aguardaba la muerte con discreto temor. Y admirable humor.

Y aunque a veces la publicidad, esa actividad tendiente a predominar sobre el consumidor y a inducirle a adquirir determinados productos, bienes y servicios, la influyera con sus promociones en el supermercado (al que le encantaba ir) jamás se consideró un comprador actual o potencial, y ni siquiera comprendió esos conceptos. La movían afectos tan puros, tan elementales, que pudo disfrutar hasta de lo nocivo de la cultura del dulce procesado sin el remordimiento que causa una mínima conciencia dietética.

Mamá no estaba hecha para la vejez, se fue como un niño nervioso (porque su vitalidad afanada era la de un chiquillo) que se empacha con una montaña de caramelos rutinarios, siempre desvelada, preocupada, protectora y consentidora. Soportó el padecimiento con la valentía que da la ingenuidad, y el infortunio de perder su cabello rubio (tan duro para una mujer a la que todos le decían “monita”) y aun con un ojo bizco que el tumor quería sacar de su órbita y el otro contraído por el dolor su calor humano le otorgó poder para sonreírme.

Yo espero que Ese, quien dijo que de los niños es el reino de los cielos, la esté esperando al otro lado para recibirla.

Es tan difícil expresar con los argumentos de la razón las razones del corazón que ni siquiera voy a intentarlo.

Pero sí diré que tu partida, madre, me hizo revaluar cosas: descubrí que con frecuencia, en los medios académico y editorial en los que me muevo, se escuchan shamanes tecnológicos, hablando jergas presuntuosas salpicadas de términos mecánico-científicos, quienes ignoran que no es suficiente postular las teorías, o proclamarlas o profesarlas porque no advierten que las ideas deben hacerse verdaderas y realizarse para convertirse en creencias y ser combustible del vivir diario. Observé que si las teorías complejas no salen de los libros y los discos duros de los computadores para incorporarse al quehacer no pasan de ser un espantajo conceptual que sólo habita mentes presumidas. Y comprendí viéndote morir, mamá, que si el conocimiento no es más que conocimiento puede ser excitante o fascinante pero su alcance auténtico es inexistente. Ahora se, que la información puede llevar sus ecuaciones e hipótesis de salón en salón, de clase en clase y de seminario en seminario, vía fax o modem, en conferencias de sabios o de impostores, pero los profesores de Universidad jamás generaremos un sistema de actuar espontáneo, pues el hacer inconsciente es algo que sólo difunde y comunica la mujer madre al natural (y no ese esperpento maquillado y competitivo que el consumismo ha creado).

Sólo las madres, en cada hogar, con las maneras propias y creativas que da el cariño en particular, infunden —sin tener noción de ello— el conocimiento vivo del cual los fríos métodos rígidos y probados del formulismo científico son apenas una caricatura.

Por todo eso, con mi más humano sentimiento, y el orgullo de ser tu hijo me despido de ti con estas reflexiones y, agradeciéndote esa última y gran lección que tu sufrimiento me legó, te digo adiós mamá.

Buena suerte en tu viaje a otros mundos.

Y eterna paz en tu tumba de arquitecta y diseñadora desconocida.

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